✍ Miseria de la teoría [1978]

por Teoría de la historia

35325326En 1978, Thompson publicó The Poverty of Theory, la diatriba antialthusseriana más dura jamás lanzada. Su conclusión es inequívoca: «para mí hoy está claro, a partir de mi examen del althusserismo […], que ya no podemos seguir atribuyendo ninguna significación teórica a la idea de una tradición común. Pues el abismo que se ha abierto separa […] modos de pensamiento idealista y materialista, un marxismo como clausura y una tradición, derivada de Marx, de investigación y crítica abiertas. La primera es una tradición de teología. La segunda es una tradición de razón activa. […] Por consiguiente, debo afirmar sin ningún equívoco que no puedo seguir hablando de una sola tradición marxista común. Hay dos tradiciones […] cuya declaración final de antagonismo irreconciliable fue diferida —como acontecimiento histórico— hasta 1956. Desde esta fecha en adelante ha sido necesario, tanto en política como en el campo de la teoría, declarar lealtad a una o la otra. Entre la teología y la razón no cabe ningún espacio para negociar. El comunismo libertario, así como el movimiento socialista y obrero en general, no pueden tener ningún trato con la práctica teórica, salvo para desenmascararla y expulsarla» [1]. Se trata claramente de una declaración de guerra, pero que data, y por aquí pierde fuerza su demoledor ataque, de 1978; esto es, una vez que ha tenido lugar lo que Negri ha denominado la Kehre althusseriana [2]. Poco importa que el propio Althusser hubiera hecho ya su autocrítica y que sus tesis de la época nada tuvieran que ver con las defendidas en Lire Le Capital. Ni siquiera la publicación de Ce qui ne peut plus durer dans le parti communiste, en opinión de Perry Anderson «el texto de oposición más violento jamás escrito dentro de un partido en toda la historia de posguerra del comunismo occidental» [3], fue suficiente para que Thompson introdujera en el epílogo de Miseria de la Teoría alguna matización en sus críticas. Al contrario, Thompson se mostró implacable: «no hay una sola frase de Miseria de la teoría de la que desee retractarme» [4]. Este ensayo, que «los estudiantes estrecha[ban] contra sus corazones» [5], condujo la polémica ya existente entre historiadores británicos a «los más bajos niveles de la guerra fría» [6]. Pero no se trataba de la polémica Thompson- Althusser. No sólo porque, como pretendiera Thompson, su preocupación fuera «la influencia del pensamiento althusseriano trasplantado fuera de Francia» [7]; sino porque lo que Thompson presentaba en su obra era una burda caricatura de Althusser. Pero, al menos, Thompson tuvo la decencia intelectual de leer —equivocadamente— a Althusser, lo que no ocurrió siempre entre sus partidarios, para quienes la autoridad de Thompson era suficiente para juzgar y condenar a todo aquél sobre el que se lanzara la acusación de althusseriano. En nuestro país, donde todo se redujo a la presentación de la polémica en Gran Bretaña, ocurrió un poco lo mismo. Tal era la ascendencia del brillante historiador e incansable militante por las libertades E.P. Thompson. Recordemos que Althusser rechazó el ofrecimiento que le hiciera Perry Anderson para responder a Thompson, limitándose a reconocer «el excesivamente sumario (y por tanto unilateral) carácter de los pocos parágrafos dedicados a la “historia” en el contexto polémico de Lire le Capital» [8]. Mas, ¿para qué intervenir? La «pratique théorique», concepto en cuya crítica descansa, en última instancia, el durísimo ataque de Thompson, ya había sido rechazada por el propio Althusser. Ya en 1966, Althusser reconoció que «l’accent mis […] sur la spécifité de la pratique théorique […] a induit un effet d’élision […]: la question de la connaissance empirique» [9]. Pero la autocrítica va más lejos, cuestionando justamente lo que la práctica teórica