✍ Los “no lugares”. Espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad [1992]

por Teoría de la historia

29893473A punto ya de cumplir los 12 años, y a medio camino entre una infancia tardía y una preadolescencia temprana, este libro de Marc Augé parece constituir, tal y como nos revela su título, el fiel reflejo de una época, la actual, que algunos/as autores/as se han atrevido a bautizar con el nombre de sobremodernidad o posmodernidad. “Los No Lugares” se ha escrito desde la actualidad y para la actualidad, desde lo vivido y lo cercano, desde un presente que nos es propio pero que en ocasiones se nos queda grande, es una apuesta por el replanteamiento del objeto de la antropología no sólo a nivel de generalización sino, y sobretodo, de comparación, esto es, de capacidad de abstracción o, en palabras del propio Augé: “la pregunta que se plantea en primer lugar a propósito de la contemporaneidad cercana no consiste en saber si y cómo se puede hacer una investigación en un conglomerado urbano, en una empresa o en un club de vacaciones (bien o mal se logrará hacerlo) sino en saber si hay aspectos de la vida social contemporánea que puedan depender hoy de una investigación antropológica, de la misma manera que las cuestiones del parentesco, de la alianza, del don y del intercambio, etc. se impusieron en primer término a la atención (como objetos empíricos) y luego a la reflexión (como objetos intelectuales) de los antropólogos del afuera” (1993: 23). Precisamente con estos antropólogos del afuera, pretérito imperfecto de la disciplina antropológica, se inicia el primer capítulo del texto encargado de esbozar a modo de introducción, algunas ideas básicas para la comprensión integral del mismo. Los grupos culturales por ellos escogidos como destinos etnográficos se ubicaban en zonas exóticas, en sociedades lejanas que normalmente formaban parte del acervo colonial del mal llamado primer mundo, y las motivaciones que les impulsaban a enrolarse en tales aventuras tenían generalmente un interés políticoeconómico matizado en mayor o menor medida por el ansia de conocer, el romanticismo del salvaje o la búsqueda de lo auténtico. A partir de ahí se consolidaron las bases teóricas y conceptuales de una antropología que, sin dejar de madurar, aún hoy continúa evolucionando, adaptándose a las necesidades de cada momento y tratando de buscar incesantemente respuestas a una sociedad que cambia y se complejiza a pasos agigantados. La nueva antropología del aquí europeo, tal y como la denomina el autor, surge como respuesta a la problemática contemporánea y aún a riesgo de perderse en el camino, se ve obligada a sustituir los añorados horizontes de un ayer demasiado lejano, por la desapacible cercanía del panorama occidental. No obstante, tanto la una (antropología del afuera) como la otra (antropología del aquí), han precisado ocuparse, cada una a su manera pero sin modificar la temática elemental, de los contextos presentes, de las circunstancias de su actualidad. Por generalizado consenso se sabe, que no es antropología aquello que se aleja de la observación directa y participante del campo estudiado, la etnología ha de ser coetánea a quienes está investigando aunque le hablen del pasado y deba encargarse de analizar prospectivamente al grupo elegido; es por ello que, el objetivo de tan antropológicas primas hermanas, sigue siendo a pesar de su distanciamiento parental, descubrir la representatividad de dicho grupo. Lo importante para la antropología aunque se refiera ora a una tribu nómada de la Amazonía, ora a una comunidad de inmigrantes venezolanos en la isla de Tenerife, es la capacidad de observación, de análisis y de abstracción de quienes la desarrollan. La antropología es y ha sido siempre una ciencia del presente cuya finalidad empírica e intelectual, se inicia con la generalización de teorías respecto de las comunidades que estudia, y culmina con la comparación de éstas con otras sociedades más o menos similares y/o cercanas temporal o espacialmente. En este sentido alude el autor a una antropología de la sobremodernidad igualmente válida que su prima la mayor (antropología de los lugares lejanos), con la misma capacidad de generalización y de comparación, con el mismo poder de descripción, de abstracción y de análisis, con la misma urgencia por resolver los enigmas que le presenta la sociedad del momento, pero sobretodo con el mismo reflejo de un entramado de relaciones interpersonales, instituciones, valores, formas de hacer y de actuar etc. preparado para ser descubierto y juzgado globalmente. No sólo es curiosidad la que dispone a los antropólogos y a las antropólogas a investigar sobre la nueva contemporaneidad, la necesidad de saber, el ansia por avanzar, las demandas y motivaciones políticas, económicas y sociales que, hoy igual que ayer solicitan alternativas con garantías de avance, posibilitan o más bien presionan a la