✍ Le monde retrouvé de Louis-François Pinagot. Sur les traces d’un inconnu, 1798-1876 [1998]

por Teoría de la historia

—S:S8`úT:02:10 17:1La biografía se dedicó durante mucho tiempo a transcribir la trayectoria de los hombres ilustres, y redujo al hombre común a un estado pasivo, tributario de las decisiones de los poderosos. La crítica ante ese privilegio acordado a los estratos más altos de la sociedad provocó una historiografía que reorientó la mirada hacia las masas, hacia las lógicas colectivas. La escuela de los Annales contribuyó en gran medida a esa reevaluación de los mudos de la historia, de aquellos que no dejaron huellas, más que indirectas. Pero, como ya vimos, esa actitud tuvo como resultado un eclipse del género biográfico que se deslegitimó por motivos a la vez epistemológicos y de intención democrática. Con el “regreso” de lo biográfico, algunos historiadores no abandonaron el deseo de tener acceso a esos anónimos de la historia. De distintas maneras mostraron que se puede superar el obstáculo de las fuentes para restituir lo que fue su mundo. Recientemente se llevó a cabo una tentativa límite, hecha por un pionero de nuevos continentes del saber: Alain Corbin. Con su Le monde retrouvé de Louis-François Pinagot (1998), eligió construir una biografía sobre un individuo a quien justamente eligió porque no dejó huella alguna. Desconocido en los archivos judiciales, con un destino totalmente ordinario, era perfectamente adecuado para describir lo que fue la vida cotidiana del hombre medio. Alain Corbin explica que verdaderamente buscó en los archivos un “átomo social”. El punto de partida es de los más restringidos, puesto que no tiene datos explicativos de su sujeto más que sus fechas de nacimiento y de defunción: 1798 y 1876; su función social: fabricante de zuecos; su lugar de residencia: Origny-le-Butin, y el hecho de medir 1,70 m, de haberse casado y tenido ocho hijos: “Tenemos que practicar una historia indirectamente, a partir de lo que revela el silencio mismo”. Alain Corbin da la espalda a las dos posturas posibles que se le ofrecen para escribir la biografía de un hombre del pueblo. O bien se dedicaba a reconstituir, a través de un personaje singular, un ideal-tipo que mostrara las características de un fabricame de zuecos en el mundo rural del siglo XIX, o procedía a la escritura de la biografía de un caso-límite con destino excepcional que fuera relatado por el historiador, gracias a la existencia de un documento archivístico de naturaleza jurídica. Utiliza otro camino para tener acceso a esos hombres que fueron “borrados”, “tragados” por el tiempo. Al igual que el antropólogo, separado de los archivos escritos, trata de reconstituir, por inmersión y anulación del papel personal del historiador que él es, el universo social y mental de su fabricante de zuecos al inscribir en un repertorio lo que no podía ignorar y lo que no podía conocer. A partir de esos dos polos, procede a tientas, por estratos de pertenencia. Restituye -por ejemplo- el espacio que podía recorrer, y reconfigura poco a poco lo que podía ser la sociedad rural en sus prácticas comunes. A partir del universo del fabricante de zuecos, constituido esencialmenre de bosques cada vez más cuidados, el biógrafo no puede más que preguntarse de manera hipotética las consecuencias del medio ambiente sobre la psicología y sobre la visión del mundo de su héroe, a falta de huellas. Deduce de ahí una relación con el tiempo que aleja a Pinagot de cualquier esbozo de apresuramiento. Las restricciones impuestas por el monte de altos árboles son de larga duración e “imponen referencias que no son las del ciudadano, ni aun las del agricultor”. Alain Corbin está obligado, siempre por falta de huellas, a modificar incesantemente su escala de análisis, y a situarla en un nivel colectivo para finalmente emitir hipótesis en lo que respecta a Pinagot. Postula así que tiene que ver con un hombre-tipo de la región de Perche, lo que le permite presentar su exploración de la identidad regional de los años 1770-1850 como reveladora de la conciencia de pertenencia de su fabricante de zuecos. A pesar de que