✍ Aceleración, prognosis y secularización [2000]

por Teoría de la historia

UnknownEn este libro se recogen dos artículos de R. Koselleck extraídos de su última obra publicada, Zeitschichten. Studien zurHistorik (Frankfurt/M.: Suhrkamp, 2000, reimp. 2003), en la cual el historiador y pensador alemán ha reunido los diversos trabajos con los que ha ido contribuyendo, en las dos últimas décadas del pasado siglo, a pergeñar las líneas metodológicas y conceptuales básicas de una teoría de la historia, la Histórica, planteada en el horizonte de la modernidad. El primero de ellos, «Acortamiento del tiempo y aceleración. Un estudio sobre la secularización», constituye una ampliación revisada de una conferencia publicada originariamente en italiano (Accelerazione e Secolarizzazione, Napoli: Edizioni Scientifiche Italiane, 1989); el segundo, «El futuro ignoto y el arte de la prognosis», fue escrito ya en 1984 y publicado por entonces en dos lugares diferentes (en: Attempto, Heft 70/71, 1984/85, pp. 80- 85, y en: B. Lutz [Hrsg.], Soziologie und gesellschaftliche Entwicklung, Frankfurt am Main/New York: Campus, 1985, pp. 45-59). La traducción castellana de ambos artículos, junto con la del célebre ensayo de la controversia con Gadamer efectuada hace algunos años por el propio Faustino Oncina (R. Koselleck/H.-G. Gadamer, Historia y hermenéutica, Barcelona: Paidós/U.A.B., 1997), viene así a complementar la edición española de Zeitschichten hecha recientemente, aunque de manera selectiva y parcial, por la editorial Paidós (R. Koselleck, Los estratos del tiempo: estudios sobre la historia, Barcelona, Paidós/U.A.B. 2001), sin llegar, empero, a completarla. Habría sido, sin embargo, deseable, por obvias razones de seriedad científica, que el lector hispano hubiera podido disponer de una edición única del texto íntegro de Zeitschichten en castellano, por más que el libro de Koselleck, al ser de hecho una recopilación de conferencias y ensayos dados a conocer por separado con anterioridad, pueda prestarse con facilidad a la edición fragmentaria y dispersa, tan frecuente en nuestro país. En cuanto a la traducción, bastante fiel al original alemán, la presente edición resulta impecable. Lo único que en este aspecto tendría que haberse resuelto quizás mejor son los problemas de concordancia en los tiempos verbales que se plantean ineludiblemente con el cambio de registro idiomático. Hecha esta salvedad, que afecta sólo a pasajes muy esporádicos, nada puede objetársele al texto castellano que se nos ofrece; es filológicamente respetuoso con su fuente y se despliega con precisión y fluidez. La aparente heterogeneidad temática de los dos ensayos aquí seleccionados, a juzgar por el título de los mismos, obliga a preguntarse por las razones que han llevado al traductor a reunirlos (en lugar de otros, en principio temáticamente más afines) en un único libro, más allá de la mera yuxtaposición de ambos artículos en la segunda sección de Zeitschichten. Esas razones no pueden ser, no son en este caso ajenas al propósito práctico de Koselleck en su defensa epistemológica de la Histórica ni, más en concreto, al argumento que se trata precisamente de esgrimir y de subrayar con la reunión de sendos ensayos. De entrada, parece como si lo que se buscara fuese sugerir que la unidad temática o argumentativa reside paradójicamente en un contraste: el contraste entre la singularidad de lo moderno, que el primero de los artículos cifra en la experiencia histórica de la aceleración, y la repetibilidad estructural de la(s) historia(s), que el segundo ensayo hace valer como condición de posibilidad de la prognosis. El propio Koselleck lo reconoce al subrayar al final de ambos artículos la dificultad de hacer pronósticos en un mundo de cambio tan acelerado que apenas hay lugar en él para el reconocimiento en el pasado de estructuras temporales de utilidad cognitiva con respecto al futuro. La constatación de este contraste sirve, sin embargo, para poner de manifiesto la necesidad de intervenir en el curso histórico mediante una praxis dilatoria, que frene y corrija el devenir velociferino y sus consecuencias perversas mediante el afianzamiento de los factores socioeconómicos de «estabilización» y de «los condicionamientos naturales de nuestra existencia terrestre» (p. 71). Sale así a relucir, obviamente, el objetivo práctico de Koselleck de optimizar la modernidad depurando sus patologías. Mas en conexión con él está precisamente la reivindicación epistemológica del arte de la prognosis frente a la filosofía de la historia y a su noción de progreso vertiginoso. Aquí reside, a mi entender, la unidad temática de los dos ensayos seleccionados por Faustino Oncina. Ahí parece estar también para el propio traductor y editor la razón última de la reunión de los mismos, según se desprende de su Introducción (espec. pp. 28- 30), en la que, por lo demás, se sitúan, atinadamente, estos ensayos en el contexto actual del debate acerca del carácter presuntamente «postsecular» de nuestra época (cf. Habermas, Glauben und Wissen, 2001). En el ensayo «Acortamiento del tiempo y aceleración. Un estudio sobre la secularización » R. Koselleck replantea de nuevo la conocida tesis acerca de la modernidad como proceso de secularización, y lo hace desde el punto de vista de la filosofía moderna de la historia. En este horizonte aquel concepto, procedente del derecho canónico, adquiere un sentido metafórico que viene expresado con más precisión por los términos «mundanización» y, sobre todo, «temporalización». Con ellos se designan dos cambios fundamentales: por un lado, el reconocimiento del tiempo inmanente a la historia como el único horizonte de realización, mundana, de todas las tareas y desafíos del hombre, y, por ende, de la eternidad misma, que ahora él reclama exclusivamente para sí; mas, por otro lado, esta exclusividad del tiempo mundano conlleva la disolución de la tradicional oposición entre lo espiritual y lo secular, entre el allende y el aquende, en favor de la oposición entre pasado y futuro, sobre la cual se articula una experiencia específicamente histórica del tiempo, diferente de la natural, que permite concebir la historia como obra del ser humano. Esa experiencia propiamente histórica (y humana) del tiempo es la de la aceleración que acompaña al fenómeno del progreso (cf. pp. 46-47). Koselleck nos sitúa así ante la cuestión clave de su artículo: «¿Se puede explicar la incontrovertible experiencia de la aceleración moderna sólo a partir de su origen cristiano», esto es, como una forma de secularización? (p.47). Antes de resolver esta cuestión es preciso identificar alguna experiencia del tiempo en la tradición judeocristiana de la cual el fenómeno de la aceleración pudiera considerarse su versión secularizada. Para Koselleck ese precedente religioso no puede ser otro que la vivencia del acortamiento del tiempo en la interpretación apocalíptica del Juicio Final. Se trata de la previsión de una velocidad frenética creciente en los ritmos del tiempo natural, cada vez más breves, con la que se anuncia la inminencia del fin del mundo y con él la de la salvación del hombre. Semejante abreviación3518292560.01._SX450_SY635_SCLZZZZZZZ_ apocalíptica tiene carácter trascendente no sólo por hallarse ligada a una esperanza de redención escatológica sino sobre todo por constituir una determinación «extrahistórica y suprahistórica» de Dios, sobre la cual «el hombre mismo no podía decidir» (pp. 51-52). La pregunta crucial por el carácter secularizado del fenómeno moderno de la aceleración queda así reformulada de una manera mucho más concreta: ¿se puede considerar, y hasta qué punto, la aceleración en el horizonte del progreso como la experiencia o forma secularizada del acortamiento del tiempo en el horizonte escatológico del juicio universal? (cf. p. 54 y ss.). La posición de Koselleck en este punto resulta algo ambigua. Pues si parece bastante claro que para él la aceleración moderna constituye una forma de secularización en el sentido metafórico de la «mundanización» y «temporalización», su postura se torna, en cambio, menos inequívoca con respecto a si el fenómeno «secular» de la aceleración ha de interpretarse además, a la manera de K. Lówith (Weltgeschichte und Heilgeschehen, 1953), como el traslado de contenidos y esperanzas cristianas al horizonte mundano, ó si, por el contrario, ha de ser entendido en su peculiaridad histórica, prescindiendo de toda doctrina cristiana, tal como sostuviera H. Blumenberg (Die Legitimitát der Neuzeit, 1966). En relación con lo primero, el autor de Zeitschichten subraya, en efecto, las diferencias semánticas que especifican el significado «mundano» de la aceleración en su afinidad rítmico-temporal con el acortamiento apocalítico del tiempo, a saber: el cambio de sujeto de la acción, que pasa de Dios al hombre, y el cambio de sentido en la velocidad del tiempo intrahistórico, que no se representa ya como el rápido acercamiento de su final sino más bien como el progresivo avanzar en un futuro abierto que se hace visible precisamente por contraste con la uniformidad del tiempo natural, el cual permanece ahora inalterado. En relación con la segunda cuestión, Koselleck trata ciertamente de mostrar su proximidad a la posición de Lowith, y en este aspecto sostiene que la indiscutible asunción de la herencia cristiana reside tanto en la concepción teleológica de la historia a la base de ambas experiencias, como principalmente en la interpretación soteriológica, cuasi religiosa, de las expectativas intramundanas del progreso en términos de realización del reino de la felicidad y de la libertad llevada a cabo por los filósofos ilustrados y revolucionarios de la historia (cf. pp. 55 y ss.; p. 62). Sin embargo, esta tesis se matiza de continuo con dos argumentos que sitúan a Koselleck claramente en los aledaños del planteamiento nuclear de Blumenberg. Por un lado, después de la Revolución Francesa -admite el historiador germano- la