✍ Galileo herético [1983]

por Teoría de la historia

$T2eC16Z,!ykE9s7t)2NfBRcbVgQ88g~~60_58Hace ya algunos años que viene desmitificándose la presunta “revolución científica” que había tenido lugar en Europa en la segunda mitad del siglo XVI y la primera mitad del siglo XVII. De Crombie a Boas, de Vernet a Samsó se han subrayado los componentes medievales que se esconden en las aparentes innovaciones de Copérnico o Kepler. La triple tradición organicista, mágica y mecanicista incidieron muy directamente en los logros de los hombres de la ciencia de la Europa del siglo XVI. Desde esta óptica interpretativa habrá que esperar los “Principios matemáticos de la Fiosofí Natural” de Newton (1687) para ver reflejado un auténtico “giro copernicano” en la concepción de la ciencia. El cambio cualitativo real no se produciría hasta entonces porque nadie hasta Newton sería capaz de trasladar a la teoría matemática la acumulación de nuevas experiencias visuales. La revolución científica no sería, desde esta perspectiva, sino la aportación de un montón de insaciables “voyeurs” a la que el perfeccionamiento de la lente les permitiría ver más y mejor. Galileo, en esta interpretación, sería el hombre-puente que conjugaría la herencia de sus antecesores —Leonardo, Copérnico, Brahe y Bruno— y adelantaría el principio de que la naturaleza está escrita en lenguaje matemático, dinamitando la física de las cualidades y la estrechez y jerarquización del cosmos medieval. La desmitificación de la “revolución científica” ha salvado siempre a Galileo. El científico de Pisa ha tenido siempre muy buena prensa entre los historiadores, sobre todo desde las glosas románticas que suscitaron la edición de sus obras completas por Albari en 1852 o cuadros tan célebres como el de Banti: “Galileo ante la Inquisición”. Su célebre proceso en 1633 obligándole a retractarse ha pasado a la historia como una muestra expresiva de la incidencia represiva que sobre la libertad de pensar ha ejercido sistemáticamente la Iglesia como garante del pensamiento tradicional establecido, tiñendo de mala conciencia la ejecutoria eclesiástica que se ha visto obligada en años recientes a reconocer —con no poco retraso, desde luego— el tremendo error cometido al hacerle abjurar a Galileo de sus creencias. El “eppur se mouve” ha quedado como testimonio de la coherencia intelectual frente a la lógica del miedo, la íntima asunción de sus ideas por parte de un hombre condenado a mentir para sobrevivir. Un libro reciente del historiador milanés Pietro Redondi “Galilée hérétique” (Gallimard), ha venido a matizar, sin embargo, algunos de los puntos de apoyo de la hagiografía galileana. La tesis de Redondi pone el acento en las complejas intrigas de la Roma de las primera décadas del siglo XVII, con la escalada progresiva del poder de los jesuitas, que tras no pocas tensiones con diversos grupos de presión dentro del ámbito pontificio acabarán imponiendo sus criterios a través de figuras tan representativas como Delarmino o Grassi. La amistad que el Papa Barberini, Urbano VIII —Papa de 1623 a 1644— dispensó, en todo momento, a Galileo, según el citado historiador, distorsionó la naturaleza del proceso al científico pisano. La ideología del “Saggiatore” (1623) que perseguían los jesuitas no era el tan traído y llevado heliocentrismo, sino la física atomista, la teoría corpuscular de la luz que atentaba, presuntamente, contra el misterio de la Eucaristía, tesis que hubiera llevado irremisiblemente a Galileo a la hoguera de no mediar la estrategia envolvente del Papa sacando a relucir el fantasma del heliocentrismo, que había sido ya condenado en 1616 al incluir las obras de Copérnico en el índice de libros prohibidos. El 9782070704194-galilee-heretique-pietro-redondi_gexamen comparativo del “Saggiatore” (1623) y los “Discorsi” (1638) refleja la auténtica identidad de la renuncia galileana después del proceso: es la física atomista la gran víctima doctrinal de la retractación. En la tramoya del proceso más que la clásica y tradicional confrontación de las tesis astronómicas del heliocentrismo y aristotelismo, lo que se debatía era la controversia eucarística, en la que, imprudentemente, se había involucrado Galileo. La tesis de Redondi ciertamente es muy sugestiva y no tan revolucionaria como una lectura