✍ Lógica de las multitudes. Secuestro infantil en París, 1750 [1988]

por Teoría de la historia

14224Este pequeño libro fue publicado en Francia en 1988. Los siete años transcurridos son a la vez un largo y un corto tiempo. Largo porque la duración de la vida de los libros se abrevia por razones debidas tanto a los imperativos de mercado como por el pasaje acelerado de las modas. Los autores entonces desean agradecer al editor japonés por haber dado a su trabajo una chance suplementaria. Pero estos siete años durante los que hemos escapado al olvido, también son pocos. En todo caso, un corto tiempo para apreciar la medida de los efectos retardados, frecuentemente inesperados, de una proposición. Digamos que, desde su aparición esta obra ha vivido su vida -al ritmo de las lecturas, de las críticas, de las traducciones-, y escapado en parte a las intenciones de sus autores. Esto es por supuesto muy normal y no podemos sino alegrarnos de tal estado de cosas. No obstante para los lectores de esta nueva edición, nos ha parecido útil resumirles en pocas palabras en qué consistió nuestro proyecto. Intentamos llevar a cabo una suerte de experimentación. Tratándose de un trabajo histórico, el término parece completamente inapropiado. ¿No es que los historiadores trabajan sobre hechos que solamente tuvieron lugar una sola vez y que, por definición, no se repiten idénticamente? Nuestra intención era de naturaleza diferente. Queríamos verificar si desplazando la mirada sobre las fuentes, y modificando en forma controlada nuestro sitio de observación, estaríamos en condiciones de obtener imágenes y configuraciones diferentes que hicieran posibles otras lecturas. En ese momento dictábamos en común un seminario en la École des Hautes Études en Sciences Sociales, en el que nos esforzábamos por reflexionar sobre los fines y los medios de una historia social de los modelos y de las prácticas culturales. Ante quienes nos escuchaban cada semana, decidimos pasar de la reflexión crítica al acto, instruyendo este pequeño dossier. Se trataba de un sujeto que no habíamos descubierto nosotros. La cuestión del secuestro de niños no era el suceso más conocido del siglo XVIII francés, pero tampoco era ignorada. Este incidente ha sido citado con frecuencia. Fue el objeto de una primera y muy seria encuesta documental de comienzos de siglo, a cargo de A.-P. Herlaut. Desde entonces su conocimiento ha sido enriquecido, tanto por el costado de las fuentes policiales y judiciales como en dirección hacia los motivos culturales de larga duración que resurgen a propósito de este conflicto. Es decir que los datos fácticos se hallaban por lo esencial ya establecidos antes del comienzo de nuestro trabajo. Ellos mismos provocaron desde el comienzo nuestro asombro y nuestras interrogaciones. Teníamos aquí un episodio relativamente bien documentado, sólidamente establecido, limitado en el espacio y el tiempo, no obstante lo cual su significado nos parecía extraordinariamente ambiguo, incluso evanescente en las fuentes. Porque si bien nadie duda que hubo una serie de revueltas en París en 1750, los testigos, primero los contemporáneos y luego los historiadores que los han seguido, están casi todos convencidos de que estas revueltas no tenían motivo, o que su motivo -el secuestro de jóvenes en las calles de la capital- era del dominio de la alucinación colectiva, o del absurdo. Es decir que, por un lado poseemos un gran número de declaraciones, de relatos circunstanciados del evento, mientras que nos confrontamos a la abrumadora convicción que nada de todo ello ha verdaderamente ocurrido. El episodio era literalmente imposible de comprender y hasta cierto punto imposible de ser contado. Para sus autores, toda la ambición de este libro ha sido encontrar los puntos de vista que permitieran reintegrarle una coherencia a esta historia, de recuperar sus lógicas y sus significados. Ambos hemos sido formados en una tradición de historia social -aquella de los Annales de la segunda generación, que ilustran los nombres de Labrousse y de Braudel- que se interesaba poco por los actores sociales en tanto tales, al tiempo que privilegiaba sobre todo las distribuciones y las evoluciones masivas. Desde esta perspectiva, nuestro incidente policial no gravitaba aparentemente demasiado a la escala del siglo. Pero lo que retenía nuestra atención sobre el mismo era de naturaleza diferente: queríamos captar la significación de acciones que restaban opacas en suLogique_de_la_foule reconstrucción. Para hacerlo, las estrategias de investigación posibles eran limitadas. Los centenares de personajes reunidos al azar por los archivos, en su mayoría, no hacen sino una breve aparición antes de salir de nuestro campo de observación. Ello impide entonces de intentar una reconstrucción intensiva a la manera de los micro-historiadores italianos poniendo