✍ Radicalismo argentino. Historia y doctrina de la Unión Cívica Radical [1965]

por Teoría de la historia

snow-peter-g-radicalismo-argentino-1972-7101-MLA5168021560_102013-FLa importancia del radicalismo en la historia política argentina del siglo XX está fuera de toda discusión. Hasta la aparición del peronismo, que con fuerza incontenible “descarnó” a casi todos los partidos tradicionales para dar forma a su propio cuerpo político, la Unión Cívica Radical constituyó la fuerza popular más importante del país. Cinco hombres surgidos de sus filas ocuparon la presidencia de la República -Hipólito Irigoyen, Marcelo T. de Alvear, Arturo Frondizi, José María Guido y Arturo U. Illia-, dejando de lado, momentáneamente, las ramas del tronco originario a las cuales pertenecieron los tres últimos. En los períodos durante los cuales gobernaron civiles de otros partidos -llegados mediante elecciones limpias o fraudulentas-, o militares impuestos por las Fuerzas Armadas, el radicalismo constituyó, por su propia gravitación fuerza, arraigo popular y dinámica política, el eje de la oposición organizada para las lides electorales, e incluso de fuerza. Su importancia histórica, sin embargo, debe medirse en el campo social y político por el proceso de ampliación de bases de la democracia al que sirvió de estimulo permanente e instrumento ejecutor. En cuanto a la conformación social del movimiento, dice Snow: “La U.C.R. tenía como base fundamental de apoyo a la clase media inmigrante. Eran los comerciantes urbanos, empleados, profesionales y pequeños propietarios de tierras, especialmente de Santa Fe, que eran los más perjudicados por la crisis financiera del noventa y era este mismo grupo el que carecía de una voz política organizada, anteriormente a la formación de la U.C.R.”. En realidad, desde su origen hasta el presente, la U.C.R. ha sido un partido típicamente policlasista si bien es cierto que la clase media es la que mejor se sintió y se siente representada por su intermedio (con algunas variaciones producidas durante los últimos años, cuyo desarrollo exigiría un espacio de que no disponemos). Peter G. Snow es un experto en ciencia política, que enseña como profesor titular en la universidad norteamericana de Iowa. Sus trabajos de investigación y publicaciones han estado relacionados casi siempre, en forma íntima, con los partidos políticos latinoamericanos (especialmente los de Argentina y Chile, cuyos partidos radicales han dado lugar a dos de sus libros). En esta obra pasa revista a 80 años de historia radical, cuya compleja trama ha exigido una paciente lectura critica de la extensa bibliografía indicada al final de la obra. No abundan los aportes originales, pero constituye una obra valiosa y útil, porque brinda una visión orgánica y coherente de la evolución del radicalismo hasta 1970, inexistente hasta la aparición de este libro. Falta, a nuestro juicio, un análisis más profundo de los procesos sociales y económicos subyacentes, casi siempre imprescindibles -siempre útiles- para una comprensión cabal de las luchas internas del radicalismo, y de las que éste mantuvo con otras fuerzas políticas. El plan de la obra comprende nueve capítulos, cada uno de los cuales cubre una importante etapa en la historia del radicalismo. El apéndice aporta interesantes cómputos electorales y los sucesivos programas partidarios. El primer capítulo contiene un somero análisis de los partidos políticos desde 1810 hasta 1890, a modo de introducción que posibilita la comprensión de las raíces históricas del radicalismo y de la coyuntura en que hizo su aparición. Hace desfilar los conocidos hechos prologales del radicalismo, como las concentraciones cívicas del Jardín Florida y el Frontón, sin detenerse en lo anecdótico. Parte de allí el análisis del “Camino al poder”, como titula el autor el segundo capítulo. Veintiseis años de duras luchas, que le dieron temple al instrumento político. Tramo histórico que lleva la impronta de Leandro N. Alem -político casi legendario, de “fervor mesiánico”, que puso fin a su vida en 1896-, y su sobrino, Hipólito Irigoyen, el paciente artífice de la organización partidaria que se convirtió en el primer presidente argentino llegado al poder mediante elecciones limpias. Dice Snow de Alem: “Se