✍ El razonamiento sociológico. El espacio comparativo de las pruebas históricas [1991]

por Teoría de la historia

El-razonamiento-sociológicoEstamos ante un libro polémico, sugerente y pretencioso. Es una investigación que trata sobre esa categoría del espacio borgeano de los animales que están “incluidos en esta clasificación”, un ejercicio que tiene por objeto el razonamiento que quiere fundamentar, y que rompe con el pacto realista de la ilusión novelesca al introducir su propio movimiento en la escritura. Exhuma lo que es descartado, olvidado, según su diagnóstico, de los debates sociológicos sobre las condiciones de posibilidad de la argumentación, en una ciencia que por definición es no‐experimental, histórica y cuyos conocimientos nunca pueden ser abstraídos completamente de los contextos en los que fue producido. El razonamiento sociológico tuvo su primera aparición en francés en 1991. Compila varias producciones realizadas a lo largo de esos años donde, a través de debates contextualizados y ligados a resultados empíricos, podía expresar los fundamentos de una(s) disciplina(s) que no se adaptaban al razonamiento modélico de las ciencias experimentales. Por esos “efectos indeseados” de toda acción, el manifiesto “Defensa de las ciencias históricas…” que daba inicio a la obra no fue publicado en su versión inicial por problemas en el proceso de edición. La reedición actual, lo incluye en reemplazo de un más impetuoso “Prólogo”, dando cuenta del tránsito y las experiencias que el propio autor y el debate francés han desarrollado en rededor de la teoría de la argumentación. “Nombres y trabajos” (I) va a iniciar el libro planteando el problema de la unidad epistemológica del campo de investigaciones históricas que se presenta como aparadigmático. Lejos de la convergencia, pero con múltiples superposiciones, estas se ven imposibilitadas de seguir las modelizaciones de las ciencias experimentales o altamente formalizadas. Su conocimiento se posa sobre “individualidades históricas” de nombre propio, fenómenos que se estructuran contextualmente y que no se presentan con una repetibilidad espontánea y en variables pasibles de ser descompuestas. Organizado en cinco partes, incluida una recapitulación final, cada una de ellas busca desarrollar los marcos de inteligibilidad de la actitud mental que rige estos conocimientos. La primera, “El razonamiento sociológico…”, se compone de cuatro capítulos. “Las palabras de la sociología…” (II), abre el apartado con la explicitación de un programa interpretativo de las ciencias históricas fundado en la especificidad de su vínculo entre conceptos y pruebas. La multiplicidad y el caos que se encuentra en el lenguaje de la sociología, que marcan su particular fragilidad teórica aunque también su fecundidad, se debe a que cualquier concepto no puede despejarse nunca del contexto (por ser éste el que aporta el efecto de conocimiento), ni de las teorías que constituyen los marcos de inteligibilidad necesarios para interrogar nuevas realidades empíricas. Solo el recurso a la vigilancia semántica, en tanto operaciones de comparación semántica y reconstrucción conceptual, permitirá convertir la dinámica teórica de la sociología en un ejercicio de rigor. Le sigue “Historia y sociología…” (III), cuya primera escritura es de 1986, donde sostiene su convergencia epistemológica, que solo las tradiciones disciplinares e institucionales logran disimular. Esta viene dada por su objeto, el curso del mundo histórico, que “se presta incompleta y aproximativamente al aislamiento de sus rasgos pertinentes” (Pág. 150). A continuación dos artículos investigaciones empíricas. “Hegel o el pasajero clandestino…” (IV) aparecido en 1982 donde recupera su investigación sobre la reproducción escolar. Es una puesta en juego de los principios “holistas” de explicación, sea en su versión dialéctica como en la funcionalista. Finalmente “Lo que dice una tabla y lo que se dice que dice” (V), es un ejercicio de reflexión sobre la interpretación estadística en base a tres casos empíricos. En conjunto, estos dos artículos explicitan los núcleos centrales de la comprensión histórica: por un lado la imputación causal, al señalar el vínculo que se establece entre sistema social y sistema escolar en el contexto francés, y por otro, la importancia de la interpretación