venía a aportar: «il n’est de philosophie marxiste posible qu’à la condition de récuser cette fonction de garantie» [10]. En 1978, el mejor crítico de Althusser es Althusser mismo: «je vois clair comme le jour que ce que j’ai fait voilà quinze ans, ça a été de fabriquer une petite justification bien française, dans un bon petit rationalisme nourri de quelques références (Cavaillés, Bachelard, Canguilhem, et derrière eux un peu de la tradition Spinoza-Hegel), à la prétention du marxisme (le matérialiste historique) à se donner comme science. Ce qui est finalement (était, car depuis j’ai un peu changé) dans la bonne tradition de toute entreprise philosophique comme garantie et caution» [11]; para denunciar la idea de que «la théorie marxiste possède en elle-même et d’avance, sous forme théorique, la vérité de tout ce qui peut se présenter au monde sous la forme du “concret” […] cela veut dire qu’elle n’est pas une théorie “de caractère scientifique” ou “opératoire” (peu importe le mot), mais une philosophie absolue, qui sait tout, absolument tout d’avance puisqu’elle est la “science des principes premiers et derniers” selon une formule d’Aristote qui dit bien ce qu’elle veut dire» [12]. Esto no significa, naturalmente, que la crítica de Thompson a Althusser careciera de sentido, todo lo contrario. Se equivocaba, no obstante, al centrar la crítica en aquello que Althusser ya había rechazado, impidiendo así situar la polémica, ciertamente necesaria, en un terreno real. Los blancos definidos por Thompson son muchos, la mayoría acertados, y conviene por ello retenerlos al margen de que su desarrollo sea muchas veces equivocado. Voy a detenerme en tres aspectos que considero capitales: el problema del conocimiento y, muy particularmente, del conocimiento histórico, el problema del materialismo histórico por tanto, y, finalmente, en la que creo que ha sido la más incomprendida de las tesis de Althusser, la cuestión del llamado «antihumanismo teórico».

1. Por lo que respecta a la epistemología, no voy a detenerme en la crítica de la práctica teórica por cuanto la crítica a la misma ha sido realizada por numerosos autores [13], incluido, como ya he dicho, el propio Althusser. Quedan, sin embargo, algunas cuestiones pendientes, como el reconocimiento del papel positivo que la definición de «práctica teórica» desempeñó cuando fue formulada (por ejemplo al definir una instancia «otra», diferente del Comité Central del Partido [14]), o la presencia, bajo un concepto erróneo, de problemas reales que Thompson ha pasado totalmente por alto. Me refiero a la reivindicación de la teoría como actividad específica que, por tanto, requiere de unas herramientas, conceptuales, que no proceden, ni pueden hacerlo jamás, de la evidencia empírica. En este sentido, Althusser venía a reivindicar, frente al empirismo, el carácter activo del conocimiento en unos términos que nos recuerdan al Marx de las Tesis filosóficas sobre Feuerbach. Thompson critica a Althusser porque menosprecia los datos empíricos; y, sin duda, refiriéndonos a parte de Pour Marx y Lire le Capital, tiene razón. Frente a éste, y como forma de combatir cualesquiera extravagancias intelectuales, Thompson defiende que «sean las fuentes las que comiencen a dirigir» [15]; pero, en su combate a Althusser, Thompson se acerca demasiado al empirismo al sostener que «este o aquel otro texto muerto, inerte, de un determinado documento no es en absoluto “inaudible”; tiene por sí mismo una ensordecedora vitalidad; se trata de voces que irrumpen clamorosas desde el pasado, afirmando sus propios mensajes, exponiendo a la luz su propio autoconocimiento como conocimiento »; así, los datos empíricos «dan testimonio de un proceso histórico real», hasta el punto de que un hecho cualquiera, por ejemplo, «el rey Equis murió en 1100 d.C.» nos ofrece en sí mismo «las relaciones de