✍ Las contradicciones culturales del capitalismo [1976]

por Teoría de la historia

9788420621951En el presente ensayo hay tres momentos los cuales he tratado de diferenciar. En el primero, se da una breve reseña del autor: el prolífero sociólogo Daniel Bell; en el segundo, se reseña el libro que nos ocupa: “Las Contradicciones culturales del capitalismo”, exponiendo algunas de las ideas contenidas en éste, principalmente las que se refieren al primer ensayo que compone su libro y que le da nombre; el tercer momento es una reflexión final con la cual intento hacer un acercamiento a los planteamientos de Daniel Bell a la luz de un nuevo horizonte histórico. Aunque un clásico no requiere presentación, una breve reseña de su autor resulta pertinente e ilustrativa. El Sociólogo norteamericano Daniel Bell, es profesor Emérito Henry Ford II en el área de Ciencias Sociales de la Universidad de Harvard, además es profesor residente de la American Academy of Arts and Sciences. Con sus 91 años de edad, Daniel Bell continúa escribiendo con una determinación crítica y lúcida de los grandes científicos sociales aproximándose desde su mirada experta a los temas de actualidad. Desencantado declarado del excesivo relativismo de la moda posmodernista que usan estudiantes universitarios la cual considera es utilizada para justificar en nombre de las interpretaciones todo tipo de temáticas, que resultan de la realción argumental de ideas con ideas, y que carecen de criterios metodológicos fijos, denunciando una especie de “falta de oficio”. Nació el 10 de mayo de 1919 en la cosmopolita ciudad de Nueva York. El hijo de emigrantes polacos, Daniel Bolotsky, el cual es su verdadero nombre, se une muy joven a las Juventudes Socialistas. En 1940 comienza a trabajar en The New Leader de Nueva York, siendo encargado de la dirección durante cuatro años. Participó también en Common Sense y de manera periodística en la revista Fortune. Su obra publicada se ha convertido en impresindible para los estudios sociales. Conocido por ser el principal teórico de la “sociedad post industrial”, postura que defiende en su obra “El Advenimiento de la Sociedad Post Industrial”, la cual es un clásico de la sociología. Su libro “Las Contradicciones Culturales del Capitalismo”, es uno de los 100 libros más importates de la segunda mitad del siglo XX según Times Literary Supplement’s. Por lo que está demás subrayar la importancia que tiene dentro del campo de los estudios sociales. Es un referente académico que ya se ha instituido en un clásico. Este libro se compone de seis ensayos, siendo el primero de ellos el que da nombre a la obra y el cual conecta con su obra anterior “El Advenimiento de la sociedad Post Industrial”, que aborda temas relacionados a la tecnología como gestor de reconfiguraciones en el campo tecnoeconómico. En “Las Contradicciones Culturales” se analiza la Cultura y la idea de la modernidad. Daniel Bell, encuentra en personajes como Nietzsche o Conrad, una lectura fundada en la tradición crisitiana que construyó dos formas apocalípticas de sociedad nihilista. Dos visiones provenientes por dos diferentes vías que culminarían con la ruptura del tejido social y de paso con la civilización occidental iniciada en la post industrialización que alcanza su auge en los tiempos posmodernos. Por una parte, Nietzsche, en el nacimiento de la tragedia, acusa a la avidez intelectual (que encarna en Sócrates) como el camino inexorable que nos guiaría hacia el nihilismo, del cual sólo la “voluntad de poder” podría ampararnos. Por otro lado, Conrad señala esa misma voluntad de poder como una amenaza a la civilización, considerando que esta terminaría por resquebrajar la civilización a la que entiende como un conjunto de relaciones tan frágil, que un sólo acto podría bastar para arrojarnos a la enajenación anárquica que yace bajo el instinto humano. Estas lecturas, declara Bell, son visiones engañosas. La herencia crisitiana dictamina el final de lo social como último puerto de arrivo para nuestra aventura como civilización, espera que nuestros pasos se encaminen hacia un destino que encuentra expresión en la lectura apocalíptica instituida en un principio en las profecías de San Juan. La manera en que esta desarticulación de lo social encuentra campo fértil en nuestra vida es lo que estos pensadores buscaron encajar y la cual argumentaron magistralmente, aunque un tanto sesgados por una perspectiva confusa engendrada en una tradición cristiana. ¿Se pueden