✍ Les Mots, la mort, les sorts. La sorcellerie dans le bocage [1977]

por Teoría de la historia

R150087379Cuando trabajaba en Camerún, oí hablar de muchos casos de accidentes y muertes que, según mis interlocutores, sólo podían explicarse por medio de la brujería. Fulano se había caído de un árbol, a pesar de ser un buen trepador. Alguien casi se ahoga en el río a raíz de que la piragua se había volcado. Otro había sido menos afortunado; un camión lo atropelló. Me explicaron que, en esos casos, había que “mirar más allá de las simples apariencias”; y “más allá” se refería a ciertas personas, probablemente dotadas de un evur (ese misterioso órgano que confiere poderes mágicos), que se habían beneficiado con ese accidente o esa muerte. La cuestión de quiénes eran esos brujos y cómo practicaban su arte era, claro está, un misterio. La brujería parece proporcionar una “explicación” para toda clase de acontecimientos. Las enfermedades y otras desgracias se interpretan con frecuencia como obra de los brujos. Los fang aseguran que actualmente la brujería se ha vuelto tan frecuente y se ha di fundido tanto y los medios de comunicación y de transporte se han vuelto tan eficaces que los brujos pueden atacarnos donde quiera que estemos. Una gran variedad de ritos, amuletos, sociedades secretas y sortilegios pueden protegernos; pero representan un flaco consuelo cuando por todos lados se observan las pruebas de los poderes de los brujos. En Camerún, quizá haya pocas actividades relacionadas con la brujería, pero se habla de ella sin cesar y estructura la forma en que la gente considera las desgracias. En Les Mots, la mort, les sorts. La sorcellerie dans le bocage [Las palabras, la muerte y los sortilegios. La brujería en el bocage], la antropóloga Jeanne Favret-Saada investigó el caso contrario, en donde la brujería es frecuente, pero nadie habla de ella. Cuando empezó a trabajar en la región del Bocage, notó que la mayoría de la gente negaba la existencia misma de la brujería. Cada vez que ella abordaba el tema, las personas admitían que la brujería había existido “antaño” o que todavía se practicaba en otras regiones, pero que ellas no sabían nada al respecto. El motivo de este sllenclo es que los demós “hablan” demasiado de eso. Periodistas, psiquiatras, sociólogos, maestros y funcionarios locales estaban más que dispuestos a proporcionarles a los antropólogos y otros visitantes de la ciudad detalles aterradores sobre las supuestas creencias de los campesinos. Como lo señala Favret-Saada, esas personas en realidad no saben gran cosa acerca de lo que sucede en la región e incluso se esfuerzan por saber lo menos posible; prefieren los estereotipos folclóricos de los murciélagos, los gatos negros y los encantamientos secretos, en vez de información más específica. La brujería existe, pero no es materia de leyendas ni de escalofríos literarios pues los brujos (o las brujas) y sus víctimas entablan combates que pueden ser literalmente mortales. Primera señal de un maleficio: una serie de desgracias se abate sobre una familia. Si ocurrieran de manera aislada, la gente aceptaría esos incidentes sin conmocionarse demasiado… una vaca que aborta, un miembro de la familia que enfenna, otro que tiene un accidente automovilístico. Lo que resulta alarmante es su repetición. En un momento dado, alguien acabará por abrirles los ojos y les hará ver que se trata de un maleficio, que el enemigo no desistirá sino hasta que todos estén muettos o arruinados. Este “anunciante” también revela la identidad del supuesto brujo, muchas veces un vecino o un pariente cercano. Estas revelaciones, que convierten al anunciante en el aliado de las víctimas, lo colocan en una situación de grave peligro. La lucha entre el “hechicero” y el conjurador es sin cuartel. El reto consiste en privar al brujo de su fuerza vital para obligarlo a que suelte a su víctima; dicho con otras palabras, las intrigas contra los brujos son operaciones de brujería. Ésta es otra importante razón por la que nadie quiere tocar el tema. Hablar de brujería es citar casos particulares y esto implica tomar partido. Decir que fulano en realidad no está embrujado significa ponerse de parte del agresor; reconocer que sí lo está equivale a declararles la guerra a sus enemigos. Y es imposible abordar el asunto sin tomar partido. Favret-Saada sólo se enteró de la existencia de estos combates cuando unos amigos la reclutaron como aliada contra los brujos. Los ritos que se practican para defenderse, las plegarias, las fórmulas mágicas y los amuletos varían. Sin duda, sus detalles importan menos que el hecho de que la gente puede ahora reconsiderar toda clase de incidentes, pasados y presentes, a la luz de esta lucha contra un agente excesivamente poderoso. Se describe a los brujos como poseedores de un exceso de “fuerza” o de “violencia”. Mientras que la gente normal invierte su energía en las faenas domésticas y agrícolas, la del brujo se desborda e invade los dominios de los demás hasta matarlos, en algunos casos. El combate cesa cuando el brujo comprende que se ha topado con un adversario que está a su altura. Por eso es fundamental contrarrestar las amenazas de los brujos enviando claras señales de desafío. La gente dice que, cada vez que un brujo mira a una persona, ésta debe sostenerle la mirada; bajar la vista es una derrota. Lo que los antropólogos llaman brujería es la sospecha de que algunas personas (que suelen formar parte de la comunidad) llevan a cabo actos de magia para atentar contra la salud, la felicidad o los bienes materiales de una persona. En algunos lugares, se acusa de forma explícita a los individuos sospechosos y se les intima a que demuestren su inocencia o a que realicen ciertos ritos como castigo a su transgresión. Sin embargo, por lo general, las sospechas se alimentan de los rumores y rara vez salen a la luz. Cabe señalar que, en antropología, el término “brujería” sólo se usa cuando ser brujo equivale a ser un criminal, por lo que muy pocas personas admitirían haber recurrido a la hechicería. Cuando esto ocurre, se da en el contexto de ritos sumamente dramáticos. Esto no tiene nada que ver con una variante moderna del paganismo que se llama a sí misma “brujería”, se inspira en las ideas populares que existen en Europa sobre los brujos y les da un cariz más positivo. Aquí sólo me refiero a la brujería negativa, fantástica, que se encuentra en todo el mundo.

[Pascal BOYER. Y el hombre creó a los dioses. Origen y evolución del pensamiento religioso. Traducción de Katia Rheault Cádenas. Madrid: Taurus, 2007]