✍ La crisis de las identidades. La interpretación de una mutación [2001]

por Teoría de la historia

3252180.__grande__La transformación de los vínculos sociales en las sociedades modernas es un tema recurrente en la sociología desde los clásicos. El gran número de obras donde una y otra vez se vuelve a mencionar a Tönnies o a Weber y sus teorías del cambio social desde formas de vinculación comunitarias a formas societarias es un buen ejemplo de esta preocupación. La obra de Claude Dubar, La crisis de las identidades, es una de ellas. Las peculiaridades de este libro son dos. Primero, su concreción histórica y espacial, pues su análisis se refiere a la transformación de los formas de vinculación que se ha dado al pasar la población francesa de unas sociedades industriales avanzadas a unas sociedades nuevas en los últimos treinta años. Segundo, la complejidad del análisis, pues profundiza en la intensificación de los procesos de civilización (Elías), de racionalización (Weber) y de liberación (Marx y Engels) conjuntamente. Esto ha dado como resultado un libro con una profundidad y complejidad a la altura de las circunstancias de los cambios actuales en las sociedades tecnológicas avanzadas. El autor trata de aprovechar los conocimientos que la literatura fundacional de las ciencias sociales nos ha legado sobre la transformación de las figuras identitarias, en concreto: Max Weber, Carlos Marx y Frederic Engels, y Norbert Elias. A partir de ellos construye una hipótesis compleja pero decididamente fundamental que podemos resumir así: el cambio de los vínculos sociales se ha originado en la transformación del orden simbólico, del económico y del político conjuntamente. En concreto el tema fundamental del libro es el cambio de las formas de la individualidad que, generado por los cambios en los órdenes antes mencionados, ha hecho entrar en crisis las formas de identificación legítimas históricamente en las sociedades precedentes y que eran gestionadas por las colectividades. La conjugación de los procesos de racionalización, de liberación y de civilización ha desarrollado un nuevo sistema de configuración identitaria. En éste se encuentran cuatro tipos de identidades: Culturales, Narrativas, Reflexivas y Estatutarias distinguidas por dos dimensiones: El eje biográfico que reconoce la naturaleza del sujeto con mayor capacidad definidora (colectiva o individual) y el eje de relación definido por la naturaleza del objeto principal de referencia (el si o los otros). Las identidades culturales son las configuradas por los Nosotros moldeadores del Yo. Las demás son distintos modelos emergentes que conjugan el yo con el nosotros dando un papel progresivamente más relevante al individuo en la construcción de la identidad. Las identidades narrativas y reflexivas serán las más individualizadas, es decir donde el papel del individuo es más relevante a la hora de construirlas. La hipótesis general del libro se formula en los siguientes términos: Existe un movimiento histórico de tránsito de los modos de identificación definido por los otros a unos nuevos definidos por cada individuo. Éste se desarrolla a partir de procesos históricos, colectivos e individuales, que modifican la configuración de las formas identitarias definidas como modalidades de identificación en una sociedad. En este movimiento se pasa de formas comunitarias a formas societarias. Las formas comunitarias son aquellas que creen en la existencia de agrupaciones denominadas “comunidades” consideradas como sistemas de lugares y nombres preasignados a los individuos y que se reproducen idénticamente a lo largo de generaciones. Las formas societarias son aquellas donde se encuentran colectivos múltiples, variables y efímeros a los que los individuos se adhieren por períodos limitados y que proporcionan recursos de identificación que se plantean de manera diversa y provisional. Para profundizar en cómo se están produciendo estos cambios y atestiguar su teoría sobre la crisis de las identidades sociales, Claude Dubar invita a una larga reflexión durante tres capítulos sobre cada una de la formas de identificación social principales en las sociedades industriales avanzadas de final del siglo XX y las instituciones en las que se desarrollan: la familia, el trabajo, la religión y la política. Aúna en cada capítulo los cambios producidos en las relaciones sociales propias del espacio dominado por una institución social particular y el tipo de identidad social básica que ésta generó (sexuadas, profesionales o simbólicas). Progresivamente a lo largo de cada capítulo, el autor dirige nuestra mirada hasta encontrar la naturaleza de las nuevas identidades sociales de cada espacio social analizado que pueden ser narrativas, estatutarias o reflexivas. En referencia a la reflexión teórica que corre paralela al estudio empírico anterior destaca la posición del autor respecto a la sociología clásica. Según el autor, la constatación de la pluralidad de identidades colectivas que el individuo gestiona impide el seguir abordando el problema de la identificación social desde las perspectivas clásicas de la sociología. Éstas planteaban el tema de la identidad como un hecho social impuesto por las instituciones a los individuos. Sin embargo, la pluralidad obliga a pensar que la subjetividad se ha convertido en un elemento central para la constitución de la identidad. Pero ello no significa que el yo se imponga al nosotros, como pensaba Norbert Elías. Al advertir que el nosotros y el yo son realidades plurales, el autor transforma su concepto de Sujeto individual y de identidad personal y ya no los ve como conceptos contrapuestos a la idea de un nosotros o de una identidad colectiva. Para el autor, el sujeto representa una configuración de formas identitarias constituida por y en un proceso específico de socialización que garantiza generalmente la doble preeminencia de lo societario sobre lo comunitario y del para sí sobre el para los otros. Pero sigue habiendo en ese orden espacio para los nosotros