en valor las redes de proximidad o de solidaridad fundadas en una experiencia común inscripta en la duración. Era necesario ensayar otro modo: captar y buscar comprender las fugitivas situaciones en las que los actores -por momentos, un actor además colectivo- dejaban saber las razones múltiples, a veces contradictorias, que los impulsaban a la acción. Para hacerlo disponíamos sobre todo de los archivos policiales y judiciales, es decir de fuentes que son singularmente falaces. Por su formato de preguntas y respuestas, ellas nos provocan corrientemente una extraordinaria impresión de realidad dialógica; los protagonistas es tan frente a nosotros y se explican. Por supuesto, a riesgo de olvidar que la deposición de un testigo o el interrogatorio de un acusado son ejercicios obligados, inscriptos en una relación de fuerzas y transmitidos al papel por la pluma de un hombre de la ley -lo que, simétricamente, sugiere la posibilidad de estrategias para eludir eventuales responsabilidades-, que son igualmente fuente de errores. En consecuencia, nosotros no esperábamos de esos testimonios una interpretación del acontecimiento. En cambio, lo que nos interesaba era la manera en que se ligaban en una situación dada relaciones y formas de acción entre los actores. Apuntábamos a comprender cómo y porqué los individuos se reagrupaban y decidían intervenir en un suceso; cómo ellos se expresaban por medio de palabras, gestos, actos individuales o colectivos: cómo encontraban (u ocupaban) su propio lugar. Las conductas que observamos son a la vez comunes y extraordinarias. Comunes, porque ellas se inscriben en un mundo social estrictamente codificado, donde cada uno tiene su lugar y sabe como ocuparlo. Extraordinario aquí debe ser entendido en el sentido propio del término, lo que sale de lo ordinario. Porque el movimiento colectivo que saca los parisinos a la calle en la primavera de 1750 crea espacios, suscita expectativas, altera los equilibrios establecidos. Cada uno desempeña su papel mientras que encuentra, al mismo tiempo, la posibilidad de salirse de él. Nuestras fuentes nos muestran individuos, nos dan su nombre, con frecuencia nos precisan también su edad, actividad, domicilio, su estado y preocupaciones. Pero también evocan de manera casi obstinada a un actor colectivo al que denominan ‘el pueblo’, o de manera más despectiva, el ‘populacho’. Lo que nos interesa son los caminos recorridos por esos individuos para asociarse a un movimiento colectivo que se compone de un encabalgamiento complejo de trayectorias, de estrategias, de reencuentros. Decidimos entonces, por principio, ignorar qué era ese pueblo que los archivos nos presentaban como evidencia masiva, para intentar comprender cómo unos y otros se habían reunido en un sitio y decidido actuar de manera conjunta. En una palabra, nosotros elegimos tomar en serio las lógicas de la multitud. Por supuesto, ninguno de los protagonistas poseía una visión global del acontecimiento, cualquiera fuese el costado adonde se situara. Cada uno 197910posee fragmentos de información que reinterpreta a partir de su experiencia personal o de la experiencia de sus próximos, sean estos miembros de su familia, compañeros de trabajo o de residencia, o simples acompañantes ocasionales. A partir de estas experiencias parciales cada uno da un sentido a lo que se desarrolla frente a sus ojos y construye su lugar en el seno del movimiento en curso. Al principio nadie sabe hacia donde conduce la revuelta, pero todos la invisten de aquello que saben y de lo que esperan. De esta forma el evento produce su propia significación. Esta elaboración progresiva tiene lugar en la acción, alimenta la dinámica y también explica su eficacia. Porque los revoltosos parisinos -al igual que sus adversarios del costado de la ley y del orden- están ocupados todo el tiempo en descubrir dentro de lo que saben, dentro de lo que creen saber y en lo que esperan, el sentido de la situación presente. Así se engrana un proceso que no cesa de desplazar los desafíos ni las razones de actuar. Las multitudes entonces no son ni ciegas ni conscientes. Inventan las maneras de actuar a partir de lo que captan de un estado de cosas sobre el que pretenden influir, en función de reglas de juego de las que se apropian y modifican. Nosotros sugerimos que las multitudes, tanto por la violencia como por el miedo, fueron quienes poco a poco inventaron la efectiva disputa de este movimiento, que finalmente sería un incidente menor en la sociedad del Antiguo Régimen. Corresponde ahora al lector juzgar por los resultados, si hemos alcanzado nuestro objetivo.

[Jacques REVEL. “Prefacio a la edición japonesa de 1995”, in Arlette FARGE y Jacques REVEL. Lógica de las multitudes. Secuestro infantil en París, 1750. Traducción del francés por Eduardo Hourcade. Rosario: Homo Sapiens, 1998, pp. 5-10]

Anuncios