✍ La Revolución Francesa. Una nueva historia [2012]

por Teoría de la historia

UnknownLa revolución fascina o perturba. Sea moral, sexual, económica o política, presenta un imaginario que seduce o escandaliza, pero que jamás deja indiferente. Aunque Francia continúe considerándose la patria de los derechos humanos, ya no apela tanto a su herencia revolucionaria como hasta mediados del siglo XX. No obstante, su himno nacional, que reivindica el hecho de derramar la sangre de los enemigos en los surcos, se sigue cantando en los estadios del mundo entero, y los debates sobre figuras emblemáticas -María Antonieta, Robespierre, Corday o Marat- o episodios célebres como el Terror o la guerra de la Vendée continúan siendo vivos. Con todo, Francia se inquieta por la erosión de los valores nacionales ligados a la Revolución Francesa y cultiva la nostalgia de una toma de la Bastilla o una noche del 4 de agosto que hubieran acabado bien. Es tal la fuerza de ese imaginarilo que en Francia el año cero de los tiempos modernos siempre se identifica con 1789. Todos coinciden en ese punto, añoren la monarquía idealizada, consideren 1789 o 1793 el primer paso hacia el totalitarismo o, por el contario, estén convencidos de que 1789 sienta las bases de una nueva era para la humanidad, o simplemente saquen enseñanzas para hoy de los resurgimientos de los acontecimientos revolucionarios. Por no hablar de los historiadores, formados en las «estructuras» y rebosantes de métodos, que dan vueltas alrededor del período entre 1789 y 1799 como si fuera un Santo Grial reservado a los iniciados. El período revolucionario, más que otros episodios, está envuelto por una historiografía que hace temible aproximársele. Como una ciudad fortificada, compuesta por barrios eventualmente rivales, la historia de la Revolución Francesa reposa sobre una montaña de papeles y libros, emergiendo de las extensiones sin límites y sin fondo de los depósitos de archivos, sean las míticas series F o W de los archivos nacionales o bien los infinitos dédalos de las series L de los archivos de los distintos departamentos franceses. Dominándolo todo, vela el torreón inexpugnable de los discursos y las memorias, de las notas y las cartas, que recuerda que aún no se ha desvanecido el misterio de las palabras de Robespierre, Sièyes, Madame de Stäel o Maistre, por citar a unos cuantos. El presente libro se suma a las anteriores aproximaciones a ese período que he llevado a cabo durante más de treinta años, privilegiando el relato de los acontecimientos. Adoptar este procedimiento no significa ceder a la fatalidad ni a la facilidad, sino recurrir a un método que solo toma en consideración las ideas encarnadas en los individuos y los grupos que luchan, aman, sufren y, sobre todo, dejan detrás de sí las trazas irrecusables de sus actos. Por una parte, esta actitud no concede ninguna primacía al pensamiento político, que demasiado a menudo se cree que puede dividir el mundo hasta el punto de resumir la complejidad de las acciones colectivas en debates filosóficos desencarnados, en ocasiones mortíferos. Por otra parte, esta actitud no reconoce la autoridad de las categorías y las escansiones justificadas por las costumbres historiográficas, incluso cuando los archivos niegan a menudo su realidad. En este caso, no se trata de saber lo que se debe a tal o cual corriente de pensamiento, sino de comprender cómo se llegó a la política por la lucha, qué hizo que a un pueblo que no tenía ninguna noción política se le ocurrieran ideas complicadas, mezclando la gran política con la política del pueblo, los análisis racionales con las profecías, y los heroísmos con las peores maldades. Las querellas interpretativas que han marcado los últimos treinta o cuarenta años no han logrado llegar a un consenso. Es preciso, pues, regresar al estudio erudito de los hechos, tal y como se vivieron, se percibieron y se transmitieron, a fin de comprender el hilo de los acontecimientos en la magnitud de lo que sucedió. El relato sigue los pasos de los actores, se vuelca tanto en sus vacilaciones como en sus arrebatos, da cuenta de sus alianzas y sus itinerarios. Impone lentitud, al interesarse por las contracorrientes y aceptar las incertidumbres ligadas a las lagunas documentales y sobre todo a los misterios insondables de las decisiones individuales. Este método se ha aplicado en varias ocasiones. En el caso de la guerra de la Vendée, ha permitido restablecer las cadenas lógicas que transformaron por azar una victoriosa emoción rural en enemigo público y que provocaron la que se considera, incontestablemente, la peor devastación militar cometida en Francia. El estudio de la evolución cronológica del uso de la palabra «contrarrevolución» ha demostrado que las estigmatizaciones políticas afectaron a todos los grupos en un momento u otro, creando una zona duradera de fluctuación alrededor de los verdaderos vencidos del enfrentamiento entre los extremos, ese centro del todo inencontrable en Francia que va de los monárquicos a los girondinos. La atención prestada a la violencia política en el respeto de las ternporalidades ha recusado la imputación del Terror de Estado a la Revolución Francesa, e incluso precisamente al período entre 1792 y 1794. Ha demostrado en qué medida los juegos de poder autorizaron numerosas exacciones sin conferirles la institucionalización que esperaban sus actores. Por