✍ Historia social de la Revolución Francesa [1963]

por Teoría de la historia

33985485Las revoluciones sociales son un resultado —por inesperado e inoportuno que sea— de la acción humana. Los cambios estructurales, señala Norman Hampson en las líneas preliminares de la presentación de su libro, que se han ido produciendo de modo gradual y lento, sin planeación deliberada y sin que nadie llegue a percibir claramente la mayoría de las veces su significación acumulativa, se convierten de pronto en el centro de la atención política. Así, pues, la historia social de una revolución, al hallarse la acción política íntimamente implicada en el proceso de cambio social acelerado, es algo esencialmente diferente de la historia de una sociedad sometida a evolución pacífica. Hoy parece bastante claro, cosa que ha preocupado a muchos sociólogos, políticos y juristas, que la Revolución francesa constituyó un remolino de aspiraciones sociales en el que tuvieron cabida desde el deseo de restaurar una sociedad aristocrática hasta el propósito de crear un “welfare state” (estado de bienestar) controlado por un Gobierno monolítico y totalitario. ¿Qué tiene la Revolución francesa que la constituye en la revolución por antonomasia? La Revolución francesa, según el pensamiento del profesor Tierno Galván, es, simultáneamente, un cambio ideológico, un cambio estructural y un procesó muy activo de creación de modelos. La Revolución francesa, cosa que no es preciso demostrar, ha dado lugar a toda clase de interpretaciones y, consiguientemente, de algunas de las principales circunstancias que la originaron se sabe todo y, en cambio, de otras causas no se sabe absolutamente nada. Esto, en parte, justifica la aparición editorial del libro que comentamos. Cualquiera que trate de investigar la historia social de la Revolución francesa se dará inmediatamente cuenta de la existencia de importantes aspectos acerca de los cuales se sabe muy poco, pese a la abrumadora literatura publicada sobre el tema. Sobre cuestiones tales como la forma de vida de la nobleza de provincias a finales del anden régime, la utilización dada al capital pagado como indemnización por la abolición del carácter venal de cargos y funciones, el grado en el que se siguieron pagando derechos feudales entre 1789 y 1792, o las consecuencias de la venta de las propiedades de la Iglesia y de la nobleza émigrée, la información es fragmentaria, cuando no totalmente insuficiente. Constituye este el obstáculo más serio con el que tropieza el historiador, ya que cada vez resulta más evidente que las condiciones en Francia, tanto antes como durante la Revolución, variaban muy ampliamente según las áreas. Hoy, sin embargo, nadie se atreve a poner en duda el hecho de que, por encima de cualquier otra cosa, la Revolución francesa tuvo una raíz netamente intelectual. Así, un pensador contemporáneo ha dicho, refiriéndose a la cuestión que nos ocupa, que la motoricidad de las ideas exige en el orden histórico su conversión en hechos. Sin embargo, el cambio ideológico implicado en la Revolución es más profundo que el que se desprende de la «realización». La Revolución tenía ideales revolucionarios y en esto está precisamente su enorme fuerza. Los ideales revolucionarios, expresión estética de la ideología revolucionaria, consisten en la radicalización como ideología. Una revolución sólo es tal cuando se piensa por los revolucionarios que en la violencia llevada al extremo hay un principio salvador. En otras palabras, la revolución siempre está asociada a la muerte como método. Ninguno de los escritores prerrevolucionarios había pensado que la conquista de la libertad se lograse por el ejercicio de un poder sistemáticamente destructor. Por otra parte, algo que se venía percibiendo como una amenaza en Europa desde tiempos de Huss, el levantamiento de los pobres toma autenticidad plena en la Revolución. El esquema de lucha de clases aparece con claridad e incluso, la conciencia de clase, a la que dará Marx contenido teórico. Estas dos notas, la destrucción del otro como sistema político y lucha de clases, producen modelos nuevos: uno el proletario, otro el revolucionario, definido por la conciencia de la necesidad de la destrucción. No es, pues, exacto decir que la Revolución francesa fue una revolución burguesa. No existen revoluciones burguesas, es una opinión que ha tenido éxito porque obedece a algunos esquemas admitidos. A partir de la Revolución, según el autor de este libro, Francia ha sido un país dividido. En ningún período posterior de la historia de esta nación ha existido un acuerdo general acerca de las formas constitucionales, la