✍ La guerra de las galaxias [1985]

por Teoría de la historia

imageUno de los temas de debate más destacados dentro del movimiento pacifista a mediados de la década de los ochenta se suscitó a propósito del programa IDE –Iniciativa de Defensa Estratégica–, popularmente conocido como Guerra de las Galaxias por asociación a la conocida película de George Lucas del mismo título –Star Wars (1977)–. La IDE consistía en la instalación de un escudo antimisiles sobre los Estados Unidos para protegerlos en caso de un ataque soviético mediante proyectiles nucleares, y estaba originalmente diseñada para interceptar los misiles enemigos mucho antes de que alcanzaran sus blancos mediante el uso de rayos láser proyectados desde satélites espaciales. Si bien EEUU presentó el plan como un recurso defensivo, la pretensión última era evidentemente mostrar a la Unión Soviética que en caso de un ataque estadounidense su contraofensiva resultaría inútil. Aunque nunca llegó a desarrollarse y los problemas técnicos para llevar a cabo el proyecto parecían insuperables, el plan causó un fuerte impacto en la opinión pública y política, hasta el punto de que la IDE se convirtió en el símbolo de la superioridad militar, económica y tecnológica de los EEUU. El proyecto IDE comenzó a gestarse cuando el presidente de los EEUU, Ronald Reagan, sorprendiendo incluso al Pentágono y a muchos de sus más cercanos colaboradores, ofreció un discurso el 23 de Marzo de 1983 en el que describía la imagen de satélites espaciales que derribaban misiles en pleno vuelo mediante rayos láser. Cuatro días después del discurso de Reagan, el Secretario de Defensa Caspar Weimberger afirmó que la tecnología de los EEUU podía lograr cualquier cosa que pidiese su presidente, comparando la IDE con el viaje a la luna que el 20 de Julio de 1969 asombró al mundo respondiendo a los deseos del presidente J. F. Kennedy. La IDE estaba fundamentada en el concepto de disuasión, siendo además, como veremos a continuación, alternativa a éste. El proyecto se basaba a su vez en la doctrina de la destrucción mutua asegurada, que confiaba en disuadir a la Unión Soviética de realizar una agresión nuclear por miedo a un ataque de respuesta masivo desde los EEUU y viceversa. La IDE debía inutilizar cualquier ofensiva nuclear interceptando los misiles a gran altura desde satélites espaciales y bases terrestres mediante el uso de rayos láser, haces de partículas subatómicas y proyectiles guiados por computadora, todo ello bajo el control de un superordenador y formando parte de una red de sensores y espejos emplazados en el espacio exterior. Por consiguiente, el éxito de la IDE traería consigo el fin de la disuasión y se traduciría en una situación de ventaja para los EEUU, que podrían así realizar ofensivas militares sin miedo a represalias nucleares por parte de sus enemigos. La administración Reagan explotó muy satisfactoriamente el proyecto IDE pese a sus modestos resultados técnicos. Por una parte, planteaba una estrategia defensiva cuya retórica hablaba de “destruir misiles y no vidas”, algo que contribuyó muy positivamente en la campaña electoral republicana de 1984, tras la que Ronald Reagan resultó reelegido. Además, los dividendos propagandísticos de tan descomunal proyecto defensivo resultaron muy útiles para debilitar al poderoso movimiento estadounidense por la no-proliferación o congelación de armas nucleares Freeze, pues se afirmaba que al inutilizarse la destrucción mutua asegurada sería más sencillo iniciar políticas de desarme significativas. No obstante, el efecto propagandístico de la IDE buscaba especialmente influir en la Unión Soviética, pues su retraso tecnológico respecto a los EEUU –quedaban lejos los éxitos del Sputnik y Gagarin- y su crisis económica quedaron al descubierto ante la incapacidad de la URSS para responder a un desafío de tal magnitud (1). Las colosales proporciones del proyecto IDE parecían exigir una respuesta desde el pacifismo. La IDE confrontaba directamente a E. P. Thompson y su discurso sobre la lógica degenerativa característica de la disuasión. Si se instalaban plataformas espaciales capaces de proyectar rayos mortíferos, la IDE se convertiría en el principal guardaespaldas de la mano dura política de