de los datos estadísticos. Una segunda parte “La escritura sociológica…”, centrada en los movimientos analíticos de la lógica comparativa, se abre con un artículo escrito originariamente en 1980 sobre “Los controles ilusorios…” (VI). Se va a concentrar en el plano epistemológico de las disputas científicas tomando como eje de reflexión la inestabilidad que existe entre los conceptos y aquello que es descripto. La pregunta por el control institucional del lenguaje se transforma en la cuestión epistemológica del pensamiento analógico que se encuentra detrás del lenguaje metafórico. En su opinión, la analogía, que provee al razonamiento comparativo la posibilidad de interrogación del material empírico, solo puede actuar como un constructo metodológico válido distanciándose de la fuerza persuasiva de las interpretaciones miméticas. A continuación “El lenguaje semicientífico…” (VII) escrito inicialmente en 1986, es un alegato contra la dramatización retórica del cambio, aunque también contra su opuesto, la ilusión de41sEzeA3FBL “siempre lo mismo”. Maximizado en sus efectos dentro del análisis sobre lo contemporáneo, la sociología de las novedades transporta la ilusión de unificación, como lo pone de manifiesto el análisis del discurso sobre lo audiovisual tomado por caso. “El argumento y el corpus…” (VIII) propone un recorrido por el género biográfico que ha llevado a la sociología a una “situación metodológicamente ambigua”, puesto que se puede reconocer el esfuerzo de encontrar metodologías que se adecuen al caso individual conviviendo con un exceso de sentido (propio del detalle extenso) y de coherencia (que se sigue de la secuencia temporal). Superando el pensamiento por sinécdoque de la “sugestión literaria”, el registro longitudinal adquiere toda su densidad, que pasa de tener una función estilística a desarrollar una estrategia de intelección histórica. Finalmente “La ilusión novelesca…” (IX) expone, tomando como clave el efecto de realidad de la novela clásica inscripta en el realismo, una revisión de la persistencia en la “sociología espontánea” de la ilusión de representatividad. Distinguiendo entre ‐grafía, ligada a la descripción en su singularidad o unicidad y ‐logía vinculada al análisis epistemológico, teórico y metodológico, señala que el trabajo del sociólogo consiste en pasar de una a la otra, operando en el plano de la inteligibilidad con unas categorías que nunca se reducen al nivel descriptivo pero que tampoco pueden desprenderse de los casos históricos con que construye su estenografía ideal‐típica. “La investigación y la interpretación” es el titulo con que se delimita la tercera parte. Se inicia con el artículo “La enunciación histórica…” (X). Éste divide al conocimiento científico en tres planos enunciativos: a) el de la información, que consiste en aserciones sobre el mundo empírico verificables, y que revisten la misma forma lógica en todas las ciencias, b) el del efecto de conocimiento, que vincula enunciados empíricos entre si y los somete a reconceptualizaciones que, a su vez, crean nuevos datos a través de ellas, y c) el efecto del inteligibilidad, que reconstruye esos conocimientos en sus efectos sistemáticos dentro de una teoría. La diferencia del conocimiento sociológico se encuentra en este último plano por la irreductibilidad de sus series comparativas dentro de un modelo constante (ceteris paribus). Esta diferencia es la que otorga sus propiedades particulares al ejercicio de interpretación sociológica. “El sentido y la dominación…” (XI), “Prefacio” al libro La communication inégale de F. Chevaldonné publicado en 1981, plantea el problema del compromiso científico‐político. Vinculado íntimamente al conocimiento de las diferencias, las contradicciones y las desigualdades, es siempre una lectura de las relaciones de fuerza bajo las relaciones de sentido, su desvelamiento, pero nunca se reduce a esta. Tomando como casos Francia y Argelia analiza como la ficción de comunicación de los mass‐media, esto es su expansión y su influencia globales sobre toda la sociedad, se convierte en un mecanismo de indiferenciación, de homogeneización cultural pero también de indiferencia a las desigualdades que caracterizan a las diferentes clases. Más aún, cuando esta indiferenciación actúa en un país “en vías de desarrollo”. “El uso débil