✍ El orden de los libros. Lectores, autores, bibliotecas en Europa entre los siglos XIV y XVIII [1992]

por Teoría de la historia

9788474324983Dividido en una propuesta metodológica -de donde toma el título- y tres apartados en donde se analiza los libros, los autores y las bibliotecas, el historiador francés Roger Chartier (1945), especializado en historia cultural de lo social, reflexiona sobre los aspectos sustantivos de la producción mental en la elaboración, producción y recepción de los libros y precisa algunos de los interrogantes que plantean las “disciplinas del saber” relativas a las prácticas sociales desde la “articulación paradójica” entre una diferencia (modalidades cotidianas dentro de una sociedad) y una dependencia (condiciones de posibilidad e inteligibilidad estética e intelectual, p. 22). Desde la pregunta / objetivo que parte de conocer el modo en que los hombres de Occidente intentaron dominar la cantidad multiplicada de textos que el libro manuscrito, y luego el impreso, pusieron en circulación, Chartier nos presenta una interesante discusión que abarca un periodo determinado: entre fines de la Edad Media y el siglo XVIII. Sostiene que el orden en el que se lee se relaciona íntimamente con la búsqueda de los varios sentidos que pueden tener los libros: prescriptivo, descifrado o permitido. El libro, a fin de cuentas, es un objeto al que se le imponen y atribuyen ciertos usos que, para explicitarlos, tienen que estar inscritos dentro de sus páginas. Ahora bien, las obras escritas carecen de sentido si no se relacionan con un marco de propuesta y de recepción. Una cosa es lo que el autor pretende comunicar al escribirlo (partiendo de reglas y convenciones) y otra lo que la mirada de los lectores interpreta en un momento dado y a través del entorno cultural en el que están inmersos. La historia, valga recordarlo, se escribe en el presente y nuestras interrogantes giran en tomo a problemas que tienen que ver con la relación lector / libro y, hoy, con el ordenador. Al explicitar lo que la lectura, los lectores y las bibliotecas con muros o sin ellos significan, estamos proponiendo un futuro que descansa en el examen de relaciones sociales capaces de aclarar los significados que han tenido estas variables en un tiempo largo.

A) COMUNIDAD DE LECTORES

En este ensayo, Chartier va a discutir que la lectura como práctica no existe por sí misma si no hay un lector que le otorgue el sentido y la significación. A partir de un horizonte de expectativas y de condiciones de posibilidad, es factible para el historiador reconstruir las variaciones que diferencian los espacios legibles así como las circunstancias que gobiernan su ejecución. Resulta interesante constatar cómo, luego de un trabajo de investigación minucioso, se llega a la reflexión y ésta siempre es más lúcida luego de haber adoptado variadas formas para su ejecución. ¿Qué quiero decir con esto?, que Chartier nos remite en esta parte a un trabajo hecho y por tanto nos invita a examinar las posibilidades que aparecen en el análisis de cómo se leía durante el antiguo régimen y cuáles variables se deben considerar.

B) FIGURAS DEL AUTOR

En este artículo, Chartier se propone analizar cómo se ha estudiado al autor en los países anglosajones y en Francia durante el “antiguo régimen literario”. De ahí, pasa a discutir con Michel Foucault acerca de cómo es construida la función del autor, “entendida como el criterio principal de la asignación de los textos”. Asimismo, establece las relaciones entre autores y libreros (editores) en lo que se refiere a los privilegios jurídicos de los derechos de autor, represivos y materiales, y al hecho de que los autores, desde entonces, ya eran considerados como aquellos cuya obra estaba impresa. Apunta además la81pV1canbpL._SL1500_ dicotomía que se presenta entre el autor de un texto no impreso (manuscrito) y aquel que llega a la imprenta. Parte además de una visión historiográfica de lo que ha pasado con el libro y las atribuciones estructuralistas que consideraron que éste se bastaba a sí mismo a través del sentido que se le daba en tanto que objeto impreso, por lo que el autor pasaba a un segundo plano o, como dice Barthes, es “la muerte del autor”. De este modo, la historia del libro se convirtió en una historia sin lector ni autor. Para explicar lo anterior, compara lo que sucede en Inglaterra con lo que pasa en Francia anotando que, en la tradición inglesa se estudiaba el proceso de fabricación del libro en las huellas impresas en el objeto mismo; por ello, lo que se buscaba era el “establecimiento y la edición de textos correctos y auténticos” (p. 42), de donde se deduce que esta tradición perdía de vista al autor. Por otro lado, los estudiosos franceses que debieron aproximarse a esta historia del libro desde lo cultural y social desviaron el sendero al privilegiar las series cuantitativas poniendo un mayor énfasis en la sociología de los lectores y, al igual que los investigadores anglosajones, se olvidaron de los autores, mismos que aparecen sólo cuando se analizan las corrientes literarias. La discusión que Chartier va desarrollando plantea cómo el autor va profesionalizándose a través del tiempo, al cobrar y vivir de su pluma, y cómo esto es producto de la creciente expansión de la imprenta al igual que de las nuevas formas que adopta el mercado: el autor tiene autoridad para elegir cómo debe imprimirse su texto, e incluso se refiere a la figura escritor – vendedor – librero – impresor y las combinaciones que surgen de ésta. Chartier elabora su análisis de lo general a lo particular, es decir, parte de un examen teórico e historiográfico (al revisar cómo se ha estudiado el tema en algunos países) para luego ofrecernos el panorama en que aparece el autor y su función social-cultural y, por último, discute las distintas formas de producir un libro: autor que vigila la impresión, librero / editor, autor / copista y lector / copista.

