✍ El fin de la Historia y el último hombre [1992]

por Teoría de la historia

fukuyamaSi nunca segundas partes fueron buenas, Francis Fukuyama no iba a ser una excepción. Aunque se trate de un Harvard-boy, el interrogante amenazador sobre el fin de la historia no ha resistido el envite de un libro; coló el artículo, distribuido generosamente por las rotativas periodísticas, pero tropieza ahora al subirse a lomos de un volumen. Derrotado el fascismo por las armas, caminando el comunismo en una vía pacífica hacia el capitalismo, el nipón-americano enterró la historia al son de barras y estrellas del jolgorio liberal y democrático. Se acabaron los ensayos de la revolución: la historia está echada y nada más inútil que perseguir cualquier otra posibilidad de cambio. Antes de enterrar a la historia y a la vista de algunas otras zozobras mundiales, Fukuyama ofrece como sucesores del comunismo a los nacionalismos y a los fundamentalismos religiosos, probablemente más inofensivos para él. De todos modos, la Europa poscomunista de los años 1990 puede respirar tranquila: no hay animal más agradecido que el convaleciente. Tiene el diagnóstico sus forofos, sobre todo en la derecha norteamericana, inquieta por clausurar el período de incertidumbre originado por la creencia en un desarrollo continuo e inesperado de la historia. No recibió, sin embargo, aplauso alguno de la asamblea de historiadores; antes al contrario, la ingenua sentencia del ex burócrata del departamento de Estado USA unió a éstos en defensa de su profesión amenazada. A pesar de que hay quien está dispuesto a excomulgar a Galileo para demostrar que aquí no se mueve nada, las aulas universitarias sufrieron algún temblor. Conservadora y pesimista, la tesis de Fukuyama ha promovido preguntas sobre la conveniencia de debatir los objetivos de la ciencia histórica. No podemos decir que haya intranquilizado mucho a la profesión historiadora, pero sí que ha puesto algunas incógnitas en la función social de la disciplina y sus oficiantes. El conocimiento de la historia y la labor de los historiadores están desde hace tiempo bajo sospecha de inutilidad social. Una mayoría de ellos se ha refugiado en un neopositivismo exagerado, creyendo que la indiferencia hay que rebatirla con un mayor aislamiento perfeccionista y con mayores acumulaciones de hechos. Se han escondido en el almacén de noticias sin oír a Voltaire: el secreto para aburrir consiste en contarlo todo. Falso cientifismo, que deja sin afrontar un posible cambio teórico y abandona la necesidad de renovar la identidad de la historia. No es sólo que los historiadores se vuelvan cada vez más desconfiados, desconocidos e inútiles. Que apenas aparezcan en público o que no participen nunca en tareas políticas, sociales o sindicales. Ocurre, además, que en sus congresos y reuniones y en cualquiera de las actividades oficiales parecen hacer gala de ello. Los diversos simposios no son más que pulsos de datos o alardes de erudición en los que se ocupan muy bien de ocultar los verdaderos problemas, teóricos y prácticos, los de la función social de la historia, los de la relación entre historia-enseñanza y formación ciudadana, etcétera. La historia es el encuentro / confrontación del hombre en sociedad con la naturaleza, del que va dejando huellas humanizadas. Pero es sobre todo la explicación de la relación hombre-hombre, de sus formas sociales de dominación / liberación, de su amor / odio, y del paso de unas a otras. Y es también la crónica de sus expectativas, esperanzas de cambio y mejora. La historiografía netamente positivista olvida estas consideraciones y se aplica en exclusiva a levantar actas notariales minuciosas de los hechos del pasado, confiando vanamente en que éstos hablen por sí solos. Si hubiera sido más consistente, la concurrencia de Fukuyama podría haber descolocado al gremio de historiadores hasta obligarse a amueblar de nuevo las galerías del pensamiento y a presentar una alternativa al fin de la historia, a ese pretendido consenso sobre la democracia liberal como forma final de gobierno. Primero fue Rostow, con Las etapas del crecimiento, ahora Fukuyama quien intenta dar una explicación de la evolución histórica de la humanidad, a través de un hilo que no sea la lucha de clases, ni el mero desarrollo económico y productivo. Tras un recorrido cultural de cuatrocientas páginas, se llega a la conclusión de que el hombre nada tiene que temer, el futuro no sólo está garantizado, sino que ya está alcanzado. Las desigualdades e injusticias económicas mundiales, que a Fukuyama le hubiera gustado ocultar, son presentadas no como fruto de la estructura organizativa de nuestra sociedad sino como herencia de un pasado liberal con esclavitud