✍ El capital en el siglo XXI [2013]

por Teoría de la historia

piketty_el-capital-en-el-siglo-xxiEl libro El capital en el siglo XXI está llamado a causar impacto global, como en su día lo causaron Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, Breve historia del tiempo, de Stephen Hawking, o como su predecesor, del que robó parte de su título, El capital, de Karl Marx. Pero a diferencia de la obra del alemán, que inspiró en el siglo XX una nueva ideología y un nuevo modelo de economía, de organización política y de Estado, la obra de Thomas Piketty no está llamada a refundar el marxismo, como la prensa de la derecha estadunidense (empezando por The Wall Street Journal), se ha apresurado a denunciar maliciosamente. La obra de este francés, que la semana que viene cumplirá apenas 43 años, está llamada a salvar precisamente un modelo capitalista que brilló brevemente en el siglo pasado, pero que fue suficiente para sacar a cientos de millones de personas de la pobreza y para crear una clase media próspera, sana y culta, capaz de disfrutar de un estilo de vida al que, durante siglos, sólo la minoría privilegiada se creía con este derecho. El capital en el siglo XXI, considerado ya por el Nobel de Economía, Paul Krugman, como “tal vez el libro de economía más importante de la década”, es clave porque diagnostica la reaparición de una enfermedad pandémica y tan vieja como la humanidad, pero sobre todo, porque dice a los gobiernos cómo curarse y cómo vacunarse. La enfermedad de la que habla Piketty es la desigualdad de la riqueza, responsable de la ola de indignación en muchas partes del mundo, que comenzó casi coincidiendo con el estallido de la primera crisis económica del siglo XXI y la gran recesión global que generó. Lo vimos en países tan diversos como Islandia, con la rebelión que mandó a la cárcel a los banqueros que dejaron al país en la quiebra; como España, con el movimiento de los indignados que contagió al mismo Estados Unidos, con los Ocuppy Wall Street; lo vimos con las revueltas de la primavera árabe, las protestas de los turcos, o más recientemente en las calles de Brasil. Hasta el Vaticano, enemigo feroz del comunismo en el siglo XX, alza ahora la voz indignada contra el capitalismo salvaje y de casino. Lo que diagnostica Piketty de forma científica en su obra es que esta rebelión de las masas es consecuencia de una concentración cada vez mayor de la riqueza en cada vez menos personas y un inquietante regreso al modelo anterior a la segunda mitad del siglo XX, en el que esa riqueza no se repartía de manera justa y no premiaba a los que hiciesen más méritos, sino a los que heredaban un patrimonio lo suficientemente importante como para seguir agrandándolo más y más. El periodo de reconstrucción y paz tras la Segunda Guerra Mundial permitió el florecimiento en el mundo occidental de una mayoritaria clase media, gracias a gobiernos que inyectaron dinero público y pusieron candados a los especuladores. En cuanto los gobiernos neoconservadores quitaron esos candados, allá por los 80, se empezó a inflar una burbuja que cuando estalló atacó con especial dureza a los más vulnerables: a las clases medias que se endeudaron, mientras que la minoría privilegiada, aprovechó su colchón de riqueza para enriquecerse aún más, como alertan todas las estadísticas internacionales. La brecha entre ricos y pobres es cada vez mayor y será, según el autor, “insostenible” en 2040 o 2050, como lo fue en Europa cuando florecieron los totalitarismos en la primeraCapital-ensayo-Thomas-Piketty-idem_EDIIMA20140506_0406_13 mitad del siglo pasado. Piketty no sólo alerta de esta enfermedad social, sino que también prescribe una receta matemática que consiste en gravar proporcionalmente los distintos niveles de rentas y riqueza patrimonial. Propone, como medida de choque, un impuesto global del 80% a las rentas más altas y hasta un 60% a las medias altas. En cuanto al patrimonio, propone gravar un 10% anual a las mayores fortuna. El objetivo es que los gobiernos recuperen la capacidad de inyectar dinero público en beneficio de toda la sociedad y salvar así la clase media, antes de que ésta abrace de nuevo los partidos extremistas y xenófobos, como está pasando ya en Francia, el país de Piketty. El capital en el siglo XXI debería ser un libro de cabecera de gobernantes que entienden que la brecha social crece y que algo tienen que hacer antes de que ellos mismos sean devorados por los indignados. Que lo lean y que actúen en consecuencia.

[Fran RUIZ. “El capital de Piketty y la rebelión de la clase media”, in La Crónica de Hoy (México), 2 de mayo de 2014]