negó a hablar de la U.C.R. en tanto que partido político, insistiendo en que era un movimiento cuyos objetivos eran sólo parcialmente políticos. Esta idea se vuelve a encontrar en los discursos y escritos de los líderes del partido hasta la era de Perón.” Conviene acotar que el peronismo retomó ese concepto del “movimiento”, utilizándolo hasta nuestros días. El tercer capítulo es un panorama del período 1916-1930, de “los presidentes radicales” Irigoyen y Alvear. El análisis de la primera presidencia de Hipólito Irigoyen, la sucesiva de Marcelo T. de Alvear, y el regreso al cargo del mítico líder, que habría de culminar con el primer golpe de estado militar argentino en el siglo XX, está hecho de manera obligadamente sintética. Define al gobierno irigoyenista como popular progresista, que posibilitó reivindicaciones en el campo social; defendió el patrimonio nacional en materia energética; promovió importantes mejoras en el campo de la educación y la cultura; y mantuvo orgullosamente la independencia argentina en el campo internacional. Falta toda referencia a las graves luchas sociales, protagonizadas por algunas combativas organizaciones proletarias que fueron duramente reprimidas. Si bien es cierto que la responsabilidad del gobierno radical, y particularmente del presidente Irigoyen, fue siempre negada, también es cierto que se trata de hechos demasiado relevantes como para ser objeto de omisión. El Dr. Marcelo T. de Alvear, de inclinaciones políticas más conservadoras, y costumbres menos populares, fue el sucesor en 1922. Para Snow, pese a que “los Irigoyenistas consideraron la administración de Alvear como una reacción al trabajo de Irigoyen […] su administración no puede ser tachada de reaccionaria.” La segunda presidencia de Irigoyen, que culminó con su derrocamiento, es tratada duramente por Snow. Atribuye la crisis que culmino con la intervención militar a la senilidad del presidente; la depresión crónica; la intolerable corrupción; y a una alianza de las Fuerzas Armadas con la oligarquía. Lo cierto es que la figura de Hipólito Irigoyen, por encima de los cuestionamientos sectoriales, goza en nuestros días del respeto casi unánime de los argentinos por su defensa del interés nacional y su indiscutible contribución a la democratización del proceso político. Los trece años subsiguientes (1930-1943) fueron duros para el radicalismo, que se entregó poco a poco a un proceso de reorganización. Durante ese período se creó FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina), grupo interno de importancia ideológica, creado por jóvenes y muy activos militantes radicales antialvearistas. El liderazgo de Alvear, “poco legitimado”, creo serias dificultades internas al partido. Es necesario impulsar la ciencia y la tecnología en la región como factor, unido a medidas políticas, económicas y sociales, de aceleración del proceso de desarrollo integral y de elevación de los niveles de bienestar de los pueblos. dicalismo simpatías por los aliados, pero el partido preconizó sin embargo una política de neutralidad para la República Argentina de acuerdo con el interés nacional y la tradición diplomática del país. “El Radicalismo en el Período Peronista” (1943-1955) es un capítulo de sumo interés. Allí se señala el apoyo inicial dado por el partido al golpe de 1943, y se hace referencia a un ofrecimiento formulado por Perón, en octubre del mismo año, a la UCR para que ocupara “todos los puestos en el gabinete de su futuro gobierno, excepto los cargos militares.” Y agrega que “El Comité Nacional del Partido, controlado en ese momento por los Unionistas Conservadores, rehusaron la oferta.” Perón intento atraer a los radicales, con éxito limitado a quienes formaron la “Unión Cívica Radical Junta Reorganizadora”, que fue uno de los dos partidos que postularon al entonces coronel a la presidencia de la República. El grueso del partido resolvió integrar una “Unión Democrática” con los Socialistas, Comunistas y Demócratas Progresistas, que venía gestándose desde antes del golpe de 1943, pero en aquel tiempo contra la candidatura de los conservadores fraudulentos, como lo recuerda Snow (p. 94). La U.C.R. eligió como candidatos – que lo fueron de toda la Unión Democrática – a José Tamborini y Enrique Mosca, “ambos