✍ Los verdugos voluntarios de Hitler. Los alemanes corrientes y el Holocausto [1996]

por Teoría de la historia

hitlers-willing-executioners-ordinary-germans-and-the-holocaustEn Stuttgart, un día de octubre de 1942, una mujer que viajaba en un tranvía lleno de gente vio subir a una anciana cargada de bolsas y con los pies hinchados y se apresuró a cederle su asiento. En un instante, los demás viajeros empezaron a insultarla y a amenazarla. El escándalo fue tal que el tranvía se detuvo entre las paradas y el cobrador expulsó a las dos mujeres, para aprobación y alivio de los pasajeros indignados, ninguno de los cuales iba de uniforme: todos eran ciudadanos normales, cansados del trabajo, tal vez abotargados por el tedio, por la incomodidad del tranvía. La anciana a quien la otra mujer le había cedido su asiento no sólo llevaba unos viejos zapatos deformes y una carga insoportable para su edad y sus fuerzas, también llevaba cosida en la solapa del abrigo la estrella amarilla de los judíos. La historia, a la vez mínima y atroz, se cuenta en un libro que está lleno de ellas, y que yo no paro de leer desde hace unos días subyugado por su erudición y su horror, por su documentación inagotable y su transparente furia moral. Se titula Hitler’s Willing Executioners (Los verdugos voluntarios de Hitler), y su autor, el historiador norteamericano Daniel Jonah Goldhagen, que sin la menor duda, por su nombre, viene de una familia de judíos alemanes, ha logrado estremecer con él los cimientos mismos de las ideas habitualmente aceptadas sobre el nazismo y sobre el holocausto. Parecía que todo estaba dicho, y ahora resulta que apenas nadie se había atrevido a nombrar la verdad. Se suele suponer, por ejemplo, que los crímenes contra los judíos fueron cometidos por una minoría de individuos uniformados y fanatizados ideológicamente, que no tenían gran cosa que ver con la mayoría de la población alemana; la segunda suposición es que el pueblo alemán o no llegaba a enterarse de lo que estaba sucediendo o no tenía posibilidades de manifestar su disidencia, dada la crueldad y la eficacia de la maquinaria del totalitarisimo.Como en Argentina entre 1976 y 1983, en Alemania, entre 1933 y 1945, los horrores serían siempre responsabilidad de otros: los uniformados, los incontrolados. Quien los secundó lo hizo porque no tenía remedio: lo obligaba la obediencia, tenía que salvar su propia vida, en realidad no sabía exactamente lo que estaba ocurriendo, etcétera. En cualquier caso, las narraciones del ex término suelen adoptar con sospechosa frecuencia la voz pasiva, y no se investiga o no se presta atención a las identidades exactas de los verdugos, como si éstos fuesen o bien monstruos ajenos a la humanidad normal o simples engranajes en un mecanismo tan impersonal como los terremotos o las epidemias. Lo que ha hecho Daniel Jonah Goldhagen ha sido desbaratar una por una con su implacable erudición, todas esas vaguedades tranquilizadoras, así que no es extraño que el libro haya provocado desasosiego en todas partes, y que en Alemania lo haya recibido con escándalo. Con su documentación abrumadora, con su manera minuciosa de reconstruir evidencias, Goldhagen prueba que la inmensa mayoría del pueblo alemán compartía el antisemitismo de los nazis, y que ninguna institución alemana, ni las iglesias, ni la judicatura, ni las universidades, ni los colegios médicos, manifestó la más mínima oposición a las leyes antijudías ni dio ninguna muestra de solidaridad hacia aquellos alemanes que estaban siendo despojados de su ciudadanía y a los que muy pronto también se les despojaría de la vida. Es más: las instituciones, los colegios profesionales, los clubes deportivos, las asociaciones de estudiantes, las parroquias, no sólo obedecieron cuando llegó el momento las directrices oficiales, sino que voluntariamente, y con un perfecto entusiasmo, muchas veces se adelantaron a ellas, y llevaron su celo de limpieza racial aún más lejos de lo que las leyes exigían. En el libro de Goldhagen hay fotos de judíos humillados en medio de la calle, de soldados o policías alemanes que rapan las barbas a un rabino con un cuchillo o lo someten a una broma soez: lo que se ve alrededor en las fotografías son caras de gente normal que se regocija con el espectáculo. Las declaraciones de antisemitismo de los obispos católicos y las jerarquías evangélicas hielan la sangre por su crueldad. Salvo una minoría residual de socialdemócratas, ni siquiera los enemigos Políticos de los nazis parecían oponerse a la proscripción de los judíos. Al día siguiente de la Noche de los Cristales Rotos, el partido comunista alemán, ya en la clandestinidad, emitió un comunicado en que se lamentaba que la destrucción de tantos bienes iba a significar un aumento en las horas de trabajo de los obreros que habían de reparar los almacenes y las instalaciones incendiados. Ni una palabra sobre las víctimas judías. Thomas Mann, héroe de la resistencia intelectual alemana frente al oscurantismo nazi, anotó fríamente en su diario cuando supo que los judíos acababan de ser expulsados de la judicatura: “Ya era hora”. En ningún momento a lo largo de su carrera política ocultó Hitler lo que ya había escrito con toda claridad en 1923, que su ambición era liberar a Alemania de los judíos. Y con ese programa político fue reuniendo a multitudes entusiastas a lo largo de una década, y obtuvo en marzo de 1933 más de diecisiete millones de votos, exactamente el 43,9% del censo electoral. Las cifras de Goldhagen son tan demoledoras como los testimonios que recoge: a principios de 1933 había en Alemania dos millones de camisas pardas, el 10% de la población adulta masculina. De pronto, un país entero no es que se rinda a los verdugos: es que se convierte en un país de verdugos, intoxicados por la basura ideológica sobre los pueblos y las razas, insensibles al dolor que ellos mismos provocan, ciegos y mudos ante el crimen más tremendo del que tenga noticia la humanidad. Leo el libro con apasionamiento y terror, me desvela por las noches, me hace compañía en los insomnios que él mismo me provoca, y creo que es urgente que se publique entre nosotros: para que aprendamos sobre Alemania y sobre el holocausto, pero también sobre nuestros fantasmas más oscuros sobre la vergüenza antigua del antisemitismo español, sobre las tentaciones exterminadoras que laten siempre bajo la mentira de las razas, bajo el siniestro romanticismo de la pureza de los pueblos.