la historia, pues podría asegurar el control unilateral del espacio exterior y, por ende, del planeta Tierra. Para Thompson, la simple noción por parte del presidente de los EEUU de que la militarización del espacio podría evitar las guerras nucleares, de que más y más armas asegurarían una paz genuina y segura, era en sí mismo la confirmación de que cualquier apariencia de moralidad política en la era nuclear había sucumbido hacía tiempo a la ceguera de una ideología encarcelada por sus propias referencias y por los cientos de millones de dólares para los ganadores en la carrera por la parte del león de los contratos. El historiador se mostraba convencido de que cuando se mostraran un billón (millón de millones) de dólares a la industria aeroespacial estadounidense, el proyecto en cuestión adquiriría rápidamente vida propia. Thompson intentó contrarrestar esa “vida” redoblando su esfuerzo por escribir e investigar, aumentando su conocimiento sobre detalles técnicos y tecnológicos, sobre presupuestos, y sobre las conexiones corporativas que descansaban sobre la Guerra de las Galaxias. La poderosa y embriagadora mezcla del aislacionismo estadounidense, de una impresionante capacidad tecnológica, de la avaricia material y de la osificación ideológica parecía ofrecer una grave amenaza atmosférica y de seguridad. La respuesta de Thompson se concretaría en la publicación, junto a Ben Thompson –experto en computación y miembro destacado del END- del folleto Guerra de las Galaxias: autodestrucción incorporada (2). Tras la aparición de este texto, Thompson consideró necesario realizar un trabajo más completo, profundo y contundente. Para ello se rodeó de eminentes científicos como la premio Nobel y presidente de las Conferencias Pugwash Dorothy Hodgkin, y de John Pike, uno de los directores de la Federación de Científicos Americanos, entre otros. El resultado fue la edición de La Guerra de la Galaxias, trabajo que se convirtió en una importante obra de referencia donde se analizaban en profundidad todos los argumentos científicos, políticos, tecnológicos y militares en juego para emitir un veredicto inequívocamente contrario a la IDE (3). Desde un punto de vista científico-militar, el proyecto ofrecía dificultades casi insuperables: los satélites espaciales resultaban muy vulnerables a un ataque debido a su sensibilidad –explosiones cercanas podían causarles serios daños-, por su predecible posición, porque eran difíciles de reemplazar, porque tenían enlaces y sistemas de comunicación en tierra que podían ser destruidos, porque los sistema de defensa podían cegarse y saturarse ante ataques masivos y, sobre todo, porque el sistema era absolutamente inútil en caso de sufrir ataques con misiles de crucero o de otro tipo lanzados desde submarinos o aviones a baja altura, por citar los supuestos más considerados. Existía, además, el peligro de que la URSS u otra potencia enemiga sintiese la tentación de atacar por temor al escudo antimisiles La comunidad científica internacional ofreció también destacadas muestras de desafección al proyecto IDE. Así, por ejemplo, William E. Borrows, director del Programa de Ciencia y Medio Ambiente de la Universidad de Nueva York, consideraba que si la URSS desarrollaba un sistema paralelo a la IDE la tierra terminaría convirtiéndose en una gigantesca bomba en órbita; en Abril de 1985, la Universidad de Stanford y el Instituto de Tecnología de California rechazaron la oferta de participar en la investigación para el desarrollo de un supercomputador óptico parte de la IDE; en Junio del mismo año, el entonces vicepresidente George Bush encontró en su visita a Londres una petición firmada por 77 expertos en computadores británicos en las que rechazaban participar en las investigaciones del sistema IDE, al que consideraban “imposible de diseñar, imposible de construir e imposible de probar”. Aún más destacable fue la oposición de la comunidad científica estadounidense ajena al Pentágono, evidente cuando la radical Unión de Científicos Comprometidos organizó un movimiento de expertos contrarios a la IDE que encontró el apoyo del grueso de la Federación de Científicos Americanos (4). Finalmente, cabe destacar la carta publicada el 2 de Enero de 1985 en el Wall