✍ Ensayos sobre la filosofía de la historia [1965]

por Teoría de la historia

Sin títuloLa obra de R. G. Collingwood, fallecido, todavía joven, en 1943, es bien conocida en los países de lengua castellana a través de anteriores traducciones de sus obras más importantes. La que ahora aparece es una recopilación de ensayos diversos, escritos en ocasiones diferentes, cuya sola enumeración resulta, por sí sola, ilustrativa. Rasgo común a todos ellos es que, a su través, se percibe cómo el autor busca la delimitación de una teoría de la historia cuyos problemas se le presentan a partir de la consideración de que «toda historia es como un informe provisional acerca de los progresos realizados hasta el presente, en el análisis de su objeto» de aquí que toda historia sea, a la vez, la historia de la historia; por ejemplo, que «una monografía sobre la batalla de Maratón deba sintentizar explícita o implícitamente toda la historia de la investigación relativa a la batalla de Maratón». Ahora bien, por eso mismo, «toda historia conduce su relato hasta el momento presente; no se trata de la necesidad como historia, sino como la historia de la historia. Esta es la causa de que cada época deba escribir de nuevo la historia», pues cada uno aporta su propio interés cuando la estudia y la enfoca según un punto de vista característicos, de él mismo y de su generación. Collingwood piensa que el esfuerzo por despojar la historia de subjetivismo es sólo aparente: «Significa mantener nuestro propio punto de vista mientras pedimos a los demás que abandonen el suyo». Si aquella tentativa lograse triunfar, desaparecería la historia. No es verdad, pues, que el historiador, precisamente, seleccione justamente porque ningún hecho pasado está ante él sin más, predispuesto a ser seleccionado. Lo que ocurre es que el historiador se interroga sobre el hecho, movido por un claro pensar histórico previo. Por lo tanto, lo que sobre todo se requiere es una cierta imaginación histórica a priori. Collingwood es un notorio hegeliano. Para él, el espíritu tiene características universales que se manifiestan en un individuo o en una cultura en la medida en que representan un estadio avanzado del espíritu mismo en su desarrollo. Si se quisiera objetarle qué es lo que puede hacer creer que una situación resulta más avanzada que otra, cuál es el criterio que autoriza a juzgarlo así, Collingwood diría, seguramente, que nadie es espectador desinteresado de sí mismo, de su propia historia. Esta, pues, responde a un interés vital. He aquí un breve resumen de los ensayos recogidos en este libro, el cual, según afirma el recopilador, contiene las ideas germinales de sus dos grandes obras posteriores: Idea de la historia y Autobiografía. «La filosofía de la historia de Croce», a quien Collingwood tanto admiraba, es un examen de la obra de esta Teoría e Storia della Storiografia. El inglés critica que el italiano someta ahí la filosofía a la historia pues no sólo son disciplinas distintas e interrelacionadas, sino que incluso parece inclinarse aquél a que la filosofía tiene una primacía en cuanto suministra el aparato conceptual. En el ensayo siguiente, «¿Constituyen la historia y la ciencia tipos distintos de conocimiento?», discútese la concepción de que la historia no es científica porque se ocupa del hecho concreto; pero según Collingwood, tanto el hecho desnudo como el universal puro sólo son abstracciones, falsas además, puesto que los conceptos sin contenido no dicen nada, de la misma manera que las percepciones sin conceptos son ciegas. Concluye afirmando el carácter científico de la historia. Esta discusión se prolonga en el ensayo que viene a continuación: «La esencia y los fines de una filosofía de la historia». Deja sentado ahí que la filosofía de la historia ni supone la formulación de leyes históricas ni tampoco supone, necesariamente, el deseo de descubrir el «sentido» de la historia. Frente a quienes mantienen que la historia es el «dudoso relato de acontecimientos sucesivos», en el ensayo sobre «Los límites del conocimiento histórico», defiende el escritor inglés que lo que sucedió en realidad es lo que indican los datos, los documentos, en fin, las pruebas de lo que pasó. La objeción de falta de realismo puede ser válida, sin embargo, en cuanto a la interpretación que haga de las mismas el historiador, pero nada más. La filosofía de la historia constituye, sin duda, según el recopilador, un modelo de ¡dea de la historia. La filosofía de la historia se desarrolla paralelamente a la historia como ciencia y se sostiene, además, la dependencia de la ciencia natural respecto a la historia, tesis que elaboraría91OUDgB7DkL._SL1500_ después con mayor amplitud y lujo de detalles en Idea de la naturaleza. El ensayo «Oswald Spengler y la teoría de los ciclos históricos» se dedica a comentar la obra de este pensador alemán por el cual manifiesta un gran aprecio, oponiéndose a la corriente de crítica y oposición a la misma, basadas, más que en su comprensión, en errores o defectos de la misma que no invalidan, sin embargo, su intrínseca consistencia y la mayoría de sus hallazgos conceptuales. Lo que él mismo le objeta es la manía de Spengler de predecir el futuro, como si todos los hechos hubieran sucedido ya. La teoría de los ciclos históricos se dedica a establecer que ningún período es peor o mejor que otro: así, los llamados períodos de decadencia son aquéllos enque el historiador ignora más cosas (y al revés). Finalmente, en «Una filosofía del progreso», además de recoger la discusión del anterior, sostiene Collingwood que, como la felicidad no puede sumarse, la concepción habitual, utilitarista, del progreso carece de todo sentido. Lo mismo puede decirse de la atribución al término progreso de una significación moral, puesto que la bondad es asunto individual pero en modo alguno resulta del proceso de civilización.

[Dalmacio NEGRO. “R. G. Colllngwood, Ensayos sobre la filosofía de la historia, Barcelona, 1970, 199 pp.”, in Revista de Estudios Políticos (Madrid), nº 179, septiembre-octubre de 1971, pp. 247-248]

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