✍ Pancho Villa [1998]

por Teoría de la historia

libro_1300696839El libro de Friedrich Katz, Pancho Villa (Ediciones Era, 1998) apareció después de una larga espera del público lector, ávido de conocer la “gran biografía” del revolucionario. Escrito en una prosa fluida, nos ofrece lo que para algunos es una historia definitiva de la vida del guerrero, y así lo creímos a fuerza de tantos elogios, un tanto desmedidos, que tal obra concitó. Sin embargo, negándose como el espléndido investigador que es, Katz nos presenta un capítulo climático, espectacular aunque fallido. Aquí, el autor no resuelve las dudas sobre los motivos del asesinato del Centauro del Norte, ni pondera los papeles desempeñados por los distintos complotistas, desconoce la relación entre algunas fechas y acontecimientos sucedidos, involucra indirectamente a Adolfo de la Huerta y, en suma, justifica sin querer el asesinato de un hombre. El problema de principio radica en el supuesto jamás puesto en duda de que los motivos o razones de Estado en la muerte de Villa gravitaron en torno al “delahuertismo prematuro” del Centauro del Norte. Poniéndole más pisos al edificio de la leyenda negra sobre De la Huerta, Katz se conforma con tomar como ciertos los dichos corrientes e ignorar la verdad histórica. En la primera de las dos partes de su trabajo, el autor anuncia con un par de frases contundentes la entrada de su idea del sino trágico del general: “(Villa) viviría para intentar retribuir tanto a Maytorena como a De la Huerta. El primer reembolso contribuiría definitivamente a su derrota, el segundo, a su muerte.” (1). Esta afirmación será el punto de partida de sus tesis de la segunda parte, de donde se desprenderán datos, conjeturas, sugerencias y conclusiones, de tal manera fantasiosos, que dan para más de una película de intriga internacional, dicho esto sin el afán de ofender. En el segundo volumen se nos relata que “en la primavera de 1922 (n. a.: mayo, para ser exacto) El Universal envió a Regino Hernández Llergo a entrevistarlo. La razón ostensible, según el periodista, era la intensa curiosidad que sentía todo el pueblo de México por Villa… Aunque es indudable que esa curiosidad existía, también lo es que el gobierno (cursiva nuestra, como las que aparecerán a lo largo de este ensayo) quería que Villa diera una entrevista a la prensa. El Universal tenía fuertes vínculos con dicho gobierno… El motivo de tal ansiedad del gobierno por que Villa fuera entrevistado (por Hernández Llergo) no es muy di-fícil de entender. Aunque a Obregón aún le quedaban dos años en el cargo -las nuevas elecciones presidenciales debían celebrarse en 1924-, la lucha por la sucesión ya había empezado. Dado que una de las principales demandas y plataformas de todas las facciones revolucionarias había sido la no reelección del Presidente, estaba claro que Obregón no podía ser candidato. Los dos principales contendientes para sucederlo eran el secretario de Gobernación, Plutarco Elías Calles, y el de Hacienda, Adolfo de la Huerta. Aunque Obregón favorecía claramente a Calles, De la Huerta contaba con un apoyo relativamente mayor en el país.” (2). El doctor Katz comete en este corto párrafo sonoros desaciertos. De entrada, Adolfo de la Huerta era parte del “gobierno ansioso”, y por cierto era su principal vínculo con los periódicos, como consta en la prensa de la época. Por otra parte, era público y notorio que en la disputa entre Obregón y su secretario De la Huerta en ocasión de los arreglos de la deuda de Nueva York de 1922, El Universal se puso del lado del segundo. En esas condiciones, difícilmente se puede asegurar que el gobierno (¿Obregón?) favoreció el envío de Hernández Llergo a Canutillo. La competencia presidencial de la que nos habla Katz existe sólo en su imaginación. En esa primavera de 1922, la de la entrevista de marras, lo que a Adolfo de la Huerta más le interesaba era llevar adelante su proyecto de arreglar la deuda pública exterior y lograr el reconocimiento del gobierno por parte de los Estados Unidos. Para tal efecto, se ausentó del país durante dos meses, y el resto del año se dedicó a pelear a capa y espada por la aprobación de los Convenios de Nueva York en el Congreso, contra