✍ Elogio del individuo. Ensayo sobre la pintura flamenca del Renacimiento [2000]

por Teoría de la historia

9788481096330En un escrito de 1945, del final de la Segunda Guerra Mundial, María Zambrano habló de un movimiento creciente de destrucción de las formas artísticas. «¿Qué era lo que quedaba destruido? La forma, la forma humana y la del mundo que el hombre había revelado por la “teoría”; la humanización del mundo. No se trata, pues, solamente de la representación de lo humano, de la idea del hombre representada en todas sus magnitudes y medidas, sino de una visión humanizada de la realidad». Una parte de la confusión en la que se haya sumida la producción artística contemporánea se debe a la incomprensión de lo que ha significado, en la historia, el proceso de humanización de la mirada del hombre. En otras palabras, se debe al desconocimiento de las ideas que han sustentado la tradición artística de Occidente. Como apuntaba nuestra gran filósofa, la ignorancia ha impuesto en efecto formas abusivas de deshumanización del arte, cuando no la tendencia a una mera destrucción de todo lo real. De los orígenes de ese laborioso proceso de humanización de la mirada trata el libro de Tzvetan Todorov (Sofía, Bulgaria, 1939), «Elogio del individuo». A lo largo de doscientas páginas, este sabio exiliado en Francia, ilustra un capítulo decisivo de la evolución de la pintura europea. En concreto se centra en el estudio de la silenciosa revolución que tuvo lugar en el arte pictórico en Flandes y el norte de Francia durante los siglos XIV y XV. Todorov es un escritor extraordinario. Experto en el humanismo europeo, proviene del campo de la teoría del conocimiento. Tienen sus escritos la amenidad de un George Steiner y la claridad del propio Umberto Eco, al que supera en profundidad y rigor. La tesis central del libro se resume en la convicción de que el Renacimiento europeo se caracteriza por la mayor importancia concedida al individuo concreto, al hombre de carne y hueso al que se le concede una importancia por sí mismo, al margen de tipos, de estratos o jerarquías. Paralelamente cambia la percepción del mundo material, otorgándose un valor único a cada momento, lugar, paisaje u objeto particulares y concretos. Pues bien, este cambio de mentalidad, se verifica antes que nada, antes incluso que en las concepciones filosóficas o teológicas imperantes, en el arte de la pintura flamenca y borgoñesa del cuatrocento. Todorov acomete su estudio desde una perspectiva histórica. En primer lugar, busca antecedentes en la antigüedad clásica, deteniéndose especialmente en los retratos egipcios de El Fayum. Después recorre el período medieval, de cuyo sistema de representación alegórico-simbólica es un gran conocedor. Todorov expone con claridad las importantes transformaciones que se producen en el terreno de la espiritualidad entorno al siglo XV, con la aparición de la llamada devoción moderna. La obra y el pensamiento de Kempis, Gerson y por supuesto Nicolás de Cusa son el trasfondo sobre el que se delinean los cambios en el arte de pintar. El antecedente inmediato de los grandes pintores flamencos del XV está conformado por los iluminadores de libros sagrados que trabajan en la última parte del siglo XIV: Coene, Hagenau, Paul de Limbourg, Jaquemart de Hesdin, etc. Hay una línea directa que une a estos artistas con los grandes retratistas de la367659130 generación siguiente. Todorov presenta la obra de tres genios: Robert Campín, maestro de Flemalle; Jan Van Eyck, de quien afirma que llevo la pintura a un estadio cuasi autónomo, y por último, Rogier van der Weyden. «Elogio del individuo» contiene una lección de método. Se puede discrepar de sus ideas, pero a Todorov se le entiende todo. No se queda en la enumeración descriptiva de particularidades más o menos insignificantes. Sabe lo que dice y por qué lo dice. Establece asociaciones elocuentes y audaces de los detalles de un cuadro con las ideas emergentes. No hay compartimentos estancos. Enseña a mirar los cuadros y, lo que es más importante, a que el lector se mire por dentro, se interrogue, desee acudir a los museos a comprobar las intuiciones y los razonamientos que desde los primeros párrafos le han cautivado.

[Álvaro DE LA RICA. “La invención del hombre”, in La Razón (Madrid), 18 de enero de 2007, p. 50]

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