9782021082289Para entender con todas sus consecuencias El capital en el siglo XXI, de Thomas Piketty, hay que aceptar en primer lugar que es algo más que un estudio económico-histórico sobre la desigualdad en el capitalismo realmente existente, por contraposición al capitalismo de laboratorio que se estudia en los asépticos textos de sus apologetas menos dotados. Pero aunque sólo fuera eso, es decir, un análisis de una de las semillas de la desigualdad económica, la aportación de Thomas Piketty ya sería notable. Porque quien esté preocupado por el pensamiento económico percibe que los economistas se ocupan mucho de las supuestas recetas para curar disfunciones sistémicas (paro, inflación, deflación, estancamiento, recesiones), pero se aproximan con más renuencia al problema crucial de la desigualdad, que es, como diría un comunicólogo hipster, “transversal” a todos los mencionados. Como en tantas otras ocasiones, la percepción puede no ser veraz; existen libros sobresalientes sobre la desigualdad (por ejemplo, Sobre la desigualdad económica, de Amartya Sen), pero o bien son formulaciones teóricas, o bien no han conseguido, por razones variadas, calar en una base amplia de lectores u opinantes. El capital en el siglo XXI, en cambio, se presenta como un libro construido para suscitar debate (ya lo ha hecho) en un amplio espectro de lectores. Ofrece una tesis aceptable sobre la desigualdad, fundada en abundante arsenal empírico, y, por tanto, es una oportunidad para instalar el problema en el debate político. Piketty no se declara contrario a la desigualdad constitutiva, por decirlo así, del sistema económico; no plantea problemas, dice, si está basada en “la utilidad común”. Lo que nos llevaría a definir cuál es exactamente el perímetro de la desigualdad estatutaria del capitalismo y la línea a partir de la cual se convierte en desutilidad. Y eso, a su vez, conduce a una evidencia: el capitalismo progresa por la desigualdad y suele entrar en crisis por la especulación. Cuando la economía de mercado “se abandona a sí misma” se genera una secuencia continua entre la desigualdad constitutiva y la excesiva. Piketty enfoca esta última como la distorsión que produce el peso excesivo de la renta acumulada en el proceso de producción de riqueza. Observa que la norma general de la evolución económica (salvo los treinta años gloriosos que siguieron al final de la Segunda Guerra Mundial) ha sido que la retribución de los patrimonios (es decir, de las rentas acumuladas por los beneficios pasados) aumenta, en tiempos de crecimiento económico moderado, más rápidamente que la producción y los salarios; el empresario tiende a convertirse en rentista, el capital se reproduce a sí mismo —podría traerse aquí a colación a André Comte-Sponville, cuya definición de capitalismo es la de un sistema económico que produce dinero a partir de dinero—, los salarios pierden peso en la estructura final de rentas, y la desigualdad, incluso entre rentas de la misma naturaleza, campa a sus anchas libre de barreras. La síntesis es la relación r > g, donde r sería la tasa de rendimiento promedio del capital, y g, la tasa de variación de la renta nacional. Este sería el mecanismo por el cual el pasado devora al porvenir. ¿Cómo se corrige esa tendencia? Piketty apunta que el factor correctivo más eficiente es aumentar la competencia en el mercado; pero esta solución contiene un grado muy elevado de voluntarismo. Las zonas de competencia en los mercados se van reduciendo drásticamente, sustituidas por zonas de influencia de las grandes empresas, que fijan sus propios precios y condiciones para sus suministrados y clientes. El poder económico ha capturado al político, el único que puede restablecer ciertas condiciones de competencia, al menos en los mercados relevantes. Propone también otro remedio, más expeditivo, para frenar la desigualdad: un impuesto progresivo sobre el capital, aplicado lógicamente en todas las economías mundiales. La idea no es nueva y sin duda causaría el efecto buscado. Pero el propio Piketty es consciente de que una iniciativa como esta requiere una gran capacidad de gestión política en el orden mundial. Aplicar un impuesto de este tipo exigiría una coordinación fiscal entre todos los Estados que hoy no existe. La visión de Piketty puede describirse como un realismo desencantado. Las fuerzas actuantes en favor de la convergencia y la igualdad (principalmente la difusión del conocimiento, la aportación de la tecnología a la producción) operan a un ritmo geológico frente a la velocidad de los factores divergentes (el desequilibrio r > g). La desigualdad descrita por Piketty se parece a una fuerza determinista, casi igual a la entropía en los sistemas físicos. Es posible reducirla temporalmente, ordenar el sistema mediante decisiones políticas momentáneas; pero los hechos conocidos —la presión conservadora de Reagan y Thatcher que puso fin a los treinta años gloriosos— demuestran que los actos de orden esporádicos suelen tener las de perder frente a la acción constante de los actos de desorden. Está dicho que El capital en el siglo XXI es algo más que una tesis sobre la desigualdad en el capitalismo realmente existente. También puede interpretarse como un modo innovador de plantear la investigación económica. Innovador no significa original ni estrictamente nuevo, sino que opera ante el lector como una aplicación masiva de las fuentes históricas y estadísticas como artillería apabullante en defensa de la tesis nuclear del libro. Otros economistas clásicos utilizaron las fuentes estadísticas como piezas de convicción; Marx, sin ir más lejos. Pero lo innovador es el uso intensivo del aparato de números. No obstante, Piketty entiende la economía como una disciplina más de las ciencias sociales, probablemente en el sentido en que Pío Baroja sostenía que la historia es una rama de la literatura. Y, por supuesto, la economía debe estar supeditada a la política. Lo que cuenta en cualquier sistema complejo es la decisión, no el diagnóstico, que, además, en el caso de la economía, siempre es equívoco.

[Jesús MOTA. “Cuando el pasado devora el porvenir”, in El País (Madrid), 4 de diciembre de 2014]

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