la voluntad del Presidente. Además, lo que resulta más importante, ni De la Huerta quería la presidencia, ni había algún tipo de enemistad política entre él y Calles por el puesto, ni estaba abierta la carrera presidencial, ni mucho menos Obregón se inclinaba por Calles en detrimento de Adolfo. Lo que sí era real desde antes de 1920 hasta el momento de la muerte de Obregón, era su obsesión desenfrenada por perpetuarse en la Presidencia de la República, directamente o por interpósita persona. Katz juega con las palabras para crear un toque dramático pero artificial a la narración, cuando afirma que “existían (entre Calles y De la Huerta) ciertas diferencias de naturaleza ideológica. Los dirigentes obreros radicales, la mayor parte del movimiento sindical y las organizaciones campesinas recién formadas apoyaban a Calles. Los terratenientes y los mexicanos más conservadores, así como parte sustancial del ejército, favorecían a De la Huerta” (3). El doctor Katz, queremos suponer, al hablar de dirigentes obreros “radicales” se refiere a gente como Luis N. Morones y sus seguidores del Grupo Acción, así como también a que la “mayor parte del movimiento sindical” apoyaba a Calles. Los líderes de la Confederación Regional Obrera Mexicana (CROM) acostumbraban utilizar un encendido lenguaje radical, de un chillante histrionismo que impresionaba mucho… a los bobos y timoratos. En realidad, sus líderes eran sujetos enriquecidos y de ejemplar venalidad que distaban mucho de ser auténticos representantes de los trabajadores. En contraste, De la Huerta se inclinó en varios conflictos por la más representativa Confederación General de Trabajadores (CGT), particularmente por los ferrocarrileros, muchos de los cuales le acompañaron en el alzamiento de diciembre de 1923. Respecto a los terratenientes y los mexicanos más conservadores y a parte sustancial del ejército que apoyaban a De la Huerta (¿en 1922?), Katz de plano no ofrece pruebas de su aserto, y ello es porque no existen. El académico se dejó llevar más de la cuenta por los lenguajes intencionados de la época, que hablaban de una “revuelta reaccionaria” (la de 1923-1924), en la que lucharon “los malos” (toda laya de conservadores, como terratenientes, militares ambiciosos, financieros de Wall Street) contra “los buenos” (la Revolución encarnada en Obregón y Calles). Como puede observarse, el autor se dejó arrastrar por las versiones de las plumas pagadas y convenencieras de la época (notablemente La rebelión sin cabeza, de Alonso Capetillo, de 1925 y El último caudillo, de 1924), que encajaban a la perfección con el discurso maniqueo del gobierno, cuyos argumentos todavía se leen en muchos libros. Katz no resiste la tentación de abordar las razones de alta política para matar a Villa, y señala: “habían aparecido rumores en la prensa en el sentido de que Villa tenía ambiciones políticas propias, de que no podría apoyar al candidato oficial e incluso levantarse en armas”. Continúan los desaciertos: no había candidato oficial en 1922. Es incorrecto que el general tuviera alguna intención de sublevarse en 1922 o de estarse preparando para un momento posterior. Villa era para entonces un hombre aburguesado y satisfecho con sus prósperos negocios, cubierto por un manto de filantropía. El académico continúa: “la entrevista (de Hernández Llergo a Villa en mayo de este año) causó consternación en el gobierno y muy especialmente entre Calles y sus partidarios, en particular cuando afirmó que su promesa de no participar en política sólo se refería al gobierno de Obregón, que terminaría en 1924, y que a partir de esa fecha podía ser candidato a gobernador de Durango. Aún más inquietante para el gobierno, y sobre todo para Calles, fue que Villa mostró una clara preferencia por De la Huerta.” Y abunda: “No está claro qué pretendía Villa en esa entrevista. Dado que estaba convencido del apoyo popular con que contaba su defensa de la candidatura de De la Huerta, se puede considerar un intento de inclinar la balanza en favor de éste. Su referencia a los 40 mil hombres que podía movilizar en 40 minutos también puede tomarse como una advertencia para que el gobierno no permitiera una elección fraudulenta y respetara la