✍ Islam and Revolution in the Middle East [1988]

por Teoría de la historia

9780300046045El profesor Henry Munson Jr., de la Universidad de Maine, se propone en este libro contestar a dos importantes interrogantes: 1. ¿Por qué triunfa la revolución islámica únicamente en Irán?, y 2. ¿por qué el fundamentalismo islámico en otros países de la región ha sido incapaz de imitar a sus correligionarios de Irán? El libro está dividido en tres partes. La primera se titula “El Islam como religión e ideología”. Ya en la introducción, en la medida en que define al fundamentalismo como aquel concepto que se refiere a “cualquiera que insiste en que todos los aspectos de la vida, incluyendo el social y el político, deben estar de acuerdo con unas sagradas escrituras consideradas inmutables e inerrables”, aclara también algo que nos parece de primordial importancia: que los movimientos fundamentalistas, así tengan todos el objetivo de fundar una sociedad y un Estado islámicos, son bastante distintos, no son ni homogéneos ni unidos; los hay radicales, los que desean una derrocamiento del sistema, así como también reformistas. Más aún, sus orientaciones ideológicas pueden ser muy distintas: unos, como los jomeinistas, son totalmente antiimperialistas, mientras que otros, como en Pakistán, son grandes aliados de Estados Unidos. Así, el libro ayuda a esclarecer tantos mitos difundidos por los medios de comunicación y al mismo tiempo se perfila como una obra que va dirigida tanto al lego como al especialista. Se parte del punto de vista de que para entender cómo los musulmanes interpretan su historia hay que entender sus mitos o historia sagrada. Por eso a continuación se presenta un recuento sobre los mitos fundamentales del Islam. Es el intento de comprender cómo el creyente ve su religión dentro de su cotidianidad para así entender el papel político de la religión. Los principales mitos populares y comunes a todos los musulmanes (tanto shiitas como sunitas), las diferencias entre la ortodoxia convencional y las creencias populares, como también los referentes al shiismo duodecimán (aquel que triunfara en Irán) son explicados haciendo también alusión a las diferencias que existen con los diversos tipos de fundamentalistas. Es interesante anotar que el Corán, por haber sido escrito de una manera a veces ambigua, a veces contradictoria, se presta a las más variadas interpretaciones: se puede justificar el socialismo o el capitalismo, revolución o sumisión, tolerancia o discriminación, etcétera. Mientras el lector se entera de la historia sagrada musulmana, podría creerse que la historia va a ser explicada a través de leyendas y del espíritu de los musulmanes; pero el autor será muy claro al decir que tales ideas solamente son efectivas y entendidas a través de las condiciones políticas y sociales. No se trata, entonces, de minimizar el papel de las ideas, sino de señalarlas como alterables según la época. Esta primera parte concluye con un capítulo titulado “El Islam como ideología”, indicando cómo el fundamentalismo es una ideología, es decir, un plan para la acción; y que, además, el hecho de que su principal y común consigna entre los fundamenta-listas sea el de que el “Islam constituye una forma de vida integral en la que no se puede diferenciar entre religión y política” muestra que la mayoría de los mahometanos no lo sienten así en su cotidianidad. La segunda parte se titula “Islam y política desde fines del siglo XIX”. Los primeros capítulos son dedicados a una serie de países del Medio Oriente a los que se les ha escogido porque todos han vivido alguna forma de corrientes fundamentalistas en las décadas de los setenta y los ochenta. Dentro del recuento sobre Irán merece la pena hacer una anotación en lo que respecta a la famosa participación de los ulemas en el boicot a una concesión tabacalera inglesa (1891-92); participación que conducirá a que la concesión sea anulada por parte del sha. El autor considera a los ulemas como “formerly apolitical”, lo cual no corresponde a la historia shiita, ya que durante el siglo XIX los ulemas, por ejemplo, instigaron la iniciación de la guerra ruso-iraní (1926) por el maltrato de los rusos a los musulmanes en Transcaucasia, protestaron contra la secularización de la educación y, en la medida en que gozaban de autonomía con respecto a la corona, fueron un elemento clave para que fracasaran los intentos de modernización propugnados desde el centro. Es más, ya durante