✍ Tributos. Versión cultural de nuestras tradiciones [1984]

por Teoría de la historia

ernst-h-gombrich-tributos_MLU-F-3062408900_082012Rome n’est plus dans Rome: con estas palabras, acaso nostálgicas, aunque también irónicas, George Steiner (En el castillo de Barba Azul) lapidó a gran parte del proyecto cultural de Occidente fundado sobre los valores herencia de la tradición humanista. Para los años que corren el diagnóstico de Steiner, formulado en los setenta, se ha convertido en materia conceptual común entre intelectuales, filósofos, historiadores y economistas atareados en definir el nuevo orden de nuestra cultura. En este sentido, hay tantas interpretaciones post como urgencia por estimar las repercusiones de una situación en la que se nos afirma, la organización y el pensamiento de la sociedad no pueden ya ser planteados como continuidad a la concepción nacida de la Ilustración, con sus bases grecolatinas y judeocristianas, llamada Modernidad. Ahora que el humanismo y los distintos sistemas cognocitivos engendrados por él ya no están en el centro de la concepción de la realidad actual es una cuestión de no poca monta. Significa, según los juicios de Steiner, que las formulaciones esencialmente verbales (“metáforas”, diría Murray Turbyne, del logos clásico) como coordenadas rectoras en la jerarquización de la “realidad” dentro de la cultura de Occidente, están siendo desplazadas por una realidad cuya manifestación y posibilidades de lectura escapa a los poderes del verbo. Concretamente, dicha “retirada de la palabra” es efecto de que en el nuevo orden ”las notaciones de la lógica simbólica, los lenguajes de la matemática, el idioma de las computadoras ya no son metadialectos que respondan a las gramáticas de la cognición verbal y que puedan reducirse a ellas. Son modos de comunicación autónomos que expresan por sí mismos un creciente campo de tareas activas y contemplativas. Las palabras están deterioradas por las falsas esperanzas y mentiras que han proclamado”. Ante tal panorama en donde la preeminencia corresponde ahora al canon de la tecnociencia y a las artes no representativas (claro: al lenguaje de la música, origen de la presente “globalización sonora”), Steiner es terminante: “Lo cierto es que las humanidades fueron no sólo arrogantes en cuanto a afirmar su carácter central, a menudo fueron necias”. Pero la divergencia realmente profunda que hay entre la sensibilidad humanística y la sensibilidad científica es una divergencia de temporalidad. Inevitablemente, el humanista está pendiente y depende del pasado, la lógica de su discurso es la de la lógica de la memoria, la de un ordenamiento que excluye de modo radical cualquier noción de progreso. En este sentido, por ejemplo, en el arte tiene validez pensar que las más altas expresiones pueden ser alcanzadas, no así postular una supremacía de, para el caso, Shakespeare sobre Homero. Contrariamente, para el científico la luz está adelante, la corrección de errores y la experimentación de teoremas responde a la conciencia de que es posible la proyección de un progreso acumulativo. Memoria y experimentación con miras hacia el mañana son los polos a partir de los cuales se traza el mapa de esta fundamental oposición. En este marco, la serie de ensayos (escritos durante un periodo que abarca desde 1956 a 1912) de E.H. Gombrich, reunidos bajo el título general de “Tributos”, contienen una notable carga de saludable excentricidad, de paradoja (en tanto que contrarían la doxa, esto es, la opinión común sobre el “nuevo orden”). En su “Prefacio” el teórico expone la razón central que lo llevó a escribir estos tributos dedicados a “ilustres figuras” intérpretción de nuestra tradición cultural, entre los que se cuentan nombres como G.E. Lessing, Hegel, Johan Huizinga, I. A. Richards y Frances A. Yates: “Lo hice para ejemplificar la naturaleza y valor de las ramas del saber que se hallan en peligro de ser eliminadas de la educación superior casi en todas partes. No quería permanecer callado por completo mientras los exiguos fondos disponibles en las universidades para dichos estudios (humanidades y artes) se destinan cada vez más a cursos especializados de ciencia y tecnología”. La riqueza conceptual así como la amplia erudición (sobre todo en los terrenos de la filosofía, psicología e historia) desplegadas por Gombrich en estos ensayos dificultan un comentarlo siquiera general. Sin embargo, desde mi punto de vista dos son las líneas medulares de Tributos: “Lectura de las Lecciones sobre estética, de G. W. Hegel” e “Interpretación de la poética de I. A. Richards”. Una de las ideas más importantes en la estética de Hegel, sabemos, es la que define al arte como manifestación del espíritu del mundo. Así como Winckelmann celebraba la presencia visible de lo divino en una obra del hombre, Hegel veía en todo arte una manifestación de los valores trascendentales. Concepto que, es necesario señalar, proviene del neoplatonismo según el cual el artista es capaz de contemplar la Idea misma en su esfera sobrenatural y revelarla “al resto de los mortales”. Sin embargo, la plena manifestación del Espíritu aquí sólo es posible de modo utópico, esto es, en el futuro hacia el que, según profetizaba Hegel, el “progreso” de la humanidad se encaminaba de manera irrevocable. En este plano, Gombrich destaca cinco “métodos” interpretativos surgidos a partir de dicha concepción estética, los cuales, muchas veces, han sido una verdadera plaga dentro de la historia de la crítica: trascendentalismo estético, colectivismo histórico, determinismo histórico, optimismo metafísico y relativismo. Quizá el determinismo histórico y el relativismo son, hasta hoy, las causas principales de imposturas interpretativas. Sobre el relativismo apunta Gombrich: “Cualquiera que sea el propósito del Espíritu del Mundo, debe ser algo nuevo. Así, lo viejo se devalúa, puesto que lo no probado ni conocido al menos tiene la posibilidad de albergar las semillas del futuro”. Relacionada directamente con este propósito debemos a Hegel el mayor de los prejuicios estéticos: la obra de arte como14244-6294-thickbox expresión del carácter de la época. Señalé que dichas imposturas perviven en la actualidad porque ¿no nos recuerdan las fórmulas acríticas sobre las cuales se han levantado los esnobismos de las recientes manifestaciones posmodernas que, se supone, responden al “espíritu” de la actualidad? Me refiero, desde luego, a las conceptualizaciones a la moda, no a los análisis serios de un Habermas, un Luhmann e incluso Lyotard. Así, el juicio de Gombrich con el cual finaliza su ensayo, es bastante claro a este respecto: “La continua actualidad de los temas tocados por Hegel me parece incuestionable, sin embargo, se vuelven problemas álgidos sólo en relación con la presente situación del arte…”. En “Interpretación de la poética de I. A. Richards”, el análisis de Gombrich destaca la importancia que para Richards desempeña el lenguaje como fuente de creación poética. Formulación dentro de la cual las “convenciones” creadas a través de la historia de los estilos juegan un papel determinante. Para Richards la expresión pura (es decir, el concepto antihistórico de la self-expression según la cual, en tanto que la obra suscribe un “estado del alma” (Croce), es profundamente individual y siempre nueva) no pasa de ser un presunción meramente cándida. Porque, más bien, gran parte de la responsabilidad en la creación poética recae en el idioma, no en el intelecto, sentimiento o sabiduría del autor: “Un lenguaje (…) tiene hombros mucho más anchos y fuertes que cualquier poeta”. En dicho orden, afirma Gombrich, Richards concibe a la “red del idioma” como nuestra segunda naturaleza.

[David MEDINA PORTILLO. “Los guardianes de la memoria”, in Vuelta (México), nº 189, agosto de 1992, pp. 47c-49a]

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