victoria electoral de De la Huerta. Su confesión de que no descartaba la posibilidad de ser candidato a gobernador por Durango puede interpretarse como el precio que le pediría a De la Huerta a cambio de su ayuda.” (4). Una vez más, Katz, al ignorar los tiempos políticos del momento, se deja arrastrar por la fantasía de que Villa planeaba levantarse en armas en apoyo a De la Huerta. Más adelante el historiador habla de una entrevista de Villa con De la Huerta en un tren en marcha, ocurrida 11 meses después del encuentro del general con Hernández Llergo (5). En este punto sostiene que por su conversación con De la Huerta (en la que éste le pidió que apoyara la candidatura de Calles) “tal vez lo convenció de que el antiguo presidente no era su hombre. Al parecer se alió a continuación con otro candidato, uno de los pocos antiguos colaboradores que seguía viendo en Canutillo: Raúl Madero.” Viene un desatino más cuando pregunta: “¿Tenían razón los conservadores que al parecer buscaban la colaboración de Villa al pensar que, en un giro de 180 grados, se había convertido en un aliado seguro?… Los conservadores tal vez pensaban que, con Adolfo de la Huerta o con Raúl Madero como presidente, Villa les permitiría actuar a su gusto en el resto de México.” (6). ¿Y quiénes -preguntamos una y otra vez- son los conservadores a los que se refiere Katz? Con la argumentación anterior en ristre, Katz afirma que cualquiera que fuera la orientación política de Villa en las últimas semanas de su vida, no hay duda de que tanto Obregón como Calles tenían motivos para considerarlo un gran peligro potencial. Para reforzar su posición, pero ahora sin insinuar ningún vínculo positivo o negativo entre el gobierno y El Universal, Katz nos muestra el resultado de las preferencias de los lectores del diario por el próximo presidente, (en el que Adolfo quedó en poco honroso segundo lugar, después de Carlos B. Zetina) “que tal vez se sumó a los temores del gobierno” (7). El académico sostiene que “la acusación más grave contra Obregón la hizo su antiguo enemigo, Adolfo de la Huerta”, citando una conversación de éste con el hijo adoptivo de Villa, Francisco Gil Piñón. Según De la Huerta, “Gabriel Chávez, rico comerciante de Parral y enemigo personal de Villa, había ido con Jesús Herrera a la ciudad de México para ofrecer al gobierno matar a Villa si se les garantizaba la impunidad. Calles y quien sería su secretario de Guerra, Joaquín Amaro, uno de los generales que habían combatido a Villa sin éxito en Chihuahua, estaban completamente de acuerdo, pero Obregón vacilaba.” (8). Una minucia: Obregón no vacilaba, más bien no quería acceder, y les contestó que (según testimonio de Gil, no transcrito por Katz) “Villa había cumplido con todo lo que había ofrecido, que estaba trabajando en paz y que repetidas veces había dado muestras de su lealtad al gobierno. Calles y Amaro insistieron en que era absolutamente necesario matarlo, pero a Obregón, …a traición, por la espalda, se le hacía ‘muy feo’. Calles y Amaro no cejaron, insistieron y lo presionaron mucho. Finalmente Obregón cedió, pero les puso dos condiciones: que ya que lo iban a hacer, lo hicieran bien y que no inmiscuyeran lo más mínimo a su gobierno.” Frente al testimonial de De la Huerta-Gil Piñón, Katz corta por lo sano: sin tal veces, ni puede que, pero con un sin embargo, faltando a su inveterada costumbre de usar palabras condicionales: “Adolfo de la Huerta no era (p. 376) un testigo imparcial porque tenía muchos motivos para odiar tanto a Obregón como a Calles.” (9). Pero, eso sí, los demás informantes que aparecen por aquí y por allá en el capítulo, especialmente algunos agentes de inteligencia, carecen de odios, afectos, rencores, veracidades, en suma, de sentimientos perniciosos. Con lenguaje cauteloso, el doctor Katz habla de “la suposición de que, en caso de guerra civil entre los partidarios de De la Huerta y Calles -que de hecho estalló pocos meses después-, Villa hubiera tomado partido por el primero no es en absoluto irrazonable. Villa había expresado su apoyo a De la Huerta y su oposición a Calles en su entrevista con El Universal, y es improbable que hubiera permanecido neutral. Había peleado en sangrientas batallas