✍ La formación del espíritu científico. Contribución a un psicoanálisis del conocimiento objetivo [1938]

por Teoría de la historia

187390La reciente y paulatina incorporación de la obra de G. Bachelard al castellano (y me refiero, de un modo especial a “La formación del espíritu científico”) ofrece, para el que se interesa por los problemas culturales de nuestro tiempo, abundante pábulo a la meditación. La combinación del Psicoanálisis con otras corrientes es uno de los más típicos fenómenos actuales y merece, desde luego, cierta reflexión. Por supuesto, en Bachelard no nos hallamos ante un fenómeno como el de Marcuse, con su fuerte capacidad para mover masas. El impacto de Bachelard no ha sido, con toda evidencia, tan espectacular. Probablemente, porque se mueve en esferas más especulativas y porque se ha reducido a un ámbito más intelectual. Si la combinación marcusiana psicoanálisis-marxismo ha servido para encauzar uno de los movimientos más típicos del siglo XX (la rebelión juvenil, entre otros), la simbiosis bachelardiana psicoanálisis-epistemología resulta menos explosiva, menos espectacular, pero, indudablemente, más constructiva. El interés fundamental de Bachelard se orienta hacia la historia de la ciencia y hacia los obstáculos de la mente humana para alcanzarla. Por otra parte, que el problema del conocimiento es uno de los más graves con que se ha enfrentado la especulación filosófíca, desde Parménides hasta nuestros días, se nos concederá fácilmente por parte de quienes tengan una mínima formación histórico-filosófica. De ahí el interés que nos merece el pensamiento de Gaston Bachelard. Desde Kant, sabemos muy bien que la definición del conocimiento como la aprehensión del objeto por parte del sujeto plantea no pocos problemas. No interesa ahora trazar la historia de esta cuestión, aunque sea de una forma mínimamente esquemática. Sí interesa, en cambio, señalar que el epistemóloqo francés ha planteado el tema desde una óptica nueva. O, por lo menos, desde una perspectiva que ofrece notables novedades, y que, desde luego, abre horizontes muy amplios. «Cuando se investigan las condiciones psicológicas del progreso de la ciencia —ha escrito— se llega muy pronto a la convicción de que hay que plantear el problema del conocimiento científico en términos de obstáculos. La noción de obstáculo epistemológico, pues, en el pensamiento de Bachelard es de una importancia central: sólo mediante un adecuado psicoanálisis del espíritu puede éste alcanzar plenamente el conocimiento objetivo. Tal es la tesis central de su libro. ¿Cuáles son esos obstáculos? Bachelard los ha desgranado a lo largo de las páginas del libro que comentamos. Pueden reducirse, esencialmente, a siete: la experiencia básica («el espíritu científico ha de formarse contra ella-formacion-del-espiritu-cientifico-bachelard-13582-MLA3230164643_102012-O sentido común y contra la naturaleza»); el conocimiento general («nada retrasa tanto el progreso del conocimiento científico como la falsa doctrina de lo general que ha dominado desde Aristóteles»); el obstáculo verbal («dar un nombre a un fenómeno no significa explicarlo»); el conocimiento unitario y pragmático («todas las cuestiones se sosiegan con una vasta Weltanschauung»); el obstáculo substancialista («substantivar un fenómeno no es aislarlo»); la libido («proyección de lo sexual a todos los objetos del conocimiento») y, finalmente, el obstáculo cuantitativo («falacias de una inadecuada cuantificación»). Bachelard limita los casos estudiados a determinados autores científicos —y no precisamente los más significativos— del siglo XVIII. En realidad, el libro podría titularse El nivel de la ciencia de la Ilustración porque es por ahí por donde va, en última instancia, el libro de Bachelard: trazar la altura intelectual, el nivel de las distintas etapas de la historia de la ciencia. Tres son las postuladas por Bachelard: un primer estadio, que el autor llama precientífico y que comprende, esencialmente, desde los griegos al siglo XVIII; la etapa científica, que abarca todo el siglo XIX; y la creación del nuevo espíritu científico que hace su aparición con la hipótesis einsteniana de la relatividad. Si en el primer estadio se va a la geometrización de los fenómenos (sobre todo en la ciencia barroca), la segunda etapa conduce a un proceso de abstracción (siglo XIX) que alcanza el grado supremo con Einstein y las nuevas orientaciones de la ciencia del siglo XX. Nadie negará, a juzgar por los principios GB_FormationEspritformulados, la trascendencia de las tesis sostenidas. Y, sin embargo, uno se resiste, cuando menos, a aceptar como definitivos sus puntos de vista. O en otros términos: a creer que hemos dado con la solución final del problema del conocimiento. Ante todo, por razones históricas. Cada vez que el espíritu humano se plantea la tarea de juzgar las aportaciones científico-filosóficas del pasado, las etapas anteriores aparecen desde la perspectiva del que hace el balance, como mera prehistoria. Cuando Aristóteles pasa revista a la ciencia que le ha precedido sólo se le ocurre pensar que su filosofía es la culminación y, al tiempo, la superación del pensamiento presocrático. Cuando, en pleno Renacimiento, Bacon publica su Novum Organum, afirma haber descubierto los obstáculos (él los llama ídolos) que han impedido, hasta su época, un conocimiento científico digno de tal nombre. Cuando, en fin, Comte publica su Cours de philosophie positive, cree también haber descubierto que la ciencia ha pasado por tres estadios sucesivos (¿no les recuerdan las tres etapas de Bachelard?): el teológico, el metafísico y el positivo. Este, naturalmente, representa le definitiva culminación. Pero, razones históricas aparte, hay también criterios de orden teórico. Por poner un ejemplo: el hecho de que se entienda, de un modo indiscriminado, como preciencia toda la historia del espíritu humano desde los griegos a Lavoisier. ¿Podemos aceptar, sin más, que el siglo XIII esté al mismo nivel que los griegos o que la ciencia renacentista y barroca, que nos dio nombres tan ilustres como Copérnico, Bacon, Kepler, Descartes, Pascal y Galileo? Una de las consecuencias positivas da la obra de Bachelard sobre la formación del espíritu científico (cuya versión original es de 1938), ha sido el intento por aplicar los puntos de vista del autor en otros campos científicos y a otros períodos. Me refiero, concretamente, alRO40228015 libro de R. Joly sobre el nivel de la ciencia hipocrática. Que yo sepa, aparte un breve estudio del nivel de la ciencia natural de Plinio, es éste el primer intento serio por aplicar las tesis de B-achelard a una etapa que no sea el siglo XVIII. Joly se enfrenta, en este trabajo —que ha conocido, bueno es decirlo, duras críticas— con la metodología de la medicina hipocrática, de la que es, por otra parte, un notable conocedor. Pero Joly sabe llegar a conclusiones algo matizadas. Creer que con la ciencia del siglo XX se ha llegado a la suprema cima del espíritu científico se me antoja una conclusión que recuerda las palabras de Hegel: «El mundo está explorado, circunnavegado y, para los europeos, es una esfera. Lo que todavía no ha sido dominado por ellos es que no merece la pena o no está destinado a ser dominado». Recuérdese que también Hegel creía haber llegado con su filosofía a un culmen… El pecado del orgullo suele ser frecuente en la historia de la ciencia. Aristóteles, Bacon, Comte y Bachelard son una buena muestra.

[José ALSINA. “G. Bachelard y el espíritu científico”, in La Vanguardia (Barcelona), 14 de agosto de 1980, p. 25]