✍ El declive del hombre público [1977]

por Teoría de la historia

35782La consolidación de una esfera pública frente a otra privada en la vida de las gentes, su clara diferenciación pero mutua dependencia, fue una de las principales conquistas de la civilización moderna. Creó un ámbito de intereses comunes, autoridades compartidas y poderes legítimos, junto a sus espacios, frente a otro perteneciente a cada cual, inviolable, en el que no cabía inmiscuirse. Los orígenes remotos de esa dicotomía se encuentran con diáfana claridad en ese período de borrosas fronteras -y con diversas intensidades según el país- que cubre el final de la era feudal y todo el Renacimiento. La distinción alcanza su plenitud con una doble revolución: la política, en su expresión liberal, y la económica en su expresión capitalista. Hoy, ya bien entrado el siglo XXI, seguimos distinguiendo -por lo menos así lo hacen nuestras leyes y constituciones- una esfera privada de otra pública, cada cual con sus derechos y sus deberes, como si de dos compartimentos estancos se tratara. La privacidad es inviolable, por ejemplo, del mismo modo que lo es el derecho a votar o a opinar libremente sobre los asuntos que son públicos. También es inviolable el derecho a actuar separada o conjuntamente sobre aquello que compartimos -el erario público, las actividades del gobierno, los espacios de todos-, siempre dentro del marco que la ley impone. La nitidez de esta esencial distinción, definitoria sin duda de la civilización propia de las democracias liberales, no suele serlo tanto cuando nos acercamos a ella con tanta curiosidad como espíritu crítico. No solo es así, sino que lo primero que descubrimos es que la correlación de fuerzas entre ambas esferas varía con el tiempo. O se hace borrosa. También varía el sentido mismo que posee cada una de ellas. La privacidad, el individualismo, la libertad que cada cual posee para cultivar su esfera privada o para violarla -venderla mediáticamente, o hacer de ella espectáculo político, o recurso para acceder al poder, entre muchas posibilidades-, han sufrido notables mudanzas. También las ha sufrido el ciudadano como miembro de su comunidad política, y más aún la naturaleza de quienes entran en la liza por el poder, ostentan cargos públicos, o influyen sobre una esfera pública cuyos rasgos quedan mucho más difuminados de lo que la ideología formal del presente suele admitir. La detección y análisis de un proceso evolutivo notable en este terreno tiene ya una larga historia en el pensamiento social. Tanto, que apenas logrado el advenimiento de las libertades instauradas por las primeras revoluciones liberales -la americana y la francesa, a finales del siglo XVIII- surgieron meditaciones, hoy clásicas, en torno a la libertad de los ciudadanos, sus nuevas responsabilidades, y sobre las fuerzas que paradójicamente socavaban las nuevas capacidades adquiridas por el ciudadano en democracia. Los nombres de Benjamin Constant, Alexis de Tocqueville y John Stuart Mill recuerdan esas fuentes clásicas del análisis, detección y hasta prognosis del fenómeno en pleno siglo XIX, cuando a la corriente de liberación y afirmación del ciudadano celoso de su ámbito íntimo y de su esfera privada pero corresponsable de lo público y participante en su ámbito aún le quedaba mucho camino por recorrer. No es este el lugar para revisar toda la corriente de pensamiento sobre el hado sufrido por la cultura, la economía y la psicología políticas del homo liberalis desde aquella época. Sus hitos están con nosotros, y en algunos casos, como en la obra de Hannah Arendt o en la de Isaiah Berlin, continúan perteneciendo a nuestro universo moral de discurso, puesto que toda teoría de la democracia y sus dimensiones, hoy, tiene que habérselas con esas concepciones, dialogar con ellas. Tiene que habérselas también con el análisis propuesto por Richard Sennett en su obra fundamental de 1977, ‘The Fall of Public Man’, cuya traducción literal sería la de ‘caída del hombre público’ y que fue traducida y publicada en castellano con el título más acorde con la tradición nuestra sobre estas cosas de ‘El declive del hombre público’. Incluye una notable reflexión sobre la evolución y la degradación del ciudadano en el seno de la democracia liberal de base capitalista en su dimensión de miembro de una comunidad política. No se circunscribe al ciudadano políticamente empleado -los profesionales de la política-, sino que incluye un diagnóstico sobre la evolución de esa conquista de la responsabilidad y la libertad – combinadas- que representó la expansión del individualismo cívico en los primeros decenios del mundo liberal. Un prefacio no debe resumir un argumento que el lector encontrará defendido y explicado con precisión, convicción y suma claridad en las páginas de este libro. Sí, en cambio, debe recordar que, acercándonos ya a los cuatro decenios de la fecha de su primera publicación, el ensayo de Sennett no ha perdido ni un adarme de su interés. Más bien lo que el autor planteó en aquella ocasión no ha hecho sino cobrar mayor pertinencia, de modo que ‘El declive del hombre público’ ha venido a unirse a los textos clásicos contemporáneos de referencia en los que, como