✍ Los pliegues de la tiara. Los papas y la Iglesia del siglo XX [1991]

por Teoría de la historia

los-pliegues-de-la-tiara-x-cortazar-y-espinoza_MLA-F-5057652371_092013«El Zentrum [partido alemán confesional católico y centrista que gobernaba en coalición con los socialdemócratas en Alemania, 1932], por su parte, se había visto envuelto en el desprestigio de la misma república. El caos económico, el paro y la inflación centristas no pudieron ser controlados por la coalición de socialdemócratas y centristas, dejando al país en manos de la propaganda y la demagogia hitleriana. En las elecciones de abril de 1932, el ascenso del nacionalsocialismo fue espectacular, dando fuerzas a la intimidación de los escuadrones del partido nazi, que se ocuparon de hacer desaparecer a numerosos políticos de la oposición política y sindical. No obstante, el golpe de mano de marzo de 1933 para alcanzar el poder por la vía parlamentaria, no se pudo realizar sin eliminar primero a los comunistas con la manipulación del Reichstag y, luego, aprovechando la presión de Roma sobre los diputados centristas [del Zentrum], que votaron la concesión de plenos poderes al líder nazi. La compensación a esta actitud de la sede vaticana fue la rápida firma del Concordato de 1933. Convencidas ambas partes de las ventajas que ofrecía el acuerdo, su negociación sólo duró ocho días. Los mandatarios nazis, a cuyo frente estaba el vicecanciller de religión católica Von Papen, se sorprendieron de encontrar una tan favorable acogida a sus intenciones concordatarias. Por parte vaticana el cardenal Pacelli, futuro Pío XII y que había sido nuncio en Munich y Berlín entre 1917 y 1929, condujo las apresuradas conversaciones, en las que resulta difícil creer que no surgieran elementos importantes de retraso o divergencia. Hitler, a quien el papa piropeó diciendo que era el estandarte más indicado contra el comunismo y el nihilismo, recibió con el concordato el mejor regalo que le podía hacer Roma para refrendar su golpe parlamentario». Fue Pío IX, en su Concilio Vaticano I, hacia 1870, quien inventó eso de que el papa debía ser infalible. La reacción de la iglesia católica a la revolución francesa o a la revolución industrial fue la involución dogmática: el papa tiene la verdad porque sí. El sucesor del infalible Pío IX, León XIII (1878-1903), apuntó buenas maneras gracias a su encíclica Rerum Norvarum, pero nada más. Los siguientes papas, salvo el breve y casi yeyé Juan XXIII, enquistaron y polarizaron los conflictos internos, confundieron el comunismo con el demonio, vendieron su alma a la flor y nata del fascismo europeo —Hitler, Mussolini, Franco y Salazar— y luego sonrieron a sus herederos latinoamericanos —Videla, Pinochet y compañía—, sofocaron todo intento eclesial por encontrarse con los obreros y la ideología marxista, siguieron buscando el favor de las burguesías y las clases dominantes, olvidaron del todo la espiritualidad y se concentraron en hacer su reino de este mundo. Ahí es nada. El Vaticano está muy lejos de poder ser identificado con las enseñanzas de Jesús. Su italocracia y eurocentrismo resultan sospechosos en una iglesia que debería ser universal. Los papas y cardenales son y han sido siempre en su mayoría italianos; de hecho, Wojtyla es el primer papa no italiano desde 1522. Por otro lado, los religiosos católicos de América, Asia y África no boxean en la misma categoría que los europeos: la opulenta y abstracta palabrería europea pesa más que las necesidades de revolución de los pobres de verdad. Además, en Roma gustan de las clases: no es lo mismo pertenecer al reaccionario Opus Dei que ser liberal y jesuita: Ratzinger y Juan Pablo miran mejor a los primeros; y también se ve bien eso de regodearse en el anquilosamiento: el Vaticano necesitó hasta 1965 para reconocer que se podía ser cura y obrero, o hasta 1992 para excusarse con el genial Galileo Galilei. En definitiva, la iglesia y su gerontocrática cadena de mando no invaden países al estilo made in USA porque no tienen suficientes guardias suizos; pero, entre la Curia, no falta quien piense que todo tiempo pasado fue mejor. En fin, que difícilmente habrá un papa negro —y no me refiero a uno jesuita—, o rojo, o amarillo con ojitos achinados, o que conviva con un varón o una mujer antes de seguir pontificando barbaridades sobre la familia, la sociedad o el sexo; sin embargo, doctores y teólogos no le faltan a la iglesia que, bajo pena de excomunión, apelen a lo contrario. Küng, Cardenal, Boff,… En cualquier caso, parece que la crisis demográfica del catolicismo terminará, tarde o temprano, por sepultar las intrigas palaciegas y abrir aún más el resquicio por donde penetró la teología de la liberación. Quizá la iglesia asuma pronto que no puede seguir siendo una transnacional que fija políticas de mercado en territorios nacionales ajenos al suyo. No hay desperdicio en este libro, todo es notable; aunque sobresalen los capítulos dedicados al catolicismo en América Latina y al papa Juan Pablo II. Fernando García de Cortázar y José María Lorenzo Espinosa son breves pero concisos y contundentes; nada está de más: todo párrafo es maná que llevarse a la boca. El libro resulta instructivo, ameno, consistente y muy bien escrito —juraría que el estilo es de García de Cortázar—. De todos modos, echo en falta un capítulo dedicado a las relaciones de la iglesia con las dictaduras latinoamericanas y española. En resumen: dado el nefando nivel humanístico de la educación escolar, he aquí una lectura que ayudará a subsanar tantos olvidos en las clases de historia de los padres salesianos, maristas, las monjitas auxiliadoras, los fieles del Opus Dei, etc.

[Rubén A. ARRIBAS. “Decadencia reaccionaria”, in Teína. Revista de análisis sociocultural (Valencia), nº 7, enero-marzo de 2005]

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