✍ La Gran Guerra, 1914-1918 [1968]

por Teoría de la historia

40636421La investigación en torno de los principales acontecimientos políticos, sociales y económicos que llevaron a las naciones europeas al empleo de las armas, sigue produciendo una selecta bibliografía. Realmente, si se desea ser sincero, un tema de tanta gravedad y hondura como el de la guerra mundial de 1914 sólo puede examinarse con una distancia mínima de treinta años. Además, como es bien sabido, la contienda a la que nos estamos refiriendo ha sido, como podemos comprobar a la vista de cualquier manual de historia, una de las más crueles y dramáticas que cabe imaginar. No pocos historiadores y políticos contemporáneos, entre los que cabe citar al autor de estas páginas, la han calificado de «guerra civil europea». Marc Ferro no se limita tan sólo, cosa que nos hubiera parecido normal, a la descripción de los sucesos bélicos. Como buen sociólogo trata de indagar en la esencia misma de las conductas sociopolíticas que motivaron tan funesto desenlace. Tampoco, no es menester insistir en este extremo, se conforma con la exposición minuciosa de lo que podríamos considerar como la estrategia militar y, finalmente, no analiza la circunstancia a la que tantos tratadistas de la célebre contienda nos tienen acostumbrados, los resultados del trágico combate bajo el prisma de lo que, tan sólo superficialmente, podríamos entender como victoria definitiva. Lo lamentable de la guerra de 1914 —con ser casi todo lo referente a la misma— es, precisamente, esto: que, moralmente, no hubo vencedor. Es claro que desde la fecha de 1900 en adelante la atmósfera de las naciones de la vieja Europa, salvo las excepciones de rigor, comenzó a estar impregnada por lúgubres presagios. Ciertamente, el mundo entró en el siglo XX dividido y lleno de temor. El problema más crítico —según ha señalado un eminente profesor universitario— que había entonces pendiente era el de la amenaza de la guerra. Las naciones tenían poca conciencia del poder moral y no existía organización internacional alguna capaz de zanjar los periódicos conflictos entre países. Pero, además, a la amenaza de la guerra sumábanse otros problemas, también sin resolver, como los de la lucha de clases, la pobreza y la justicia social. La riqueza del mundo había aumentado inconmensurablemente, pero la distribución de esta riqueza iba muy a la zaga de su producción. Intentar, por consiguiente, comprender algunas de las razones motivadoras del gran conflicto implica, cuando menos, resolver previamente el contenido, socio-político de ciertas preguntas que están en el ánimo de todos aquellos que se han esforzado en analizar la extraña trayectoria ideológica que siguieron las cabezas rectoras de la Europa de los comienzos de siglo, a saber: ¿cuáles eran las aspiraciones de la sociedad en vísperas de la guerra?, ¿cómo podía desear la paz y partir al mismo tiempo alegremente a la guerra?, ¿cuál era la naturaleza del sentimiento patriótico?, ¿qué fuerzas económicas o políticas mandaban en los Estados, en las naciones y en las sociedades? Para el autor de este libro, tesis que compartimos, la sociedad europea de comienzos de siglo era, en rigor, una sociedad profundamente «bloqueada». Lo realmente curioso estriba en la pregunta que nos hace el autor: ¿tenía conciencia de ello la propia sociedad europea? Se ha dicho que la guerra de 1914 fue la única solución para liberarse de las fuerzas de presión que torturaban el ambiente. En esto tenemos la clave de que, efectivamente, en sus principios la «gran guerra» fue aceptada alegremente. Basta, subraya el autor, con ver el comportamiento de los movilizados que marchaban a la guerra, alerta todos, los franceses, los alemanes, los ingleses. Los rusos, más viejos, están menos alegres, y los italianos son más lentos en moverse, pero ya sabemos que vivían de otro sueño: los unos, el espejismo de América; los otros, de la espera de la revolución. Otra de las grandes constantes del momento radicó en lo que podemos entender como la «unanimidad patriótica». Circunstancia que estudia con mucho detenimiento el autor de este libro, dado que, en el fondo, la única explicación viable para comprender los grandes desastres de la guerra de 1914 no puede ser otra que esta: la energía patriótica. A los pueblos les venía esta pasión de una historia lejana, pero su unanimidad patriótica tenía un origen más reciente. Desde hacía medio siglo, los progresos de la concentración geográfica de las actividades industriales y el desarrollo del capitalismo habían determinado fenómenos generales que la edad preindustrial no había conocido. Así, la agricultura inglesa entera había visto modificarse su destino por las leyes de 1846, o la industria francesa por los acuerdos de 1860. Después, durante los tres últimos decenios, el crecimiento económico de Francia había padecido un frenazo muy penoso, ligado a la crisis agrícola de Europa, debida, a su vez, a la explotación de los grandes países de ultramar: Canadá, Australia, etcétera. En Europa, cada una de las naciones tenía así el sentimiento de ser víctima de catástrofes y de estar rodeada de enemigos que miraban con malos ojos su prosperidad, su desarrollo, y ponían en entredicho su existencia misma. El sentimiento patriótico se convertía de este modo en una de las formas de la reacción colectiva de la sociedad frente a los fenómenos nacidos de la unificación económica del mundo; el movimiento de las nacionalidades era una variante de ello que no estaba ligada exclusivamente a la opresión étnica o religiosa. El bellísimo libro de Marc Ferro despeja la incógnita de la gran guerra. En el fondo de la misma, independientemente de tantas pasiones e intrigas, queda muy en claro —como otros historiadores han puesto también de manifiesto (concretamente el doctor Louis Snyder)— que la principal motivación fue de carácter económico, de lucha contra el maquiavélico sistema de las «alianzas secretas». Efectivamente, unas condiciones nacionales y económicas antagónicas eran la causa de los sentimientos de suspicacia, desconfianza e inseguridad que se habían difundido entre los países europeos en los decenios anteriores a 1914. Los intentos de lograr la seguridad9782070325832 adoptaron la forma de acuerdos secretos entre las naciones que se consideraban amenazadas por unos mismos enemigos. Las grandes potencias se alinearon en dos campos rivales. El resultado fue una guerra que marca un jalón en la historia moderna y que señala la primera etapa de la decadencia de Europa, continente que en los cuatro siglos anteriores había conquistado e industrializado el resto del mundo. Ciertamente, como hemos subrayado anteriormente, la primera guerra mundial es, sin duda, la primera puerta que se abre a la decadencia espiritual europea. El laurel de la victoria aclara muy pocas cosas puesto que, como nos indica Marc Ferro, con el regreso del soldado, la reconstrucción del hogar destruido, la reconversión a la vida civil y los dramas y las alegrías que la acompañaban, los hombres y los pueblos empezaron a hacerse preguntas. Una vez recuperada la lucidez se les planteaba la cuestión de lo que había sido su existencia pasada y de cuál sería su porvenir. Cuando se olvidaron las ilusiones de los primeros años de la guerra, los supervivientes se encontraron con que habían sido los actores de un drama sin precedente. ¿Cuántos se habían hecho preguntas sobre el papel que habían podido desempeñar o sobre la significación general del conflicto?

[José María NIN de CARDONA. “Marc Ferro, La gran guerra (1914-1918), Alianza Editorial, Madrid, 1970, 387 pp.” (reseña), in Revista de Estudios Políticos (Madrid), nº 180, noviembre-diciembre de 1971, pp. 214-216]

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