política económica que debería seguir el Gobierno o la posición de la Iglesia dentro del Estado. Aunque otros países de Europa Occidental han sufrido divisiones parecidas, Francia es un caso único en lo que a la permanencia e intensidad de esos conflictos surgidos fundamentalmente de la Revolución se refiere. A lo largo del siglo XVIII Francia participó de la aparente estabilidad de sus vecinos europeos, y el período 1715-1787 constituye una etapa de relativa calma en la historia francesa si lo comparamos con las guerras de religión del siglo XVI, las Frondas del XVII o las periódicas revoluciones de los siglos XIX y XX. Sin embargo, el propósito —comprensible— de algunos franceses de presentar al Ancien Régime del siglo XVIII como un período de calma idílica conduce a graves errores. La Monarquía nominalmente autocrática, la sociedad «feudal» cada vez más anacrónica y el poder temporal de una Iglesia vinculada al Estado, pero desacreditada, hicieron surgir problemas y conflictos que aumentaron en intensidad a finales del siglo XVIII. Por consiguiente, quien desee comprender a fondo el porqué de la gran Revolución tiene que comenzar por estudiar, como acertadamente subraya Norman Hampson, las tensiones sociales previas al estallido revolucionario. La Francia del Ancien Régime era, según la tesis que expone el autor de las páginas que comentamos, una sociedad extremadamente compleja, caracterizada por grandes variaciones locales en todos los niveles. Por una serie de razones —políticas, económicas, sociales y religiosas—, las tensiones se fueron haciendo cada vez mayores durante la segunda mitad del siglo XVIII. Entre los escritores era ya un tópico el predecir una revolución inminente, aunque ninguno de los augures tuviera una clara idea del cataclismo que se avecinaba. El abandono por parte de la Monarquía del papel creado por Luis XIV había permitido a la aristocracia reafirmarse en todos los terrenos. El poder económico en desarrollo de la clase media, la conciencia cada vez mayor de su propia importancia en la vida de la comunidad y el talante escéptico y utilitario de la época eran la mejor garantía de que esa ofensiva aristocrática podría ser vigorosamente rechazada por todos aquellos a cuya dignidad y aspiraciones sociales ultrajaba. El campesinado, presionado por las tendencias económicas que trabajaban en contra del pequeño productor, se sentía exasperado por las nuevas cargas que la «reacción feudal» sobre él arrojaba. Independientemente de las maniobras políticas del Gobierno real y de la aristocracia, el estallido de una grave crisis social era inminente. Del resultado de la crisis iba a depender no sólo la naturaleza del futuro régimen, sino la decisiva cuestión de si la sociedad francesa se integraría en una estructura más o menos unitaria o si el cuerpo social de la nación sería desgarrado por nuevas y todavía más encarnizadas divisiones. El cambio estructural se concretó, como agudamente ha escrito el profesor Tierno Galván, en la destrucción de la forma de Gobierno monárquica, la destrucción del poder de la Iglesia y la destrucción de los privilegios de la nobleza. El cambio estructural se orientó según el esquema de las instituciones inglesas, fundamentalmente el esquema parlamentario, el sufragio y la Constitución escrita. Es un lugar común achacar esto al esprit de système francés, pero el fundamento parece que está en la necesidad de seguridad de una época de turbulencia y cambio, en la que una clase que no había poseído el poder lo administra enteramente. Porque la burguesía no hizo propiamente la Revolución. La Revolución, en realidad, creó9780802060600_p0_v1_s600 nuevos modelos políticos que, efectivamente, constituye el hecho más complejo del gran aparato revolucionario. Siguiendo el pensamiento del autor anteriormente citado, tenemos que, justamente, esos modelos se refieren a un lenguaje político que antes de la Revolución no existía —derecha, izquierda, ultras— y a actitudes que no se habían repetido apenas desde la Roma republicana. «Los justos», «Catón», el héroe ideólogo, el demagogo que arriesga en el juego político la vida todos los días, moderados y radicales, etc. Inglaterra había ofrecido bastantes modelos políticos que lentamente desaparecieron. Sin embargo, los modelos de gran Revolución permanecen hasta hoy, que inician su decadencia, al menos en el ámbito occidental. El modelo más activo ha sido el del citoyen, el ciudadano que abandona la vida cívica y coge el fusil para defender la libertad. Ha sido un modelo universal. La Revolución se extendió a toda Europa, donde se fue produciendo lentamente. En algunos países