el siglo XVIII se habían convertido en voceros del bazaar, es decir, de los artesanos y los comerciantes. De una manera narrativa se relata el surgimiento, logros y fracasos de los más diversos movimientos fundamentalistas en Egipto, Siria y en Arabia Saudita donde se muestra claramente que tales movimientos, a pesar de protestas, huelgas e insurrecciones, no han podido movilizar a grandes sectores sociales y que, por lo tanto, se manifiesta una incapacidad para llevar a cabo una revolución en grande escala. Concluye esta parte con un interesante capítulo, “Bases sociales”, que indica que la base social de los movimientos fundamentalistas de las décadas de los setentas y los ochentas la constituían sin lugar a dudas los estudiantes y los jóvenes egresados de las universidades, provenientes de clases medias tradicionales o, bien, modernas, que a su vez ni eran la mayoría dentro del estrato estudiantil ni tenían grandes objetivos revolucionarios. En el Irán los ulemas shiitas, contrario a lo que se cree, no eran todos enemigos del sha; es más, la mayoría de ellos no se opusieron al régimen entre 1964 y 1978. De todas maneras los ulemas sunitas, es decir, de otros países islámicos, han tenido la tendencia a ser más sumisos que sus colegas de Irán. Estos, además, han gozado de una autoridad religiosa mucho mayor que la de los sunitas. En términos generales, las clases menos educadas y más tradicionales: campesinos, trabajadores urbanos e indigentes, no son fundamentalistas. Las creencias religiosas y las prácticas —santos, espíritus, amuletos— de estas clases están muy apartadas del Islam ideologizado —la lucha por un Estado islámico puro— de los fundamentalistas educados. Sobre todo en el mundo sunita esto ha conllevado a inhibir la expansión del fundamentalismo sunita. En cambio, los ulemas shiitas están más cerca de las creencias populares, además de tener más influencia sobre las clases urbanas. Por eso a finales de los setentas, los ulemas en Irán pudieron movilizar a las masas urbanas. Con todo esto se concluye que puesto que los fundamentalistas sunitas tienen una base social muy pequeña —clases medias educadas— no hay peligro inminente de una tal revolución en el Medio Oriente, y además se indica tenuemente que es la politización de los sectores educados la que los ha hecho tan radicales. La tercera parte se titula “Explicaciones”. La intención del autor es rechazar la versión más difundida sobre las causas de la revolución iraní, a saber, aquellas que señalan que fue resultado de una modernización excesivamente rápida. En primer lugar los jomeinistas y los fundamentalistas en general nunca han estado en contra de la industrialización y la técnica. Los musulmanes se enfadan por los intentos de destrucción de sus valores tradicionales, es decir, por las innovaciones culturales, los vínculos sociales que debilita y las aspiraciones que va a frustrar, propias del proceso modernizante. La modernización iraní ya llevaba casi cincuenta años, entonces —se pregunta el autor—, ¿por qué estalla apenas a finales de los setentas? Se continúa analizando una serie de estudios que de una u otra manera —creemos, pues— han presentado las causas de la revolución iraní de una manera extremadamente monocausal: la migración rural a las ciudades, que entre otras cosas desarraiga al campesino de su manera de vida tradicional; la masiva y rápida expansión de la educación, la ausencia de democracia, la recesión que sucedió a la bonanza petrolera, los deseos de autenticidad de estudiantes y jóvenes graduados, el resentimiento contra la hegemonía extranjera y una alta inflación. Estos fenómenos —indica el autor— se estaban produciendo no solamente en el mundo islámico sino también en el Tercer Mundo y, sin embargo, allí no estalló la revolución. Hay que anotar que existe cierta dificultad al ir rechazando de una manera global cada uno de estos procesos, puesto que así se olvidan matices; por ejemplo, ¿acaso es Arabia Saudita un buen ejemplo de modernización, simplemente por sus altos índices de crecimiento, siendo éste, hoy por hoy, un país bastante conservador? O parece que se estuviera diciendo que la hegemonía extranjera se manifiesta por igual en toda la región, o que la percepción de tal dominio es por igual en todas partes. Después de todo, Nasser no fue igual de servil con los extranjeros como sí lo fue el último sha de Irán. Munson critica todas estas explicaciones en torno a la modernización, indicando