✍ La función social de la Historia [2012]

por Teoría de la historia

LaFuncionSocialdelaHistoriaLa extensa trayectoria de Enrique Florescano está marcada por un compromiso aún poco frecuente por combinar el ejercicio de la investigación rigurosa con la reflexión teórica y la crítica historiográfica, construyendo una forma ciudadana y autoreflexiva de ejercer su oficio. Formado en México y Francia en la tradición de los Annales, el autor define su tarea como la de un ayudante de costura que trabaja con “los desparramados hilos de la memoria colectiva que nos ha formado”, buscando “servir” a la comprensión del presente (p. 13). En esta apretada edición ‑publicada en la serie “Breviarios” del Fondo de Cultura Económica‑, Florescano vuelve sobre algunos de sus planteamientos antes recogidos en La historia y el historiador y, en menor medida, en Para qué estudiar y enseñar la Historia, trabajando sobre dos ejes que definen las dos partes del libro: “La función de la Historia” y “Los pilares de la construcción historiográfica”. Cada una de ellas está compuesta por diferentes ensayos, que en inusual coherencia e independencia funcionan bien como artículos y capítulos a la vez, convirtiendo al texto en un imprescindible para cursos de historiografía, metodología y teoría de la historia. Para Florescano, el historiador es ante todo un gran deudor de sus antecesores y de su grupo social. No hay determinismo ni unicidad, sin embargo, en esta definición. El reconocimiento de que en cada tiempo “conviven y luchan entre sí diferentes concepciones del pasado” lo lleva a afirmar la necesidad de impulsar una historia plural, “representativa de la diversidad social que constituye a las naciones”, y a ello consagra la primera parte del libro. Analizando las diversas funciones que han cumplido historiadores e historiografías, el autor plantea que lo permanente, lo compartido, ha sido la producción de identidad y parentesco, uniendo “las experiencias del pasado con las expectativas del futuro en una imagen comprehensiva del proceso social” (p. 23). La historia, “oficio de la comprensión” y de la imaginación, supone establecer, en las recogidas palabras de Marrou, una “comunión fraterna entre sujeto y objeto, entre el historiador y el documento”: es un ejercicio de amistad, por tanto. Pero es también un deber moral, plantea con Ricoeur, el intento de aprehender lo que fue y no terminó de ser. En la línea de Thompson, el historiador trabajaría para pagar su deuda, siempre colectiva, con los que han sido y con los que están siendo y quienes, al ser, nos han hecho. La historiografía, por ello, tiene por objeto la transformación, el cambio. Y atendiendo a ello Florescano pasa revista a diferentes nociones del tiempo y a la centralidad de la periodificación, advirtiendo contra el anacronismo historiográfico y subrayando el deber de “capturar lo irrepetible”, contra el inmovilismo y la permanencia, la particularidad y el cambio, o la empatía, el reconocimiento, de la diferencia de otros tiempos y los tiempos de otros (p. 37). Si el oficio se define como una amistad, ello supone conocer y acoger a una contraparte que existe en pleno derecho. Sobre estas definiciones fundamentales, el autor realiza una amplia revisión de las principales formas y funciones del hacer historia, desde la Grecia clásica a nuestros días. Destaca la capacidad de síntesis comprehensiva de Florescano, signada por la articulación (el tejido) de un argumento propio explícito a la vez que respetuoso del relato. Para el autor, la empatía necesita distinguir con claridad el presente del pasado y la función de la historiografía de su instrumentalidad. No se inclina a pensar la historia como maestra de la vida, o principalmente como tal: la historia puede operar, y así lo hizo tradicionalmente en tanto historia de un grupo (etnia, estado, partido, nación), para dotar con la densidad del pasado la justificación a las aberraciones del poder en el presente, “utilitariamente”. Para Florescano, la historia no se ha demostrado como una buena maestra, si no más bien como una portadora de sabiduría a la que se debe aprender a interrogar críticamente, sin dogmatismos, reconociendo la pluralidad de voces (contradictorias incluso) que en ella coexisten y que han quedado opacadas bajo el peso de la unidad estatal. En este sentido el autor reivindica una noción ilustrada de la historiografía, rescatando el contenido democratizante de dicho proyecto. Es posible desarrollar buenas historiografías del Estado-nacional, señala, en