✍ Le village et la maison au Moyen Âge [1980]

por Teoría de la historia

51VG1MTHA9L._SY344_BO1,204,203,200_De los muchos problemas con los que topa un arqueólogo ninguno tan complejo como el de transcender los límites de un yacimiento: cotejar, comparar, conjuntar resultados. Concentrada necesariamente toda su atención en los restos materiales que le rodean, encuentra con dificultad por donde traspasar la frontera. De ahí que la colaboración de Jean Chapelot, un arqueólogo, y Robert Fossier, un historiador, deba ser doblemente bienvenida: su libro es una obra bien hecha, laboriosamente construida, ordenada con la lógica de una estratigrafía en una superposición compleja e intrincada; los estratos, bien saben los arqueólogos que son raramente horizontales, que a menudo no se pueden explicar unos sin otros, que los rompen fosas, que los modulan muros, pavimentos, construcciones… Pero además esta obra sabe recoger una prolongada labor en el campo de la arqueología medieval, sabe demostrar que, desigual en su distribución geográfica, irregular en su calidad e intensidad, pero a un ritmo de progreso creciente, la investigación arqueológica puede ofrecer ya hoy a los medievalistas importantes visiones de conjunto, que es capaz de conjugar sus trabajos múltiples en una síntesis. J. Chapelot y R. Fossier centran su estudio en la evolución del habitat rural en Europa a lo largo de la Edad Media. Analizan con detalle las transformaciones que se operan en un mundo, el rural, que contra un difundido tópico urbano contemporáneo poco tiene de estable; sin embargo, ni el ritmo de los cambios es regular ni tienen todos la misma importancia: un período de tiempo, los ss. XI y XII, y una transformación profunda, la emergencia del pueblo como estructura de habitat tal cual la concebimos en la actualidad, constituyen la problemática axial de la obra. A modo de horizonte de pavimentación la aparición del pueblo sella cuanto le precede ¿Qué hay por debajo de él?, ¿sobre qué se sedimenta?, ¿qué lo hace posible? Los primeros capítulos del libro (pp. 133-135) muestran cómo las múltiples excavaciones llevadas a cabo (con mayor abundancia sin duda en la Europa septentrional) coinciden en dar cuenta de un mantenido proceso de reagrupamiento de la población desde el s. V en adelante: pequeñas aglomeraciones que reocupan en ocasiones lugares de habitat prerromano, caracterizadas por la inestabilidad de su localización, por sus frecuentes desplazamientos que normalmente no superan los límites de lo que se define como su territorio (que en opinión de los autores se fija precisamente en esta época), un habitat en evolución compuesto aún por una mera yuxtaposición de unidades agrícolas de tres a diez construcciones, una casa de habitación que, elemental o mixta, se define sobre todo por su escasa o nula división interior, un utillaje pobre, una agricultura extensiva y dispersa, todo ello marcado, sin embargo, por una tendencia a conjugarse en la formación de esas unidades de poblamiento que en el segundo milenio se perfilaron con toda nitidez en Europa: los pueblos. Le Moyen Âge adulte (pp, 137-333), ésa es la fase clave de la evolución del habitat rural, donde emergen con fuerza tres elementos que se conjugan para dar forma al pueblo: la iglesia parroquial, el castillo y la “clôture”, el cerco, el recinto, la muralla. La iglesia, cementerio y atrium, lugar de los vivos y de los muertos, es además (monástica, episcopal, pero también parroquial) nutridora, punto de anclaje, célula económica fundamental; como ella lo es también el castillo que, vértice del poder, es asimismo modelo, signo refulgente de señorialización; en torno a ambos se agrupa el habitat, en torno a ellos se transforma, a través de ellos penetra la piedra en !a zona septentrional y más generalmente cambian los materiales, más sólidos ahora, más perdurables; se renuevan las técnicas, crece la especialización, hacen su aparición los artesanos, se estructura el territorio, se sedenteriza definitivamente la agricultura. Pero junto a la iglesia y el castillo y no menos inquietante que ambos aparece el tercer elemento, ya se trate de las precoces fortificaciones meridionales (l’incastellamento) ya de los pequeños cercos septentrionales en torno a las casas, en torno a los campos, en torno a los pueblos; el encinto, fortificación o no, separa el fuera del dentro, define un espacio, unifica el interior, emblematiza. Jean Chapelot y Robert Fossier constatan, a través de las investigaciones arqueológicas, el surgimiento del pueblo, describen con pulcritud las líneas básicas del proceso, trazan la topografía de las nuevas unidades de habitat, sus funciones como cuadro socio-económico, la tipología de su arquitectura, la diversidad de sus formas, aportan datos sólidos sobre los que el historiador puede apoyarse y proponen finalmente tres puntos de reflexión al medievalista: 1. ¿Por qué entre los ss. XI-XII se da una ruptura en la historia del habitat rural que en su conjunto remontaba al menos en Europa Occidental a la Edad de los Metales o incluso a la neolitización? 2. ¿Por qué este fenómeno coincide, al menos cronológicamente, con la implantación generalizada del sistema feudal? 3. ¿Por qué esta ruptura se encuentra en el origen de una forma específica de poblamiento en la historia rural europea que obrará por lo menos hasta el s. XVIII? (p. 335). La maison et le village au Moyen Âge es una síntesis de los diversos resultados aportados por las excavaciones arqueológicas de habitats paisanos; otras han sido llevadas a cabo en hábitats señoriales, en ciudades, en iglesias (que el libro sólo trata lateralmente en función de la emergencia del pueblo). Es tarea aún del medievalista compararlos, observar de qué manera los recubre a todos esa oleada de privatización (tal como la definía recientemente el Prof. Georges Duby en su curso del Collège de France), que tiene como bandera el recinto, distinguir los lazos que se entretejen entre unos y otros, analizar la progresiva diversificación de los espacios interiores del monasterio, del castillo, de la casa rural, cómo se multiplican las habitaciones que desde la entrada hacia el interior se transforman accediéndose del espacio más abierto, del más público, al más cerrado, más privado, más secreto; desde la sala, la cocina, el lugar de la hospitalidad, al dormitorio, donde se encuentra la cama y se guardan los cofres. Sin duda la obra de J. Chapelot y R. Fossier transciende las fronteras que obligan normalmente al arqueólogo a cerrarse sobre sus yacimientos, pero es además una invitación al historiador a volver su mirada con una mayor frecuencia hacia esos yacimientos, marco de la sociedad que analiza, y hacia los restos materiales que en ellos se conservan; pues ellos son, junto a la documentación escrita, lo único que nos queda.

[Blanca GARÍ. “J. Chapelot y R. Fossier.Le village et la maison au Moyen Age, París, Bibliothèque d’archéologie Hachette, 1980, 357 pp.” (reseña), in Medievalia (Barcelona), nº 3, 1982, pp. 156-159]