✍ “Honor y Patria” [1945-1947]

por Teoría de la historia

UnknownBienaventurados los que se apasionan por la historia, bienaventurados porque pueden leer este texto, con sus tachaduras y sus añadidos, y las líneas inconclusas de un historiador que subordinó su talento naturalmente desenvuelto y un saber que el estudio volvió enorme, a las exigencias escrupulosas que la búsqueda de lo auténtico dicta a la conciencia moral. El destino de estas páginas, enterradas bajo legajos extraños, guardadas en cajas y en un sótano, transportadas por error a un lejano desván en el que el destino permitió que fueran halladas, hace pensar en el destino de esos mensajes cuya posteridad transfigura el recuerdo, al no poderse evaluar el alcance misterioso de la falta de conclusión. Una generación, casi dos, transcurrió entre el momento de un descuido y el del reencuentro. ¿Bastará ese lapso para hacer más audibles unas palabras que en tiempos pasados un autor se dirigía por lo pronto a sí mismo? El honor es una cuestión de todos los tiempos; la patria es una cuestión de todos los hombres. De estos capítulos, quizá el último quería dar una conclusión; el primero, en forma de nota preliminar, se ofrece como el único enteramente redactado, e incluso según dos versiones distintas, ¿y qué? – dirán-. ¿Lucien Febvre dispuso de más de diez años y pese a su rápida escritura sólo terminó la introducción? Pero, ¿acaso no es verdad que enunciar problemas es menos complicado que proponer vislumbres de respuestas? Y si Lucien Febvre lo hizo dos veces, ¿verdad que interrogarse acerca de temas tan graves ya pide semejantes precauciones adicionales? Aquí, cada palabra cuenta y el menor matiz merece atención. Veamos pues qué ocurre, al comparar la primera versión de la nota preliminar (“¿Honor, o Patria?”) con la segunda (“Honor y Patria”), distante en varios años. Tres líneas, tres comentarios: en la segunda versión, el adjetivo “pura” califica a “historia”. Si el título -“Honor y Patria”- no bastara, los desarrollos posteriores nos harían entender que la pura historia objetiva lo esencial; por variadas que se presenten las manifestaciones de sentimientos o de emociones bajo la férula de los acontecimientos, el hombre sigue siendo hombre. La tercera línea de ese primer párrafo, de brevedad significativa, no permite escapatoria alguna. En la primera versión, Lucien Febvre evoca “la curiosidad despertada por la vida”; seis palabras que la segunda no conserva: a ese grado Lucien Febvre concibe lo poco que vale esta trivial curiosidad comparada con el precio de “una meditación incitada por la muerte”. Lucien Febvre, todavía plenamente vigoroso, no emprendía su propia cuenta regresiva: piensa en compromisos y en muertes como los de los soldados cuyo destino lo conmueve, como los de Marc Bloch, el compañero respetado, que no menciona, y cuyo martirio consagró a su sobreviviente a la pena de tan grandes esperanzas perdidas. Porque ese “triste día de 1942” que inspira de pronto “la idea de este libro” Marc Bloch aún vivía, y con más ardor que nunca. Por lo tanto, no hay motivo para mencionarlo en esa fecha, so pena de anacronismo, aun si, después de un tiempo y pensándolo bien, será a partir de la muerte -de todas las muertes- cuando la meditación llame al historiador a cumplir las misiones que le dicta el pasado. La segunda versión conserva lo esencial de la primera, pero lo depura, y rechaza lo que le daría al historiador aires de erigirse en juez. Esta segunda versión conserva a “nuestros hijos y nuestros hermanos” así como la “salvación de la patria”; pero rechaza a los “cínicos calculadores” y la “astucia hipócrita”. Este segundo texto conserva todo el tiempo una “sorprendente predicación de decadencia”, pero deja de introducirla con un “por desgracia” acusador. ¡Cuántos escrúpulos y cuánta minucia al evaluar lo que hay que decir y lo que no! ¿Es eso lo que la pura historia requiere del historiador, que tiene la obligación de hallar la palabra justa sin permitirse ser juez? Detrás de tres palabras que escribió Lucien Febvre se juntaron treinta, de las que sólo conservó un décimo. Una tensión tan extrema hace brotar un cansancio cuyos venenos eliminará un tiempo de descanso, que Lucien Febvre aprovecha para entregarse a los juegos de metáforas brillantes o de evocaciones liberadoras. Su estilo nos gratifica entonces con un “San Miguel, esbelto y erguido bajo su armadura nielada”, o bien con un tiempo que “a la larga suelda, en el fondo de los fosos húmedos de las tumbas de la prehistoria, tantos objetos separados cuyo óxido forma ahora un solo bloque”. Y sucede que esta recreación se convierte en una re-creación, pues al fin y al cabo esos objetos soldados no son, justamente, sino “Honor-y-Patria”. Y cuando un pasado tan189299830_L lejano aflora, Lucien Febvre lo limpia y observa que esas dos “grandes palabras” no siempre han estado juntas. Entonces, la obra se orienta a partir de estos dos impulsos: el honor por un lado y la patria por el otro. Para contrastar, imaginemos a un historiador menos preocupado por la pura historia. Él diría que el 8 de noviembre de 1942 los aliados del pacto del Atlántico desembarcan en África del Norte, arrollando los contraataques vichystas. Añadiría que, en consecuencia, Hitler ordena la Durchmarsch y lanza sus motores hacia Tolón, donde la flota, antes que volverse prisionera, es hundida. Todos conocen la viveza con que Lucien Febvre consultaba planos