✍ La sociedad medieval [1991]

por Teoría de la historia

la-sociedad-medieval-robert-fossier-georges-duby-le-goff-10767-MLA20033556808_012014-FJacques Le Goff, en su prefacio a la obra del profesor Josep Fontana, “Europa ante el espejo”, decía que “Europa se está construyendo. Esta gran esperanza sólo se realizará si se tiene en cuenta el pasado: una Europa sin historia sería huérfana y desdichada […] La memoria del pasado no debería paralizar el presente, sino ayudarle a que sea distinto en la fidelidad, y nuevo en el progreso […]”. Hermosas palabras, pero, de repente, surgen viejos fantasmas que amenazan la estabilidad de las mismas. Un ejemplo: la celebración en Francia del bautismo del rey franco Clodoveo o Clovis, hecho que es tomado como el pilar sobre el que se edificó la nación francesa. A partir de aquí se destapó la caja de los truenos, no sólo al otro lado de los Pirineos, sino en todo el Occidente «europeo». «[…] ¿Cómo puede la patria de la Revolución Francesa que ha elevado el laicismo a dogma estatal gloriarse de unos orígenes cristianos y gastar dinero del Estado en unas celebraciones solemnes con visita papal incluida? […]», se preguntaba el catedrático emérito de la Universidad de Barcelona Miquel Siguan en el diario La Vanguardia del pasado 12 de septiembre de 1996. ¿Crisis de identidad tal vez? Difícil interrogante que no puede quedar sin respuesta. ¿Qué está sucediendo en realidad? ¿ Acaso se acentúa cada vez más el olvido del pasado? Si es así, estamos en peligro y debemos poner todos los medios a nuestro alcance para retomar la senda abandonada. Robert Fossier puede ser un buen punto de referencia. La obra publicada, y que tratamos en estas páginas, “La sociedad medieval”, apareció hace ya algunos años en el país vecino, concretamente en 1991 y su tardía traducción al castellano, en 1996. Esta obra se nos antoja de obligada lectura, pues en ella el historiador francés y catedrático de Historia Medieval en la Universidad de París-I, se enfrenta a un gran reto: el de hacer historia social de la Edad Media, dado que considera que la idea de «clase» resulta, todavía, ambigua. Su argumento se basa en el hecho de que muchas nociones que sirvieron en su día para clasificar a los individuos, hoy carecen de valor. Sin más preámbulos, construye una frase lapidaria: «Un hombre es lo que se considera que es» y, desde ese mismo instante, Fossier lleva a cabo un auténtico repaso de todos aquellos enfoques erróneos que a lo largo de tantos años han sido el núcleo central de innumerables investigaciones históricas. Auténtico aviso a navegantes: el historiador de la sociedad se tiene que limitar a los documentos y, en este caso, no se puede esperar ninguna ayuda seria de las ciencias afines en su estado presente. Argumentación a estas palabras: la etnología, que podría aclarar muchas cosas al medievalista, por quedar en sus conexiones demasiado tenue. La arqueología porque sólo nos aporta pruebas de la violencia de la época o de la mediocre artesanía. La historia del arte porque nos ofrece, para distintos períodos, representaciones figuradas de los «estados» del mundo. ¿A dónde recurrir entonces? A la documentación escrita. Pero ¡ojo!, que aquí también existen claras diferencias ante la credibilidad de ésta. Cuidado con los textos reglamentarios, porque según Fossier, sólo expresan la intención del legislador y otros. Únicamente son documentos contables en sentido amplio y no prestan mucha atención a los grupos sociales. Existe una tercera categoría que es muy superior a las otras dos por su volumen: son los documentos de la práctica. Es decir, ventas, donaciones, arriendos, testamentos, reconocimientos de privilegios, etc., que, según él, son la materia principal de dicha investigación social porque, a través de estos textos tan comunes, se perciben los móviles y las segundas intenciones perfilándose las siluetas de los protagonistas en todos los «estados». Un cuarto representante sería la obra literaria, una imagen acabada pero que debe ser calibrada al tratarse de un producto que nació de la mayor o menor sinceridad del poeta o cronista, así como de su inteligencia, a la que deben ser sumadas las modas y prejuicios sociales del momento. Ante tales propuestas, quien decida entregarse a la lectura de estas páginas, más que nunca, deberá leer entre líneas, dado que algunas de las ideas que defiende su autor pueden parecer, a simple vista, desconcertantes, como el momento en que propone delimitar el campo de estudio de la evolución milenaria de la historia medieval. El libro consta de tres grandes partes. La primera, titulada «Contracción», transcurre a lo largo de los años que van desde c. 320 hasta c. 920. Aquí Fossier se desliza a través de un mundo multicultural para ir aproximándose, poco a poco, a la vida cotidiana sujeta a los condicionamientos internos. En la segunda, «Distensión», c. 920 a c. 1270, los contornos de los grupos humanos son representados en el seno de la relajación del orden cristiano. La tercera, y última, y tal vez la más apasionante de la obra, «Aceleración», se desarrolla entre c. 1270 y c. 1520, e intenta dar respuestas a la cuestión de si a lo largo de estos 250 años, en verdad, se caminaba hacia una sociedad moderna. Él tiene sus dudas. Resumiendo, se trata de una gran obra a pesar de los defectos que se le puedan atribuir, que los tiene. Pretende retratar la sociedad medieval latina, cuya característica principal vendría dada por la desaparición de los elementos intermedios y la polarización hacia los extremos debido al triunfo del espíritu de ganancia y del dinero, y de todos es sabido que los extremos nunca fueron buenos. Dice 1990752Fossier que este fenómeno nació del fracaso de las autoridades públicas, que reyes, Iglesia y ciudades deberían haberlo evitado. Esto justificó el triunfo del capitalismo. Allí donde el Estado no era más que un servidor de los intereses privados, la alianza entre el orden y el dinero, entre la autoridad y la ganancia estaba servida. El presente del cual hoy somos protagonistas. Ésta es una buena razón por la que vale la pena leer al profesor Robert Fossier; porque nos ayuda a poder encontrar posibles respuestas a esa «terrible» pregunta planteada al principio. Si Europa pretende poner proa hacia un horizonte común debe, por encima de  todo, buscar continuamente en su historia, no olvidarla. Sólo así evitará caer en el error de afrontar el futuro desde la fría perspectiva de los planteamientos económicos. Lo social no puede quedar al margen, pues sobre esa piedra angular se construyó, día a día, nuestro presente. Si se olvida esta premisa, entonces sí habremos perdido para siempre nuestras referencias y nuestra identidad. Seremos víctimas de la ignorancia, y de aquí a cometer verdaderas atrocidades, como la de no admitir que la «Europa de la catedrales» la construyeron seres de procedencias bien diferentes, sólo va un paso.

[Xavier GIL I ROMAN. “La société médiévale” (reseña), in Medievalia (Barcelona), nº 13, 1996-1997, pp. 135-136]

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