incluida. Documentado por el autor ya en Platón, el deseo del reconocimiento es el protagonista del libro: el progreso hacia la democracia responde a la necesidad de autoestima, al deseo imperioso de ser reconocido y valorado por los demás. A las dictaduras y a los regímenes autoritarios, por contra, les trae sin cuidado el aprecio popular. Fukuyama de nuevo rinde culto a la memoria y obra de dos filósofos que considera sus maestros intelectuales: Hegel y, sobre todo, Alexandre Kojève, oscuro pensador de los años 1930 que, sin embargo, habría encontrado las claves de las tesis ahora desarrolladas por el japonés de Chicago. Con tan ilustres padrinos, la teoría abandona la filosofía para refugiarse gustosa en la psicología política americana de la que extrae reflexiones sobre la competencia, la eficacia y la necesidad de aplauso. Poco más se dice en el libro. Muchos nombres, unos más repetidos que otros: Marx, Nietzsche, Newton, Hobbes, Maquiavelo, Tocqueville y una larga retahíla no exenta de apellidos españoles: Felipe II, Cortés, Pizarro, Adolfo Suárez y Juan Carlos I. En muy pocos pasajes los árboles permiten ver el bosque, pero en muchos se adivina el ambivalente pesimismo del autor que echa mano de Nietzsche para retratar al hombre del final de la historia como un ser carente de sentido trágico y dignidad. Algún remedio se puede rastrear, no obstante, al desasosiego y vaciedad del confort burgués alcanzado: la cohesión The_End_of_History_and_the_Last_Mancomunitaria aparece como salvavidas de esta burguesía cansada. Creando comunidades patrióticas, religiosas, políticas, lúdicas… no se sabe muy bien cuáles, el insatisfecho burgués del final de la historia sacude la pereza y exhibe lo mejor de sí en un loable impulso de autosuperación. ¿Cómo explicar, pues, el eco del libro, cuando sus propuestas -no la oda al liberalismo político y económico- son un amasijo ambiguo de divagaciones demagógicas y elitistas, cuando ni la propia noción del fin de la historia ofrece originalidad alguna, después de que Marx predicara el término del desarrollo histórico simultáneo a la implantación de la utopía comunista. Quizás el revuelo se ha producido porque la historia, que desde Kant se atrevía a pensar, estaba ahora sumida en la fiebre de lo menudo o lo erudito. La historia había dejado de ser un conjunto activo de conocimientos para convertirse en puro batiburrillo de datos inservibles. Por mucho que divague Fukuyama, el historiador sabe que el deseo de cambio es el gran artífice de la historia y que las transformaciones políticas de unos pocos países europeos no permiten festejar modificaciones espectaculares del eje de la tierra. Después de varios milenios de intentarlo sólo una persona de cada cinco cuenta, hoy, con las condiciones materiales y culturales suficientes para desarrollarse íntegramente: la gran mayoría está condenada a morir antes de tiempo. Más que al deseo de reconocimiento la historia deberá su vida a la utopía. En Debates por una historia viva, los historiadores de Deusto insistieron en la urgencia de recuperar la utopía, entendida ésta como ideal de mejora y camino hacia la perfección relativa. Las utopías que se esgrimen a las puertas del siglo XXI nada tiene que ver ni con el optimismo ingenuo de los renacentistas ni con el ensueño del socialismo; ahondan sus raíces en las imperfecciones del presente y ponen su esperanza en la posibilidad humana de cambio futuro. Una larga trayectoria de frustraciones y desengaños las ha hecho más terrestres y menos etéreas, más continentales y menos insulares. Del fondo común del pensamiento racional nace el deseo de transformación que emparenta con la utopía, así concebida. Desde el poder, legiones de Fukuyamas pretenden asesinar la utopía, haciéndonos creer que vivimos en el mejor mundo posible. Sólo habrá acabado, en verdad, la historia cuando consigan matarla. En el Medioveo europeo, la utopía política fue el sacro imperio; después de la revolución burguesa, los ideales se afiliaron a la libertad, la utopía por antonomasia. Prendido el credo socialista, el sueño se encarnó en la igualdad y los que, en la actualidad, bailan ante la pira del comunismo fanfarronean con otra utopía, la democracia. Pues bien, nunca hubo en la historia ni cristiandad universal, ni verdadera libertad, ni igualdad completa, ni mucho menos ese poder del pueblo que dicen ofrecer las democracias, acunadas por la abstención y el escepticismo. Todas han sido grandes utopías. ¿Por qué tirar la toalla y no poner, como hasta ahora, la meta en lo imposible?

[Fernando GARCÍA DE CORTÁZAR. “Fukuyama, F. El fin de la Historia y el último hombre, Editorial Planeta, Barcelona, 1992, 474 pp.”, in Ayer, nº 10, 1993, pp. 171-174]