✍ Chateaubriand. Poésie et terreur [2003]

por Teoría de la historia

9782877064835¿Hay algo más actual que el Terror? ¿Hay una amenaza más inquietante que el poder luciferino del Terror persiguiendo, socavando y destruyendo la amenazada conciencia de los pueblos?… Comentando los atentados del 11-M, Jacques Derrida recordaba (París, La Chaine Info, el 13 de marzo pasado) que el origen etimológico del terrorismo de nuestro tiempo remonta al Terror revolucionario desencadenado en París entre 1792 y 1794: terror ideológico, reivindicado en Moscú, Berlín y Pekín como instrumento de poder político supremo; terror cultural, recurriendo al asesinato en nombre de la libertad, para mejor derogar todos los fundamentos del alma y la vida ciudadana. En su estudio definitivo sobre Chateaubriand, fruto de una larga vida de frecuentación del patriarca fundador de la prosa francesa contemporánea, Marc Fumaroli nos recuerda el alcance abismal de tales raíces etimológicas, para mejor explorar la tierra baldía donde las semillas de la poesía contemporánea pudieran tener unos orígenes todavía mal explorados. Fumaroli comienza por recordar que el primero de los regímenes totalitarios «apenas» duró dos años, entre 1792 y 1794. Torva simiente saturnal, limitada en el tiempo. Compara tivamente, el totalitarismo nazi «se presentó con un rostro atractivo y moderno para una generación europea, al final de los años 30». Y el Estado leninista-estaliniano alargó durante sesenta años las deportaciones y masacres masivas, prolongando su voracidad carnívora durante poco menos de un siglo, contando con el silencio cómplice de varias generaciones de intelectuales.Cuestiones de «detalle», cuyo costo se contabiliza en millones de muertes; y cuyas consecuencias espirituales todavía estamos lejos de evaluar en sus exactas proporciones. Ahí comienza el ensayo de Marc Fumaroli, el más sabio de los grandes críticos literarios franceses de nuestro tiempo, heredero de Paul Bénichou, autor de varias obras maestras en el terreno de las literaturas comparadas, estudioso ejemplar de las relaciones saturnales entre Estado y cultura. Desde los ensayos capitales de Octavio Paz, nos pareció definitivamente fundada la relación entre la Revolución francesa (1789), el Romanticismo (inglés y alemán) y la poesía moderna. Se trata de una evidencia palmaria. Hölderlin aspira a reconstruir Grecia, a orillas del Rhin. Shelley, Keats, Byron sueñan con héroes revolucionarios y aspiran a crear grandes comunas libertarias en el Nuevo Mundo.Sentada esa filiación, Fumaroli aporta nuevos materiales decisivos: la contemplación del Terror revolucionario, la contemplación de la Gorgona, la Quimera terrorista, desvela a Chateaubriand como uno de los rostros más fieles del hombre contemporáneo, perseguido por las Furias del Terror, justamente. El espectáculo de la guillotina, instalada en la actual plaza de la Concordia, descubre al artista definitivamente moderno un paisaje que preludia los campos sin urnas de Paul Celan. Michelet cuenta en su historia de la Revolución cómo los vecinos de la rue Royale (a la altura de donde hoy se encuentra el restaurante Maxim’s), en 1793, protestaban al Comité de Salud Pública por «el mal olor» de la sangre: los probos ciudadanos no censuraban las ejecuciones; reclamaban una «limpieza» más eficaz de la sangre derramada y corriendo por las calles, como en el poema de Neruda. Esa experiencia «cotidiana» del Terror revolucionario no sólo siembra la conciencia del hombre moderno. También permite a un testigo de excepción contemplar la visión infernal de una fauna definitivamente contemporánea: Talleyrand apoyándose en el brazo de Fouché, en la legendaria página de las Memoires, «el vicio apoyándose en el crimen», prefiguran de manera definitiva el relativismo moral de quienes, ya en nuestro tiempo, entre nosotros, atribuyen virtudes filantrópicas a los crímenes que ellos silenciaron (cuando no fueron cómplices), utilizados como arma arrojadiza, en uno u otro sentido, reservándose siempre el derecho a ser los únicos depositarios de la verdad, para siempre mancillada con tal apología de los sofismas inmorales. Monumento literario, el Chateaubriand de Fumaroli nos permite seguir las huellas de ese crimen original contra la vida del espíritu, siguiendo su pista con una eficacia implacable en el bosque inmenso de las literaturas contemporáneas.Las relaciones entre Chateaubriand y Milton, Rousseau, Madame de Staël, Byron, Tocqueville, Baudelaire, Joseph Conrad y Marcel Proust iluminan algunos de 41L0bSBFdaL._SY445_los inmensos territorios inexplorados donde el hombre contemporáneo se pierde y es redimido a través del gran arte, la alta cultura. El Terror contemplado por Chateaubriand en París se parece como una gota de hiel al Terror contemplado por Conrad en las calles de Londres o las selvas africanas donde se instala el corazón de nuestras tinieblas: una civilización amenazada por ventiscas de sangre derramada. Fumaroli ya había demostrado de manera magistral cómo la «cultura de Estado» envenena, malversa, corrompe y termina destruyendo hasta los cimientos de lo que pudo llamarse «vida del espíritu», convertida en mercancía publicitaria, al servicio de bandas de lobos disfrazados de corderos. Su Chateaubriand reconstruye de manera magistral las semillas podridas con las que fue sembrada buena parte de nuestra «modernidad», para nuestro tormento, pesadilla y amenazada supervivencia.

[Juan Pedro QUIÑONERO. “Ventisca de sangre”, in ABC Cultural (Madrid), 20 de marzo de 2004, p. 8]

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