afirmar tales cosas? “¿Es nuestro destino, el nihilismo como la lógica de la racionalidad tecnológica o el nihilismo como producto final de los impulsos culturales a destruir todas las convenciones?” (Bell, 2006, p.20) Para el científico norteamericano, la sociedad se mueve de manera diferente, en tiempos diversos y en estructuras más complejas. En este sentido, la sociedad podría entenderse más como un sistema complejo de cambio y asimilación en donde influyen factores externos e internos, observando la estructura social más como un sistema de adaptaciones y reestructuraciones en búsqueda natural de equilibrio. Para Bell, ni la revolución social, ni el nihilismo, ni la visión religiosa han sido, ni serán, la última palabra. En el fondo es una postura a favor de la capacidad del hombre de plantearse preguntas y de responder a situaciones fundadas en su realidad histórica. Así, la versión de una sociedad donde el conjunto de sus relaciones tiene una forma de “telaraña” o de “red”, para Bell, es únicamente una metáfora romántica e ilusoria. En todo caso, su categorización tri-axial lo sería también. Aún así resulta bastante útil la propuesta de Daniel Bell en categorizar tres grandes áreas para su análisis. Otros autores lo consideran práctico, tomando en cuenta su carácter funcional, pues “económía, política, cultura, etc., configuran un modo específico y propio de solucionar problemas o, si se quiere, de hacer frente a desafíos evolutivos. Estos sistemas generan a su vez unas rejillas de inclusión de tipo universalista: el ciudadano, el trabajador, el cliente de la burocracia…” (Beriain, Josetxo, 2000, p.10). En las contradicciones culturales del capitalismo, la estrucura social puede aglutinarse en tres esferas de acción de principios axiales diferentes y contradictorios. Tecnoeconómica, Política y Cultural. La primera, se mueve con un principio fundamentado en la “racionalidad funcional”, donde el interés resulta de la acomodación de bienes y servicios. En esta visión, la persona queda reducida a un objeto en un juego de roles donde el cambio es dictaminado por la producción. Es muy bien sabido que un individuo que no cumple con la productividad es sustituido inevitablemente basándose en última instancia en argumentos cuantitativos y monetarios. Tal vez lo único que ha cambiado es esa posición jerárquica estructural que hoy lucha por mostrar una operatividad horizontal. No creo que deba confundirse el carácter motivacional de la tecoeconomía con la dinámica de relaciones operativas. Las jerarquías siguen funcionando con la “productividad” y el principio de “eficiencia” como eje central, pero la relación ecológica comienza a transversalizarse influenciada por las nuevas tecnologías de amplia accesibilidad y retroalimentación en tiempo real que tienen a la “interacción empresa-mercado” como protagonista. La segunda esféra es de la Política, y se encarga de la impartición de justicia. En este ámbito, el individuo se mueve bajo el principio de la “igualdad” como eje accionario. Es visiblemente contradictorio en relación con el principio fundacional de la esfera tecnoeconómica donde la estrucutura jerárquica es obvia y por tanto, es motivo de tensiones importantes. La política se enfrenta ante el gran problema de homogeneizar las normas jurídicas ante una población que busca resaltar las diferencias culturales que los individualizan, esto, aunado a los movimientos migratorios, son el gran tema de instituciones globales como la UNESCO, sobre todo en el continente Europeo. Pero la readicalización de este choque esquemático de principios y funciones sucede particularmente en el ámbito Cultural. El final de la modernidad y la gran victoria del Avant-garde donde se puede afirmar el plus rien ne m’etonne de la cultura de masas, producto de una lucha iniciada en el movimiento cultural por denunciar la doble moral burguesa que contradecía la aspiración artística que entroniza “lo nuevo” en esa incesante búsqueda de sensaciones. La victoria de la vanguardia representa el final de la avanzada donde, como dice Octavio Paz, “la rebelión se ha convertido en procedimiento, la crítica en retórica, la transgreción en ceremonia. La negación ya no es creadora” (Bell, 2006, p.32). El impulso hedonista liberado por la causa capitalista del “yo”, base de toda actividad, relega la ética comunitaria (que ubica su origen en el puritanismo norteamericano) por un argumento base en el libre mercado, donde el deseo ilimitado y no la necesidad es motor