✍ Prácticas de la lectura [1985]

por Teoría de la historia

chartier r.prcticas de la lecturaPrácticas de la lectura, obra en tres partes dirigida por el distinguido profesor Roger Chartier, director de estudios en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de Paris, es el resultado de un coloquio realizado hace algunos años en el convento real de Saint Maximin, un cantón del departamento de Var, en la Côte d’Azur de Francia. Los investigadores que participaron en esta obra tenían interés no sólo en volver a la historia para ubicar las distintas maneras de leer en el pasado, muy diferentes a las de nuestros días, sino de profundizar en esta problemática y conocer mejor la singularidad de los lectores, sus lecturas diferenciadas, y las formas y procesos de acceso al escrito. Las ocho contribuciones y el diálogo publicados bajo la dirección de Roger Chartier responden a tres aspectos ligados a esta práctica cultural. En primer lugar, se expone la oposición entre los aprendizajes escolares de la lectura y aquellos del medio rural basados en el autodidactismo. Enseguida, la distinción entre los lectores que manejan la escritura y los que son solamente lectores, es decir, los que abandonaron la escuela o interrumpieron su aprendizaje antes de saber leer o escribir. Finalmente, se hace alusión a las distintas maneras como se emplea el término lectura, dada la estrecha relación entre las dos formas de representación que articulan lo visible con lo lisible. François Bresson de la Escuela de Altos Estudios, inicia la primera parte con un artículo titulado “La lectura y sus dificultades”. Preocupado por los problemas que presentan las escrituras alfabéticas, sostiene que las formas de grafismos y de su organización secuencial orientada, no representan las dificultades de la lectura y de la escritura, como se había creído. Según él, la solución adoptada por las escrituras silábicas y alfabéticas tiene un camino alternativo, que consiste en codificar los sonidos del lenguaje para arribar a su significado. Después de una cuidadosa explicación de los diferentes tipos de lectura, Bresson llega a la conclusión de que “la elección de las estrategias de escritura, va ligada a la estructura de la lengua como un fenómeno cultural y verdaderamente poco de natural”. Otro historiador francés, Jean Hébrad, del Servicio de Historia de la Educación, nos muestra cómo se aprendía a leer de manera autodidacta en el siglo XVIII. La historia de Valentin Jamerey-Duval es un caso ejemplar. Se trata de una persona de campo, sin educación formal, que a los 25 años llegó a convertirse en profesor de historia y antigüedades de la Academia de Lunéville, en el ducado de Lorraine. El sustento de esta investigación son textos autobiográficos o lo que conocemos como historia de vida; fue a través de las Memorias de Jaremey-Duval como el autor pudo reconstruir su formación cultural. No obstante que los caminos para acceder a la cultura del libro eran complejos, la librería ambulante era representativa de las lecturas compartidas en el siglo XVIII y llegaba a distintos niveles de la escala social. Hébrard concluye que el autodidactismo de Jaremey-Duval se nutrió de los viajes y la aventura, mientras que las ermitas le ofrecieron, por otro lado, una serie de referencias culturales. Por ejemplo, el libro ilustrado de las Fábulas de Esopo representó el tránsito de las imágenes a la comprensión del texto. Más tarde la lectura del catecismo así como su pasión por la historia y la geografía, le permitieron afianzar sus conocimientos. La segunda parte refiere a las formas de lectura. Chartier precisa su objeto de estudio. En su artículo “Del libro a la lectura”, señala: “los recuentos de libros impresos o poseídos les falta responder a una cuestión central: la de sus usos, sus manejos, sus formas de apropiación y de lectura…”. De manera crítica, Chartier cuestiona a aquellos que leen textos ignorando sus soportes. También se muestra contrario a la sociología histórica de la cultura y propone ampliar las investigaciones, ya no sólo sobre la calidad y volumen de las bibliotecas sino sobre las diferentes maneras de leer. El responsable de la obra llama la atención sobre la necesidad de valorar los estudios referentes a la