Corbin quería acercarse a lo que singularizaba a Pinagot, su objetivo sigue siendo de tipo biográfico, y debe conjuntar un conocimiento erudito de lo que era la vida en la región de la Perche a mediados del siglo XIX mediante la imaginación y la intuición: “Mi meta es volver a dibujar una vida, imaginar las relaciones afectivas que la animaron y las formas de sociabilidad que marcaron su ritmo”. El hecho de encarnar la singularidad del sujeto Pinagot señala, sin embargo, una apuesta, y ello se manifiesta por el uso que hace Corbin de la doble temporalidad: el pasado, por la certidumbre que muestra en cuanto al universo en el que evolucionó Pinagot en función de los conocimientos de los que dispone Alain Corbin como especialista de ese periodo, y el condicional, por todo lo que hay de posible, de probable, referente a la trayectoria más singular del sujeto biografiado mismo, pero no señala más que virtualidad pura, suposiciones no verificadas por huellas. Alain Corbin diferencia, para la infancia, en el plano del uso del tiempo hipotérico de los elementos que no puede verificar mediante los archivos: “Hasta la edad de veinte años, Louis-François vivió en Haute-Frene con sus padres. Ayudaba a su padre a transportar la madera y a cultivar los linderos del bosque. Tal vez participó de los delitos forestales que acostumbraba cometer Jacques Pinagot”. A propósito del lugar de trabajo del fabricante de zuecos, no hay certidumbre pero sí hipótesis a partir dele-monde-retrouve-de-louis-francois-pinagot---sur-les-traces-d-un-inconnu--1798-1876--30598-250-400 un puñado de elementos que llevan a Alain Corbin a creer que probablemente tenía instalado su taller cerca de su casa con el fin de integrarse mejor a la comunidad aldeana, “pero no tenemos, respecto a ello, verdadera certidumbre”. Louis-François Pinagot nunca dio a hablar de él, no dejó ninguna huella en los archivos judiciales de haber infringido la ley, y por ello “puede considerarse como el representante de la mayoría de los habitantes de Origny-le-Burin”. Cuando se trata de restituir su nivel de educación, predominantemente oral para un analfabeto, su nivel de vida muy modesto, las dificultades ligadas al vecindario y a la multiplicidad de litigios potenciales, Alain Corbin pisa el suelo firme que conoce. Cuando se aventura a explorar las representaciones de su fabricante de zuecos, está en un terreno más frágil. Se ve reducido a la conjetura, a la vez que recuerda, con razón, que ése es el destino de todo historiador. Alain Corbin ve en el plano de las probabilidades lo que Pinagot pudo haber escuchado para dar cuenta de lo que pudo haber sido su visión del pasado al tomarlo como “un átomo social”. Tenemos así, a la distancia de una subjetividad inaccesible, la de Pinagot, una reconstitución de las sucesivas sedimentaciones de los estratos de pertenencia que pudieron haber fundado su práctica y su pensamiento. Es cierto que esa tentativa no carece de interés. Sin embargo, podemos preguntarnos si Alain Corbin logra llevar a cabo una biografía o no, si logra revivir a un individuo. A pesar de la multiplicidad de las fuentes convocadas, Dominique Califa se pronuncia por el carácter aporético del proyecto en la medida en que “Pinagot no logra personificar esa evocación sutil”. En el plano del conocimiento de la vida rural en esa región en el siglo XIX, la demostración de Corbin es una buena aportación, pero muestra sus límites, ya que el historiador corre el gran riesgo de sobreestimar las coacciones que pesan sobre el individuo y de dar valor a un cierto determinismo, puesto que, además, todo el trabajo de Alain Corbin pretende adoptar esa actitud. Habría hecho así, no una biografía, sino una monografía informada de una pequeña región rural, la Basse-Frene. Esta obra debe entonces compararse con los trabajos de la Alltagsgeschichte en Alemania, cuando se fija como meta llevar a cabo una historia total en la escala local.

[François DOSSE. El arte de la biografía entre historia y ficción. México: Universidad Iberoamericana-Departamento de Historia, 2007, pp. 297-300]

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