último, al estudiar las relaciones «de género» entre las mujeres y los hombres durante la Revolución Francesa ha sido posible seguir los diferentes pasos que condujeron a la relegación de las mujeres fuera del espacio público, a la identificación de la virilidad con la ciudadanía, y de esta con la militarización de la sociedad. El presente libro, en ciertos aspectos, pone en una perspectiva global esas distintas tramas seguidas desde hace tantos años. El relato, que respeta los azares sobrevenidos al hilo de las iniciativas y los conflictos, vuelve explícitas las mutaciones y sus consecuencias imprevistas, al mismo tiempo que restituye las modalidades según las cuales se transforman las opiniones y las relaciones entre grupos sociales e instituciones. Quedan por precisar los límites en los que se inscribe el presente trabajo. Aunque nada se escape a la complejidad del relato, que abarca la profusión de acciones en la multiplicidad de ámbitos, no pretende escudriñar las entrañas y el corazón de la gente. Su objetivo es la descripción de los mecanismos en marcha y la enumeración de los engranajes encajados, sin tratar de desvelar las intenciones profundas de quienquiera que sea, o los propósitos generales de un grupo o una nación, y menos aún de la humanidad. La posición adoptada aquí recusa cualquier «enigma de la institución de lo social» (Claude Lefort), así como cualquier misterio ligado a la «máquina de hacer dioses» (Serge Moscovici). Por el contrario, considera que el proceder del historiador, que acepta racionalmente dar cuenta de la irracionalidad de los seres y las cosas, está especialmente adaptado a las insurrecciones y las bifurcaciones, que es capaz de decir simplemente, sin ninguna búsqueda de sacralidad, lo que sucedió. Resulta evidente que nadie pensaba provocar el vuelco que se impuso tras 1791-1792, y muchos, tras haber aplaudido los sucesos de 1789, condenaron los de 1793. Suelen enfrentarse dos lecturas al respecto. Por una parte, siempre es posible pensar que los encadenamientos eran ineluctables, que fue culpa de Rousseau, del idealismo de la Ilustración o de hombres perversos. Por otra parte, cuando se alaba el curso de la Revolución Francesa hasta 1794, la ruptura de termidor suele atribuirse a la traición de los ideales y la corrupción de los espíritus y la sociedad. He decidido poner en evidencia las sucesivas relaciones de fuerza que se instituyeron en la Francia de la década de 1770, sumida en una corriente cultural marcada por la búsqueda de nuevas soluciones, cuando el soberano se embarcó en reformas cuyas consecuencias abrirían vías cada vez más conflictivas, sin que se pudieran controlar sus manifestaciones. Ya me había situado en esta perspectiva de investigación que insiste en las repercusiones mecánicas inducidas por las elecciones en situaciones apremiantes encauzadas hacia nuevas alternativas limitadas por las orientaciones anteriores. Esa aleación de gravedad y energía aparece en las citas del epígrafe: «la fuerza de las cosas». La fórmula es ambigua, como revelan las traducciones inglesas, que dudan entre «el peso de las circunstancias» y «el carácter inevitable de los acontecimientos». La indecisión, utilizada por los propios observadores citados como epígrafe, remite más bien a las dos caras del fenómeno revolucionario que fue impulsado por el espíritu de la época, las contradicciones internas, las luchas religiosas y sociales, los imprevistos de la política e incluso la meteorología: por una parte, las potencialidades inigualadas de invención y renovación; por otra parte, los encadenamientos marcados por los paroxismos de conflictos, que precipitaron al país hacia nuevas aventuras. Los propios actores recurrieron a la fórmula para dar cuenta de aquello que los arrastró y bloqueó. Aprovecharon la ocasión y se propusieron orientar un movimiento que los arrastró a orientaciones inesperadas y, en ocasiones, temidas. No se trata de pensar que los individuos no tienen contacto con el mundo que pretenden dirigir, ni que carecen de responsabilidad. Por el contrario, teniendo en cuenta el acelerador y el freno, conviene evaluar su capacidad de actuar en un contexto particular. Comprender la fuerza de las cosas y aceptar examinar el papel de los protagonistas de una obra teatral escrita acto por acto en función de los sucesivos resurgimientos no es un proyecto nostálgico, preocupado por lo que sucedió doscientos años antes, sino que también significa participar, modestamente, en las avanzadillas intelectuales y los debates políticos de hoy. Conviene examinar el propio proceso de invención revolucionaria por lo que aporta: una inventiva política, económica, social, religiosa y cultural, que empieza bajo el efecto de las experiencias europeas y americanas entre los años 1785 y 1787, y que va acompañado permanentemente por las contracorrientes provocadas como reacción. Desde este punto de vista, la RevoluciónRevoLMartin Francesa es una creación y una afirmación ininterrumpidas de experiencias, que crean una espera jamás satisfecha y una angustia ante el fracaso. Así, pues, aunque no se trata de exonerar a los actores de sus responsabilidades -pensemos en los crímenes cometidos durante el Terror, especialmente en la región de la Vendée-, lo que está en juego es la comprensión de los «momentos» revolucionarios, de esos períodos en los que se imponen otras maneras de