alfabetización de Inglaterra en el siglo XIX. El propósito es observar en que medida este modelo puede ser empleado para el estudio de las sociedades del Antiguo Régimen. En principio subraya la inutilidad de manejar los porcentajes de alfabetización para conocer la capacidad de lectura de las sociedades tradicionales, debido a que la rúbrica de los hombres no indicaba que supieran leer. Los estudios que se han hecho para Alemania y la Nueva Inglaterra constatan el paso de una lectura que pudiera denominarse intensiva a otra extensiva. Sin embargo, Chartier considera que “las maneras de leer no se reducen necesariamente a los grandes modelos propuestos y su investigación debe ser emprendida cruzando de un lado, los protocolos de lectura específicos de cada grupo de lectores, y del otro, los trazos y representaciones de sus prácticas”. Para el autor las lecturas en el siglo XVIII se realizaban en la intimidad, en voz alta y a veces de forma compartida, en tanto que el libro llegó a ser apreciado como objeto de decoración en librerías o bibliotecas, como signo de un saber o de un poder. En ese sentido, en el texto se busca construir una historia de la lectura a partir del objeto impreso, puesto que él porta en sus páginas y líneas las marcas impresas por el editor. Este proyecto exige separar el contenido del texto por un lado, y los caracteres tipográficos, por el otro; distinguir cómo los objetos tipográficos se corresponden con estructuras de representación. Los editores conocían muy bien el público al que estaban dirigidas sus obras. Sin embargo, en la actualidad los estudiosos de la historia de la lectura deben hacer frente a problemas de variada índole. “De estas prácticas plurales -dice Chartier- el conocimiento es sin duda inaccesible puesto que ningún archivo conserva sus trazos. Lo más común, el solo indicio del uso del libro es el libro mismo. De ahí, los serios límites impuestos a toda historia de la lectura. De ahí, también su imperiosa seducción”. Sin profundizar en aspectos teóricos, Jean Marie Goulement, del Instituto Universitario de Francia, nos ofrece un texto bastante sugestivo cuyo interés radica sobre todo en las experiencias de la lectura, a partir de textos polisémicos y de sus prácticas pedagógicas. Considera a la lectura -popular, erudita o letrada- como producto de los sentidos. En su colaboración insiste en la lectura comparativa y la biblioteca cultural, como prácticas que ayudan al desarrollo de los sentidos. El lector y la lectura “fuera de texto”, como él la llama, atraen su atención. En su concepto, entre el lector y el texto media una sicología, una historia y una biblioteca. Goulement sostiene que al lado de una historia contemporánea existe una historia mítica que participa en el acto de la lectura; es una historia fundacional de la que los contemporáneos no hemos sido testigos, se reduce a algunos acontecimientos altamente valorados de los cuales nos sentimos herederos. Así como cada régimen construye su memoria histórica, también es válido decir que esta cultura institucional predispone la recepción del texto. Esto puede constatarse en diferentes países de América latina durante el siglo XIX. A manera de ejemplo, la historia de México se escribió de acuerdo a los intereses de las elites políticas que ejercieron el poder. Son igualmente interesantes los planteamientos presentados al final de su artículo: “leer es leerse y darse a leer” o “a cada lectura, lo ya leído cambia de sentido, se convierte en otro”, situaciones que los historiadores solemos experimentar cada vez que releemos nuestros libros o consultamos una obra tratando de hallar 9782228897778respuesta a preguntas diferentes. Ahora bien, no es lo mismo leer un libro que apreciar y comprender una pintura. Luis Marin, de la Escuela de Altos Estudios, nos introduce al tema utilizando una carta de 1639 del pintor Nicolás Poussin dirigida a su cliente y amigo Chantelou, a propósito de un cuadro titulado “Maná”. Marin señala tres características importantes por lo que hace a los lugares comunes y las fronteras que existen entre lo lisible y lo visible. En la primera, compara la lectura de una página y la lectura de un cuadro; en la segunda, señala la necesidad de crear un método de investigación que