Street Journal por el premio Nobel en física Hans A. Bethe, junto a cinco destacadísimos colegas -Carl Sagan, Richard L. Garwin, Kurt Gottfried, Henry W. Kendall y Victor Weiskopf-, quienes confirmaban los inconvenientes científico-militares antes citados y declaraban su profundo escepticismo respecto a la IDE. Isaac Asimov y otros premios Nobel en física estadounidenses afirmaron también que la IDE, tal y como se había diseñado, era técnicamente irrealizable. El gobierno de los EEUU tuvo que rendirse a la evidencia de que en el mejor de los casos quedarían pequeñas aperturas en el escudo, que en la práctica podrían permitir la destrucción de gran parte de la estructura urbana y de la población. A consecuencia de lo anterior se habló desde 1985 en el Pentágono de una segunda concepción de la Guerra de las Galaxias, cuya finalidad se centraría en defender los silos de misiles y centros de dirección militar estadounidenses, dejando ya de lado, veladamente, la protección de los ciudadanos. Desde el punto de vista político, la consecuencia negativa más destacable de la IDE era que suponía la violación de los acuerdos ABM con la URSS de 1972 -el mayor logro en materia de negociaciones de desarme conseguido hasta entonces-, además de complicar sustancialmente los acuerdos INF sobre el desmantelamiento de los misiles de las superpotencias en Europa. Por otra parte, para los países del Tercer Mundo, la IDE suponía una mayor vulnerabilidad –no se ofrecía el escudo antinuclear a ningún otro país- y marginación –su miseria contrastaba con la dilapidación de ingentes sumas en inciertos proyectos espaciales militares-, como dejó abruptamente de manifiesto Rajiv Gandhi ante el mismísimo presidente Reagan cuando fue invitado a los Estados Unidos en 1985, o como denunció formalmente China condenando la militarización del espacio. Finalmente, el rechazo de Australia y Canadá –países con estrechas relaciones políticas y estratégicas con los EEUU- a las ofertas para participar en acuerdos y subcontratas relacionadas con la IDE supuso un varapalo político añadido. E. P. Thompson añadiría otra serie de argumentos propios en los que mostraba su abierta oposición a la IDE. Además de llamar la atención sobre los mencionados inconvenientes militares, políticos y científicos, Thompson destacaba lo absurdo de declarar solemnemente que debía llevarse a cabo una incierta aventura a un precio extraordinario para lograr un fin –el bloqueo de los misiles del contrario para forzar acuerdos de desarme-, que podría alcanzarse al día siguiente y sin coste alguno mediante un acuerdo racional por ambas partes para reducir o eliminar sus arsenales. El argumento de la IDE era en realidad muy similar a la estrategia twin-track en el despliegue INF, donde los gobiernos europeos en la OTAN habían considerado que la mejor forma de construir una Europa más segura y sin armas nucleares era acoger cientos de misiles Cruise y Pershing II para que el colapso armamentístico1036565638 condujese a acuerdos de desarme masivo. Thompson también criticaba el hecho de que tras el desarrollo de un proyecto de tan dudoso éxito se encontrara la presión interesada de varias multinacionales del llamado complejo militar industrial: el 77% de las inversiones de la IDE beneficiaban directamente a 10 compañías estadounidenses, estando 7 de ellas entre los más destacados fabricantes de armas ofensivas para el Pentágono –Rockwell, Boeing, AVCO, LTV, TRW, Litton y Lockheed-, siendo las otras McDonnell Douglas, Hughes Aeroespace y Teledyne, no estando en ningún caso dispuestas a compartir su tecnología punta ni siquiera con los aliados europeos en la OTAN para evitar su competencia. En relación a este punto, Thompson denunciaba especialmente el que la convergencia entre motivaciones tan dudosas como el aventurerismo político y el interés industrial pudiese resultar en que se llenara el espacio de una muy cara e inservible chatarra espacial. Y es que la IDE era un sistema para ser desarrollado, probado y desplegado con objeto de contestar a una amenaza mantenida por el mismo grupo de intereses que la sostenía para sacar provecho de su desarrollo. A juicio de Reg Whitaker, éste era el último triunfo de la política sobre el mercado: el Estado definía