la medida en que empáticamente se reconoce la profunda heterogeneidad de lo nacional. En esa línea, desde mediados del siglo XX, se habrían ubicado los aportes de Annales y diferentes marxismos, en un movimiento de ampliación porosa de las fronteras temáticas y epistemológicas de la historiografía. La segunda parte del libro se concentra en los pilares contemporáneos del quehacer historiográfico, evaluando críticamente polémicas y tendencias relativamente recientes. Entre ellas el largamente discutido ‘retorno de la narración’, la relación entre historia y mito y verdad y ficción, así como los estudios de memoria y sus usos. A partir de ese recuento informado, notable síntesis de aquellos debates, se atreve a postular algunos desafíos que se presentan para historiadores e historiadoras de nuestros días. Retomando su hilo argumental, Florescano plantea que el más importante de ellos es el de contribuir a producir ciudadanos. La buena historiografía, sugiere, opera como un “almacén de la memoria colectiva”, desde el cual es posible “comprender al mundo contemporáneo y actuar sobre él de manera libre y responsable”. Con palabras de Antoine Prost, define la historia como “un instrumento de educación política”, al servicio de una ciudadanía activa, crítica, respetuosa de la diversidad que nos ha conducido hasta el presente y cuya existencia es garantía contra los totalitarismos. En esa misma línea, Florescano vuelve sobre el mito como forma antigua de contar la historia, en un análisis que vincula oralidad, alfabeto y escritura, atravesada por la invención de la imprenta. En todos sus formatos, la narración de los hechos del pasado de la comunidad ha cumplido un papel clave, en tanto asegura la supervivencia de dicha comunidad. Esa memoria viva, en permanente transformación, plantea el autor, se comenzó a fijar con la proliferación de funcionarios y archivos. El Estado llegó a convertirse -fuerza homogenizante impulsada por la burocracia, la escolarización y la imprenta- en el gran productor de historia en los últimos siglos. Al punto que llegó a interpretarse literalmente la consigna de que “la historia se hace con documentos”. Con Febvre, Florescano rescata el deber de trabajar con las referencias de la estatalidad y también fuera de ella. Una buena historia sería, por tanto, la que planea el rescate de las experiencias capturadas en la totalización del documento escrito y reconoce como fuentes textos y narraciones, danzas y pictografías, las memorias dispersas y la persistente heterogeneidad de las memorias locales. La Historia, y también los mitos. Hay diferencias, sin embargo, entre una y otros. En una síntesis muy lograda de la vieja polémica abierta por Hayden White, Florescano se aproxima a Ginzburg y Chartier para sostener las diferencias entre ficción e historia. Para hacerlo recorre las claves de la novela histórica europea desde fines del siglo XVIII, así como los códices mesoamericanos, y basándose en Ricoeur desarrolla tres fases del quehacer historiográfico que considera como sus pilares: la de la revisión documental, la de la construcción de un marco explicativo-comprensivo y la de poner esa revisión por escrito. Reconociendo con White que la historiografía puede ser tan limitada como la narrativa de ficción, el autor aboga por el eclecticismo teórico para aproximarse a un fin que difiere radicalmente de los de aquella: la construcción de una explicación rigurosa, conceptualmente guiada, de lo que en el pasado ha sido. Del texto emerge así una pregunta, como en el chiste de meter cincuenta elefantes en un auto pequeño: ¿cómo se introducen cientos de memorias en una sola historia? La respuesta de Florescano no es definitiva, pero parece ir en dos direcciones: desarrollando el aparato conceptual que guía la investigación y descreyendo de las historias únicas y de toda monocausalidad. Como dice el autor a través de las palabras de David Harlan: “el mejor modo de respetar a los muertos es ayudarlos a hablar con los vivos” (p. 237). En ese camino, el libro abre el campo de las preguntas a partir de un minucioso trabajo de reconstrucción de los recorridos de la historia y sus funciones. Las respuestas, sugiere, solo pueden venir por el lado del conocer.

[Alberto HARAMBOUR ROSS. “Enrique Florescano, La función social de la Historia, México, Fondo de Cultura Económica, 2012, 402 páginas” (reseña), in Historia (Santiago de Chile), nº 46, vol. I, enero-junio de 2013, pp. 251-253]

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