✍ Los mongoles [1986]

por Teoría de la historia

38800703Hay que asumir la propia historia responsablemente, incluidas las salvajadas y las bajezas. Pero esto no debería llevarnos, como parece estar ocurriendo en los últimos años, a recuperar valorativamente, y a saborear con delectación, cualquier cosa, sólo porque es nuestra, como los rusos, que están recuperando al último zar, o los franceses a Luis XVI, o como los españoles no franquistas han recuperado, parece ser, la conquista de América. O como los mongoles. Porque, fruto de su perestroika, los mongoles, junto al antiguo alfabeto, junto al budismo y a los símbolos nacionales tradicionales, están reintroduciendo en la vida del país y en los manuales escolares a quien había sido visto hasta ahora por el régimen comunista -aunque con la boca pequeña- como imperialista, y que, por una sola vez en la historia mongola hizo que su pueblo se desbordara dominador fuera de la tierra de origen. Es decir, Gengis Kan. El libro de Morgan hace la historia de los mongoles, desde sus orígenes nómadas en las estepas de la Alta Asia hasta hoy. Naturalmente, el grueso de la obra se centra en la figura de Gengis Kan, uno de los más grandes generales y organizadores de la Historia (s. XIII), y en sus sucesores gengiskánidas (ss. XIII-XIV). Gengis Kan, cuenta Morgan, unifica a los mongoles (1206) y los lanza a la conquista del mundo: somete Xi Xia, la China norteña de los Jin, Kara Kitai, Juárezm y parte de Persia, Corea, arrasa al Cáucaso y el sur de Rusia… aterrorizando a Europa y a Asia. Tras su muerte en 1227, sus sucesores -entre quienes hay nombres tan ilustres como los de Batu, Ögödei, Kubilai- llegan hasta Indochina, Irak y Siria, fracasan dos veces ante Japón, someten el reino Song del sur de China, devastan Hungría, Rusia, Polonia, instauran dinastías, fundan Estados: los janatos Chagatai, Kipchak (o de la Horda de Oro), el Iljanato de Persia e Irake unifican China bajo la dinastía mongola de los Yuan. Luego -es el sino de los imperios territoriales-, el edificio mongol acabará desmembrándose; los distintos Estados se independizan. Los dominadores acaban asimilándose a los dominados, convertidos incluso al Islam, en particular en tierras persas y turquestanas, cuyos gobernantes, como Tamerlán, se dirán «herederos espirituales» de Gengis Kan. Los mongoles dejan tras de sí, ciertamente, como todos los imperios, una estela de sangre y destrucción en Asia y en una Europa que no había olvidado a vándalos y alanos, a hunos y a árabes. Sin embargo, el autor no olvida hablarnos de la excelente organización del Imperio, de su riqueza, de su seguridad y notable red de comunicaciones, de las tolerancia ideológica -desconocida en Europa en esos siglos-. Si saquearon Samarcanda, Cracovia y Moscú, dieron nuevo auge a Herát, a Dedu (es decir Beijing, o Pekín), a Karakorum. Los679547 historiadores y gobernantes europeos y musulmanes nos legaron una visión apocalíptica de la Pax Mongolica. Los viajeros, monjes y mercaderes -como Marco Polo-, restablecieron el equilibrio, describiendo positivamente, asombrados y admirados, la China mongola, centro del Imperio. A partir del siglo XV, los mongoles han quedado reducidos de nuevo a su tierra natal, convertidos al budismo lamaísta (s. XVII). Y nunca más volverán a salir de ella como conquistadores. Más adelante caerán en la órbita política de la Rusia zarista y de la China manchú (s. XIX). Independiente en 1911, en los años 1920 se instaura un régimen comunista, que pone fin a la teocracia lamaísta, y que en los años 1990 ha dejado paso a un régimen parlamentario. Todo esto nos cuenta el más bien discreto libro de Morgan, uno de cuyos méritos principales es ser un nuevo título y de los más aceptables en la reducidísima bibliografía en español sobre los mongoles.

[C. A. CARANCI. “Morgan, David: Los mongoles, Alianza Editorial. Madrid 1990, Alianza Universidad, Historia, 270 pp.” (reseña), in Revista Española del Pacífico, nº 3, 1993, pp. 215-216]

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