dominación y subordinación, las funciones y el rol de la institución, el carisma y los atributos mágicos ligados a ese rol, etc.» [16]. Thompson se equivoca. Como ha sostenido el historiador Julián Casanova, formado en la tradición británica y poco sospechoso de althusserismo, «el historiador […] no investiga sobre el pasado sino sobre los residuos duraderos del pasado y, como sabe, no todos esos residuos —documentos o fuentes— son igualmente valiosos»; el historiador debe por tanto elegir, más aún, «construir» los problemas históricos y, en ese sentido, parece claro que «en relación con los fenómenos sociales resulta difícil negar que las teorías guían la descripción de esa realidad y que la verdad o falsedad de las teorías no puede determinarse sólo por la evidencia empírica ya que el mismo lenguaje utilizado está cargado de teorización» [17]. El propio Thompson, sin duda un magnífico historiador, sabe que «los hechos no revelarán nada espontáneamente, es el historiador quien tiene que trabajar arduamente para permitirles encontrar “sus voces propias”. No la190032 voz del historiador, atención, sino sus voces propias, aunque lo que sean capaces de “decir” y parte de su vocabulario venga determinado por las preguntas que el historiador formule. No pueden “hablar” hasta que se las “pregunte”». Mas, este implícito reconocimiento de la teoría, del necesario «diálogo entre concepto y dato empírico», es nuevamente cuestionado cuando los conceptos son concebidos con «gran elasticidad » y muchas «irregularidades» [18]. José A. Piqueras, en su intervención en el I Congreso de la Asociación Historia Social celebrada en Zaragoza allá por 1990, advertía acerca de «una historiografía formalmente distanciada del empirismo absoluto pero que de hecho niega la teoría». Piqueras hablaba así de un proceso de «desteorización» caracterizado por (1), «la determinación de la investigación por el método indagatorio», (2), «la renuncia a un marco teórico de las sociedades, previa identificación de éste con una historia ideologizada » y (3), «la relativización de las categorías» [19]. No sería difícil encontrar en Thompson dos de esas tres características. Hemos visto cómo Thompson asume la tercera de ellas sin problema alguno; lo mismo ocurre con la segunda. Entramos en el segundo de los problemas definidos, el del materialismo histórico.

2. Qué duda cabe que la preocupación de Thompson por considerar al ser humano en toda su realidad es encomiable. En Miseria de la Teoría, frente al reduccionismo que supuestamente practica Althusser, pone como ejemplo a una mujer que «es la “esposa” de un hombre, la “amante” de otro hombre, la “madre” de tres hijos en edad escolar. Es una obrera de la confección, y “delegada de taller”, es “tesorera” en la sección local del partido laborista y los jueves por la tarde es “segundo violín” en una orquesta de aficionados. Es de constitución fuerte (como debe serlo), pero tiene una disposición ligeramente neurótica depresiva. También pertenece —casi me olvido de ello— a la Iglesia anglicana y practica ocasionalmente la “comunión”» [20]. Parece claro. Desde Marx sabemos que lo concreto, esta mujer, «es la síntesis de múltiples determinaciones»; de hecho, «sólo podemos describir el proceso social —como demostró Marx en El Dieciocho Brumario— escribiendo historia. Y aún así, podemos acabar teniendo sólo el relato de un proceso concreto, y un relato selectivo del mismo» [21]. El problema es que esta reivindicación de la historia es, en Thompson, la justificación del rechazo de todo modelo, por cuanto por definición, los modelos excluyen los atributos humanos [22]; así como del concepto «determinación» que, piensa Thompson, conlleva implícitamente la idea de que lo «otro», lo determinado, es menos real [23]. Comprendemos por ello que, para Thompson, el rechazo a la «radicalmente defectuosa» metáfora