✍ Historia económica de la Roma antigua [1979]

por Teoría de la historia

1-786e042113No es tarea fácil realizar una reseña científicamente crítica de la presente obra del profesor Francesco de Martino, y menos en una revista de Historia económica general, no estrictamente dirigida a los especialistas de la Altertumswissenschaft. Y dicha dificultad, a la vez que atractivo principalísimo del libro que comentamos, nace en grandísima medida del carácter e incidencia doble del libro de De Martino. El benemérito romanista italiano ha sido, junto a un profesor universitario ilustre, con bastantes discípulos hoy ya maestros de la Universidad italiana, figura prominente de la escena política de la República transalpina, como activo miembro de su Partito Socialista. Pero el catedrático de la Universidad de Nápoles siempre ha intentado compaginar el Parlamento y la cátedra —cosa difícilmente concebible, además de nunca jamás permitido, fuera de estas latitudes mediterráneas— con un talante intelectual orgánicamente unitario. En la base de éste está la firme convicción profesada por De Martino de la fundamental validez metodológica del marxismo como modo de analizar la sociedad presente y la pasada, con la mutua proyección del estudio de ambas en pos de la futura construcción de la sociedad socialista. Naturalmente que el marxismo de De Martino es sui generis, como lo suele ser siempre en Italia, donde la tradición de Gramsci sigue todavía muy viva. Se trata de un marxismo basado sobre todo en Marx, pero que sabe distinguir entre obras científico-teóricas de éste y sus escritos de ocasión y coyuntura política. Pero desde luego que el socialismo del catedrático napolitano no ha pasado su Bad Godesberg, y sigue concibiendo como motor de la Historia a la lucha de clases, frente a la cual el manido concepto de Modo de producción pierde importancia; al tiempo que se resiste a conceptuar como cambio progresivo aquel que no pueda ser fácilmente calificado de positivo éticamente desde el punto de vista de la suerte de los más humildes. El lector, tal vez, se ha podido extrañar del anterior preámbulo; pero sin él podría resultar difícilmente comprensible el libro que tratamos de reseñar. Pues Francesco de Martino no sólo pretende en éste exponer la historia económica de Roma, sino también lo que podríamos llamar su testamento historiográfico y político, iluminado todo ello por la luz de la lucha de clases, progresista y justificada éticamente. Lo cual no deja de tener hondísima trascendencia a la hora de explicar positivamente los dos momentos claves de la Historia romana: el tránsito de la libre (?) República al Principado augústeo y el llamado Fin del Mundo antiguo; máxime cuando esta última cuestión ha sido objeto de un larguísimo debate y tratamiento, a la vez científico e ideológico: Agustín de Hipona, Zósimo, Montesquieu, Gibbon, Seeck, Rostovtzeff, Stalin, Altheim, Vogt, etc. Dejando a un lado estos problemas de naturaleza biometodológica, la obra de De Martino plantea dos interrogantes inherentes ya a la misma concepción de la obra por su autor. El primero de ellos se enunciaría más o menos así: ¿hasta qué punto es viable, desde la metodología asumida por De Martino, la realización de una historia exclusivamente económica? Si esta última parece más bien una creación del mecanicismo materialista y del positivismo, desde el marxismo difícilmente sería posible tratar la materia económica desligada, cuando menos, de las relaciones sociales de producción. Bien es verdad que De Martino se da, en más de una ocasión, cuenta de la contradictoria aporía en que se ha metido, tal vez por culpa de las tradiciones académicas de la historiografía occidental. Perspicazmente, De Martino insiste en la importancia que revisten para el estudio de la economía romana los análisis de las fuerzas de trabajo. Ciertamente, por ahí el autor introduce una fundamental dialéctica social, pero solamente por uno de los dos polos que concluyen en las relaciones de producción propias de una sociedad de clases con un amplio desarrollo de la propiedad privada. De esta forma, el libro de De Martino cojea particularmente en el análisis de los grupos dominantes en la sociedad romana. Menosprecio, en gran medida ético, por estos últimos que se dobla de un particularísimo desprecio por la posible influencia de las tradiciones mentales de los grupos dominantes a la hora de organizar la empresa y actividades productivas. Desde luego que De Martino no ha sido el primero, ni tampoco el último, en caer víctima de la no conclusión por Karl Marx del capítulo del Das Kapital referente al nivel ideológico. Pero resultan alarmantes las diatribas lanzadas por el autor (pp. 630 y ss.) contra quienes enfocan parte de sus explicaciones del curiosísimo fenómeno económico de la Antigüedad a partir del estudio de las mentalidades: desde K. Polanyi a J.