ver, algunos grupos se adueñan del poder y ciertas personalidades son reconocidas y seguidas. El objetivo del presente libro es inscribir dichos «momentos» en todo el período revolucionario -al que Maistre llamaba «la época»-, respetando los minúsculos engranajes que rigieron las relaciones entre los individuos y los grupos. La presente obra está consagrada a esa experimentación revolucionaria, iniciada con las reformas impuestas por la propia monarquía, prolongada por los movimientos contestatarios de los aristócratas y los parlamentarios, y culminada por las insurrecciones «populares», antes de que su curso se torciera hacia la instauración de un Estado militarizado, luego liberal y, por último, organizado alrededor de un jefe carismático. En todo ello, de regeneración en refundación, se engranó una espiral de exclusiones y represiones, que puede explicarse sin necesidad de identificar la Revolución Francesa con una máquina loca o delirante. La complejidad de los análisis impide creer que los acontecimientos, sobre todo cuando son tan considerables, se deban a una causalidad única o dependan de un registro predominante. No se trata de reducir el período revolucionario en su historia a un mecanismo simplista bautizado como «revolución» y encargado de dar el alfa y el omega de los fenómenos llamados revolucionarios de Platón a Poi Pot, pasando por Robespierre. Nada estaba decidido por anticipado; en Francia, en 1789, no había ni revolucionarios ni profetas, del mismo modo que en 1793 no hubo un Estado totalitario. Queda por explicar por qué el país comenzó la revolución después de muchos otros países, cómo el impulso colectivo de regeneración se erosionó y estalló, cuáles fueron las razones que relanzaron la Revolución Francesa y cuáles fueron las soluciones que se inventaron para salir del paso, superar las contradicciones e inventar, mal que bien, un nuevo régimen. Ello justifica el desglose propuesto en cuatro tiempos distintos, ligados los unos a los otros, pero orientados de modo distinto, en función de las repercusiones de los acontecimientos y los reequilibrios entre fuerzas contrarias. La «revolución desde arriba» fue lanzada por Luis XV después de 1770 y retomada torpemente por Louis XVI, que, de hecho, imitaba a su cuñado austríaco. La oposición de una parte de las élites fue desencadenada por un golpe de fuerza en 1788-1789, dando paso a lo que fue, en muchos sentidos, la «última revolución» del mundo atlántico, que se debatió entre la «regeneración» y la «revolución», y unió a una gran parte de la nación. La continua erosión del consenso se acrecentó hasta el estallido de la guerra civil, que desembocó en lo que se consideró una «segunda revolución», que lo cuestionó todo para resistir a los contrarrevolucionarios. La violencia indispensable, pero sin control alguno por parte del Estado legítimo, permitió, por una parte, la victoria militar de los revolucionarios pero, por otra, ocasionó su descrédito. A continuación, los grupos rivales, unidos por su rechazo a la aventura anterior, buscaron la estabilidad, «confiscando la Revolución Francesa» y recurriendo a las «revoluciones de palacio» hasta que, al no poder hacer otra cosa, confiaron el Estado a un general en plena gloria. Esos cuatro «momentos» corresponden a equilibrios específicos alrededor de un proyecto reformador llevado a cabo por un rey autoritario que rompió él mismo el pacto que lo ligaba a sus súbditos; a equilibrios específicos alrededor de la invención constitucional que unía al rey con el pueblo para establecer el bien común; a equilibrios específicos alrededor de la búsqueda de un Estado identificado con sus miembros, y, por último, a equilibrios específicos alrededor de un Estado reducido a los bienes gananciales que tropezaban con las rivalidades de intereses. La intención del presente libro no es aportar una lectura desesperanzadora de la historia, preconizando una desmovilización de los espíritus o los actos, sino más bien contribuir a un desplazamiento de los puntos de vista. El escándalo de la Revolución Francesa, desde finales del siglo XVIII, se debe a que fue «una promesa cuyo fracaso está inscrito en la naturaleza misma de la promesa», retomando una fórmula sobrecogedora de M.-C. Blais. El objetivo del presente libro es establecer, por debajo de los grandes relatos, cómo se elaboraron los principios en el transcurso de las luchas, cómo se urdieron las reivindicaciones y los resentimientos, y cómo se tomaron las decisiones en medio de los malentendidos. La comprensión de las relaciones sociales recurre más a las estrategias de la transacción que a los enfrentamientos arraigados en esencias antagónicas. La grandeza de la epopeya lo acusa. No obstante, la historia de los períodos más determinantes en Francia gana al tener en cuenta las iniciativas individuales, con sus mediocridades y su papel en el devenir colectivo, criticando los análisis globales y las explicaciones ftmdadas en categorías predeterminadas. El precio que se debe pagar, en este caso, es el recorrido por el laberinto de los hechos y la búsqueda incesante de una documentación siempre incompleta. El beneficio que se espera es participar en el esfuerzo actual que vuelve a barajar las cartas.

[Jean-Clément MARTIN. La Revolución Francesa. Una nueva historia. Paris: Perrin, 2012, Introducción, pp. 11-16]

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