ex-Antipersonalistas y de los miembros más conservadores del partido.” El resultado fue demoledor. “Perón recibió cerca del 55% del voto popular y 304 de los 376 votos electorales.” Snow cita a Ysabel Fisk, escritora americana que había dicho en 1944: “El Partido Radical… ha perdido su razón de ser. Ya no representa más a los dinámicos intereses económicos o políticos.” Durante este período, los sectores internos más progresistas del radicalismo fueron adueñándose de posiciones directivas hasta obtener el control partidario, aunque sin modificar la línea de dura oposición al peronismo, realizada en el Congreso en forma sistemática -y exclusiva, ya que eran prácticamente los únicos voceros-. En 1952 hubo nuevas elecciones presidenciales, y Perón -reforma de la Constitución mediante- obtuvo el 62% de los votos, contra el binomio radical integrado por Ricardo Balbin y Arturo Frondizi. El debilitamiento radical, dice Snow, se había acentuado. Producido el derrocamiento de Perón se produce en el radicalismo una escisión que da origen a dos partidos: La Unión Cívica Radical Intransigente y la Unión Cívica Radical del Pueblo. Arturo Frondizi es postulado candidato por la primera fuerza, y alcanza la presidencia en 1958 con el apoyo de peronistas, comunistas y la derecha católica. El otro aspirante, líder de la U.C.R.P., era Ricardo Balbín, su compañero de fórmula en 1952. De Frondizi afirma Snow, lapidariamente, que “en cuanto asumió el cargo actuó en forma casi diametralmente opuesta a sus anteriores escritos y discursos.” Y agrega que hizo recaer su programa de desarrollo “sobre los asalariados del país, cuya capacidad de consumo fue drásticamente reducida en 1959 y 1960. Por otro lado, los dueños de propiedades y empresarios recibían aparentemente un porcentaje mayor del producto bruto nacional que el que habían recibido en 1958.” Aporta Snow una cita de K. Silvert: “Frondizi no hubiera sido elegido si no hubiera estado dispuesto a aceptar respaldo de cualquier procedencia que fuera, y tampoco hubiera sido elegido si hubiera fragmentado su propio partido manifestando abiertamente lo que intentaba hacer. En resumidas cuentas, el precio de su victoria fue su acomodo con quien se presentara, y el ocultamiento de sus intenciones aun a sus legítimos camaradas…. Falsedades y arreglos grotescos fueron necesarios para su victoria.” En una tentativa de mitigar tan drásticas conclusiones, incluye el autor algunas defensas efectuadas por Frondizi. En materia de petróleo, cuyo monopolio estatal había sido bandera del candidato, y que fue entregado a la explotación de empresas extranjeras mediante contratos cuya moralidad de gestión ha sido puesta siempre en tela de juicio, dice Snow: “En el caso específico de la política referente al petróleo, Frondizi dijo que su meta había sido el autoabastecimiento del país, y los medios preferidos para ello, el monopolio del estado; una vez que los medios se mostraron impracticables, fueron cambiados, pero el fin permaneció igual. Parecería, a este escritor al menos, que los pronunciamientos de Frondizi anteriores a 1958, reflejaban la verdadera ideología política, no sólo la hipocresía de un político consiguiendo votos, y que luego de asumir el poder se dió cuenta de lo impracticable de esta filosofía.” Enredado en sus propias maniobras cayó derrocado Frondizi, en medio de un desprestigio popular que aun perdura. En 1962 lo sucedió el intranscendente interinato del también radical José María Guido, que fue en la práctica una dictadura revestida de algunas formas supuestamente constitucionales. En 1963 llegó al gobierno un nuevo presidente radical, Arturo Illia, de la U.C.R.P., quien obtuvo poco más del 25 % de los votos. El peronismo, mientras tanto, continuaba proscrito como lo había estado, en forma más o menos total, desde 1955 -con un corto interregno en el último tramo del gobierno frondicista-. Dice Snow que “los dos rasgos positivos del gobierno de Illia fueron el nacionalismo e intransigencia. Durante su gestión se anularon los contratos petroleros celebrados por Arturo Frondizi y se tomaron algunas otras saludables medidas de defensa de la soberanía nacional y solidaridad latinoamericana, como el no envío de tropas a la República Dominicana, pese a la presión de los