desvocado del accionar social aunado al impulso acentuado por el crédito. La cultura que es desbordada por la búsqueda de un hedonismo un tanto egoísta es hasta nuestros días, motor de la actividad humana. Este es el origen de las contradicciones culturales del capitalismo, según Bell, pues la motiviación económica desenfrenada por motiviaciones culturales obedece a distintos ámbitos, por un lado, el interés que debiera ser colectivo, mientras que por otro prima el interés particular. Específicamente, la versión descrita de que una sociedad de recursos limitados en tensión con la misma sociedad de impulso boraz y de libre acceso alLas-contradicciones-culturales-del-capitalismo crecimiento, es a la larga un problema social, parece que fue un planteamiento que se quedó corto. “La convergencia simultánea de la demanda creciente, el rasgo en la capacidad de producción y el coste en ascenso de los recursos ha llevado, a una inflación mundial” (Bell, 2006, p.35) en ese sentido, la preocupación inflacionaria y el asunto del desempleo, es saber si puede “controlarse” de forma manejable. Meintras el problema de que la insuficiencia de recursos en conjunto con esta misma lógica del mercado capitalista conllevaría a la destrucción de los propios recursos suenan simplemente a un débil planteamiento que hoy en día es una realidad de preocupación mundial en pugna, y aquí sigue otro gran acierto de Bell, precisamente por que confirma esta tensión ética entre naciones que representan los grandes productores y consumidores de energías tal como lo ha demostrado el fallido tratado de Kyoto o la COP16 de Cancún en la deficiente o nula participación por parte de las grandes potencias en la solución de un conflicto de seguridad mundial a pesar de la urgencia y que se queda en dientes de diplomático para afuera, precisamente por el poco involucramiento de las partes que pueden gestar verdaderos cambios al respecto. Como señala Bell, “el sentido trágico de la vida, una vida que se vive al borde de la navaja, entre la finitud y la libertad” siguen a la orden del día desde aquél “Septiembre 11”. Seguimos en tensión peligrosamente por esta separación entre la tecnoeconomía y la cultura, aunque, es momento de incorporar algunos comentarios. En la primera, la asimilación de una racionalidad orientada hacia la eficiencia y la técnica continúan siendo la moneda de cambio, la búsqueda por la satisfacción sostenida por los mismos recursos para generación de riqueza continúa siendo la manzana de la discorida. Este discurso manifiesta en la cultura esta doble fundamentación. Se observa la cara inversa en cuanto a esta lógica hedonista, desenfrenada e irracional por la satisfacción propia en cuanto la cultura vira su discurso en una sustentabilidad que permita el repunte de la ecología como eje central de nuestro disfrute. Como si se hubiese dado un giro repentino del hedonismo que Bell entiende por la búsqueda del placer experiencial que prima el yo, así como de lo novedoso, hacia una nueva forma de conciencia donde lo esperado, lo correcto y lo “in” fuera la preocupación por el entorno ecológico-ambiental, situación que no deja de ser una “contradicción cultural del capitalismo”. El discurso ecológico y sustentable tiene hoy en lo colectivo su eje accionario, no en lo individual. Quizá la falta de un asidero existencial previamente secularizado haya encontrado en este nuevo orden de lo mundano un recurso de soporte motivacional. “En respuesta para los problemas globales (cambio climático y calentamiento global), comunidades de artistas a lo largo de Europa inician proyectos para promover cambios que puedan estabilizar el clima y asegurar un futuro sustentable. Artistas en lo individual, enfrentan el problema de formas diversas: Obras de arte, instalaciones públicas y proyectos; estableciendo plataformas para compartir información y conocimiento, diseñando proyectos innovadores que conectan el arte con ciencia, investigación, tecnología e ingeniería” (Varbanova, Lidia, 2010) La preocupación actual no ha dejado de lado por completo esta irracionalidad económica en un sentido macro, donde encuentra un campo fértil de intereses económicos en el cual resuena todavía el discurso de Bell. Pero en el ámbito cultural comienza a escucharse otra tonada. La racionalización como autocensura de una esfera donde premiaba un principio pródigo, promiscuo, anti-intelectual y antiracional comienza a inclinarse a un nuevo orden mundial. Pareciera que estamos ante una