[Antonio MUÑOZ MOLINA. “Los verdugos benévolos”, in El País (Madrid), 3 de julio de 1996]

portada-verdugos-voluntarios-hitler_grandeDaniel Jonah Goldhagen, de 38 años, ha saltado de los claustros académicos a la atención mundial con la publicación de su tesis doctoral, titulada de modo rotundo Los verdugos voluntarios de Hitler. Los alemanes corrientes y el Holocausto (Taurus). En este voluminoso trabajo, Goldhagen responsabiliza a por lo menos 100.000 alemanes civiles de colaborar activamente con el exterminio judío, con un celo antisemita tal que los llevó incluso a proseguir con sus ejecuciones desoyendo las órdenes nazis de parar la matanza. “La distinción ente nazis y alemanes en ese periodo no existe” afirma tajante. Según Goldhagen, hubo miles de decisiones individuales de colaborar en el plan de exterminar a los judíos en Alemania. La coyuntura de un Gobierno nazi y un líder obsesionado con la amenaza judía, como Hitler, sólo contribuyeron a dar carta blanca a un pueblo que ya era profundamente antisemita antes del ascenso del nacionalsocialismo.De no haber sido así, la orden de Hitler no habría sido asumida con tanta, naturalidad. La Noche de los cristales abrió la veda a una cacería humana, de la que Goldhagen ofrece multitud de detalles escalofriantes. “Lo que yo trato de demostrar en este libro es que la actitud brutal de los alemanes, y no sólo el asesinato sino la tortura, el acoso y hasta las celebraciones que hacían tras las matanzas de judíos, fueron realizados con la total convicción de hacer lo correcto”, afirma. El autor llama perpetradores a estos ejecutores voluntarios y hasta entusiastas. “Los perpetradores trataron de forma sistemáticamente distinta a los prisioneros. Entre todos, los judíos fueron los peor tratados. Insisto en que no fueron sólo las circunstancias las que los obligaron a actuar así, si o una íntima convicción. La explicación que daba uno de ellos era la siguiente: ‘No considerábamos a los judíos como seres humanos’. Eso resulta bastante revelador”. El impulso eliminador caló en los alemanes, según el libro, pese a que no había fundamentos, objetivos para ese odio. “Lo incomprensible en el caso alemán, que trató a los judíos como a mortales enemigos, es que se basaban en temores imaginarios. Los judíos no tenían ejército. Entre los americanos y japoneses hubo también una demonización, pero había una guerra entre ellos. Sin embargo, los judíos no tenían armas, la mayoría de los judíos alemanes eran grandes patriotas y los judíos del Este eran incluso germanófilos (idealizaban a los alemanes). No hay otra explicación para ese odio visceral que su antisemitismo irracional. Esto diferencia el Holocausto de otros casos de genocidio”, continúa.Los ejemplos documentados que ofrece Goldhagen son verdaderamente aterradores. Los llamados batallones policiales obligaban a menudo a las víctimas a cavar sus propias fosas; se hacían fotos de recuerdo, sonrientes ante los cadáveres y celebraban fiestas después de las matanzas más sonadas; las marchas de la muerte en los últimos días de la guerra acabaron con muchos supervivientes de los campos de exterminio, aun en contra de las órdenes. Y todo esto, realizado por gente que, según Goldhagen, era tan