-P. Vernant, pasando por M. I. Finley y P. Vidal-Naquet. El segundo interrogante refiérese a las dudas de en qué medida es posible la confección de una historia económica de Roma, desde los orígenes protoestatales de las aldeas establecidas en el Palatino a la realidad de un Imperio mediterráneo con límites oceánicos, renano-danubianos y mesopotámicos. Sin ser excesivamente consciente de ello, De Martino centra su narrativa demasiado en las realidades económicas de la península italiana; lo que si es más que problemático para la época de la República tardía, desde luego es inaceptable para la época imperial. A principios del siglo II d.n.e.. Tácito (Historiae, I, 4) ya había tomado conciencia de esta nueva realidad ecuménica del Imperio. La cuestión creíamos muchos que ya estaba definitivamente zanjada desde la publicación por Mommsen de su Das Romischen Imperium der Cdseren, en 1885, y de The Social and Economic History of the Roman Empire, en 1926, por M. Rostovtzeff. A veces, el subconsciente nacionalista y los ecos de los actos conmemorativos fascistas juegan malas pasadas a los mismos intelectuales. En este mismo sentido habría que decir que De Martino no ha conseguido plenamente vencer el máximo reto con que se enfrenta hoy el historiador del Imperio romano: lograr la integración dialéctica, aunque diferenciada, de las provincias en el discurso histórico general del Imperio, que desde muy pronto empezó a ser supraitálico incluso al nivel de sus grupos dirigentes. Pero tratemos seguidamente, con un poco más detalle, de la materia analizada en la obra de De Martino. El primer volumen (pp. 9-277) está dedicado al período primitivo de la Historia romana —Monarquía y comienzos de la República— y al tiempo republicano. Los tres primeros capítulos tratan de la época más antigua, anterior a la invasión gala, donde las oscuridades por falta de fuentes son mayores. Encomiable resulta el esfuerzo de De Martino por reconstruir las condiciones económicas de esta lejana Roma. Si hoy podríamos estar inclinados a aceptar un cierto componente económico en el conflicto patricio-plebeyo, problemática de la propiedad fundiaria, como muy bien señala De Martino, no parece posible aceptar su tesis del origen de la plebe en extranjeros inmigrantes a Roma como consecuencia del desarrollo mercantil y artesanal de la urbe. Esta, que no es más que la vieja tesis de Mommsen, parece hoy completamente arrumbada tras las Tesis de Estado confluyentes de J. Richard y P. Ch. Ranouil. Por otro lado, no hubiera estado de más un examen de los elementos dirigentes de la plebe en esta época. A partir del capítulo IV y hasta el VI, inclusive, el autor se ocupa de la época medio-republicana, hasta el inicio de las guerras púnicas aproximadamente. Correcto su tratamiento de la cuestión de las deudas —de mayor importancia de la que generalmente se le ha supuesto, brillando aquí los conocimientos histórico- jurídicos del autor— y de las colonias latinas y romanas, en lo que sigue a Salmón. Sin embargo, no podemos estar completamente de acuerdo con De Martino en su erudita reconstrucción de los orígenes de la moneda romana. A favor de una fecha tardía, no antes del 289, para la aparición de las primeras auténticas monedas romanas se han manifestado recientemente más autores (así, P. Lévèque, en Les dévaluations a Rome, II, 1980, pp. 3-30). A partir del capítulo VII, y hasta el final del volumen primero, se trata temáticamente del desarrollo económico romano-itálico en los dos últimos siglos republicanos, aquellos en los que Roma construye su Imperio mediterráneo, experimentando ella y el Occidente europeo innumerables cambios sociales, económicos y de civilización. Ciertamente es aquí donde De Martino sitúa una de las grandes bases de su reconstrucción histórica: la formación de una supuesta economía esclavista en Italia en estos momentos. Para ello, y como ya es tradicional, el autor se centra en el análisis de las obras de agronomía de Catón y Varrón. Ciertamente, no podemos tachar aquí de dogmático a De Martino, que ha sabido matizar mucho el escrito catoniano, no generalizando en el vacío el tipo de villa, intensiva y de plantación, propuesta por el Censor. Sin embargo, no vemos qué datos en las fuentes le llevan a rechazar de plano la conocida tesis de E. M. Staerman sobre la importancia de la