encrucijada de concecuencias planetarias. Si por un lado, decidiésemos continuar con este impulso desenfrenado de consumo y auntocomplaciencia gratificante, traeríamos hacia nuestro futuro resultados muy probablemente devastadores para algunos países y para una gran parte de la vida y los ecosistemas. Mientras, por otro lado, si acaso estamos a tiempo, la aplicación de esta nueva concepción del accionar colectivo desde la preocupación cultural por preservar el futuro, el cual ha sido desterrado y negado por la posmodernidad, recuperándolo con la regeneración y cuidado sustentable de recursos para nuevas generaciones, proveeríamos de un nuevo sentido anteriormente desencajado. Definitivamente no hay un destino, el futuro no es un lugar al que se llega, sino una adaptación e incorporación de necesidades y deseos sociales que atienden a cambios históricos. La categorización tri-axial radica más en un órden analítico que tal vez no opera del todo desarticulado entre sí, dicho sea de paso, esta estructura empieza a parecerse más a esa vieja idea, irrisoria para Daniel Bell, de una “red” de “redes” donde la estructura vertical comienza a inclinarse. Estamos entrando a un nuevo orden en el sistema social, provocado por la incorporación de nuevas tecnologías de la información y por el desarrollo en las comunicaciones globales. Esta situación es digna de un profundo análisis en el sentido en que Bell sustenta un discurso de una sociedad que pareciera dar señales de nuevas dinámicas para los próximos tiempos. La cultura, por lo 001147a1aaspcantes referido, seguirá siendo catalizador primordial en el futuro del hombre. Para comprender un poco esto, el sociólogo norteamericano nos lleva por un recorrido histórico y analítico. La cultura ve en el modernismo el resultado de los cambios sociales producidos a finales del siglo XIX. Bell, nos transporta por el correr del siglo y sus expresiones culturales para tratar de encontrar el hilo conductor manifiesto en el arte moderno, el cual se esconde entre la autodeterminación del arte como irracionalidad de la forma en pugna con el “arte oficial” y la autonegación por mantenerse en la paradoja de “no triunfar” sobre aquel viejo arte, lo cual, paradójicamente, sería su autodestrucción. Dos cambios sociales son la razón: El medio social (la conciencia del cambio sensorial espacio-tiempo producto del desarrollo de las comunicaciones y el transporte) y la conciencia del yo (la pérdida de la certidumbre religiosa). El paso a la cultura de la posmodernidad se da en el subsecuente agotamiento del arte moderno, de su retórica y su sentido. El arte contemporáneo, es para críticos como Cuauhtémoc Medina, parte de “la presunción de que la convención de operación, discursos, formatos y objetos, es un dilema que no tiene un término seguro, y eso es un territorio de experiencia y de relación dialógica personal que requiere disposición” (2009). Es decir, el arte contemporáneo es experencial e interpretativo. Coloniza públicos, forma a su público. Esta formación es resultado de la arraigada creencia capitalista de la necesidad de la formación de “expertos” en el ámbito cultural, visión que opera en la estructura actual como en el de la modernidad señalada por Daniel Bell: En “la pintura, en el cine (quizá menos en la música avanzada), el artista, y por lo común el artista de vanguardia, domina ahora la escena cultural. Es él quien rápidamente moldea al público y el mercado, en lugar de ser moldeado por ellos” (2006). En ese sentido, la producción artística no dista mucho de la planteada por el sociólogo norteamericano. Otros comentarios como el de Felix De Azúa (2003) mencionan que “aunque pueda parecer una provocación, el arte contemporáneo es ya muy viejo. Tiene más o menos cuarenta años, y todavía sigue siendo contemporáneo, aunque por supuesto, ha ido cambiando con el paso de los años. (…) La propuesta de llamar contemporáneo a un género artístico nació en los años sesenta del siglo XX y se prolonga hasta nuestros días, supone que disponemos de una definición unitaria, capaz de dar coherencia a prácticas artísticas tan disímiles como el land art de Richard Long, el conceptual de Kosuth o los performances de Beuys”. En un sentido estricto, el arte actual, experiencial y subjetivo, para no caer en más provocaciones, ha quedado totalmente abierto. Nunca tuvo las tripas más expuestas y nunca fue menos sorpresivo. Los medios de comunicación que hicieron de la propaganda la gran innovación sociológica, y