normal y corriente que tras la guerra desapareció en el anonimato de la normalidad. Sin embargo, una de las críticas que se hacen a Goldhagen es la de “demonizar” en su libro a los alemanes, donde prácticamente no se menciona a los que sí se manifestaron contra el exterminio de judíos. “No demonizo a los alemanes en mi libro, lo niego rotundamente”, dice. “Lo único que hago es decir que ellos tenían ciertas ideas que los llevaron a actuar de la manera en que he dicho. Muchos tenían odios, prejuicios y eso se daba en otros sitios también. No encuentro criticable a alguien que sólo pretende contar cosas que estaban mal. Decir que los alemanes en la década de 1940 eran en su mayoría antisemitas y apoyaron una política antisemita es tan correcto como decir que la mayor parte de los alemanes de hoy son auténticos demócratas. Lo importante es hacer una generalización correcta”. Daniel Jonah Goldhagen es profesor ayudante de estudios gubernamentales y sociales en la Universidad de Harvard. Es hijo de Erich Goldhagen, un sobreviviente del gueto rumano judío de Czernowitz (hoy Ucrania), y jubilado en Harvard, donde dictó un curso sobre el Holocausto durante 25 años. El autor de Los verdugos voluntarios de Hitler ha recibido muchas críticas, pero se muestra seguro de sí mismo. “He ido a fuentes documentales que prueban lo que digo. Ninguno de mis críticos conoce este tema como yo, porque hasta ahora no se había estudiado en profundidad”. El punto de vista que aporta Goldhagen con este estudio es uno de los aspectos más relevantes del libro. Con él ha puesto en entredicho casi medio siglo de estudios históricos sobre el Holocausto, centrando la atención en los que él ve como verdaderos ejecutores. “Cuando empecé a mediados de los ochenta a investigar a los asesinos, no había nada escrito sobre eso”, comenta. “Todos los estudios mantenían que los civiles no hacían eso voluntariamente. Después de la guerra se concibió el nazismo como un régimen totalitario fundado en el terror de los ciudadanos. No fue así. Eso es más un mito que una realidad. Los alemanes no estaban aterrorizados y podían actuar y manifestarse en contra de la política contra los judíos, pero muy pocos lo hicieron”. El tácito pacto de silencio que hubo entre los perpetradores alemanes parece haber sido tan cerrado que sólo ahora se empieza a hablar de ello. “Hace un mes publicamos un libro con una amplia selección de cartas que recibí a raíz del libro. Están representados todos los puntos de vista, de alemanes, judíos, de otros países, jóvenes, viejos, de todo. Muchos de los alemanes hablan del total silencio que hubo respecto a esto en la posguerra, y cómo este libro ha quebrado el silencio”. Fue una especie de secreto de familia que abarcaba toda una nación. “En Alemania se decía simplemente “no sabe, no contesta”, explica Goldhagen. “Tras los debates sobre mi libro la cadena ZDF de televisión hizo una encuesta, como la que se había realizado muchas veces antes, preguntando a los supervivientes de esa época si sabían de la existencia de los campos de exterminio durante la guerra. Un 27% contestó que sí. Teniendo en cuenta que hasta ahora había un silencio total al respecto, creo que ha llegado el momento de hablar”.