EE.UU. y las Fuerzas Armadas. Illia cayó en medio de una campaña de desprestigio debidamente orquestada contra los partidos políticos y la democracia representativa. El 28 de junio de 1966 se produjo el nuevo golpe de estado, que inmediatamente declaró ilegales los partidos políticos y confiscó sus bienes. El radicalismo, repentinamente, se vió de nuevo en el llano, en situación sumamente grave. El debilitamiento continuaba acentuándose. La otra vertiente radical (UCRI), mientras tanto, había quedado liderada por Oscar Alende. Arturo Frondizi y sus seguidores, desplazados, constituyeron el Movimiento de Integración y Desarrollo (MID). El análisis de Peter G. Snow concluye en 1970. Su último párrafo dice: “El futuro del Radicalismo Argentino depende de un sinnúmero de factores, muchos de los cuales están completamente fuera del control de los Radicales. El factor de más peso parecería ser la cantidad de tiempo que pase antes de que las elecciones nacionales sean celebradas. Si las elecciones no son llevadas a cabo antes de 1972 o 1973, como parece posible afirmar ahora, dos o tres Partidos Radicales (la UCRI y el MID) están probablemente condenados a la impotencia, si no a la muerte. Aunque quizás diferente en nombre, dirección y programa, la UCRP como rama más tradicional del Radicalismo, continuará siendo, muy probablemente, una fuerza política importante.” Básicamente ha sido acertada la predicción de Snow, tal como podemos juzgar hoy, después de las elecciones celebradas en Argentina el 11 de marzo de 1973. El MID se integro al Frente Justicialista de Liberacion (FREJULI), donde la hegemonía peronista es absolutamente indiscutible. Ha quedado reducido a un equipo político con escaso apoyo popular -exceptuando algunos caudillos provinciales-, que trata de insertarse en un proceso político donde otros son los protagonistas. Su futuro dista mucho de ser promisorio. El partido liderado por Oscar Alende (ex UCRI), con el nombre de Partido Intransigente, también cuenta con cuadros muy reducidos. Se presentó a elecciones integrando la “Alianza Popular Revolucionaria”, apoyada por el comunismo tradicional e integrada por un sector de la democracia cristiana. Considerando la dimensión del partido, el porcentaje de votos obtenidos en la confrontación electoral fue relativamente elevado, aunque las perspectivas futuras tampoco son alentadoras. La UCRP recuperó mediante la intervención judicial el histórico nombre de Unión Cívica Radical, y presentó nuevamente la candidatura de Ricardo Balbín. El porcentaje de votos obtenidos fue sorprendentemente reducido si se lo compara con las expectativas de sus dirigentes. Aunque es el principal partido de la oposición, una coalición de pequeños partidos que auspició la candidatura presidencial del ex ministro de Lanusse, Francisco Manrique, le restó una regular cantidad de sus votantes habituales. En el momento en que este comentario es redactado, nuevas elecciones son anunciadas en Argentina. La Unión Cívica Radical no aspirará a triunfar en ellas, pero deberá esforzarse por hacer un papel que le permita continuar siendo pieza importante de la política nacional, especialmente considerando que el “manriquismo” se propone participar también en la contienda. En el seno del viejo partido radical nuevamente chocan corrientes contrapuestas. Al liderazgo de Ricardo Balbín se opone el del dirigente bonaerense Raúl Alfonsín, cuyo Movimiento de Renovación y Cambio pretende imprimir un giro a la izquierda de la U.C.R., al mismo tiempo que poner fin a la actitud negociadora de la actual dirección, volviendo, aparentemente, en alguna medida, a la vieja postura intransigente. El triunfo arrollador del Frente liderado por Perón le hace prever al radicalismo que le aguardan largos años en el llano. Hay, sin embargo, un interrogante mucho más importante que se plantea para los radicales y para los observadores de la política argentina. ¿Hasta que punto está la U.C.R. en condiciones de ser una verdadera alternativa de poder en la República Argentina? De la respuesta que se obtenga a esta pregunta dependerá el futuro de otras fuerzas políticas, existentes o a crearse.

[Luis A. CARELLO. “Radicalismo argentino”, in Nueva Sociedad (Buenos Aires), nº 10, enero-febrero de 1974, pp. 81-90]