antropología para que sus resultados tengan el mismo grado de minuciosidad y diversidad que los de sus predecesores/as. El problema radica según Augé, en que las vertiginosas innovaciones del cada vez más enrevesado mundo moderno, deben ser también interiorizadas por la antropología, con el propósito de comprenderlas y la intención de mejorarlas; si se desconocen las bases de las que parte el entramado social, no habrá solución posible ni análisis válido sino todo lo contrario, la antropología así como cualquier otra disciplina que intente el cambio, no podrá más que parchear una situación deshecha por las mejores intenciones. Según avanza el texto nos vamos dando cuenta de la estructura lineal y ordenada que su autor ha querido darle, es por ello que previamente a la inclusión en el capítulo central, el tercero, van quedando progresivamente claros todos los conceptos teóricos necesarios para su perfecta interpretación. Siguiendo este esquema, el final del primer capítulo se conforma como una especie de glosario en miniatura que pretende redefinir las ideas de tiempo, espacio e individuo tal y como formula el “álgebra de la vida moderna”. Y así hacen su aparición en escena, como protagonistas de la sobremodernidad, las tres figuras del exceso: El tiempo actual está cargado de acontecimientos que ocurren cada vez más velozmente, el tiempo que tarda un hecho en suceder es en ocasiones mayor al que tarda en ser conocido en el mundo entero, el tiempo de los relojes choca con el tiempo real y todos y todas creemos sin saber, como dar tiempo al tiempo para organizar temporalmente nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro. El espacio en la modernidad también nos desborda, los medios de comunicación de masas y las redes de globalización hacen que los espacios se acorten pero que se demanden cada vez más espacios individuales, los espacios cambian de forma y de lugar, ya no son rígidos. El individuo contemporáneo precisa ser resituado, en las sociedades urbanas de hoy se antepone el individuo a la colectividad, los intereses individuales, el egoísmo y el aislamiento personal, la deshumanización… son características esenciales del momento que nos ha tocado vivir. En el futuro la antropología ha de tener en cuenta la reformulación de estos tres conceptos si quiere incidir coherentemente en la sociedad, pero a pesar de que todo cambie, el argumento de Marc Augé parece desembocar en un reconfortante optimismo: “El siglo XXI será antropológico, no sólo porque las tres figuras del exceso no son sino la forma actual de una materia prima perenne que es la materia misma de la antropología, sino también porque en las situaciones de sobremodernidad (como en aquellas que la antropología analiza con el nombre de “aculturación”) los componentes se adicionan sin destruirse” (1993: 46-47). Pero decir tan sólo que existen numerosos aspectos de la vida social contemporánea (precedida ésta por las tres figuras del exceso) que necesitan de una investigación antropológica para evidenciar sus características, sería un análisis algo superficial y nada novedoso; a partir del segundo capítulo las referencias a autores posmodernistas como Cliford Guets, Mauss, T. Cliford, Bourdieu… que ya habían hecho su aparición, se vuelven mucho más explícitas y pueblan todo el libro como puntos de referencia centrales que ofrecen explicaciones y ejemplifican los hechos y/o las teorías a las que se alude. La originalidad de Marc Augé comienza cuando se decide, arropado por sus contemporáneos posmodernistas, a poner nombre a estas medidas de la posmodernidad que demandan la inclusión de la antropología en pro de un beneficio social común, esto es: los No Lugares. Hasta ahora la antropología se había ocupado exclusivamente del estudio de lo que en el texto se denomina como Lugares Antropológicos, espacios concretos, geográficamente bien definidos y que poseen fundamentalmente tres características comunes: son identitarios, relacionales e históricos. IdentitariosMarc_Aug_Los_no_lugares porque tienen sentido de unidad para aquellos/as que los habitan, definen a un grupo, cultura, región, etc como propia y diferenciada del resto, compartiendo unas características y unos rasgos con los que se identifican y de los que forman parte. Relaciónales porque ser miembro de un lugar antropológico implica un desarrollo grupal que no es estático, que se sostiene en base a un discurso y a un lenguaje peculiar que dinamiza formas de hacer, de actuar y de reunirse. Y por último históricos ya que por ellos transcurre el tiempo, sus pobladores viven en la historia y conciben la duración de su estancia en dichos lugares, que suelen ser antiguos y tener la capacidad de añorar tiempos pasados como mejores, como un hecho continuado. Son espacios simbolizados porque representan cuanto menos, a un conjunto de alteridades que se autodenominan auténticas, tienen sentido para quienes los pueblan y al mismo