contra Obregón y contra Calles, mientras que nunca se había enfrentado a De la Huerta, quien le otorgó la amnistía.” Es inútil, la argumentación sobre la peligrosidad de Villa para el gobierno a partir de un delahuertismo imaginario no alcanza a cua jar. Sobre su referencia a la “guerra civil” entre partidarios de Calles y De la Huerta (10) conviene recordar que el gobierno en 1923 y parte de 1924 era encabezado por Obregón, y que dicha guerra civil noThe-Life-and-Times-of-Pancho-Villa-9780804730464 fue tal, sino una lucha armada entre alzados bajo el polémico liderazgo de De la Huerta, contra el gobierno constituido. Una idea todavía más disparatada acerca de la muerte de Villa es que el gobierno “tenía una razón más poderosa para creer que Villa podía tomar parte en un levantamiento, ya que estaba en el proceso de llegar a un acuerdo con los Estados Unidos y sabía que éste sería considerado como una especie de capitulación por muchos mexicanos nacionalistas. En los Tratados de Bucareli, firmados entre los gobiernos de ambos países a pocas semanas del asesinato de Villa, el gobierno de Obregón cedía, a cambio del reconocimiento de los Estados Unidos, ante las demandas de las compañías petroleras estadounidenses de que las cláusulas nacionalistas del Artículo 27 no les fueran aplicadas retroactivamente.” (11). A este apresurado párrafo conviene añadirle ciertos matices. En realidad, al lado de las Convenciones General y Especial de Reclamaciones, firmadas en Bucareli, se generó un entendimiento (que consta en las actas o minutas) que disipó la desconfianza de Washington de que el gobierno de Obregón hiciese retroactivo el Artículo 27 constitucional y no compensara de manera debida a los estadounidenses por causa de expropiaciones y daños sufridos por la lucha armada. En realidad, ésta ya era la postura oficial del gobierno de México desde 1921. Los llamados Tratados de Bucareli fueron ampliamente criticados durante mucho tiempo porque en ellos la administración obregonista permitió la instauración de comisiones mixtas que significaban un trato especial e inconstitucional en favor de los intereses norteamericanos. A continuación, Katz sostiene que De la Huerta “se opuso tajantemente a ese acuerdo y ello sería una de las principales razones por las que tomó las armas contra Obregón y Calles. En vista de los poderosos sentimientos antiestadounidenses de Villa, existía una clara posibilidad de que participara en una sublevación.” Este párrafo merece varios comentarios. Primero conviene ubicarnos en el tiempo: Villa es asesinado el 20 de julio de 1923, mientras transcurrían las pláticas de Bucareli entre los comisionados Warren, Payne, Ross y González Roa. Éstas se llevaron a cabo a puerta cerrada, con un sigilo tal que el Secretario de Hacienda no estuvo enterado, y al no estarlo (lógicamente), no podía oponerse. Es cierto que De la Huerta, mientras se encontraba en Sonora (abril de 1923), protestó ante Obregón por el inicio de las conversaciones en Bucareli, pero acabó cediendo: “una vez conocidas todas estas informaciones (las explicaciones del Presidente) quedo tan tranquilo, que con los ojos vendados te seguiré adonde nos conduzcas con tus esfuerzos por conseguir el engrandecimiento de nuestra patria”. Su malestar por este proceso obedecía, más que nada, a su frustración por no haber logrado él mismo el reconocimiento después de los arreglos de la deuda de Nueva York de 1922. A pesar de la enojosa situación, Adolfo en algún momento hizo que los comisionados regresaran a la mesa de conversaciones, después de un incidente etílico del compadre Ross, que propició que se interrumpieran éstas. Y desde luego, mantuvo contactos formales pero amistosos con Warren y Payne, como consta en fotografías de la época. Adolfo se enteró del resultado de las pláticas de manera casi casual, cuando leyó las actas formales de las conferencias, y en efecto le causaron mucho disgusto. Todo parece indicar que las reservas de De la Huerta respecto a las conferencias de Bucareli fueron reales, pero difícilmente puede afirmarse que estuvieron en el centro del rompimiento de su alianza con Obregón y Calles, y mucho menos que fueran causa primigenia de su rebelión, tal