✍ El presente del pasado. Escritura de la historia, historia de lo escrito [2005]

por Teoría de la historia

el-presente-del-pasado-de-r-chartier-4898-MLA3895234462_022013-OEn las últimas décadas, los historiadores fueron convidados a reflexionar sobre sus propias prácticas. Lo hicieron de diversas maneras: analizando las mutaciones que transformaron la historia en los siglos XIX y XX; dialogando con los filósofos y los críticos literarios que les recordaban que toda historia, cualquiera sea, moviliza siempre las figuras de la retórica y de la narración, o proponiendo una profunda reevaluación de los conceptos y de las categorías que habían fundamentado los éxitos de la historia de las sociedades y de las mentalidades. En esta tarea compartida de ambos lados del Atlántico, los historiadores de la Universidad Iberoamericana y la revista Historia y Grafía desempeñaron un papel esencial. Inventaron formas y lugares de debates; contribuyeron decisivamente al conocimiento del trabajo de Michel de Certeau, de Paul Ricoeur, de Hayden White o de François Hartog por parte de los lectores de lengua española; ayudaron a vincular más estrechamente las experiencias historiográficas europeas y mexicanas. Dedicados a una discusión de las posibles definiciones de la historia cultural, a una confrontación entre la obra de Fernand Braudel y las prácticas historiográficas del presente, y a una lectura en forma de diálogo crítico del último libro de Paul Ricoeur, los tres primeros capítulos de este libro tratan de prolongar y enriquecer las reflexiones abiertas por mis colegas y amigos de la Universidad Iberoamericana. Cada historiador examina su práctica a partir de su propio campo de trabajo. A mi parecer, lo que da sentido a los análisis historiográficos o metodológicos es su capacidad de inventar objetos de investigación, de proponer nuevas categorías interpretativas y construir comprensiones inéditas de problemas antiguos. Por esa razón, este libro reúne cuatro capítulos dedicados a las prácticas de lectura y escritura en la primera Edad Moderna, entre los siglos XVI y XVIII, y hace hincapié particularmente en la España del Siglo de Oro. Tres interrogantes fundamentan estos estudios. En primer lugar, ¿cuáles fueron las mutaciones esenciales que transformaron a los lectores y sus lecturas?, ¿la invención de Gutenberg?, ¿el retroceso del latín?, ¿la creación de un mercado “popular” por las producciones de la prensa, ya sean los pliegos sueltos o los libros de la Bibliothèque bleue? Por otra parte, si los siglos XVI y XVII conocieron grandes progresos de la cultura escrita (inclusive dentro de las capas sociales analfabetas gracias a las lecturas en voz alta), ¿cómo pensar las relaciones múltiples y complejas entre los textos escritos, las palabras vivas y las imágenes?, ¿son lenguajes equivalentes que enuncian diversamente lo mismo?, o bien, ¿deben considerarse como lenguajes irreductibles investidos de competencias singulares y específicas, lo que justifica que sean empleados con diferentes fines y en diferentes circunstancias? Finalmente, ¿cuál fue el papel que desempeñaron las prácticas de la cultura escrita en las definiciones sucesivas, de Montaigne a Kant, de la dicotomía que sustrae los placeres y deberes de la existencia privada a los controles de la vida pública? Así pues, estos cuatro capítulos sugieren una reevaluación crítica de nociones e interpretaciones que dominaron nuestra comprensión de la Europa de la primera modernidad. Con un estilo propio, cada uno propone una revisión de una de las divisiones demasiado contundentes que opusieron el manuscrito y la imprenta, la escritura y la oralidad, lo privado y lo público, lo vulgar y lo discreto. Es una perspectiva semejante a la que inspiró el último capítulo del libro. Por cierto, los historiadores no tienen competencia alguna para profetizar el futuro y se equivocan a menudo cuando lo intentan. Sin embargo, pueden ayudar a una mejor inteligibilidad de las mutaciones del presente, al ubicarlas dentro de una historia de larga duración que permite medir más adecuadamente las transformaciones que viven con sus contemporáneos. En este sentido, el análisis de las “revoluciones” de la cultura escrita (la aparición del códex, la invención de la imprenta, las revoluciones de la lectura) pueden contribuir a comprender por qué y cómo la textualidad electrónica y el mundo digital en el que hemos entrado modifican profundamente nuestras prácticas y representaciones de lo escrito. Es, quizás, otra ironía de la historia que tal diagnóstico sea propuesto en las páginas de un libro que pertenece todavía a la galaxia de Gutenberg y cuya forma, la del códex, apareció en los primeros siglos de la era cristiana. Pero recordamos, así, que el pasado o, mejor dicho, los pasados plasman nuestro presente, aunque no lo sepamos.

[Roger CHARTIER. El presente del pasado. Escritura de la historia, historia de lo escrito. México: Universidad Iberoamericana, 2005, Prólogo, pp. 9-12]