que cada una de ellas no es que no sea válida sino que “in and of themselves” no explican la revolución. Pero creemos que rechazar así cada causa tiene el problema de que sólo se toma en cuenta cada causa por separado. Lo que se debería hacer, más bien, es jerarquizar las causas, error de todos los estudios que Munson critica; pero él parece incurrir en lo mismo cuando al final propone de nuevo dos causas. El capítulo final, “Conclusión: ¿por qué solamente en Irán?”, muestra qué factores hicieron posible que se pasara del resentimiento a la revolución, que a su vez son los que no solamente hacen de Irán un caso particular sino que, sobre todo, explican por qué la revolución estalló solamente en este país. Se considera que las revoluciones generalmente estallan cuando el antiguo régimen ha sido debilitado por una crisis que hace imposible que el régimen oprima la oposición radical. El debilitamiento lo producen los efectos combinados de una crisis económica, la política de los derechos humanos del presidente Cárter, así como también la ineptitud y debilidad física del sha. Se señala como el principal precipitante de la revolución la política de los derechos humanos del presidente Cárter y sobre todo la percepción en Irán de esta política. Lo que de aquí resulta es una esperanza, la idea de una válvula de escape, la oportunidad para expresar el descontento por parte de los intelectuales seculares. Es de anotar que el autor comete el error de creer que si la oposición de los intelectuales hubiera sido satisfecha dándoles la oportunidad de alguna representación política, se habría podido evitar la caída de la monarquía. Creemos que si bien con sus protestas abiertas dan paso a otras de mayor dimensión, cualquier otro tipo de precipitante hubiera prendido el polvorín. Después de todo, la política de los derechos humanos del presidente Cárter y las protestas abiertas contra el sha que desencadena, no eran más que fósforos que prendieron la gran explosión. Puesto que se tenía la creencia de que el sha era un títere de los americanos, cuya caída no permitiría Estados Unidos, se crea así una visión de un sha vulnerable debido a la idea —por cierto incorrecta— de que ya no tenía el apoyo de Estados Unidos. Se hace hincapié en el cambio de mentalidad como precipitante. Las otras grandes causas que harían que se llegara a toda una revolución fueron el liderazgo y la ideología shiita: el carisma y la trayectoria del ayatollah Jomeini y la gran cercanía tradicional de los ulemas shiitas al pueblo, sobre todo al urbano. A Jomeini se le identificaba con algunos de los personajes sagrados de la tradición shiita, inclusive algunos creyeron que se trataba del duodécimo imán; para otros era imposible desobedecer al representante de éste. Jomeini representaba lo auténtico, lo tradicional, el símbolo de la resistencia antiimperialista; es decir, en él convergían los más diversos tipos de oposición. El autor resalta que de todas maneras el líder sólo puede triunfar con las condiciones específicas del momento histórico. Así, Munson toma un término medio entre aquellos que resaltan las personalidades históricas y los que estudian sólo las estructuras del problema. Después de todo, el liderazgo también es definitivo en el triunfo. Lo que se desprende de la lectura del libro es que la propuesta es de tipo coyuntural, es decir, se trata de ver los disparadores de la revolución. Pero el sentido del análisis coyuntural es estudiar la convergencia de diversos elementos que articulados entre sí se convierten en condiciones para la revolución pero no en sus causas. La coyuntura no destruye la estructura por sí sola. Es más, ni siquiera un conjunto de condiciones coyunturales lo logra. Cuando se relatan los mitos se intenta presentar un aspecto muy importante y muchas veces relegado: el peso tan grande que juega la cultura imperante sobre la historia. Munson intenta combinar una percepción del mundo con la historia real. Nos parece importante el recuento crítico de los factores que llevaron al estallido de la revolución y el intento de un aporte. La discusión continúa y para comienzos de 1990 esperamos, de Mehran Kamrava, Revolution in Irán: The Roots of Turmoil.

[Luís E. BOSEMBERG. “Henry Munson Jr., Islam and Revolution in the Middle East, New Haven y Londres, Yale University Press, 1988” (reseña), in Historia Crítica (Bogotá), nº 3, enero-junio de 1990, pp. 143-147]

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