de las imágenes…” (XII), escrito en 1991, es un intento de fundar una sociología de las imágenes que compatibilice los abordajes semiológicos y teorías de la historia del gusto realizados en esta materia con la pluralidad e irreductibilidad que caracteriza a los diferentes procesos de recepción. Especificando la diferencia de las imágenes respecto de otro tipo de comunicaciones, la sociología de la recepción de la pintura requiere focalizar su análisis en los efectos particulares de la imagen en la recepción artística. Solo la observación, sostiene, “de todos los comportamientos que relacionan a los espectadores con una obra singular, susceptible de ser después descrita ella misma en su singularidad formal” puede dar lugar a una sociología de la percepción estética (Pág. 361). La cuarta parte “Heurísticas y aplicación sociológicas” se propone una reconstrucción de los aportes de la sociología a la gestión estatal. “Figuras y contestación de la cultura…” (XIII), plantea el vínculo entre ciencia y política desde los presupuestos “intelectuales” de la lógica de la intervención en las “políticas culturales”. Para Passeron la sociología tiene como tarea producir un conocimiento que rompa con los servicios apologéticos de los diferentes actores y que se expresan en la “penumbra semántica” del propio concepto de “cultura”. “El polimorfismo cultural de la lectura” (XIV), cuya primer versión apareció en 1986, toma a la lectura como problema central en la conformación de las desigualdades sociales. Partiendo de la crítica al economismo de las políticas de planificación que interpretan las políticas de fomento de la lectura como un problema de distribución en el acceso a los bienes culturales, sostiene que el deseo de lectura no preexiste a las prácticas que le da sentido, sino que un acto de lectura implica “condiciones y… efectos anticipados de su uso: espacios de apropiación y de reutilización, formas de sociabilidad, hábitos mentales, competencias técnicas y valores exigidos por la utilización plena” (Pág. 452). La sociología debe poner de manifiesto tanto la 9782226158895gdistribución desigual de las prácticas de lectura rápida y extensa, como así también dar cuenta de las orientaciones del tiempo de ocio y de autodefinición que algunos grupos sociales “prefieren” la lectura, si quiere dotar a la democratización de la cultura de efectividad social y despojarla del típico etnocentrismo de clase que comúnmente la informa. Finalmente, “Los tres saberes sobre el saber…” (XV), un pequeño texto cuya primera aparición es de 1983, es un alegato a favor de incorporar las ciencias sociales al trabajo pedagógico de la enseñanza de las ciencias, programa que incorpora tres tipos de conocimiento a la práctica de enseñanza: el conocimiento de las ciencias cognitivas, el sociológico y el propiamente pedagógico. En las tres funciones centrales para el aprendizaje científico, transmitir conocimientos, una postura mental y el ser investigadores, es posible encontrar las consecuencias pedagógicas de su programa epistemológico. El libro, en definitiva, pone en juego una mirada que resalta los límites epistemológicos de la sociología. Recusa la pretensión monopólica del falsacionismo popperiano como un intento totalitario de imposición de un modelo extraído de las ciencias naturales, pero también señala los límites y la vacuidad de la sociología espontánea. El control semántico del lenguaje de la sociología y la vigilancia epistemológica de sus pruebas, se unen a una epistemología heterodoxa que retoma las bases de la concepción weberiana. Sin embargo, las dos tareas centrales del razonamiento sociológico, la imputación causal y la comparación por medio de tipologías, no reducen la propuesta interpretativa a un tipo específico de metodología o a un abordaje teórico en particular. A estos intentos, por otra parte carentes de sentido dentro de las ciencias del curso histórico, contrapone un programa de sociología empírica que no tiende a la sobreestimación de sus resultados al mismo tiempo que establece rigurosas pautas de cientificidad.

[Andrés STEFONI. “La sociología como razonamiento histórico‐comparativo”, in Revista Latinoamericana de Metodología de las Ciencias Sociales, vol. I, nº 2, segundo semestre de 2011, pp. 146-150]

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