con ella la sociedad de masas, prefiguraron lo que hoy es la moralidad cultural de la liberación. Esta moralidad encontró en las artes terreno fértil para la expresión modernista y su subsecuente desarrollo y asimilación. Pero los medios son más que receptores de las motiviaciones culturales, también configuran las relaciones y las dinámicas sociales que encontraron su extremo en la cultura hedonista pop. Los medios masivos fueron entonces, igual que lo son ahora, las guías que pautaron el comportamiento que dejó fuera la “vieja” ética capitalista norteamericana donde el acento recaía en la formación del carácter abriendo paso al autoproclamado “nuevo capitalismo” de conciencia ética hedonista. El profeta de esta cultura hedonista pop es, para Bell, encarnado por Marshall McLuhan, quien definió la época en los términos adecuados a ella. Considera que las distinciones contenidas en la obra de McLuhan “no están destinadas a ser usadas analíticamente o sometidas a prueba por algún medio empírico; son letanías para aliviar las angustias de una persona y reforzar su sensación de bienestar dentro de los nuevos modos de comunicación”, y remata “el sueño de un agente de publicidad, en más de un aspecto” (2006, p. 79). Aunque no cabe duda de que McLuhan encontró y abrió una amplia veta para los estudios de la comunicación adelantándose incluso varias décadas en su comprensión y construcción de un marco teórico amplio, por lo que no sería muy sensato descartar su trabajo tan precipitadamente. En resumen, Daniel Bell, cree encontrar en las tensiones éticas contradictorias en el ámbito tecnoeconómico, cultural y político, reflejado en las prácticas capitalistas que dieron paso a la modernidad y su posterior agotamiento, un reflejo de la decadencia de la sociedad norteamericana la cual requiere de un impulso moral vinculativo, que le rescate de la deriva en la que pareciera haberse precipitado. La proposición de Daniel Bell, antimarxista (pues niega que la lucha de clases sea ya motor de la historia), se mueve de regreso en terrenos apocalípticos ya que carece de solución aparente, o por lo menos en las contradicciones culturales del capitalismo no logra manifiestar propuesta alguna, mientras al mismo tiempo radicaliza su tesis de una sociedad desvirtuada en una visión que se define muy bien en la pregunta que deja en el aire el Dr. Fidel Fajardo-Acosta (2010), de la Universidad de Omaha respecto a las observaciones de Bell: “Are we all living in Woodstock Nation?”. La producción cultural contemporánea, reflejo de la experiencia social, trata de articular su propia desorientación. En ese sentido, las comunicaciones juegan un papel primordial en la estructura y las dinámicas sociales, por lo que su estudio resulta adecuado abordarse desde perspectivas sociológicas de análisis que tomen en cuenta el número, la interacción, la conciencia de sí misma y la orientación hacia el futuro. Bell (2006) lo expresó de este modo: “Estos cuatro elementos moldean la forma en que los individuos responden al mundo. Dos de ellos, el número y la interacción (…) son responsables, primordialmente, del énfasis que la sensibilidad moderna pone en la inmediatez, el impacto, la sensación y la simultaneidad. Estos ritmos también tienden a moldear las formas técnicas de la pintura, la música y la literatura. El surgimiento de la conciencia de sí mismo (o “el culto de la experiencia”) y las presiones de una sociedad movilizada (…) han llevado a modos más abiertos y conscientes de respuesta ideológica a la sociedad –rebelión, alienación, retraimento, apatía o conformidad- que se encuentra claramente grabados en la superficie de la cultura” (p. 96). La distribución de las tecnologías de información moldea y genera su propio grupo de números e interacciones formando un subsistema de red simbólica que forma un nuevo perfil de expresión cultural. La interacción entre redes sociales, empresariales, culturales, política, etc., han creado pautas de comportamiento y dinámicas versátiles, que permiten abrirse o cerrarse, fluir hacia adentro o hacia el exterior, interconectar, seleccionar, discernir, evolucionar y desarrollarse de acuerdo a las características de sus propias comunidades, así como de los diálogos y relaciones entre otras. ¿Qué tanto podemos hablar, hoy, acerca de un nuevo mundo incluyente, globalizado? ¿Cuánto ha cambiado la sociedad que percibió Daniel Bell en las contradicciones culturales del capitalismo? Esta apropiación tecnológica en el ámbito de la