de la base y la superestructura sea una cuestión de principios, pues «tiene la tendencia congénita de conducir nuestra mente hacia el reduccionismo o hacia un vulgar determinismo económico» [24] (esto no ha impedido a su colega Hobsbawm ver en el Prefacio de 1859 «la más completa formulación» de la concepción materialista de la historia [25]). De este modo, el concepto «determinación», ciertamente concebido como «crucial » [26], se desvanece en sus manos, no ateniéndose en los hechos ni siquiera a la por él aceptada definición que ofreciera Raymond Williams («la fijación de límites» y «el ejercicio de presiones» [27]). Sin duda el capítulo 6 de La formación de la clase obrera en Inglaterra, por lo demás, una excelente obra, es ejemplar para comprenderlo: Ni una sola vez, en el capítulo más estructural de su obra, que significativamente lleva por título «explotación», aparece mencionado el concepto que define la explotación capitalista: «plusvalía». Althusser no rechaza el uso de las metáforas, que considera útil, aunque comparte con Thompson la idea de la complejidad y riqueza de la historia [28]; asumiendo por tanto las limitaciones de las mismas. Y, refiriéndonos a la metáfora de la base y la superestructura, deberíamos reconocer que es, literalmente, subvertida [29]. Así, pese a reconocer la determinación (en última instancia) de la base económica, confiere en el interior de ésta el papel determinante a las relaciones de producción, donde la lucha de clases está absolutamente presente. Además, Althusser introduce dos conceptos, que, implícitamente, han guiado la práctica historiográfica de los historiadores marxistas, incluido el propio Thompson, y que vienen a subrayar tanto la complejidad constitutiva de toda «formación social» (digamos de pasada que hasta Thompson debe utilizar este concepto nunca antes utilizado, excepto por Marx, hasta que lo rescatara Althusser) como el carácter igualmente «real» de todas las instancias, independientemente de a cuál nos refiramos. Me refiero a los conceptos «sobredeterminación» que, tomado del psicoanálisis viene a significar la existencia de una determinación múltiple, y «autonomía relativa». Ya Stuart Hall señaló que «Contradicción y Sobredeterminación» constituye «un ensayo germinativo en la teoría marxista sobre el crítico asunto de cómo pensar en el problema de la determinación de una forma que no sea reduccionista» [30]; por su parte Ralph Miliband [31] concede un indudable mérito al concepto «autonomía relativa», que Thompson pretendía ignorar en el mismo momento en el que lo reconocía como verdadero punto de partida de sus investigaciones [32]. Si a eso añadimos que «ni en el primer instante ni en el último, suena jamás la hora solitaria de la “última instancia”» [33] comprenderemos perfectamente dónde reside el denostado reduccio¬ nismo y economicismo de Althusser. Althusser, debemos decirlo, se mostró mucho más acertado que Thompson, que, incapaz de aceptar el más mínimo aroma determinista, debe dar marcha atrás hasta en aquello que explícitamente había asumido. El ejemplo de la mujer antes citado es, en los hechos, violentamente rechazado: «hoy los estructuralismos acaparan esta área por todos lados; estamos estructurados por relaciones sociales, hablados por estructuras lingüísticas previamente dadas, pensados por ideologías, soñados por mitos, sexuados por normas sexuales patriarcales, ligados por obligaciones afectivas, instruidos por mentalidades y actuados por el guión de la Historia. Ninguna de estas ideas es, en su origen, absurda, y algunas tienen por base ciertos progresos sustanciales del conocimiento. Pero todas ellas, al llegar a cierto punto, pasan de tener sentido a no tenerlo, y sumados conducen al mismo punto terminal: la no libertad» [34]. Nos adentramos en el tercero de los problemas apuntados: el antihumanismo teórico.