C) BIBLIOTECAS SIN MUROS

En éste último apartado define el término en sus dos acepciones: el lugar físico que reúne libros y las ediciones que compilan los editores en colecciones que aglutinan un género dado. Estas últimas constituyen, al lado de las enciclopedias y los diccionarios, la gran empresa editorial de la modernidad, en la que el anhelo de universalidad dio por resultado el catálogo, el inventario o bien “una imagen trunca del saber acumulable”. Sin embargo, Chartier va a hablar de algunos ejemplos que considera como “empresas desmesuradas” ya que intentaron reunir todos los libros posibles, los títulos imaginables o las obras jamás escritas. Para ello examina no sólo las construcciones arquitectónicas como tales, sino aquellos textos que fueron elaborados como inventarios de libros y cuyos títulos incluían la palabra biblioteca en tanto recopilación del conocimiento librero que incluirá un conocimiento humano seleccionado que buscaba abarcar desde el saber universal exhaustivo hasta la selección de un saber necesario presente en pocas pero “buenas y escogidas” obras. Revisa también los diversos sentidos que ha tenido la biblioteca en los diccionarios, que en su acepción de catálogo la definen como aquella que permite ubicar y localizar los libros, y es entonces cuando Chartier resignifica dicho término, significándolo como de inventario por país y por producción librera; lo que le permite analizar la historia de ese objeto dado que es el libro, al que incluso es posible determinar por su negación, como cuando dice que una biblioteca puede ser también el recuento de los libros jamás escritos. Así se constituyen términos que pretenden ser universales en su concepción y a los que los compiladores se remiten a fin de reunir alfabéticamente los nombres de los autores y los títulos de libros y manuscritos, en cambio, el vocablo “librarla” que apareció en Venecia en 1550, inaugura una nueva modalidad que consiste en un inventario de autores o traducciones al latín vulgar y también al italiano, apunta asimismo la intención del libro, propone una tipología de los géneros y por último cambia por un formato más manejable. La libraría italiana sirvió de ejemplo en Francia para la elaboración de dos bibliotecas (una compilada por Francois de La Croix du Maine y otra por Antoine du Verdier), estructuradas ambas para demostrar que la lengua francesa tenía más obras que la italiana. La diferencia entre las bibliotecas francesa de La Croix du Maine y la italiana reside en que la primera está concebida con un formato “de banco”, es decir que no es fácilmente manipulable, y además estaba sustentada en un conocimiento escolástico y en obras reunidas a Jo largo de su vida. Chartier destaca además que La Croix du Maine propone la instalación de una biblioteca perfecta y ordenada, con armarios que contengan temas clasificados aunque éstos no sean más que lugares comunes. Por otro lado, la obra italiana compilada por Anton Francesco Doni, como dijimos, tiene un formato transportable y de fácil consulta para el lector y presenta las novedades literarias, además de que está ligada a la empresa editorial. El análisis que Chartier desarrolla a través de los tres ensayos permite un acercamiento a otra manera de estudiar los libros, como objetos en sí y como materiales que producen conocimiento para otros. La reunión y catalogación a la que se refiere proporciona información en el presente para conocer no sólo los temas que se leían, sino las mentalidades que prevalecían. El tema continúa siendo el libro pero adquiere modalidades distintas según sea el enfoque elegido y el interés no se pierde, ya que en todo momento nos encontramos admirando las posibilidades de interpretación que ofrece el tema.

[Ana LAU J. “Roger Chartier, El orden de los libros. Lectores, autores, bibliotecas en Europa entre los siglos XIVY XVIII, Prólogo Ricardo García Cárcel, Barcelona, Editorial Gedisa, 1994, 108 pp.” (reseña), in Secuencia. Revista de Historia y Ciencias Sociales (México), nº 34, 1996, pp. 232-235]

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