y las identidades colectivas. Creo que esta reflexión adquiere hoy en día una enorme importancia pues reformula el problema de la introducción del individuo en el análisis sociológico. Según el autor, la crisis de las identidades sociales exige que centremos nuestra atención sobre el individuo y sobre la “construcción de la identidad personal”. El individuo ha dejado de ser un personaje, un miembro de grupos, para ser un “sujeto societario”. La identidad personal es construida según el autor por el individuo a partir de los recursos que le proporciona su trayectoria social, considerada como una historia subjetiva que da a la identificación una naturaleza narrativa y reflexiva cambiante. El vínculo societario en el que se desenvuelve la persona le ofrece oportunidades, recursos, señas y un lenguaje para la construcción del Yo. Según el autor, el nuevo tipo de ligamen posibilita dos formas identitarias alternativas: la que se refugia en la intimidad, de la que nos hablaba Anthony Giddens a finales de los ochenta, y la que se centra en la acción colectiva, sobre la que ya reflexionó, a comienzos de los noventa, Alain Touraine. Por fin ha quedado claro que el triunfo del proceso de individualización no nos arrastra indefectiblemente al individualismo. El proceso de individualización ha provocado que la construcción de vínculos sociales quede en manos de los individuos, de su decisión racional a partir de su experiencia social. En consecuencia, el individuo no se relaciona con las instituciones sociales actuales de un modo pasivo sino activo. Este cambio transforma todas las instituciones, por ejemplo, la ciudadanía. El autor constata que las identidades ciudadanas están en crisis debido a que las formulaciones actuales manejadas por las instituciones tienden a ser estatutarias o comunitarias cuando los cambios sociales llevan a que en realidad la identidad ciudadana sea individual, inalienable e igualitaria. La construcción de identidades políticas sobre bases partidistas, étnico-religiosas o estatutario-profesionales está abocada, en la nueva configuración social, a una crisis permanente. El otro camino es la construcción de un sistema democrático que gestione la paradoja de las identidades personales. Para ello el principio de legitimidad que puede garantizar una correcta representatividad del individuo es la definición de una ciudadanía basada en la reflexividad y la convicción personal, junto al reconocimiento público de la individualidad. De este modo, el conjunto de la ciudadanía entendido como individuos autónomos sería la forma más adecuada de legitimación de un sistema democrático representativo. Como dice el autor: Hay que encontrar en uno mismo las razones para elegir tal o cual representante, tal o cual programa, o tal o cual opción (pág. 186). En consecuencia, la construcción de la identidad personal se ha convertido en un asunto público y no sólo privado. Lo que significa que uno de los retos de las democracias en las sociedades europeas es la necesidad de construir un orden donde cada uno pueda encontrar recursos para construir su identidad personal, incluso recursos simbólicos. Ello es lo que permitirá la construcción de una ciudadanía a tono con las transformaciones sociales. Por último, no quiero terminar sin indicar al menos brevemente un punto que creo necesario reconsiderar ya que no queda del todo claro en el libro. Llega un momento en la reflexión del autor donde parece que el individuo queda reducido a ser un actor que se hace sujeto, construye su identidad personal, cuando participa en la acción colectiva. Esto supone que en su vida cotidiana, no participativa, el individuo se puede considerar una vez más un miembro de un grupo o clase, un personaje, tal y como lo pensaba la sociología clásica. A mi parecer esta consideración del autor9782130562207FS supone una concepción de la acción social rutinaria como una situación en la que desaparece la individualidad de la que habla el autor. Yo no estoy seguro de ello. Entiendo que tal posición tiene un enorme fundamento en la sociología de los grupos sobre los hábitos y las normas sociales. Sin embargo, me pregunto, ya sabiendo que ha aparecido el sujeto societario, si no debiéramos considerar que nuestras acciones rutinarias son también acciones colectivas en cierto sentido. Es verdad que todas las acciones sociales que realizamos no son de la misma naturaleza que la participación en una manifestación. Sin embargo, pienso que actualmente los individuos se ven constantemente cuestionados en sus acciones, aún en los actos más comunes, por visiones y acciones de otros bien diferentes y con los que se encuentran frecuentemente. De algún modo, existe una decisión reflexiva y racional en seguir realizando una misma rutina. Es decir, creo que debemos preguntarnos. ¿Al hacer cada cosa estamos proponiendo una forma de vernos a nosotros mismos y a los demás y por tanto estamos participando en un movimiento social, en una corriente de pensamiento y la estamos haciendo explícita, concreta ante los otros? ¿No está siendo el individuo socializado en una individualidad que le obliga a ser Sujeto que elige constantemente? Si esto fuese así, toda acción social sería intencional y fomentaría o se opondría a un cambio social. Desde una perspectiva teórica, esta afirmación introduciría al individuo y su identidad personal en todo análisis sociológico que pretendiese comprender la relación entre las Estructuras y las Acciones Sociales, aún al analizar las prácticas más rutinarias. En fin, el libro de Claude Dubar, La crisis de las identidades, es una obra que debe ser tomada como referencia para todo investigador social que esté dispuesto a preguntarse sobre el lugar del “individuo” en la investigación sociológica y replantearse desde ahí las respuestas clásicas a las preguntas entre las estructuras y las acciones, entre lo macro y lo micro, entre lo objetivo y lo subjetivo.

[Juan José VILLALÓN. “Claude Dubar: La crisis de las identidades”, in Revista Sistema, nº 178, 2004, p. 138]