todo el siglo XIX fue un esfuerzo por lograr lo que la Revolución francesa había puesto en movimiento en el orden de las ideas y de los hechos. No tiene, pues, nada de extraño que para algunos autores la Revolución francesa sea, en realidad, la Revolución de Occidente. Y, efectivamente, la Revolución que se inicia en 1789 altera las instituciones francesas y contribuye ampliamente a transformar las instituciones europeas. La Revolución de 1789 significa la aplicación en la política, en la economía y en la cultura del principio de individualización. Su valor histórico e ideal está señalado por la superación de las formas anteriores, no ya del régimen patrimonial y policíaco, sino aun de ese mismo Estado benéfico y pacífico de la Ilustración. De la Revolución arranca el «Estado de Derecho», y eso ya es suficiente para subrayar su trascendencia, porque ha venido a hacer sentir a los europeos la supuesta vigencia de la eterna ilusión del sistema político ideal. Por otra parte, si en ocasiones las ideas en torno del magno acontecimiento revolucionario no son todo lo claras que fuesen de desear se debe, sin duda, a la existencia de dos grupos políticos contradictorios, a saber, la Revolución se encuentra con los jacobinos y girondinos. Cada grupo da su versión. Para los primeros, el movimiento revolucionario tiene unas características propias, es decir, es algo que sólo afecta al régimen ulterior francés y, por consiguiente, algo que no debe trascender más allá de las fronteras geográficas nacionales. Para los girondinos, por el contrario, la guerra revolucionaria entraña una importantísima misión: la difusión de la ideología triunfante para que no sólo en Francia, sino en todo el mundo dominen aquellas opiniones. El triunfo será mundial o no será. Quien penetre de lleno en las páginas del libro del doctor Norman Hampson advertirá, entre otras muchas cosas, que la Revolución francesa constituyó un gran triunfo de los intelectuales que formaron en el movimiento enciclopedista, puesto que, quiérase o no, la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano —brillante manifestación de universalismo, triunfo del Derecho natural— es la suma de la filosofía de las luces. En cierto sentido, subraya el autor, las ideas de Robespierre y Saint-Just representan la culminación de la Ilustración del siglo XVIII, con su creencia en la racionalidad del hombre, en la identificación de los intereses públicos y privados y en el poder de las influencias del medio, y su culto a las virtudes cívicas de la antigua Roma, mitigadas por la sensibilité de Rousseau. Pero aunque Robespierre y Saint-Just se propusieran recrear la República romana, lo que en realidad produjeron fue una anticipación del totalitarismo del siglo XX. Sus ideas tienen un aire extrañamente moderno. El Estado llega a ser todopoderoso, y fuente de los valores morales por encima de las restantes lealtades. Robespierre recriminó a las mujeres de los sospechosos que protestaban contra el arresto de sus esposos: «¿Es justo que las mujeres republicanas renuncien a su condición de ciudadanas y recuerden sólo que son esposas?». La familia da lugar a recelos como centro de lealtad que rivaliza con el Estado, y Robespierre, Saint-Just y Barère creen unánimemente en la necesidad de apartar lo más pronto posible a los hijos de su peligrosa influencia. Los individuos no pueden reivindicar derechos contra la comunidad, fuente de todo derecho, incluyendo el de propiedad privada. El Estado es también el único arbitro del gusto, en efecto, la Revolución trató de crear un «estilo» republicano, con el resultado que cabía esperar. Una implicación lógica de este absolutismo moral era la guerra indefinida hasta tanto el último «tirano» fuera derribado, ya que la persistencia del «mal» más allá de las fronteras constituía un peligro permanente de corrupción para los republicanos de débil espíritu en Francia. En las páginas finales del libro, el doctor Norman Hampson aborda el arduo problema de determinar las consecuencias principales que el movimiento revolucionario originó. Durante muchos años, escribe, se ha solido considerar a la Revolución francesa como el viraje decisivo de la historia europea moderna: «la encrucijada del mundo moderno». Sin embargo, recientemente, ha surgido una nueva tendencia que niega esa principalísima significación. La teoría de que la Revolución fue un movimiento esencialmente burgués e ipso facto no decisivo ha sido expuesto con persuasivos detalles por el doctor Guérin. Más recientemente aún, el profesor Cobban, rechazando la tesis marxista de que la Revolución significó la rebelión de la clase media