✍ Europa. Génesis de una civilización [1944-1945]

por Teoría de la historia

9788484322528No tenemos manera de agradecer suficientemente a Brigitte Mazon. Le debemos este libro que reconstruyó a partir de los apuntes de Lucien Febvre para un curso que dictó en el Collège de France entre 1944 y 1945: Europa, génesis de una civilización. Documento invaluable para la historia de la historia, nos restituye lo que fue sin duda el esbozo de un libro sobre el continente europeo: “Europa es una civilización, nada hay más cambiante”, algo que necesita “tener siempre una mirada puesta en el universo”. Algunos pasajes de este texto fueron escritos entre 1940 y 1944. Lucien Febvre, nacido en 1878, tenía entonces 67 años. La distancia que nos separa de este texto es comparable a la que lo separaba de Michelet (que murió en 1874), a quien tanto admiraba. En pro de una lectura sana, olvidemos lo que sabemos de las dos ideologías gemelas y asesinas. En la correspondencia de Marc Bloch y Lucien Febvre (anterior a 1939), me llamó la atención el lugar ínfimo que mereció lo que hoy parece, a todas luces, esencial; he ahí lo que justifica el juicio de Lucien Febvre sobre “el anacronismo, pecado contra el Espíritu Santo del historiador”. Esbozó el tema Europa en 1939-1940 hallándose en Ginebra poco antes de la derrota francesa (cinco conferencias en abril de 1940): “Europa y el mito del buen europeo”, más tarde definido con mayor precisión como “Europa y el buen europeo: mito o realidad”. Brigitte Mazon escogió el título “Un tema «espinoso» para un público «misterioso»”. Con singular sobriedad Lucien Febvre se limitó a este comentario liminar: “Es vano hablar del interés presente, de la candente actualidad de estos estudios. Después de cuatro años a lo largo de los cuales, voces, a primera vista, tan poco europeas, repitieron tantas veces estas palabras, Europa, europeos, dejemos de insistir; abordemos el tema sin más explicaciones”. Presten atención al título, Europa: génesis de una civilización. No se dejen apresar por la palabra. Tres semidiosas a las que se le rinden honores: Europa, Asia, Libia. Europa se conformó con un pedacito de Grecia, sin el Peloponeso, a lo que siguió, doce siglos después, una aparición tímida, sin ningún relato, de la batalla de Poitiers (732). Europa nació de la cristiandad, una cristiandad ya escindida; los árabes distinguían los franjis de los rumis. La parte por el todo, los franjis, léase los francos, los cristianos latinos rivales de los rumis, romanos, por ende bizantinos, griegos ortodoxos. Europa, zanjó Marc Bloch, surgió en el momento en que se hundió el Imperio romano. El Imperio, cal vez, pero Pierre Riché y Michel Rouche alargan —y mucho— la entrega de la estafeta. Es cierto que una de las suertes de la pars occidentalis fue que no tuvo que arrastrar durante un largo milenio los fuegos de Bizancio y su agonía. Decimos Europa cuando nuestros antepasados decían cristiandad. Europa necesita a los turcos, a Cristóbal Colón, al mundo desenclavado, por ende, a Martín Lucero y las imprentas a lo largo del Rhin. Cristianitas Genuir Europa, Europa supone el Estado territorial, los campesinos parcelarios y las ciudades que nada deben a la ciudad de la Antigüedad: el agocamiento de las ciudades de la Antigüedad es responsable de la caída del Imperio romano. Me siento tentado a dedicarle la parte mayor al viraje hacia el mundo pleno (Concilio de Leerán IV, 1214-1215), por lo tanto al frente común del individualismo, de la introspección y del miedo al Juicio Final. Una Europa nacerá del sufrimiento de los espíritus y de los corazones, secreto de la grandeza verdadera y del progreso del saber. Lucien Febvre acata la feudalidad. Nadie se libra fácilmente del reduccionismo franco-francés de 1789, fecha de la segunda creación del mundo. Europa es también el Imperio de las Alianzas, borgoñón, de Carlos V y la búsqueda del equilibrio en el tratado de Wesfalia (1648); y primera cima en verdad vertiginosa, “la Europa de las Luces que masacró el nacionalismo francorevolucionario”. El tono de Lucien Febvre es inimitable, aún hoy nos cautiva: ese don de hallar testigos raros e insólitos. Remítanse a las páginas dedicas a “la Madre” descuartizada, magullada, de 1943, a inenarrables personajes como Tricornot (1744-1831), originario del Franco Condado, teniente coronel del regimiento de dragones, Schomberg y De Joliclerc, dicharachero impenitente cuyo patriotismo guillotinador de 1793 acaba con quien sea e894459530_L infunde el deseo instantáneo de unirse a los vandeanos de Monsieur de Charrecce. La lección XXII, es un colmo de lucidez: el gran momento de finales del siglo XVIII en que los franceses comenzaron a decir “Europa”, “humanidad”, donde sus padres decían cristiandad. Que diga Juan Jacobo que sólo ve a Europa y al género humano. No duró. La Revolución francesa mató a Europa: “La tierra de nuestros padres es Francia y no Europa”. Los franceses se dieron cuenta “en 1791, en 1792, en 1793: quedarse en Francia”, perseguir la fe de sus padres y, eventualmente, perder la cabeza. Añado tres millones y medio de muertos, precursores de muchos más (para 110 millones de europeos), consecuencia de la terca decisión revolucionaria y del Imperio a favor de la guerra y los milagrosos tratados de Viena, suma del perdón inteligente de los vencedores, precio de un siglo de paz, previo a la lastimosa guerra civil. Versalles ignoró la sabiduría de los tratados de Viena y la locura de los dos mayores genocidios de la historia se debe a una guerra tonta y a una paz saboteada. Desde entonces, el centro de gravedad de Europa se desplazó ad occasum en dirección de los Estados Unidos: ¿fue por azar?, ¿acaso fue un azar que Schuman, Adenauer, De Gasperi, fueran lotaringios que pudieron ser vasallos de Carlos V?

[Pierre CHAUNU. “Europa según Lucien Febvre”, in Istor (México), Año I, nº 2, otoño de 2000, pp. 135-137. Traducción del francés por Lucía Segovia]