✍ El Dios de Pinochet. Fisonomía del fascismo iberoamericano [2007]

por Teoría de la historia

389429-800x800Miguel Rojas Mix explica cómo las dictaduras militares del Cono Sur, entre 1964 y 1989, legitimaron su represión y usurpación del poder diseminando ciertos mitos superpuestos. Su análisis depende en gran parte de ejemplos chilenos, aunque también cita fuentes argentinas, brasileñas y uruguayas. Aunque el autor reconoce que había algunas diferencias entre estos regímenes, su principal propósito es delinear elementos en común, que caracteriza como formas distintivamente latinoamericanas del fascismo. Las dictaduras propagaron un nacionalismo “jingoísta” que fusionó al régimen con las fuerzas militares y la nación. Creyendo en un ordenamiento jerárquico de la sociedad, se opusieron al conflicto de clases, tachándolo de ser artificial y destructivo. Veían a los que se oponían a estas ideas que abogaban por estrechos intereses de clase como antipatrióticos. Sin embargo, los regímenes no eran verdaderamente nacionalistas, ya que promovían el imperialismo extranjero cultural y económico. La derrota de los poderes del Eje había obligado a muchos latinoamericanos de extrema derecha a distanciarse, al menos retóricamente, del fascismo, y algunos buscaron inspiración en el hispanismo. El hispanismo evolucionó hasta convertirse en una corriente ideológica que nutrió a las dictaduras militares. Los voceros de estos gobiernos, junto con aliados tales como Opus Dei y Tradición, Familia y Propiedad, abrazaron valores elitistas y marciales y el anti-materialismo, que irónicamente justificaba un neoliberalismo que los hispanistas originales hubiesen rechazado. Estos voceros apoyaron el catolicismo integrista, que se oponía radicalmente al comunismo. También adaptaron doctrinas católicas españolas medievales que justificaban la resistencia a la autoridad bajo ciertas circunstancias. Torciendo esta noción y aplicándola a Chile, los derechistas reclamaban que la expansión de la democracia promovida por Allende había puesto en peligro el orden natural y divino, particularmente al amenazar la propiedad privada. Anteriormente corporativistas, los derechistas católicos ahora enfatizaban la iniciativa individual y afirmaban que el gobierno tenía que proteger dicha iniciativa aun por la fuerza, si llegara a ser necesario. Algunas de estas ideas reflejaban la fuerte influencia de Hayek y Friedman, especialmente en Chile. Estos dos pensadores no veían la “libertad” económica impuesta por un gobierno autoritario como algo contradictorio. Tal vez las secciones más originales e interesantes del libro sean las que tratan sobre los mitos de la civilización cristiana y occidental y su decadencia. Para los derechistas, dicha civilización abogaba por la propiedad privada, la jerarquía y la religiosidad conservadora, en oposición a lo que ellos veían como el comunismo oriental. La creencia en la civilización cristiana y occidental, vinculada al hispanismo, permitió a los derechistas elogiar la conquista española y la conversión de los indígenas en el pasado, y la explotación capitalista de los trabajadores en el presente. Sin embargo, esta civilización estaba en deterioro. La democracia y la creciente fuerza de los grupos laborales la estaban destruyendo insidiosamente desde dentro; la complacencia hacia la infiltración marxista la debilitaba desde fuera. Las fuerzas militares y sus seguidores abogaban por los valores espirituales cristianos y en contra de la decadencia que amenazaba con destruir el Occidente. Adaptando a Spengler, Toynbee y otros escritores, los ideólogos derechistas aducían que era necesario fomentar golpes militares para detener la desintegración de la civilización occidental y cristiana, restaurar el mercado libre y regenerar la nación. Admirado por los golpistas, Solzhenitsyn alababa a las fuerzas militares chilenas por ayudar a prevenir el comunismo estilo asiático: “¡Para evitar un Goulag eventual hay que imponer un Goulag real!” (Rojas Mix: 213). La doctrina de la seguridad nacional postulaba una perpetua batalla maniquea y apocalíptica, en la que Dios había escogido a las fuerzas militares para pelear contra el marxismo. Puesto que el marxismo era satánico, cualquier medida en su contra era justificable, sin importar cuán brutal resultara. Este libro constituye una importante contribución en varios aspectos. Los estudios sobre las dictaduras militares posteriores a 1964 se han concentrado en sus respuestas “burocrático-autoritarias” a los problemas económicos y políticos, y sus vínculos con el pensamiento ligado a la Guerra Fría. Rojas Mix proporciona un análisis histórico y filosófico más profundo, al vincular estas dictaduras con las derechas y al trazar sus raíces atrás en el tiempo hasta principios del siglo XX. En contraste con los autores que aducen que los derechistas latinoamericanos no pueden ser considerados fascistas porque eran católicos, Rojas Mix observa correctamente que muchos fascistas europeos también eran católicos o cristianos. Como él lo apunta, el fascismo es multiclase, suprime el conflicto entre clases y protege al capitalismo. También es importante su afirmación de que las derechas se unen en períodos de crisis. No obstante, la posibilidad de que estos regímenes militares y sus seguidores fuesen genuinamente fascistas es discutible. En todas partes, los fascistas se han preocupado por “limpiar” y “rejuvenecer” a la nación, purgando violentamente a elementos “decadentes” sin refrenamiento. Esta parte de la definición se ajusta a los oficiales militares y escritores sobre los que trata Rojas Mix. Sin embargo, el fascismo es también un movimiento de masas, pero estas dictaduras sudamericanas desmovilizaron a la gente, incluidos, en muchos casos, sus propios seguidores. También me pregunto si los fascistas pueden ser neoliberales, ya que el individualismo económico socava la comunidad nacional que ellos desean construir. Dichos asuntos requieren de más investigación, como también la pregunta de si estos gobiernos representaban una variante latinoamericana del fascismo. Un análisis de género reforzaría y complementaría los argumentos de este autor. El género se define como las construcciones del ser masculino y del ser femenino, y las relaciones de poder que estas construcciones simbolizan. Los eruditos han identificado la autoridad masculina como un rasgo importante del fascismo, y estas dictaduras militares lo ejemplificaban a la perfección. Pinochet promovía una imagen patriarcal, y las fuerzas militares chilenas se proyectaban a sí mismas como viriles e hipermasculinas. Su visión de los papeles de los hombres y las mujeres como distintos y ordenados jerárquicamente simbolizaba el orden político y económico deseado por los militares. Ningún libro por sí solo, sin embargo, puede proporcionar un análisis completo de un fenómeno tan complejo como el fascismo o las derechas en el cono sur entre 1960 y 1980. El estudio provocativo, bien documentado e ingenioso de Miguel Rojas Mix es un comienzo excelente y debe estimular más investigación.

[Sandra MCGEE DEUTSCH. “Fascismo y dictaduras latinoamericanas”, in Sociohistórica (La Plata), nº 21-22, 2007, pp. 257-260]

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