✍ Espacio público, crítica y desacralización en el siglo XVIII. Los orígenes culturales de la Revolución Francesa [1990]

por Teoría de la historia

MAQUETA.FH11La obra de Robert Darnton representa la evolución que, desde la clásica “historia de las ideas”, pasando por la historia de las mentalidades que aspiró a sustituirla, ha llevado hasta las nuevas formas de aproximación histórica a los fenómenos culturales, que incluyen la historia sociocultural británica, la historia de las representaciones francesa o los últimos desarrollos de la intellectual history anglosajona. Frente al uso de fuentes seriales y la cuantificación, estas corrientes optan por análisis en detalle con enfoques fundamentalmente cualitativos. Rechazan la existencia de correspondencias predeterminadas entre divisiones culturales y divisiones sociales basadas en el estamento o la fortuna, poniendo así en cuestión dicotomías como la establecida entre “cultura popular” y “cultura de élite”. Y, sobre todo, niegan la idea de una determinación última de lo mental por lo social que subyacía a la historia de las mentalidades. Lo fundamental en estas perspectivas es buscar una articulación más compleja entre discursos y prácticas, partiendo de la idea de que la cultura no es simplemente uno de los niveles de la actividad humana (superpuesto a lo económico y lo social, tal como pretendía la “nouvelle histoire”), sino un conjunto de prácticas de producción de significado, el filtro a través del cual los individuos y los grupos interpretan y organizan el mundo. En esa línea se inscriben, por ejemplo, las obras de Roger Chartier, entre las que cabe destacar, por su impacto historiográfico, su libro “Espacio público, crítica y desacralización en el siglo XVIII. Los orígenes culturales de la Revolución Francesa”. En él, Chartier trató de desatar el vínculo finalista establecido entre Ilustración y revolución y, sobre todo, desde el punto de vista teórico y metodológico, de subrayar el cambio de perspectiva que implica abordar esa relación desde los planteamientos de la historia sociocultural. Se sumaba así a la crítica, frecuente en los estudios de los últimos tiempos, contra la lectura teleológica de las Luces y de todo el siglo XVIII, que sólo lo comprende a partir de su desenlace obligado –la Revolución– y no examina de él sino aquello que conduce a este fin, subrayando, por el contrario, que fueron los propios revolucionarios quienes, al elegir y reivindicar como sus ancestros a algunos de los filósofos del siglo XVIII (Voltaire, Rousseau, Mably, Buffon, Raynal…), construyeron una filiación que sería retomada por liberales y conservadores del siglo XIX. Contra la idea, contenida en la obra de Daniel Mornet, de que “los libros puedan hacer la revolución” (compartida implícitamente también por Darnton, aunque éste privilegie la influencia de los escritores más radicales y desarraigados, los “Rousseau des ruiseaux”, sobre la de los philosophes), Chartier afirma que “hasta las innovaciones conceptuales más poderosas y más singulares se insertan en determinaciones colectivas que, sin llegar a los pensamientos claros, regulan y rigen las construcciones intelectuales”. Desde ese enfoque, “atribuir «orígenes culturales» a la Revolución no es en modo alguno establecer sus causas, sino más bien situar algunas de las condiciones que la hicieron posible, posible porque pensable”. Entre esas condiciones de posibilidad, Chartier incluye un conjunto de factores culturales y políticos: la “desacralización de la monarquía” (de la cual la circulación de literatura filosófica y escandalosa crítica con el absolutismo regio sería más consecuencia que causa), la formación de la opinión pública, culta y popular, como un tribunal al que los distintos sectores políticos enfrentados (poder monárquico, resistencia parlamentaria, jansenistas, philosophes) apelaban y trataban de ganar para su causa y, en el trasfondo de todo ello, los cambios culturales propiciados por una circulación más amplia y libre de los impresos y por el desarrollo de hábitos más desenvueltos y descreídos de relación con la palabra escrita. No se trata, pues, sólo de documentar la proliferación de nuevas formas de sociabilidad y comunicación, sino, por una parte, de reconocerles una dinámica propia, en lugar de considerarlas únicamente133212-141132-large desde el punto de vista de la ideología que recogen o transmiten, y, por otra, de abrir el espectro de las prácticas a tomar en cuenta: “no sólo los pensamientos claros y elaborados, sino también las representaciones inmediatas e incorporadas, no sólo los compromisos voluntarios y razonados, sino también las pertenencias automáticas y obligadas”. El análisis de Chartier evacúa así el significado del propio concepto de Ilustración (un término, de hecho, raramente evocado en su obra) para disolverlo en un conjunto de transformaciones a largo plazo en las prácticas culturales (de lectura, escritura, producción y circulación de los libros y sociabilidad). Sus propios trabajos se han centrado fundamentalmente en la historia del libro y la lectura, sustituyendo la primacía del análisis social por su comprensión como fenómenos culturales, y el estudio cuantitativo y económico por el de las formas de lectura como modos de consumo individual, y no sólo colectivo.

[Mónica BOLUFER PERUGA. “De la historia de las ideas a la de las prácticas culturales. Reflexiones sobre la historiografía de la Ilustración” (fragmento), in Josep Lluís BARONA, Javier MOSCOSO y Juan PIMENTEL (editores). La Ilustración y las ciencias. Para una historia de la objetividad. València: Universitat de València, 2003, pp. 21-52. ]

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