tiempo su estructura suele ser fácilmente entendida por quienes los estudian. Los lugares antropológicos son espacios acotados que siguen una estructura geométrica tangible, el autor nos habla en un primer momento de itinerarios o caminos trazados por las personas para comunicarse en el espacio que les es propio, posteriormente de encrucijadas donde ocurren los encuentros interpersonales (intercambios económicos etc.) y por último de centros o monumentos que redefinen lugares aún más específicos destinados a públicos restringidos, zonas de reunión de tipo político, religioso, etc. pertenecientes a subgrupos específicos con identidades concretas que por supuesto tienen cabida en el plano geográfico de los lugares antropológicos. Pero estas tres realidades no son totalmente independientes sino que se superponen parcialmente en el mundo real, son estudiadas como conjunto y facilitan la comprensión global de tales espacios a la etnografía que los estudie. Productora de nuevas áreas, la modernidad y sus excesos se han ocupado de buscarle un inseparable compañero de juegos a los lugares antropológicos, por aquello de que la etnografía no se aburra, agote sus campos de estudio y tienda a la desaparición. En el deshumanizador contexto de cambios hasta ahora descrito donde los espacios se confunden y se camuflan, las identidades se inventan, las relaciones son casi nulas y las historias se narran en forma de cuentos chinos; los lugares tradicionales ya no son suficientes para hacernos una idea de lo que pasa en el mundo, y la realidad se confunde con la fantasía para ser absorbida por la abstracción de lo inesperado, de lo complejo. Los ámbitos impersonales más significativos son ahora los no lugares pero no como contraposición a su homónimo (el lugar antropológico) sino como complemento perfecto de éste. Según Augé, la sobremodernidad es productora de no lugares, espacios que no son ni identitarios, ni relacionales, ni históricos pero que pueden definirse de manera positiva (y no solamente como contraposición a los lugares antropológicos, al igual que son capaces de compartir con estos, los espacios de la contemporaneidad). Las pretensiones de Augé se cumplen, a mi parecer, cuando este define con precisión los no lugares como zonas efímeras y enigmáticas que crecen y se multiplican a lo largo y ancho del mundo moderno; las redes de comunicación, los mass media, las grandes superficies comerciales, las habitaciones de hotel y de hospital, los campos de refugiados, los ciber cafés… se muestran como lugares de paso, ahistóricos e impersonales, que se vinculan al anonimato y a la independencia porque aparentemente ni son ni significan nada, al menos no para aquellas personas que los visitan provisionalmente. Pero la parte más importante de su discurso a menudo pasa desapercibida, para el autor ni los lugares ni los no lugares existen siempre en forma pura, son peldaños de una misma escalera, líneas paralelas que mágicamente llegan a cruzarse, son oponentes que se atraen y se inter-penetran pues según el autor del texto: “el primero no queda nunca completamente borrado y el segundo no se cumple nunca totalmente: son palimpsestos donde se reinscribe sin cesar el juego intrincado de la identidad y de la relación” (1993: 84). Las terminales de aeropuerto por ejemplo, se constituyen obviamente como un no lugar: la mezcla de culturas, las prisas de sus visitantes, su continente y su contenido preparados para hacer más cómodo y fácil el trayecto… dan buena cuenta de ello, pero para las personas que normalmente trabajan en dichas terminales existen normas de conducta, formas de actuar y de hacer, relaciones interpersonales e historias de vida directamente relacionadas con ese lugar, que ha pasado a convertirse en un lugar antropológico en toda regla. El caso contrario podemos verlo claramente reflejado en las ciudades que adquieren el título de Patrimonio de la Humanidad, sus costumbres, sus relaciones, su historia y sus señas de identidad se han deshumanizado, la vida moderna las ha convertido en zonas de visita, de admiración y/o de estudio, y tal vez por eso es posible afirmar que han pasado de ser lugares antropológicos a engordar las listas de los no lugares preferidos por turistas y foráneos. Esta relación espacial conjunta es el método que Augé propone para que se observe, se mida y posteriormente se juzgue a la posmodernidad. Según él la antropología actual padece de “estrabismo metodológico”, es decir, siempre que estudia un grupo concreto se ve obligada a preocuparse también de los contextos más o menos cercanos que le rodean, pues en la actualidad todo está interrelacionado. Las distancias se acortan, el contacto intercultural es cada vez más frecuente y tanto los lugares como los no lugares pertenecen al mismo mundo enrevesado según el cual, el aquí y el afuera de los que hablábamos más arriba no son ni tan exóticos ni tan cercanos como antaño pudieron