decía, se asienta hoy nuestra reflexión sobre los aspectos político-morales -y en el caso de Sennett, también11521918617 psicológicos- sobre las mujeres y los hombres de nuestros días. Richard Sennett es un sociólogo norteamericano que pertenece y ejerce la tradición radical del pensamiento social en su país. Es un pensador socialista. Esta definición, que es correcta, no debería enturbiar ni la lectura del libro ni lo que ahora diré entre aquellos lectores que, con ella, se sientan tentados a leer su obra en la clave de lo que a veces, en Europa, significa. Su socialismo liberal trasciende el lugar común, y debe ser juzgado según sus propios términos y matizaciones que él mismo elabora. Richard Sennett nació en Chicago en 1943, en una familia comunista. Tanto su padre como su tío lucharon en la Guerra Civil española, encuadrados en la Brigada Lincoln, formada por voluntarios yanquis. (Su padre fue traductor de poesía catalana y castellana, y tuvo la oportunidad de adquirir la nacionalidad española en 1988, ofrecida por nuestro país a aquellos extranjeros que acudieron a defender la república y a combatir el fascismo con las armas). Se crió con su madre -dedicada al trabajo social- en un barrio miserable, violento y ruidoso de Chicago. Pronto inició una carrera muy prometedora como músico, que quedaría frustrada a causa de una deformación en la mano que lo obligó a dejar el violonchelo. Richard Sennett es hoy profesor de sociología en la London School of Economics, aunque mantiene su vinculación con la Universidad de Nueva York. Tras entrar como estudiante en la Universidad de Chicago, el sociólogo David Riesman -autor de ‘La turba solitaria’, un libro también hoy clásico, con cuyas preocupaciones enlazarían algunas de las de Sennett- le invitó a que fuera con él a Harvard, para madurar sus ideas. Allí vivió los agitados años sesenta del siglo pasado, con los inicios de una cultura tan presuntamente alternativa como pseudorrevolucionaria y hasta narcisista. En vez de participar de ella, sus principios, propios de una izquierda seria, se afirmaron en publicaciones tales como ‘The Uses of Disorder’ -‘Los usos del desorden’- y ‘The Hidden Injuries of Class’ -‘Los daños ocultos de la clase social’-. Ambos fueron muy bien recibidos, pues llamaban la atención sobre aspectos de lo que, si se me permite un arcaísmo marxiano, representó en su día el muy serio fenómeno de la falsa conciencia de la clase obrera. De hecho las preocupaciones que allí afloraban encontrarían un eco muy considerable en dos libros breves, incisivos, que han aparecido recientemente en castellano, ‘La corrosión del carácter’ (publicado en inglés en 1998) y ‘La cultura del nuevo capitalismo’. Dos elementos caracterizan en todos estos ensayos sociológicos el trabajo de Sennett. Primero, su afán por identificar y describir las consecuencias dañinas -en términos de mentalidad, actitud moral, interiorización en las conciencias de los hombres de condiciones que son, en realidad, estructurales, como son las de la producción y el mercado capitalistas. En segundo lugar, la concentración de su atención en el marco urbano. Sennett es, abiertamente, un sociólogo urbano, y como tal se suele entender su aportación tanto a las ciencias sociales como a la reflexión sobre la condición contemporánea, la que hace de él un intelectual público de primer orden. Con la publicación de ‘El declive del hombre público’ en 1974 Sennett produjo un estudio de la evolución de las formas públicas de vida, sobre todo en el medio urbano, desde el advenimiento de la concepción moderna de la vida política democrática. Su autor constató que en los últimos decenios se había afirmado una the-fall-of-public-mantendencia hacia manifestaciones narcisistas, frívolas en el fondo, de expresividad pública, con abandono de una seriedad y un formalismo que eran característicos de una política responsable. Las emociones desencadenadas en los años sesenta del siglo pasado -que comenzaron en lugares como California hacia 1964 pero culminaron en Mayo de 1968 en París y otros lugares- pretendieron presentarse como revolucionarias -y hasta en cierto sentido lo eran-, pero obedecían a una estetización de la revuelta y a una caída en la autocomplacencia moral. Este argumento -que algún observador superficial consideró conservador, como si Sennett hubiera abandonado sus posiciones anteriores- proviene claramente de los principios de la izquierda. Responde, a mi juicio, a la actitud de un socialista tradicional, que exige y espera justicia social, igualdad de oportunidades, vida pública austera. Un argumento hoy en día más que nunca pertinente para no caer en las confusiones del pensamiento más o menos débil y más o menos posmoderno. Leer ‘El declive del hombre público’ y meditar sobre él es conocer los flancos débiles de la modernidad más reciente e identificar los elementos más sólidos de una esfera pública en la que vuelvan por sus fueros los principios de la equidad y, sobre todo, los de una fraternidad republicana en el marco de una visión exigente de la democracia.

[Salvador GINER. “La agonía de lo público”, in El Tiempo (Bogotá), 3 de junio de 2011]

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