planteé las relación existente entre la lectura y la pintura, y en la tercera y última, se interroga sobre las dimensiones, la semejanzas y las diferencias que hay entre una página y una pintura. Lo que él hace es estudiar una práctica letrada, “ya que se trata de una carta escrita por un pintor concerniente a uno de sus cuadros, el cual constituye, si se puede decir, el protocolo explícito de la lectura con toda la complejidad que el término implica… y que en el punto central de la carta es planteada la cuestión de la relación entre lectura y visión, entre lo lisible y lo visible, entre texto leído y cuadro observado en una forma sobresaliente”. Se puede pensar que es relativamente fácil descifrar una pintura utilizando el relato escrito por el mismo artista, a propósito de su obra. Sin embargo, la importancia del planteamiento de Marin estriba en el nivel de interpretación; no se trata de ver simplemente la forma y el parecido de la cosa vista, a riesgo de caer en una explicación subjetiva. Marin va más lejos, apoyándose en los testimonios escritos por Poussin responde a ciertos cuestionamientos. Así, señala que observar una pintura no es percibir un objeto, porque no se trata sólo de verlo, es necesario observarlo en toda su dimensión; la lectura de una pintura consiste en discernir lo que en ella hace signo y enunciado y explicar el significado de esos signos. La tercera parte muestra a los lectores ordinarios. Robert Darnton, de la Universidad de Princeton, estudia “La lectura Rusoniana y un lector ordinario del siglo XVIII”. Este último es Jean Ranson, hombre protestante, bastante rico que vivía en La Rochelle, al oeste de Francia, sobre la costa atlántica. El repertorio bibliográfico que este personaje poseía, y que desde luego había leído, era escaso. Había en su biblioteca libros infantiles y de pedagogía, de religión, de historia, sobre viajes, de medicina y de bellas artes. Sobresalían, sin embargo, los de su autor preferido: Jean Jaques Rousseau, el filósofo ginebrino del Siglo de las Luces; de él poseía sus obras completas y sus obras póstumas. Darnton pretende no sólo identificar las lecturas predilectas de Ranson, sino saber cómo las leía y de qué manera influyeron en su formación; aprendió a leer con el manual de Nicolás-Antonio Viad, una obra muy conocida en aquella época en la Francia del Antiguo Régimen. Después le fueron de utilidad algunos ejercicios de lectura religiosa como la Biblia, por ejemplo, y finalmente las obras de Juan Jacobo Rousseau como el Emilio, la Nueva Eloísa y Las Confesiones, entre otras. Las cartas de Ranson permitieron al historiador mostrar cómo los lectores del Antiguo Régimen se apropiaban de los escritos de Rousseau en el desarrollo de su vida cotidiana. Pudo apreciar también el cambio gradual de un mundo donde se practicaba la lectura de acuerdo a la tradición familiar y de manera oral, a otro donde los niños son instruidos según el escrito. Darnton percibe con mucha agudeza el tono moralizador y sentimental rusoniano y personal en cada uno de los testimonios que conforman ese rico filón documental. La idea de los historiadores alemanes que hablan de la Leserevolutión o revolución de la lectura, según la cual se pasó de una lectura intensiva que había predominado en Europa de 1500 a 1700, a otra extensiva de finales del siglo XVIII, debe ser matizada, según Darnton. Para él la revolución de la lectura no tuvo lugar en Alemania, aunque en algunas regiones del norte, como Bremen, la gente haya leído periódicos y novelas. La lectura no fue reemplazada por la literatura, sino por la vida familiar; se lee para vivir, para casarse, para enseñar a los hijos. Por último, la lectura rusoniana, en palabras del estudioso, “si habría que esquematizarla, la situaría entre la lectura de finales del siglo XVII, vista como un placer y aquella de finales del siglo XIX que sólo busca distraer”. Daniel Roche, de la Universidad de Paris I, refiere “Las prácticas del escrito en las ciudades francesas del siglo XVIII”. Parte de la idea de que la ciudad constituye un universo cultural original donde el escrito juega un rol esencial, aun para aquellos que no logran descifrarlo. Afirma que la cultura del escrito y su circulación en la Francia del Siglo de las