3. Thompson, preocupado en su obra historiográfica por no ceder un ápice de terreno al economicismo, se orienta en ocasiones a lo que sus críticos han denominado «culturalismo» [35]. Efectivamente, la cultura (entendida en el sentido anglosajón del término) ocupa un lugar de primer orden en su obra y, junto a ésta, la difícil categoría de experiencia. Por aquí se desliza lo que podríamos llamar «moralismo», cuya presencia por ejemplo observamos en su tratamiento de la explotación en términos de experiencia «vivida», como sentimiento, y no como explotación económica. No se trata de cuestionar el papel de la moral en la historia pues, como sostiene Thompson, «los hombres y las mujeres argumentan en torno a valores, eligen entre unos y otros valores» [36]. Asumo completamente por ello la diferencia que Kate Soper establece entre «moralidad» y «moralismo» [37], pero cuando la moral pasa a ser «el agente básico del cambio social» [38] y Thompson identifica toda «determinación» con la ausencia de libertad, por consiguiente con la imposibilidad del ejercicio moral, cae verdaderamente del lado del moralismo. Thompson, brillante historiador, es The Povertyincapaz de distinguir, como muy pertinentemente hiciera E.H. Carr [39], entre los órdenes histórico y moral. De ahí la desesperación y el tormento que le ocasiona la lectura de Althusser: «¡Nos hacen abjurar de la acción humana, de la creatividad, incluso de nuestro propio yo!» [40]. El humanismo y moralismo de Thompson exigen así el absoluto rechazo de la categoría althusseriana «proceso sin sujeto» (ni fines) que, con extraordinaria celeridad, Thompson identifica con el stalinismo. Althusser, según Thompson, habría cometido el imperdonable pecado de negar la acción humana. ¿Es esto cierto? En absoluto. Althusser ha insistido como ningún otro en el papel que la ideología desempeña en la historia, siendo ésta, y no la teoría, la que guía la acción de los hombres; y, en la Réponse a John Lewis, ha planteado en términos inequívocos que es el ser humano, y nadie más, quien actúa en la historia; pero eso no lo convierte en sujeto de la historia, esto es, sujeto libre de determinaciones. Thompson sabe, como historiador, que «el abandono de los planos de la mera crónica o de la simple interpretación y el acceso a un nivel propiamente científico de una explicación, supone comprometerse de alguna manera con la cuestión del carácter determinado del proceso histórico» [41]. Ya V. Kierman —otro brillante miembro de la tradición a la que pertenece Thompson— advirtió sobre la necesidad de «ser cautos y no deslizarnos hacia la “teoría de los factores” ridiculizada hace muchos años por Plejanov, la reducción de la Historia a un caleidoscopio de variables independientes » [42]. Así, al abordar el problema del sujeto en la Historia, es necesario distinguir entre dos cuestiones que aparecen entrelazadas: «a) identificar los agentes (entes activos) del proceso, y b) reconocer el “lugar” donde se ubican los principios determinantes del movimiento social» [43]. Es éste, y no otro, el significado exacto del famoso «antihumanismo » (teórico) althusseriano. No se trata de negar la acción humana, sino de hacerla inteligible; y eso exige olvidar al hombre como punto de partida del análisis histórico. ¿Podemos realmente entender el caso Stalin tomando como punto de partida a Stalin mismo o, por el contrario, sólo es comprensible mostrando «cómo la lucha de clases creó en [la Unión Soviética] las circunstancias y las condiciones que permitieron a un personaje mediocre y grotesco representar el papel de [dios]» [44]? Ésa, y no justificar al PCF, o a Stalin, o la teoría de las dos ciencias, ha sido la preocupación de Althusser desde … ¡los años cincuenta! [45]. Pero Thompson, aun consciente del callejón sin salida en el que se encuentra, insiste: «”!No soy una COSA!” y, por tanto, cualquiera que sea nuestra conclusión en la polémica sin fin entre predeterminación y libre albedrío […] es sumamente importante que pensemos que nosotros somos “libres”» [46]. Un último apunte a propósito del antihumanismo teórico. Thompson, como la mayoría de críticos de Althusser, atribuyen este antihumanismo a la filiación estructuralista de Althusser. Craso error. El antihumanismo althusseriano es anterior a su «coqueteo» estructuralista, y fue alcanzado durante los años de formación en los que, por tres vías diferentes y consecutivas (Hegel, Feuerbach y la filosofía política francesa del siglo XVIII), Althusser accedió a Marx, pasando primero del cristianismo al humanimo y, posteriormente, por la mediación de, sobre todo Helvétius, a la fundamentación de lo que más tarde definiría como antihumanismo. Mas, ¿paradoja?, toda la teoría de Helvétius sobre el hombre descansa en esa escurridiza categoría tan querida por Thompson que es la experiencia [47].