la demanda en términos de las necesidades de los proveedores (5). Además, entre 1983 y 1984, el 45% de los principales contratos de armas espaciales fueron a California, que resultaba ser precisamente el Estado de Reagan, el gran auspiciador de la IDE. El 77% de los contrataron más importantes se dirigieron hacia Estados o distritos representados por congresistas o senadores que pertenecían a líos comités de servicios armados y de gastos de defensa (6). En otras palabras, el complejo militar-industrial resolvía, según Thompson, la posible inseguridad y el riesgo relacionados con la futura asignación de los recursos en un genuino contexto de mercado mediante la eliminación del mercado en su propia industria. De este modo, el Estado creaba demanda en estrecha colaboración con los productores, y más tarde compraba el producto. Aquello constituía un irónico cumplimiento del teorema fundamental de los economistas de oferta, la Ley de Say, según la cual “la oferta crea su propia demanda”. Recordemos que Reagan llegó a presupuestar para la IDE casi 5.000 millones de dólares para el ejercicio 1987, aumentando en un 75% la cantidad de 1986 (7). Por último, el historiador advertía que la extensión de la carrera de armamentos al espacio podría tensar aún más las relaciones entre las superpotencias, desestabilizar y destruir los acuerdos de control de armas vigentes y las negociaciones en curso e intensificar así la superioridad de los EEUU en el concierto internacional. En definitiva, la IDE suponía para Thompson un refuerzo para la tendencia exterminista de la Guerra Fría, y una “aterradora señal de los momentos tan apurados por que atravesaba la humanidad”; “nunca habrá ningún escudo impermeable al peligro nuclear”, concluía en las páginas de The Nation. Definitivamente, la Guerra de las Galaxias, prolongación lógica de la doctrina de la disuasión, no iba a significar la panacea de la protección contra el holocausto y el caos. La única barrera conocida, a juicio de Thompson, era desesperadamente débil y llena de agujeros, pero la continuidad de la civilización dependía de ello, no de los láseres de la IDE: la conciencia humana era la única esperanza, y era el momento de trabajarla y “repararla”, afirmaba el historiador (8). Finalmente, debido tanto a las dificultades técnicas como a la nueva situación de relaciones internacionales tras 1989 –más que a las críticas vertidas por científicos e intelectuales al proyecto-, la iniciativa IDE sería prácticamente abandonada tras el fin de la Guerra Fría para ser retomada más tarde durante los gobiernos de William Clinton (1993-2001) y George W. Bush (2001-?).

NOTAS. (1) Véase: Velikhov  Yevgeni; Roald  Sagdeev; y Kokoshin  Andrei (1986) Weaponry in Space: The Dilemma of Security. Moscú, Mir; y Shenfield  Stephen (1985) “Soviets May Not Imitate Star Wars”, Bulletin of the Scientists, Junio/Julio, pp. 38-39. (2) Thompson  E. P. y Thompson  Ben (1985) Star Wars: Self Destruction Incorporated. Londres, Merlin Press. (3) Thompson  E. P. (ed.) (1986) Star Wars: Science Fiction, Fantasy or Serious Probability? Nueva York, Knopf Publishing Group y Harmondsworth, Penguin. (4) Véase: Tirman  John (1984) The Fallacy of Star Wars. Nueva York, Vintage. En este libro se detallan los argumentos escgrimidos por la Federación de Científicos Americanos contra el programa IDE. (5) Véase: Whitaker  Reg (1992) “Neoconservadurismo y Estado”, en Miliband  Raplh; Saville  John y Panitch  Leo, El neoconservadurismo en Gran Bretaña y los Estados Unidos. Valencia, Alfons el Magnàmim, p 18. (6) Thompson  E. P. (ed.) (1986) Star Wars: Science Fiction, Fantasy or Serious Probability? , p 133. (7) Datos extraídos de Congressional Quarterly, nº 44:6, p 133, citados en Whitaker  Reg (1992) “Neoconservadurismo y Estado”, en Miliband  Raplh; Saville  John y Panitch  Leo, El neoconservadurismo en Gran Bretaña y los Estados Unidos, opus cit. , p 18. (8) Véase: Thompson  E. P. (1986) “The Pie Isn’t in the Sky: Look Who´s Really Behind Star Wars”, The Nation, 1 de Marzo, pp 233-238.

[José Ángel RUIZ JIMÉNEZ. E. P. Thompson, la conciencia crítica de la Guerra Fría. Democracia, pacifismo y diplomacia ciudadana. Granada: Editorial de la Universidad de Granada, 2005, pp. 238-244]