comprensión soteriológica desaparece progresivamente conforme pasan a primer plano una serie de experiencias de progreso y transformación en todos los ámbitos de la sociedad (cambios políticos revolucionarios, avances técnicos en transportes y comunicaciones, división y mecanización del trabajo, desarrollo industrial, etc.), que ya «no son deducibles de las expectativas cristianas de salvación» (p. 67), sino más bien verificación y consecuencia de la aceleración intramundana misma, que venía así a acreditarse como una experiencia autónoma y a convertirse en una categoría específica de comprensión del tiempo histórico de la modernidad (cf. pp. 63 y ss.). Más relevante aún es, por otro lado, el hecho de que Koselleck reconozca que «el núcleo duro de la experiencia moderna de la aceleración » estuvo constituido ya desde el siglo XVI «por los descubrimientos y las invenciones de las emergentes 51LYSRMdkYL._SY344_BO1,204,203,200_ciencias de la naturaleza» (p. 53) y, en definitiva, por el progreso científico-técnico, que no podía ser explicado a partir de premisas teológico-religiosas como las del Juicio Final (cf. p. 55, 63). De este modo Koselleck parece llevarnos a la conclusión de que la aceleración acabó elevándose a categoría autónoma de comprensión del tiempo histórico moderno no tanto porque «secularizase» o «mundanizase» determinadas expectativas cristianas de salvación (por más que en el siglo XVII se hiciera esta interpretación), cuanto más bien porque su base de experiencia fue siempre «secular» e intramundana, la del progreso de la ciencia y de la técnica, aun cuando tal experiencia, o la de sus efectos, no llegara a generalizarse socialmente hasta comienzos del siglo XIX. El segundo de los ensayos, «El futuro ignoto y el arte de la prognosis», saca a relucir el papel del pasado y de la experiencia histórica en el conocimiento del futuro. A partir de la constatación de su base antropológica en lo que Kant llamó la «facultad de prever» inherente al hombre como ser práctico, Koselleck fundamenta el arte de hacer pronósticos en la posibilidad de trasponer cognoscitivamente la evidencia de la experiencia al horizonte desconocido de la expectativa, por más que «el estatuto de lo futuro no se corresponda plenamente con el estatuto de lo pasado» (p. 75). Ahora bien, dicha posibilidad descansa en la repetibilidad de determinadas estructuras persistentes y en ciertos procesos duraderos detectables en la experiencia histórica, que sobreviven a los acontecimientos particulares y los trascienden en forma de condiciones o circunstancias en las que éstos aparecen (condiciones geográficas, condiciones jurídico-institucionales, actitudes y mentalidades, constelaciones del poder político, etc.) (cf. pp. 79-80). Analizando algunos ejemplos históricos de pronósticos políticos, Koselleck muestra que el éxito de la predicción sociopolítica depende de la cantidad de estructuras o «estratos temporales de posible repetición» que se hayan tenido en cuenta, y propone a este respecto una clasificación de los diversos pronósticos en tres tipos ideales en función de la cuota de experiencia histórica puesta en juego en ellos (prognosis desiderativa, prognosis forzada y perentoria, y prognosis de condición alternativa) (cf. pp. 87 y ss.). Por último, tras ofrecer una tipología de los diversos estratos del tiempo según su utilidad predictiva (el plano temporal de las acciones cotidianas a corto plazo de los individuos, «el plano de las tendencias a medio plazo» o «condiciones transpersonales» del acaecer histórico, y «el plano de duración metahistórica», constituido por ciertas «constantes antropológicas» así como por algunas «estructuras» repetibles «de la experiencia histórica» que funcionan como «condiciones de posibilidad de historias», detectables en la reflexión teórica de los historiadores sobre determinados eventos), Koselleck insiste en la dificultad de «hacer pronósticos a corto plazo» en la actualidad, en la cual no sólo los factores condicionantes de cada acción individual se han diversificado y multiplicado hasta lo inabarcable, sino que también los «lapsos de experiencia» inherentes a las «constantes transpersonales», que antaño mantenían «estable el marco de las condiciones de los procesos a medio plazo», se transforman de manera incesante y se acortan cada vez más a velocidad creciente (cf. p. 96). En esta situación la historiografía parece condenada a abandonar su tradicional función cognoscitiva en favor de la sociología. Aun así, la posibilidad del pronóstico fiable dependerá de que se logre «insertar en el futuro más efectos dilatorios» procedentes de una mayor estabilidad de «las condiciones generales económicas e institucionales de nuestro obrar» (p. 96).

[Maximiliano HERNÁNDEZ MARCOS. “Koselleck, Reinhart, Aceleración, prognosis y secularización, traducción, introducción y notas de Faustino Oncina Coves, Valencia, Pre-Textos, 2003, 96 pp.” (reseña), in Azafea. Revista de filosofía, nº 6, 2004, pp. 275-278]