y mapamundis, así como su interés apasionado por los trazos que seguían los estrategas. Pero ¿acaso fue necesario para ello explorar tanto los campos de la historia durante sesenta años? Cuando tanto se ha sondeado, cavado, extraído, se trata de un asunto mucho mayor; es el asunto de los hermanos enemigos y de su gran interrogación. “Esto es lo que me preguntaba yo en aquella triste mañana de 1942 en que supe, por una madre transida de dolor, que uno de sus hijos acababa de morir para defender lo que su hermano se dedicaba a destruir, él también a costa de su sangre, de ser necesario”. Dos hijos como tantos otros, cada uno luchando en su campo para exterminar al otro, porque ofrecerse a sí mismo en “oblación” es una cuestión de honor. La palabra oblación surge en uno y otro texto. La segunda versión -más épica al principio y más trágica después- introduce de modo más directo el fragmento que reproduce casi tal cual, para consagrar por medio de la misma oblación al honor y a la patria. “Debilidades, cálculos, impurezas, si los hubo, la muerte lo ha purificado todo. A los hombres que se entregan la oblación final les restituye su grandeza”. Lucien Febvre, sin decirlo pero no sin que lo sepa, prefiere, en lugar de “sacrificio”, la palabra que la Iglesia reservaba, desde el siglo XII, para la celebración del Crucificado. No creyente, el historiador de la pura historia reconoce en esta oblación el paradigma supremo de todos los sacrificios. “No hay hombre -prosigue para anunciar lo que le incumbe al historiador- que no halle en su corazón algún medio de ir más allá de sí mismo. No hay hombre, a ciertas horas, que no escuche también sus voces”. ¿No es verdad que la historia se eleva con toda pureza cuando ha nacido de una “meditación incitada por la muerte”, y, finalmente, con esa única condición? A lo largo de las páginas de ambas versiones, Lucien Febvre maneja una y otra vez imágenes que le llegan del pasado, del pasado de su país natal. Asimismo desgrana, sin adoptar ninguna, definiciones cartesianas o jurídicas de esas “grandes palabras” que, en efecto, no las pueden tener. Y como necesita, de todas formas, dar término a esa nota preliminar reveladora, glorifica una vez más el sacrificio supremo. Junto a Vercingetórix, el agrupador desafortunado de los carnutas vencidos, que César “injuria con bajeza y villanía”, Lucien Febvre coloca a los defensores de plazas indefendibles, también “colgados alto y rápido con ignominia” porque quisieron salvar el honor. Lucien Febvre no busca su problemática del lado de los precios y los quintales, o de los aparatos de guerra y los efectivos. El autor de Au coeur religieux du XVIe siècle encuentra su problemática en el “¿Tienes corazón?” de don Diego y sitúa en torno a esta cuestión “el impulso que arroja al hombre a los brazos de una mujer […] que liga al hijo con su madre y, a través de ella, con los otros hijos, sus hermanos”. Añadamos a estos impulsos los que devuelven a la tierra natal, “pestaña de los llanos” y “pestaña de los montes”, y henos aquí en el cristal de la pura historia: honneur_et_patrie_L25dime por quién, por qué te sientes dispuesto a entregar tu sangre o arriesgar tu vida, y te diré lo que es tu honor, tu patria. Al releer las dos versiones de la nota preliminar de Honor y Patria se podría creer, por unos detalles de corrección, que Lucien Febvre condenó primero lo que después excusó. Si se mira con mayor detalle, se puede pensar que el historiador, “que no es un juez”, empezó por valorar la disciplina antes de considerar que en tal caso más hubiera valido la indisciplina. Lucien Febvre hubiera podido aplicar esta problemática y este método a la dilucidación de otros problemas. Por cierto que lo hizo, aunque, por decirlo así, al sesgo, a propósito de Lutero o de Calvino, de Rabelais o de Margarita de Navarra. Esta obra, que su estilo habría transformado en capítulos cuidadosamente escritos, nos fue dejada aquí en forma de esquemas de lecciones no “escritas”, cada una tomando en cuenta a todas las demás, sólo que preparadas una por una, a partir de un diseño rápido y modificable, en la medida en que lo que parecía poderse exponer en una hora podía desbordarse a la hora siguiente; esquemas que, por lo tanto, dejan espacio para improvisar en función del público, quizá, pero seguramente en función de que la cosa dicha inspira al instante consideraciones complementarias, adicionales y a veces concluyentes, al grado de modificar el curso -al menos parcial- del razonamiento. A Lucien Febvre le gustaba hablar de “historia viva”; en estas páginas nos deja a veces un esqueleto, a veces los elementos de un esqueleto que acabarán de articularse a medida que se cubran de carne. Al leer lo que nos dejó Lucien Febvre dejamos que nuestra imaginación y nuestros saberes adquiridos corran y, según el talento y el ingenium de cada quien, completen esta obra de vida, entonces ésta se volverá un poco nuestra, pero nunca dejará de ser, antes que nada, la que engendró su procreador. Obra inconclusa, Honor y Patria nos enfrenta con el misterio de lo inconcluso, pero también nos ofrece una gracia, la de perseguir lo que no se puede concluir. Después de una crisis de angor, Lucien Febvre se decía, y decía: “mi libro está hecho”. Claro que estaba hecho, ya que lo heredamos del corazón resplandeciente que nos lo legó.

[Charles MORAZÉ. “Prefacio”, in Lucien FEBVRE. Honor y patria. Madrid: Siglo XXI, 1999, pp. 9-14]