rápida del libro puede sugerir. El simplismo de la imagen de una Iglesia monopolísticamente escolástica, reaccionaria, ignorante, perseguidora de intelectuales liberales, laicos, progresistas, ya hace tiempo que es poco creíble. La “revolución científica” la hicieron hombres creyentes. Como dice Chaunu: “Hacía falta una fe extraordinaria en la promesa del ‘hecho a su imagen’ para concebir sin razón la matematización del mundo y, sin razón, arriesgarlo todo por ello y por el acto de fe pura en la total simplicidad, contra todas las apariencias del mundo, en la total racionalidad, contra la evidencia de los sentidos”. El papel de la Inquisición ante la ciencia también, ciertamente, viene siendo matizado. En la España “negra” de Felipe II, la obra de Copérnico figuraba en los estatutos de la Universidad de Salamanca y Diego de Zúñiga en 1584 defendía rotundamente que el sistema heliocéntrico no contradice las Sagradas Escrituras. Hasta el “Indice” de Antonio Zapata (1632), la represión inquisitorial de la ciencia española no fue, como ha demostrado López Piñero, especialmente grave. Y ello porque la Inquisición —y esto, tanto la romana como la española— se preocupó más que por la propia naturaleza del mensaje presuntamente transgresor del dogma, por la incidencia social del mismo en el mercado consumidor. Por ello, le atrajo más siempre la literatura que la ciencia, las lenguas nacionales que el latín, la identidad del mensajero que la del propio mensaje. La ciencia en el siglo XVI se movía con particular lentitud. La obra de Copérnico tardó 23 años en ser reimpresa. Las universidades, en buena parte, pasaron de largo de las innovaciones que iban produciéndose en el horizonte científico, unas innovaciones que, como decíamos al principio de este artículo, tardaron en despegarse de los lastres medievales. Ciertamente la represión eclesiástica sobre la ciencia sólo se produjo cuando la difusión de la ciencia, a través de las lenguas nacionales —el italiano de Galileo o el francés de Descartes— introducen la tan temida variable de la publicidad en la dinámica cultural. Sólo entonces la conciencia del peligro del libre pensamiento parece sensibilizar a la máquina inquisitorial. La diferenciación del multiforme pensamiento eclesiástico y la actitud de la Inquisición también es un hecho repetidamente constatado por los historiadores. Atribuir a toda la Iglesia una identificación con la actividad del Santo Oficio hoy no la puede sostener ningún historiador serio. Lo que merece un análisis en profundidad es la curiosa “jesuitización” de la Inquisición desde comienzos del siglo XVII, el desembarco en el Santo Oficio de la Compañía que había sufrido sobre todo en la década de 1580 una febril campaña por parte inquisitorial. Ahora bien, en la desmitificación del viejo y simplista conflicto bilateral de Galileo con la Iglesia, Redondi llega demasiado lejos. Galileo, para él, en definitiva no es sino el perdedor —en buena parte, por imprudencias personales— en la batalla de clanes que se 9788842090021debaten en la trastienda de la Santa Sede. El análisis minucioso de las entretelas cortesanas de Roma acaba por desfigurar el sustrato ideológico del proceso a Galileo. Es la misma tesis que difumina el papel de la Inquisición española en el proceso a Carranza, en cuanto que se responsabiliza del mismo a la animosidad personal de Melchor Cano contra el desgraciado arzobispo de Toledo o que convierte el proceso a fray Luis de León en una nueva batalla de clanes académicos en la Universidad de Salamanca. Ponerle nombres y apellidos a la Inquisición, siempre me ha parecido tan útil como necesario. Pero a veces la excesiva preocupación por las señas de identidad de los detentadores de las instituciones, acaba por ocultarnos la verdadera naturaleza del conflicto. Y sea la problemática del heliocentrismo, sea la ficción atomista la razón del proceso, la imagen de un Galileo forzado a una retractación de sus ideas en función del imperativo categórico de unos dogmas —físico os teológicos— establecidos constituye y seguirá constituyendo un triste ejemplo del irracionalismo dogmático de una Iglesia condenada a condenar la siempre peligrosa tentación de pensar.

[Ricardo GARCÍA CÁRCEL. “Galileo y la Inquisición”, in La Vanguardia (Barcelona), 4 de marzo de 1986, p. 34]