y como lo sugiere Katz. Por otro lado, no le faltan informaciones de trasmano a las que concede importancia, si ello va en beneficio de lo que quiere demostrar. En su insistencia por buscar “razones de Estado” escribe: “algunos funcionarios del gobierno de Harding que también creían posible un alzamiento villista pudieron pesar de manera importante para que el gobierno mexicano participara en el asesinato”. Sostiene además que “agentes del Buró de Investigación y de la Inteligencia Militar informaron que importantes funcionarios mexicanos estaban convencidos de que el asesinato había sido un requisito de los Estados Unidos para dar el reconocimiento. Una teoría que los agentes del Buró de Investigación comunicaron a sus oficinas en Washington fue que el gobierno mexicano mismo ha provocado el asesinato debido a supuestas presiones de los comisionados estadounidenses que ahora se encuentran en la Ciudad de México, quienes habrían informado a Obregón de que un obstáculo importante para el reconocimiento era Pancho Villa y que cuanto antes lo retirara, antes se le reconocería…” Continúa: “Una fuente confiable [señala] informó el agente del Buró de Investigación Manuel Sorola, que cuando se le notificó a Calles el asesinato, su único comentario fue: `Se ha cumplido la segunda de las condiciones básicas impuestas por Estados Unidos para el reconocimiento’.” Katz sostiene que “Si este informe es cierto, como el agente creía, Calles probablemente recibió indicaciones de importantes personalidades estadounidenses en el sentido de que querían que Villa fuera eliminado… no es ilógico suponer que un requisito para reconocer al gobierno de Obregón fuera que éste pudiera garantizar la estabilidad de México, y ciertamente los estadounidenses percibían a Villa como una amenaza para dicha estabilidad.” (12). Demasiada especulación, y por qué no, demasiado crédito a la versión del tal Sorola, que después nos enteramos de que era agente del Buró Federal de Inteligencia. Con respeto al magnífico historiador Katz, él convendrá con nosotros que, a la manera del Americano impasible, frecuentemente agentes de inteligencia, corresponsales militares y diplomáticos falsean e inventan la información con el único propósito de hacer como que hacen bien su trabajo. Las explicaciones de Katz sobre la muerte de Villa fracasan como la mayoría de las que han tratado de encontrar en ella razones de Estado. Especula con ayuda de verdades a medias y falsedades completas y mucho recoge “lo que se decía”. La simplificación histórica y su abuso de expresiones condicionales refleja lo endeble de varios de sus argumentos centrales. Parece ignorar que en política campea en buena medida la irracionalidad, en donde mezquinas pasiones pueden tener graves consecuencias. ¿No le mereció mayor atención el que Villa hubiera sido objeto de anteriores planes de asesinato? ¿O el que la iniciativa de asesinarlo fuera de sus malquerientes de Parral? ¿O el que Obregón detestara al general Villa? ¿O la previsión elemental de que el asesinato desataría una ola incontenible de acusaciones contra el gobierno? ¿No sería que Obregón y Calles vieron vagos provechos políticos en la oferta de los parralenses, inducidos por la ocasión única de quitar a Villa del mundo de los vivos? ¿No es el episodio de la muerte de Villa, en suma, el producto de un acuerdo sórdido y oportunista entre quienes estaban prontos a mancharse las manos de sangre y un gobierno que con lujo de torpeza les dio cobertura e impunidad? Sólo queda concluir que la versión de la muerte de Villa ofrecida por Katz debe corregirse en algunas de sus partes, con mejores pruebas en la mano y una interpretación que considere con mayor cuidado y menor prejuicio las circunstancias y las actuaciones de los personajes que gravitaron en torno a tal episodio.

NOTAS. 1 Friedrich Katz, Pancho Villa, vol. 1, México 1998, Era, 241 p. 2 Ibid., vol., 2, pp. 354-355. 3 Ibid., p. 245. 4 Ibid., p. 357. 5 Ibid., p. 358. 6 Ibid., p. 359. 7 Ibid., pp. 359-360. 8 Ibid., p. 375. 9 Ibid., p. 376. 10 Ibid., p. 381. 11 Ibid., p. 381. 12 Ibid., p. 382.

[Pedro CASTRO. “La muerte de Pancho Villa, en la imaginación de Friedrich Katz”, in Casa del Tiempo, octubre de 1999]