reproducción natural para obtener mano de obra esclava. Y tampoco consideramos correcta la visión demasiado pesimista sobre las condiciones de vida y de trabajo de los esclavos en esta época: no se olvide la importancia cierta de la expectativa de la manumisión (cosa bien puesta de manifiesto por K. Hopkins, Conquerors and Slaves, Cambridge, 1978, 115-130); mientras que las razones últimas de las rebeliones sicilianas de finales del siglo II o de la de Espartaco siguen sin estar del todo claras (v. gr., tesis del nacionalismo siciliota de Manganaro; en todo caso, algo resulta sorprendente: mientras que De Martino propugna un paulatino endurecimiento del régimen, lo cierto es que los últimos años no testimonian revueltas, sino la lealtad de los esclavos a un Domicio Enobarbo o a Sexto Pompeyo). El ya aludido menosprecio de De Martino por las posibles motivaciones ideológicas de los grupos dirigentes del Estado romano le hace ser en exceso tradicional en su tratamiento de la crisis gracana y su intento de reforma agraria (cap. XI), despreocupándose de cualquier razón de índole político-militar para la acción de los Gracos (cosa nuevamente defendida por E. Badián, en Aufstieg und Niedergang der romischen Welt, I, 1, Berlín-Nueva York, 1972, 668-731). Dada la especialización jurídica del autor, extraña un tanto el escaso espacio dedicado a la discusión de la identidad de la legislación agraria postgracana (p. 153; cfr. K. Johannsen, Die lex agraria des ]abres 111 V. Chr., München, 1971). Tampoco podemos condividir determinadas afirmaciones en exceso radicales y tradicionales contenidas en su capítulo XII, dedicado al comercio. Así, por ejemplo, parece muy dudosa su afirmación de la principalísima dedicación comercial y financiera de los “equites, tras la aparición de la fundamental Tesis de Estado de Cl. Nicolet. Y también debiera haber matizado más cronológicamente su crítica a la teoría de la escuela anglosajona de la falta de motivaciones económicas para el imperialismo romanorrepublicano; en todo caso, siempre se debería distinguir entre interés económico de Roma, a secas, o de algunos romanos (véase, al respecto, el muy matizado libro de W. Harris, War and Imperialism in Republican Rome, Oxford, 1979), distinción capital para quien admita la definición del Estado de V. I. Lenin. Importante y erudito su capítulo sobre el nexum, con el gravísimo problema social de las deudas; aunque hubiera sido bueno extender la problemática a la República tardía, como ha hecho Crawford, con la obligada referencia a la crisis catilinaria. Correctas, en general, las páginas dedicadas a la producción artesanal y a los trabajadores de la misma; aunque su71GtqGJINIL._SL1400_ análisis de los institores (p. 222) debiera haberle hecho reflexionar sobre el falseamiento que supone para la concepción clásica del marxismo sobre el sistema esclavista (como han señalado bien, para un problema parecido en la Atenas del siglo IV a.C, E. Ch. Welskopf e I. Biezunska- Malowist, en Hellenische Poleis, I, Berlín, 1974, 27-91). El segundo volumen, algo más extenso (en paginación corrida, desde la 279 a la 646), está dedicado a la época imperial, sin duda dotada de una mucho mayor homogeneidad estructural; aunque aquí también sea muchísimo más necesaria la democratización de las provincias. Aquí, De Martino ha tratado la temática de dos maneras distintas; en una primera serie de capítulos (XIX a XXV) se analizan los diversos ámbitos económicos del Imperio (agricultura, industria, comercio y moneda), con una particular incidencia sobre la fuerza de trabajo humana, mientras que en una segunda serie (XXVI a XXXII) se trata del fundamental problema de la crisis de la economía romana y el Fin del Mundo antiguo. Un análisis pormenorizado de la muy rica doctrina contenida en estas páginas desbordaría los márgenes, siempre estrechos, de lo que es una reseña; por lo que me contentaré con unas cuantas observaciones, con frecuencia no sobre los aspectos más importantes. Así, por ejemplo, yo sigo teniendo serias dudas sobre el significado preciso de la famosa afirmación de Plinio (Naturalis Historia, XVIII, 6, 35): latifundio perdidere Italiam, que puede tener en el contexto una explicación política y no económica: habría sido la existencia de grandes fortunas fundiarias entre los senadores la causa de la envidia del poder imperial, que acabaría por provocar persecuciones políticas, destruyendo así a la aristocracia senatorial. Si aceptamos esta interpretación, el famoso texto pliniano dejaría de ser la prueba contundente de la crisis de la agricultura italiana por causa del latifundismo (véanse pp. 304 y ss.). El capítulo XXI, dedicado a las fuerzas de trabajo, con la finalidad precisa de demostrar la naturaleza esclavista de la economía del Alto Imperio, plantea una grave contradicción al afirmar De Martino (p. 365) su desconocimiento del mundo provincial —luego, en el capítulo XXXII, dedicado a las provincias, admitirá la escasa importancia del trabajo esclavo en la inmensa mayoría de las provincias—, pues, en esas circunstancias, ¿es factible discutir seriamente si el Imperio —que no solamente era Italia (!!)