cultura no es la última palabra en la actual estructuración a niveles funcionales, pues la distribución de tecnologías, su asimilación, y el alcance de ciertas redes, sigue siendo monopolizada por comunidades muy reducidas. “La revolución de internet ha concentrado en pocas manos la mayor plataforma comunicativa de todos los tiempos. Alrededor de 500 sitios o emisores de información concentran más de la mitad de todas las visitas a sitios web que se realizan en el mundo entero. Y esas son solo el 0,003% de todas las páginas web que existen en la actualidad. Según los datos de Alexa.com, compañía dedicada a proporcionar información sobre la web y cuyos datos son actualizados diariamente, las tres primeras webs de la red son Google, Facebook y Youtube, una muestra clara de por donde van las macrotendencias de internet. Les siguen, por orden, Yahoo, buscador; Windows Live, buscador de Windows; Baidu.com, buscador chino; Wikipedia, enciclopedia de los usuarios; Blogger, que acoge la mayoría de los blogs o agendas públicas personales; QQ, buscador chino; Twitter, red social de mensajes cortos” (www.elperiodico.com, 2010). La tendencia dislocada que originalmente reinó en la internet, donde el usuario se adentró a un denso bosque de diferentes páginas web, plataformas, chats y una multiplicidad de experiencias que nos daban la impresión de que encontrábamos los límites únicamente en nuestra creatividad e imaginación, ha terminado apostando por la simplicidad y la concentración de sus posibilidades. Por supuesto no es el final de esta aventura que recién empieza, pero es necesario no perder de vista ciertas perspectivas para lograr el mejor aprovechamiento de las nuevas tecnologías de comunicación, para todas las áreas. Como bien señala Noam Chomsky, en su libro Piratas y Emperadores, el problema no es al mundo no poder cambiar, el problema es que ya no podemos imaginar otro mundo posible. Otra observación, es que el acceso a estas tecnologías sigue siendo viable únicamente para algunos estratos sociales, así que, con todo y las formas originales de expresión cultural basadas en nuevos espacios de socialización o intercambio (como myspace, facebook, realidad virtual, etc.), comunicaciones y dispositivos tecnológicos incorporados para facilitar las necesidades contemporáneas de bienes y servicios, multimediaciones, o las posibilidades en la creación de nuevas ecologías y manifestaciones artísticas (en montajes, en producciones musicales, arte interactivo, audiovisuales, etc.), no es todavía una realidad global, aunque seguimos avanzando. Resulta entonces visible que la desigualdad social y el analfabetismo público ahora incluye las apropiaciones tecnológicas que impactan seriamente la cultura a nivel global. Por ejemplo, “un dato que me llama la atención es que una parte muy reducida de la población (mexicana) 27.6 millones de personas son usuarios de la red de redes, tomando en cuenta que la población en total es de de 107 millones de habitantes, esto debido a que la gran mayoría de los Mexicanos no cuentan con los recursos suficientes tanto económicos como educativos para utilizar este medio”. En una perspectiva mundial, el uso promedio era apenas del 24.7% hasta junio de 2009. Esto es indicador de una tremenda desigualdad y pone en duda la reestructuración de las dinámicas sociales y culturales en dinámicas de interacción global, así como su impacto en países emergentes o de economías poco desarrolladas. La interconectividad social que trata de entablar redes de negociación e intercambio cultural entra en fases de contradicción, pues, como observa Salvador Salazar (2010), los procesos múltiples que buscan generar esa conectividad propician condiciones desiguales. La idea de una conectividad global que coquetea con las tecnologías de las comunicaciones, sólo ofrece, hasta el momento, un futuro utópico mientras no se logre vencer ciertas tendencias sociales que Bell había advertido en la forma de las tensiones culturales capitalistas que hoy rigen independientemente del desarrollo en otros ámbitos, como la tecnología y la ciencia, y las sigue ubicando en pocas manos. Esta capacidad desarrollada en las comunicaciones, pone al alcance de la mano de muchos individuos una gran variedad de opciones culturales, laborales y de experiencias sensoriales, pero al mismo tiempo entra en tensión directa con la necesidad de especialización de roles (para Weber, la sociedad tiene una predisposición a la racionalidad funcional), que terminan