✍ La historia más bella de la felicidad [2004]

por Teoría de la historia

img_art_10781_3088Continúa la edición de libros pequeños y hechos de entrevistas a varios autores sobre un tema. En este caso no se incluye ni un breve currículum ni una bibliografía básica de cada uno, que un buen lector siempre agradece. Es el título el que debe reclamar la atención del comprador, aunque luego el lector atento se encuentre con que Jean Delumeau no habla en realidad sobre la felicidad sino sobre el Paraíso, tanto en el Antiguo Testamento como en el arte y la filosofía, desde el Renacimiento al Barroco. La entrevista al señero historiador sabe a poco porque toca demasiados temas y el Paraíso no es un asunto baladí. Parecida insatisfacción deja la entrevista con Arlette Farge, que cuenta cómo la felicidad moderna es un invento de la Ilustración. Más concretamente, de la sociedad cortesana y de la aristocracia, que descubre el placer de la voluptuosidad, del libertinaje y de la seducción. Podemos recordar Las amistades peligrosas, donde se analiza la seducción como un juego de poder y de ingenio. La Ilustración también valora la nueva sociabilidad, la «buena compañía», y aquí Farge alude a una crítica feroz de la nobleza y su esprit a través de Rousseau, quien se hila al descubrimiento de la sociabilidad en La nueva Eloísa. La felicidad ilustrada radica pues en el complejo y alambicado uso de las formas, pero también en la búsqueda de una felicidad intelectual que es tanto la de las lecturas como la de los descubrimientos científicos. El siglo XVIII también descubre la idea de felicidad pública, la que da la participación política, luego mudada a felicidad privada entendida como derecho y vinculada a la propiedad privada. Lo más interesante del libro es su primera parte, la entrevista a André Comte- Sponville, que repasa clara y vívidamente la filosofía occidental. Así, el epicureísmo y el estoicismo, ambos «extremismos éticos» cuyo objetivo es limitar el deseo y aprender a querer sólo lo que depende de uno. La filosofía antigua vincula virtud y felicidad, bien por medio de la prudencia, bien a través de la ataraxia o ausencia de conflicto. Para los estoicos, la clave es liberarse de la esperanza (que es una pasión –no una virtud– y por tanto ausencia de conocimiento) para aprender a querer. Hay que desear sólo aquello que depende de uno, eliminando así la parte azarosa de la vida y con ello mucho sufrimiento. Por su parte, Kant privilegia la virtud sobre la felicidad, que es «un postulado de la razón práctica», es decir, un objetivo conveniente para orientar la acción pero inasible en sí mismo por ser sólo «un ideal de la imaginación». El rigorismo kantiano ordena actuar virtuosamente sin esperar nada a cambio. Comte-Sponville menciona a Hobbes, al conectar deseo de poder –el motor principal del hombre– y placer, ambos compañeros de una felicidad siempre fugitiva. Y es que si el deseo es carencia, ser feliz es tener lo que se desea. Y «por definición sólo se desea lo que no se tiene: nunca se tiene entonces lo que se desea (apenas9782020849593 se tiene, ya no se desea) y por eso nunca se es feliz» (página 47). Mas el deseo puede no ser entendido como carencia sino como placer, es decir, como potencia y acción. El clásico reivindicado es ahora Spinoza y en menor medida Pascal. Comte-Sponville se hila a esta idea de felicidad que se experimenta como potencia cuando se desea lo que se tiene (una presencia humana, una plenitud intelectual, por ejemplo) o se actúa siguiendo la voluntad, no la pasión. La felicidad es, así, la conciencia de la ausencia de desdicha. El divertimento en las ocupaciones y la aceptación de la existencia sin sentido (la búsqueda de éste siempre lleva a la religión): «Por eso la paradoja: sólo puede ser feliz aquél que ha dejado de buscar la felicidad; sólo puede ser feliz quien ama la vida por encima de la felicidad» (págs. 57-58). Recomendación, pues, de la alegría sin esperanza, de la capacidad de goce por la presencia, por un deseo que no es carencia. 

[Helena BÉJAR. “La obsesión de los modernos”, in ABC (Madrid), 6 de agosto de 2005, p. 21]