Luces no puede limitarse a aquella que detenta la elite cultural, alfabetizada y dotada de vastos conocimientos, sino que ésta se haya ligada a una cultura material marcada por las exigencias de la vida ordinaria y bajo el signo de la consumación. Roche plantea tres cuestionamientos que guían su trabajo: ¿Quién lee y escribe en la ciudad? ¿Cuáles son los usos y costumbres de la escritura urbana? ¿Cómo se pasa de estos actos ordinarios a aspectos más complejos de la apropiación común o individual de las imágenes y de los impresos? Insiste sobre la importancia de la lectura compartida y la apropiación de formas de acceso colectivas en esta época. Puede decirse que en la ciudad el libro circula, ya sea prestado, tomado oficiosamente, revendido, intercambiado o bien tiende a convertirse en objeto de apropiación individual o colectiva. La conclusión a la que llega es muy puntual: “En la ciudad, el hombre ordinario, cada vez más, debe leer. Él lo puede. En la ciudad, el erudito y el hombre de bien Chartier-Roger-Les-Pratiques-De-La-Lecture-Livre-895425433_MLencuentran fácilmente su alimento. Es allí, por tanto, y en las percepciones cotidianas, donde hay que buscar los orígenes de la transformación principal de los comportamientos populares”. A los anteriores trabajos se agrega “El libro y su magia”, de Daniel Fabre de la Escuela de Altos Estudios, quien desde el punto de vista antropológico valora la relación entre la etnología y la cosa escrita. El autor considera que esta disciplina debe ser vista como otra posibilidad para conocer la historia social de la alfabetización, la escritura del libro y la lectura misma. En el análisis que hace de los Pirineos languedocianos muestra como el leer y el escribir forman parte de la vida social de aquella región tradicional. Fabre centra su atención en el siglo XIX y elige a los niños como su objeto de estudio. En ese periodo se consideraba que el libro tenía un poder mágico y por lo mismo llegó a ser prohibido. Su posesión tenía que ver con la cultura libresca y, además, las copias y los copistas se reproducían rápidamente. Sobre el particular, el responsable del artículo señala: “a partir de 1870, este ejercicio escolar llegó a ser el instrumento habitual de apropiación de todos los textos juzgados dignos de ser retenidos y poseídos”. Además, este texto revisa el material escrito que circula, incluyéndose aspectos como la distribución, así como los lugares y frecuencias de la apropiación del libro. Al final de la obra se incluye un debate sobre la lectura como práctica cultural entre Pierre Bourdieu del Colegio de Francia y Roger Chartier. En ese sentido, la lectura se plantea como un problema central, tanto para los científicos sociales como para los críticos literarios, sobre todo porque no existen suficientes diálogos entre los especialistas en la materia. Es por ello que los investigadores de la Escuela de Altos Estudios organizaron el encuentro considerando aspectos de crítica literaria e histórica. Pierre Bourdieu, desde un punto de vista más universal, concibe la lectura como parte de toda una “consumación cultural”, mientras que Chartier sostiene que las situaciones de la31LzuFEthkL._SL500_ lectura son históricamente variables y por ello debe evitarse caer en aquella posición. El debate es rico en señalamientos, comentarios y precisiones, tanto el sociólogo como el historiador defienden su postura. Ahora bien, a pesar de los diferentes campos en que se mueven estos autores, ambos coinciden en la necesidad de sustituir la idea que se tiene de las lecturas en plural, y la intención de buscar los indicadores históricos que precisen las diferentes maneras de leer y sus transformaciones. Estamos convencidos de que la lectura de estos trabajos ayudará a los interesados en la historia cultural a enriquecer sus perspectivas de investigación, a explorar otros senderos utilizando fuentes documentales e iconográficas. Es necesario retomar las recientes aportaciones y confrontar los resultados obtenidos, tal como lo expresan Roger Chartier y este selecto grupo de investigadores.

[Moisés GUZMÁN PÉREZ. “Pratiques de la lecture, de Roger Chartier” (reseña), in Tzintzun. Revista de Estudios Históricos (Hidalgo), nº 37, enero-junio de 2003, pp. 282-289]