por crear subculturas de lenguajes simbólicos herméticos. Bell supone que esta confusión deviene en una mala o parcial comprensión de las artes y las expresiones culturales. Probablemente, esta escisión del rol y la expresión simbólica, también haya impulsado la necesidad de negar toda especialización y división en las artes contemporáneas. Desde una perspectiva científica, nuevas teorías del conocimiento, como la que impulsa Jean Piaget o Rolando García, de Epistemología Genética y los Sistemas Complejos, buscan incorporar la interdisciplinariedad de las ciencias en el análisis de la realidad, tomando “una representación de un recorte de esa realidad, conceptualizado como una totalidad organizada (de ahí la definición de sistema), en la cual los elementos no son “separables” y, por tanto, no pueden ser estudiados aisladamente” (García, Rolando, 2008. p.21). Estas tendencias generan nuevos paradigmas adaptando viejos modelos y reincorporándolos a través de nuevas formas de generar conocimiento. No desdeñan la especialización, pero reconocen la imposibilidad de apropiarse adecuadamente de extractos de una realidad más compleja (en el sentido que da Rolando García al término) desde la mirada734077 parcial que ofrece la especialización. De algún modo, estas acciones y esfuerzos de adaptación rompen con el ritmo crítico de tonos criticones. La apertura del pensamiento divergente crea soluciones y ve bondades en lo que la añoranza ve contradicciones que engendran únicamente tensión. Otro ejemplo es la postura de Sir Ken Robinson (2010) respecto al paradigma pedagógico, que dice que “tenemos una educación modelada en el interés del industrialismo” pues “Las escuelas están organizadas con bastante semejanza a las fábricas, instalaciones separadas, materias separadas especializadas. Todavía educamos a los niños por grupos. Los ponemos en grupos por edades. ¿Por qué hacemos eso? ¿Por qué es ese supuesto de que lo más importante que tienen en común es la edad? (…) Se trata de la estandarización. Creo que necesitamos ir en la dirección opuesta. (…) Debemos pensar diferente sobre la condición humana, tenemos que superar esta vieja concepción, sobre lo académico y lo no académico, abstracto, teórico, vocacional, y verlo como lo que es: Un Mito. Y en segundo lugar, que la mayoría del aprendizaje sucede en grupos donde la colaboración es la fuente de crecimiento, si atomizamos a la gente, si los separamos, que trabajen separados, creamos una especie de disyunción entre ellos y su ambiente natural de aprendizaje. Y en tercer lugar, es crucial por la cultura de nuestras instituciones, los hábitats de nuestras instituciones y los hábitats que ellos ocupan”. Poco a poco, en todas las áreas, se hace obvio el cambio de nuestra forma de ser en el mundo. Es evidente la necesidad de un replanteamiento en la manera de experimentar la cultura, de reinterpretarla, de organizar nuestras instituciones, de reformular la justicia y su equidad desde la inclusión de la diversidad, desde la interculturalidad, y construir con bases éticas y humanitarias nuevas formas de interacción mercantil que permitan el equilibrio, la distribución de la riqueza y la sustentabilidad, para un progreso equitativo, no sólo del ser humano sino de todos los que cohabitan con él, así como impulsar el derecho de accesar a distintos horizontes de “poder ser” como proyecto de Humanidad. Estoy convencido que es una cuestión de ética, pero sobretodo es una cuestión de congruencia con nuestra condición humana. Es un problema de sentido. Las tensiones culturales, que bien observó Daniel Bell, son tan vigentes ahora como en su tiempo. La manera en que moldearemos nuestro aquí y ahora para enfrentar la realidad de nuestro momento es lo que debemos definir proactivamente. Tenemos las herramientas adecuadas, estamos en el tiempo correcto, ante el umbral de la disyuntiva de pensar creativamente mundos posibles, de ubicarnos hacia el camino correcto, la pregunta es si somos capaces de imaginar las soluciones adecuadas. Porque como dice Daniel Bell (2006): “Los hombres pueden rehacerse a sí mismos y a la sociedad, pero con el conocimento del poder debe coexistir el conocimiento de sus límites. A a fin de cuentas, esta es la más vieja y perdurable verdad de la condición humana, si ha de seguir siendo humana”.

[Jaime Miguel GONZÁLEZ CHÁVEZ. “Daniel Bell. Hacia un replanteamiento de las contradicciones culturales”, in Razón y Palabra (México), vol. XVI, núm. 75, febrero-abril de 2011]