parecer sino todo lo contrario. Estos lugares de la diversidad se han denominado colages culturales y su peculiaridad es que ofrecen lo mismo a diferentes grupos étnicos, en su interior no hay identidades colectivas sino soledades individuales, cada persona es un mundo y todo el mundo está de paso, nadie tiene tiempo más que el tiempo presente, nada puede pasar más que la anécdota del ahora. Llegado este punto y echando un rápido vistazo a todo lo dicho hasta el momento, resultaría bastante difícil obviar la evidente relación que existe entre los no lugares como puntos preferidos por la posmodernidad y el turismo como brazo legitimador de la misma; cualquiera que lea el libro de Augé con un mínimo de interés puede darse cuenta de la estrecha vinculación que subyace desde sus líneas entre la una y el otro, cualquiera que lo analice con detenimiento descubrirá que tal asociación es elegida conscientemente por el autor para ejemplificar sus tesis de la manera más clara posible. Las figuras del exceso por ejemplo, vienen a corroborar que los no lugares son los lugares más apropiados para el/la turista como personaje errante o extranjero al que no le pertenece nada de lo que ve, oye, descubre y admira, por mucho que quiera, en un corto espacio de tiempo, fotografiarlo todo, contemplarlo todo, hacerlo todo, vivirlo todo, comprarlo todo… Da igual el paisaje o el monumento que se encuentre frente al turista, da igual el tiempo o incluso el dinero del que se disponga, lo único importante es el hecho de viajar sea cual sea el destino; el habitante de los no lugares conoce la finitud de su visita y se ve por ello obligado a disfrutar al máximo de las posibilidades que ésta le ofrece, por ello, aunque se sienta extraño y desconocido y ni tan siquiera las guías de viaje o los puntos de información sepan completar el nomadismo de su esencia, lo importante es poder contar y demostrar que hemos estado en tal o cual país, visitando este o aquel museo o descansando en un balneario de aguas termales a orillas de ese río tan famoso. En los lugares del turismo todo es de otros o de nadie, todo es impersonal como las historias que se cuentan para satisfacer la curiosidad de los y las presentes, no se establecen relaciones interpersonales fuera de lo estrictamente necesario porque no hay tiempo para ello, y las identidades se visten de soledad y de similitud. Así por ejemplo se sabe que quienes habitan los no lugares comparten el anonimato, el deseo por olvidar su realidad cotidiana, la necesidad de evadirse del mundo y de vivir 9782020125260-zsólo el momento actual. De todo ello se aprovecha el mercado capitalista, que sabía pero irónicamente tiene la virtud de crear una necesidad determinada y adaptarse a las demandas que la sociedad le hace de la misma, los no lugares son espacios para la rentabilidad y el beneficio y en el dinamismo cultural del turismo todo es una fuente de riquezas en potencia. En la misma línea de lo establecido por Augé, aunque lo característico de los no lugares sea la independencia y lo único que une a los no lugareños sea la variabilidad de su situación, existen zonas y lenguajes que les son propios y es por ello que cualquier viajero puede encontrarse más cerca de su casa cuando llega al McDonals de turno (aunque esté a tres mil kilómetros de su país de origen). Un ejemplo más de que los lugares y los no lugares se entremezclan y conviven en la sociedad actual. Las postales, los souvenir de todo tipo, el material fotográfico, etc. son otro ejemplo del aprovechamiento mercantil de los no lugares y de su flexibilidad para adaptarse a cada situación llenándose del contenido comercial que más convenga, es demasiado evidente que la cultura se puede seleccionar, despersonalizar y adornar al gusto de los y las consumidores y consumidoras, se la puede sacar de contexto con el fin de obtener un producto presentable como auténtico, y da igual que la figura en miniatura de la Torre de Pisa sea made in Taiwan o que me cuenten una historia falsa para explicar el origen de la población que visito, lo único que importa es que el recuerdo sea imborrable, la experiencia irrepetible y el espectáculo un espectáculo en sí mismo, digno de ser sustituido por cualquier otro, de similares dimensiones, en cualquier otro destino. Lo fundamental es que propicie el meta-relato, que pueda ser contado y que el mero hecho de la contemplación lo convierta en atractivo (sea lo que sea lo que se contemple). Porque a decir verdad, excepcional de los no lugares como espacios turísticos es que nos permiten regocijarnos en el “no ser” que tanto nos asusta o nos encanta (según se mire) y del que se suponen, sobretodo tras la lectura de este libro, desbordados.

[Sara PÉREZ BARRERA. “Los no lugares espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad”, in Pasos. Revista de Turismo y Patrimonio Cultural (La Laguna), vol. II, nº 1, enero de 2004, pp. 149-153]

Anuncios