Concluyamos. Hace ya diez años [48] sostuve que entre los discursos de Thompson y Althusser era posible el diálogo; que, pese a las apariencias, no existía antagonismo entre ambos. Sigo pensando lo mismo, bastaría con situar ambos discursos en la coyuntura particular en la que surgieron y prestar más atención a la definición de los blancos que a los excesos cometidos. Es posible, ciertamente, que en un punto concreto (el del humanismo) no exista compromiso teórico posible. Esto, sin embargo, no debería impedir que, desde ambos discursos, en la práctica, se aúnen fuerzas en las batallas que, sin duda, habrá que afrontar.

NOTAS. 1. Thompson, E.P.: Miseria de la teoría, Crítica, Barcelona, 1981, pp. 289-290. En adelante citaré como MT. 2. Cf. Negri, T: «pour Althusser. Notes sur l’évolution de la pensée du dernier Althusser», en Futur antérieur. Sur Althusser. Pasages, 1993, p. 83. Recordemos que de Noviembre de 1977 data su intervención de Venecia: «La crisis del marxismo», El Viejo Topo n°17 (febrero 1978), pp. 34-35. 3. Anderson, Perry: Teoría, política e historia. Un debate con E.P. Thompson. Siglo XXI, Madrid, 1985, p. 126. 4. MT, p. 302. 5. Hall, Stuart: «En defensa de la teoría», en Samuel, R. (ed.): Historia popular y teoría socialista. Crítica, Barcelona, 1984, p.277. 6. Stedman Jones, Gareth: «Historia y Teoría», en Aracil, R. y García Bonafé, M.: Hacia una historia socialista, Ediciones del Serbal, Barcelona, 1983, p. 189 7. MT, pp. 299-300. 8. Althusser: Carta del 28/3/1978 a la New Left Review, cfr. Elliot: Althusser: The Detour of Theory. Verso, London-New-York, 1987, p. 4n. 9. Althusser: «Conjoncture philosophique et recherche théorique marxiste» (26 de junio de 1966), Écrits philosophiques et politique II. STOCK/IMEC, Paris, 1995, pp- 407-408. 10. Althusser: «Note», julio 1967, inédito. Archivos IMEC. 11. Althusser: «Lettre à Merab» del 16/01/78, en Sur Althusser Passages, Futur antérieur (1993), p. 7. 12. Althusser: «Que faire?» (1978). Inédito, p. 26. Precisamente Thompson calificaba a Althusser como «el Aristóteles del nuevo idealismo marxista». MT, p. 14. 13. Posiblemente la crítica de Adolfo Sánchez Vázquez constituya, al menos en castellano, una de las mejores críticas que se han realizado. Sánchez Vázquez, A.: Ciencia y revolución (el marxismo de Althusser). Alianza editorial, Madrid, 1978. 14. Algo que, por ejemplo, comprendió el poco althusseriano Mark Poster, que compara en este punto a Althusser con Sartre. Cfr. Poster, M.: Existential Marxism in Postwar France. Princeton University Press, 1975, pp. 341-342. 15. Thompson, E.P.: «Conversa amb E.P. Thompson: Sobre història, socialisme, lluita de classes i pau», L’Avenç n° 74 (septiembre 1974) , p.74 16. MT, pp. 37 y 51. 17. Casanova, J.: La historia social y los historiadores. Crítica, Barcelona, 1991, pp. 154 y 156. 18. MT, pp.55, 67 y 78 respectivamente. Thompson ha definido siempre unos blancos muy precisos, especialmente el economicismo y, en general, la versión escolástica del marxismo, produciendo así una obra que tuvo la virtud de revolucionar la historiografía marxista. No obstante, el exceso de celo en su combate lo desorientó en ocasiones, siendo de hecho posible encontrar en su obra dos discursos verdaderamente distintos y distantes, a espaldas el uno del otro. He tratado de abordar este problema en E.P. Thompson y la historia. Un compromiso ético y político. Editorial Talasa, Madrid, 1996. 