— era o no esclavista? En todo caso, seguimos pensando, con M. Mazza, entre otros, que el fenómeno esencial de la historia socioeconómica del Imperio será el de la progresiva igualación por la base de todos los tipos de trabajadores agrícolas, con independencia de su más o menos anacrónica definición jurídica. Y, desde luego, en trabajos de este tipo toda matización temporal y espacial es poca, a cuyo respecto seguimos considerando preferible la obra de la investigadora soviética E. Staerman, Die Krise der Sklavenhalterordnung im westen des romischen Reiches, Berlín, 1964. El poco aprecio del autor por los problemas del espíritu en relación con la economía le hace prácticamente olvidar, en el capítulo referente a la industria, las posibles motivaciones ideológicas y mentales para la falta de desarrollo tecnológico (cosa a la que volverá en pp. 632 y ss., con referencia al debatido problema de la esclavitud como causa de dicho bloqueo tecnológico). Pero sin duda que De Martino habría concluido de forma diferente si hubiese reflexionado más sobre las curiosas anécdotas del invento del llamado «vidrio flexible» (Petronio, Satiricon, 51; Plinio, Naturalis Historia, 36, 195), o la de Vespasiano, que rechazó un invento mecánico aplicable a la construcción para no producir paro entre la plebe libre de Roma (Suetonio, Vespasianus, 18). Es notable el esfuerzo desplegado por De Martino para tratar el intrincado problema de las devaluaciones monetarias a partir de Commodo y la relación evidente de éstas, como epifenómeno estatal reflejo de un fundamental déficit público, con la crisis de la economía imperial, seriamente agravada por una mayor presión en las fronteras, esa doble tenaza germano- sasánida de la que recientemente ha hablado el polaco J. Wolski. Y condividimos sustancialmente con De Martino su idea de que los dos fenómenos esenciales del llamado Bajo Imperio son la falta de mano de obra —de donde toda la legislación de tipo coercitiva y corporativa por parte del Estado— y la igualación por la base de los humildes con la formación de una amplísima base de campesinos dependientes, verdadero preámbulo de la Edad Media. Por desgracia, el larguísimo capítulo XXXI, «El Imperio y el mundo romano», no es más que una muestra de lo mucho que queda por hacer en este campo; mientras tanto, todo intento de hacer una historia económica de Roma no pasa de problemático y provisorio. El libro se termina con unos amplios índices de fuentes, materias y autores modernos. Este último de gran utilidad debido a las amplísimas bibliografías, algo comentadas y ordenadas temáticamente, que De Martino ha unido a cada capítulo de su obra. En estas últimas puede estribar una de las mayores utilidades futuras de este libro. En definitiva, un jalón importante en la moderna historiografía sobre la Antigüedad. Con él y su anterior Historia de la Constitución Romana, De Martino se ha ganado a pulso un lugar de privilegio en la historiografía contemporánea sobre el particular. Su traducción al castellano, y en una edición de precio asequible, no puede ser más que un acierto de la Editorial Akal. Aunque no podemos por más que lamentar un cierto descuido en la traducción del original italiano, que da lugar a posibles equívocos más o menos cómicos (v. gr.: arqueólogos por anticuaristas, con referencia a Varrón, p. 11; Fabio Pintor por Fabio Pictor, p. 29; rostros por espolones de proa, p. 49; sabios por ensayos, p. 296; Diocleciano por Domiciano, p. 318; trasegó por tragó, p. 429; surgió por subió, p. 467, etc.). Y esto sin contar las innumerables erratas en los nombres extranjeros —¡esa Mayen por la Maguncia castiza!—, particularmente extensas en alemán y griego. Una revisión más cuidada de la edición por un especialista en la materia, sin duda, las habría evitado en su totalidad.

[Luis A. GARCÍA MORENO. “Francesco De Martino: Historia económica de la Roma antigua, vols. I y II, Madrid, Editorial Akal-Universitaria, 1985, 716 pp.” (reseña), in Revista de Historia Económica (Madrid), Año IV, nº 1, 1986, pp. 209-215]