ascendente contra una sociedad predominantemente aristocrática, subraya que el «feudalismo» había desaparecido en gran medida en 1789, que la política antifeudal de la Asamblea Constituyente fue muy moderada, y que no fueron comerciantes y capitalistas sino hombres de leyes y funcionarios del Gobierno monárquico quienes asumieron la iniciativa revolucionaria. Para Cobban, la verdadera fuerza motriz del movimiento fue la frustración de esos funcionarios, que querían hacer valer su derecho a ocupar las elevadas posiciones de las que su humilde origen les excluía. Esta acentuación del limitado carácter de las aspiraciones y logros de los revolucionarios, con su corolario de que la Revolución ha sido en cierta medida una creación de sus historiadores, merece, en efecto, un detenido examen. Esta es la tarea que los futuros investigadores del proceso revolucionario francés están llamados a desempeñar. Digamos que, en efecto, la violencia del movimiento revolucionario desgarró la estructura de la sociedad francesa, dejando tras de sí un país tan enconadamente dividido a propósito de programas y principios religiosos, sociales, económicos y políticos que resultaba prácticamente ingobernable. Además, esas tensiones y hostilidades, nacidas directamente de la Revolución, se perpetuaron a sí mismas a lo largo de la historia posterior de Francia, con resultados frecuentemente catastróficos, visibles incluso en nuestros días. La más evidente de estas divisiones afectaba a la organización política de la sociedad. Hace el autor hincapié en el hecho de que la Revolución dio origen a pro fundos conflictos en orden a las creencias religiosas. Así, por supuesto, la separación del état civil de la Iglesia y la legalización del divorcio significó que la Iglesia y el Estado aplicaban diferentes normas. Más grave aún era la pretensión del Estado de controlar todos los aspectos del sistema educacional: profesores y libros de texto. También en este terreno, como anteriormente en el del conflicto constitucional, la opinión liberal, partidaria del laissez-faire y de la coexistencia de escuelas religiosas y laicas, se encontró frente a las exigencias absolutistas de las dos alas extremas. La cuestión de la laicité, surgida durante la Convención, sigue siendo hoy día —tras cinco Repúblicas, dos Imperios y dos formas de Monarquía— tan vigorosa como entonces: la Iglesia pretende educar a todos los fieles en sus escuelas, mientras que los más extremados anticlericales propugnan un monopolio estatal de la educación. A partir de la Revolución, las exigencias mutuamente conflictivas de lealtad Unknownde las autoridades secular y religiosa se han venido superponiendo a las rivalidades políticas y económicas, multiplicando las divisiones y conduciendo a la fragmentación de la opinión francesa, de forma tal que cualquier mayoría no es sino una coalición de facciones. La influencia de la Revolución —favorecida y obstaculizada a la vez por los éxitos de los ejércitos napoleónicos— se extendió mucho más allá de las fronteras de Francia. Como Robespierre había previsto ya en 1791, su efecto fue aterrorizar a gobernantes, nobleza y clero, y unirlos en una alianza sin precedentes en defensa del statu quo. Esto significó el fin del despotismo ilustrado, de los intentos de gobernantes reformistas y a veces anticlericales de ajustar la práctica política y administrativa a los supuestos citados de la «razón». En adelante, subraya acertadamente el autor de estas páginas, las invocaciones se harán a una «tradición» inventada o transformada para satisfacer las exigencias de la era de Metternich. Los ensayos de reforma —como los aplicados en Prusia— orientados a aprovechar algunos de los latentes recursos de poder liberados por la Revolución en Francia fueron pronto abandonados. El idealismo hegeliano, coloreado por el movimiento romántico, desvió le especulación de la reforma de males concretos para dirigirla hacia objetivos más metafísicos; sus consecuencias superarían a largo plazo los peores excesos de la Revolución francesa. La Revolución francesa, tal y como se estudia en este excelente trabajo, nos recuerda —según la célebre frase de Michelet— que «una nación no es una colección de seres diversos, es un ser organizado». El doctor Hampson penetra, efectivamente, en la «intimidad» de esa organización. Su libro es, además, un modelo de prudencia, rigor y honestidad científica.

[José María NIN de CARDONA. “Norman Hampson, Historia social de la Revolución francesa, Alianza Editorial, Madrid, 1970, 365 pp.” (recensión), in Revista de Estudios Políticos (Madrid), nº 180, noviembre-diciembre de 1971, pp. 192-198]