✍ Las razones del libro. Futuro, presente y pasado [2009]

por Teoría de la historia

LAS_RAZONES_DEL_LIBROLlámenlo nostálgico, fetichista o reaccionario por hacer que sus alumnos examinen en clase una auténtica Biblia de Gutenberg, por celebrar la existencia de los lectores electrónicos con olor a libro viejo, por bajarle la espuma a la “era de la información” y por liderar el proyecto de una biblioteca pública digital para competir con Google books (que, cabe recordarlo, no rinde cuenta a los lectores sino a los accionistas de Google). Llámenlo como quieran. El caso es que Robert Darnton, director del sistema de bibliotecas de Harvard, lúcido historiador cultural, especialista en el Antiguo Régimen y autor de volúmenes tan notables como La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa, es una autoridad en el ámbito del libro y la lectura. También un intelectual público que saca roncha y llama a la reflexión, cuando no a la acción, cada vez que escribe, da conferencias o entrevistas. Y mejor si todo material así originado se compila en libros que evidencian civismo académico y una prosa urgente, curtida en el periodismo y pulida con los años. En castellano hay dos traducciones publicadas en 2010, ambas motivo de celebración. Una que salió con 20 años de retraso pero que derrota al paso del tiempo (El beso de Lamourette) y otra que apareció con poco desfase respecto del original estadounidense, básicamente porque la contingencia así lo demandó: Las razones del libro. Futuro, presente y pasado, que el propio autor define enérgicamente desde el arranque como “un libro acerca de los libros y una apología descarada de la palabra impresa, la del pasado, la del presente y la del futuro”. Y parte Darnton por lo que se vislumbra en el horizonte, acaso cuestionando el cliché publicitario de que “el futuro ya está aquí” o, si se quiere, el de la “revolución sin precedentes”, históricamente cacareado más de lo que sabíamos o de lo que estamos dispuestos a aceptar. Lo hace mirando, por de pronto, el paisaje de la información, donde “el ritmo del cambio deja sin aliento: de la escritura al códice, pasaron 4.300 años; del códice a los tipos móviles, 1.150 años; de los tipos móviles a Internet, 524 años; de Internet a los motores de búsqueda, 17 años”. Vertiginoso, ¿no? Pero el punto que quiere establecer el historiador va en sentido contrario: hacia la continuidad, más que hacia el cambio. Para afirmar, por ejemplo, que vivimos en una “era de la información”, no en la “era de la información”, como él mismo ha refrendado a partir de las interminables redes de comunicación que dibuja y esquematiza en sus libros sobre la Francia previa a la Revolución. Y así es como le cabe entrar en las desmitificaciones cuando se dice que un ítem singular del período actual es la inestabilidad de los textos: los textos, anota, también eran inestables en los comienzos de la imprenta, para no hablar de los tiempos de la Enciclopedia, donde llegó a haber tantas o más versiones que impresores y encuadernadores. O bien, que puede haber hoy cerros de información poco confiable, pero que el pasado no fue tan distinto. Y no deja pasar la ocasión para atacar las consignas de ciertos utopistas y afirmar que Google, en su masiva campaña de digitalización planetaria, cometerá errores, no hará que todo lo digitalizado esté disponible, sus copias no serán imperecederas y, por más que se afirme lo contrario, no todos los libros serán digitalizados. El punto anterior, asimismo, engarza con su enconada defensa del objeto libro, en su duradera versión como códice. Un invento tan imbatible como la tijera, al decir de Umberto Eco. Una tecnología que no nos va a abandonar por decreto y cuya durabilidad puede hacernos más receptivos ante lecciones dolorosas. Lecciones como las de los microfilmes, que en muchas bibliotecas reemplazaron a los diarios en papel y que ahora se leen a duras penas. Cabe agregar que Darnton no vive solo en el pasado, aunque los libros antiguos lo trastornen un poco, como deja ver este volumen, donde adicionalmente hay un capítulo destinado a la abandonada práctica de los cuadernos de lugares comunes. Para ejemplificar está su trabajado proyecto Gutenberg-e, que supone un auténtico cambio de paradigma en la lectura. La idea, finalmente, es una alianza y no una guerra entre viejos y nuevos dispositivos. También crear, por qué no, algo parecido a una nueva República de las Letras. La historia no siempre da respuestas, peroRobertDarnton_TheCaseforBooks_PastPresentFuture cuando se la cultiva como lo hace Darnton ofrece perspectiva y enseña a cultivar un sano escepticismo. La erudición de la que éste hace gala, asimismo, no es una herramienta para abrumar al lector, sino una vía para correr velos, despertar asombros y sembrar cariño por lo que se estudia. El pasado puede ser un lugar muy extraño y Darnton lo sabe. Pero también puede ser muy cercano, como lo revela una carta del erudito italiano Niccolò Perotti, fechada en 1471 y aquí reproducida. Perotti cuenta lo esperanzado que estaba con la imprenta de Gutenberg; cómo este invento podría llevar a sus manos el libro que deseara. Pero no fue así y “ahora que todos son libres de imprimir lo que les venga en gana, con frecuencia desprecian lo que tiene más valor y en su lugar se escribe, con el solo afán de entretener, lo que sería mejor olvidar o incluso borrar de los libros”. ¿Suena familiar? Esa era la idea.

[Pablo MARÍN. “Las razones de Robert Darnton”, in Dossier. Revista de la Facultad de Comunicación y Letras de la Universidad Diego Portales (Santiago de Chile), nº 16, 2011]