[Fietta JARQUE. “Daniel J. Goldhagen responsabiliza a los alemanes comunes del exterminio de judíos”, in El País (Madrid), 2 de diciembre de 1997]

7501Es imprescindible escribir, ahora y siempre, sobre el Holocausto, un crimen único en la historia que ha cambiado -y debe cambiar aún más- la percepción de la humanidad sobre su capacidad de crueldad y, más grave si cabe, sobre la banalidad del mal. Todo lo publicado al respecto es bienvenido. Milita contra el olvido y en favor de la memoria, un bien máximo del alma y la mente.Pero no todo lo publicado actúa contra la trivialización, independientemente de las intenciones de su autor. En los últimos años, sobre todo en EE UU, se ha generado una industria editorial sobre el Holocausto que satisface más a la ambición de los autores que al análisis sincero que corresponde a quienes no fueron víctimas. Suelen ser historiadores jóvenes, dispuestos a asumir teorías que garanticen un eco para mayor gloria universitaria y editorial. Son justicieros que sentencian sobre épocas de las que algo saben pero poco entienden. Me temo que Goldhagen pertenece a este grupo. Su libro ahora traducido al español, Los verdugos voluntarios de Hitler, y publicado por Taurus, sostiene que los alemanes en su conjunto fueron verdugos entusiastas de los judíos. Más aún, que esperaban cualquier excusa, véase un régimen como el nazi, para acabar con todo judío a su alcance. Me temo también que la vida en Harvard es demasiado fácil como para hacer entender en los pocos años que tiene Goldhagen toda la complejidad de la sociedad alemana de los años treinta. Y que pretender que los alemanes, o los austriacos incluso -mucho más antisemitas ellos-, tenían mas odio a los judíos que los polacos, los eslovacos, los croatas, los lituanos o los rusos, es un disparate o una clave comercial para el escándalo y el éxito del libro. Muchos cristianos, sindicalistas e izquierdistas alemanes fueron a la muerte bajo el nazismo. Por resistir. Y gitanos y homosexuales. Y muchos colaboracionistas de todas las naciones ocupadas destacaron en los campos como verdugos fervorosos. Historiadores como Ruth Bettina Birn, Norman Finelstein o Cristropher Browing han acusado a Goldhaen de simplificar y comerciaizar esta trágica historia. Las respuestas descalificadoras de Goldhagen no hacen sino avalar tales críticas. Una maoría de los alemanes toleraron -por convicción, por indiferencia, por miedo- los crímenes de los nazis. No es poca culpa. Decir que les movía el entusiasmo en la liquidación de la raza judía que, aún después de la Conferencia del Wannsee en 1942, Hiter insistió en mantener oculta, es hacer populismo comercial con la muerte ajena. Goldhagen ha vendido muchos libros. Lo merece por su labor recopiladora. Pero su análisis es simple. La simplificación trivializa. Y trivializar el Holocausto es una frivolidad. Aunque le haga a uno famoso y bestseller.

[Hermann TERTSCH. “Un justiciero”, in El País (Madrid), 2 de diciembre de 1997]

Electre_2-02-033417-8_9782020334174El comentario de Hermann Tertsch sobre Los verdugos voluntarios de Hitler (Taurus) sostiene que su autor, Daniel Jonah, Goldhagen, hace “populismo comercial con la muerte ajena” y simplifica y trivializa el análisis del holocausto. Pero esta descalificación del gran libro del politólogo norteamericano no está sustentada en ningún argumento serio ni concreto. Peor aún, el comentarista parece no haber leído la obra completa y oculta mal su desagrado ante la desafiante tesis de Goldhagen sobre la complicidad activa y voluntaria de miles de alemanes comunes y corrientes en la mayor empresa criminal del siglo: el exterminio a escala industrial de los judíos europeos por la dictadura hitleriana durante la Segunda Guerra Mundial. La extraordinaria investigación del profesor de Harvard puede y debe ser objeto de la crítica especializada de los historiadores, los politólogos y los estudiosos del nazismo y del genocidio judío. Pero despacharla con una página biliosa y sin argumentos constituye no sólo una irresponsabilidad del periodista sino también una falta de respeto con el autor, con el público lector y con las víctimas del holocausto.

[Hernando VALENCIA VILLA. “Sobre ‘Los verdugos voluntarios de Hitler'”, in El País (Madrid), 5 de diciembre de 1997]

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