19. Piqueras, J.A.: «El abuso del método, un asalto a la teoría», en Santiago Castillo (coord..): La Historia Social en España. Actualidad y perspectivas, Siglo XXI, Madrid, 1991, p. 92. 20. MT p. 231. 21. Thompson, E.P.: «Las peculiaridades de lo inglés», Historia Social n° 18 (invierno 1994), p. 52 22. Cfr. ibid. 23. MT, p. 244. 24. Thompson, E.P.: «Folklore, antropología e historia social», Historia Social nº 3 (invierno 1989), pp.97-98. 25. Hobsbawm, Eric: «Marx and History», New Left Review n° 143 (enero-febrero 1984), p. 43 26. MT, p. 244. 27. Williams, Raymond: Marxismo y literatura, Península, Barcelona, 1980, p.107. 28. «La tâche de l’histoire, qui comme toute autre science est contrainte d’approfondir ses propres théories pour les adapter incessamment à une réalité inépuisable qui la précède et la dépasse toujours». Althusser: «Note sur la théorie marxiste de l’histoire». Texto inédito de 26 páginas redactado a mediados de los años cincuenta. p.15. Se encuentra en el IMEC. 29. De alguna manera esto era ya perfectible en su petit Montesquieu, especialmente cuando hace una analogía entre el tipo de relación que se establece entre la base y la superestructura y entre la «naturaleza» y el «principio» de Montesquieu. 30. Stuart Hall, art.cit., p. 280. 31. Miliband, R.: «Poder estatal e intereses de clase», Zona Abierta 30 (enero-marzo 1984) p.123. 32. MT, pp. 157. 33. Althusser: «Contradicción y sobredeterminación», La revolución teórica de Marx, Siglo XXI, México, 1983 (20a ed.), p. 93 34. MT p. 235. 35. Johnson, Richard: «Edward Thompson, Eugene Genovese, y la historia socialista- humanista», en Aracil R. y García Bonafé, M.: Hacia una historia socialista, ed.cit., pp. 52-85. 36. MT p.269 37. Moralidad: «conceder importancia y validez a los juicios y valores morales». Moralismo: «creer que adoptar unos valores morales es en sí mismo suficiente». Kate Soper: «Marxism and Morality», New Left Review n° 163 (mayo-junio 1987), p.103 38. Thompson, E.P.: William Morris. De romántico a revolucionario, Edicions Alfons el Magnànim, Valencia, 1988, p. 662. 39. cf. Carr, E.H.: ¿Qué es la historia?, Planeta-Agostini, Barcelona, 1985, pp. 127- 128 40. MT p.169. 41. Pereyra, Carlos: «El determinismo histórico», En Teoría n° 3 (1979), p. 167. 42. Kierman, V.: «Problems of Marxist History», New Left Review n° 161 (enerofebrero 1987), p. 107 43. Pereyra, Carlos: El sujeto de la historia, Alianza editorial, Madrid, 1984,, p. 31 44. Pido perdón por parafrasear a Marx: El 18 Brumario de Luis Bonaparte. Ariel, Barcelona, 1977 (3a ed.), p.6 45. Podrían leerse por ejemplo «Rapport de la Cellule ENS-Langevin (Personnel)» o «Remarques et suggestions sur les problèmes de la lutte idéologique chez les intellectuels », textos inéditos redactados en los años 1954 y 1955 respectivamente, donde defiende tesis en algunos aspectos muy semejantes a las que defenderá públicamente en 1978. 46. MT p. 234 47. Esto lo he abordado en Genealogía del althusserismo. Lecturas filosóficas de Louis Althusser: 1945-1965, de próxima aparición. 48. Benítez, P: «En torno a la polémica Thompson-Althusser (apuntes para una revisión)», Riff-Raff n° 3 (primavera 1994), pp. 19-23.

[Pedro BENÍTEZ MARTÍN. “Thompson versus Althusser”, in Er. Revista de filosofía (Sevilla), nº 34-35, 2005, pp. 303-314]