✍ Les formes de l’expérience. Une autre histoire sociale [1995]

por Teoría de la historia

895477334_LLa historiografía francesa ha logrado desde los años treinta del presente siglo un notable desarrollo y alcance mundial. Gran parte de su éxito se ha debido a la institucionalización de la investigación histórica gracias, por una parte, a los Annales y, por otra, al Centro de Investigaciones Históricas de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales. Así lo reconocen historiadores de otros países. En 1990, Carlo Ginzburg, escribía: “en los últimos diez y quince años la revista Annales se ha convertido, por selección de temas y sus colaboradores, en una revista que se desarrolla verdaderamente en una óptica mundial” (1). Este éxito ha estado acompañado de fuertes críticas a las nuevas orientaciones (2). De estas últimas da cuenta precisamente Les formes de l’expérience.

I

El libro dirigido por Bernard Lepetit resultó de una serie de jornadas de discusión que organizó, en octubre de 1993, el Centro de Investigaciones Históricas de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales. Puede decirse que con este libro se da respuesta a un par de editoriales de la revista Annales. En el primero de ellos, escrito en 1988, los editores tras reconocer los éxitos después de sesenta años de investigación, aceptan que se enfrentaban ahora a un tiempo de incertidumbres debido, entre otras circunstancias, a que los paradigmas dominantes, el marxismo, el estructuralismo, así como los usos de la cuantificación, han perdido su poderes estructurantes; a la crisis de las ideologías, venidas a menos; y, a que los desarrollos multiformes de la investigación dificultan los consensos que “fundamentaban la unidad social identificándola con lo real”. Es hora pues, se agrega, de relanzar las cartas, de intentar despejar algunos puntos de referencia, trazar algunas líneas de conducta. La revista invita a los historiadores a contribuir con debates y sugiere que sean dos los temas centrales: las escalas de análisis y la escritura de la historia. El primero de ellos alude a la microhistoria. Sus logros y limitaciones. Se preguntan los editores: ¿cómo asegurar la articulación entre los niveles de observación, y definir las modalidades de generalización?. El segundo, remite a preguntarse sobre las capacidades demostrativas de la historia, su escritura y formas de argumentación. En este editorial se propende por una comunicación con otras ciencias sociales con las que la historia parece no haber estado muy acompañada: la filosofía política, la crítica literaria, la sociolingüística. Además conviene saber cuál es el uso que otros científicos sociales han hecho de la historia (3). En noviembre de 1989, Annales publicó una serie de artículos de orden metodológico. Ellos fueron la respuesta a la invitación de 1988. Los ensayos están precedidos por una nota editorial en la que se establecen lo que podría considerarse nuevos lineamientos de la investigación histórica. Allí se reivindica la importancia del acontecimiento, con el presupuesto de que toda sociedad está en un proceso constante de construcción de ella misma y que en el análisis de este movimiento se encuentra la única manera de romper con la insignificancia de los relatos de acontecimientos; se llama la atención sobre la importancia de las temporalidades múltiples de las realidades humanas; se advierte de las limitaciones de los estudios meramente cuantitativos que con frecuencia resultan en la reificación de las estructuras analíticas; se recuerda que la sociedad no es una cosa y que un buen número de científicos sociales ha abandonado los grandes modelos que por mucho tiempo dominaron las ciencias sociales: el funcionalismo y el estructuralismo. En su lugar se propone elaborar análisis en términos de estrategias porque ello permite reintroducir la memoria, el aprendizaje, la incertidumbre, la negociación en el corazón del juego social. Así mismo se llama la atención sobre los alcances de la microhistoria: no se trata de oponer micro y macroanálisis sino de profundizar en lo esencial, esto es, las formas de adecuación entre las preguntas, los métodos de estudio y la escala de observación de los fenómenos. “Cada escala informa sobre un nivel de explicación particular”. La microhistoria da cuenta de la diversidad de lo real y la exploración de tal diversidad “no puede pasar por la reducción del número de relaciones causales, o por la investigación de un hipotético principio racional único”. Finalmente, la nota editorial se pronuncia en contra de cualquier imperialismo de cualquiera de las ciencias sociales, en contra de la reducción a un discurso único y por lo tanto a favor de los estudios a partir de la especificidad de cada disciplina social. De estos análisis diferentes se obtienen ventajas: la confrontación de problemáticas y de prácticas recuerda el carácter experimental de todo trabajo de análisis social. Además, ¿cómo escapar a las tradiciones acumuladas y las categorías mentales recibidas? (4). Como se verá, algunos de los principios planteados en este editorial aparecen luego incorporados en los ensayos publicados en Les formes de l’expérience. Con el fin de mostrar que los ensayos incluidos en este libro significan propuestas novedosas de investigación, el director del mismo, Bernard Lepetit, las compara con los desarrollos historiográficos franceses en el periodo posterior a la segunda guerra mundial. Se pueden distinguir varias etapas en ese proceso. La primera, propia de los años cincuenta y sesenta, se caracteriza por visiones macroeconómicas, el estudio de las estructuras sociales, el análisis de conjunto de las tendencias seculares y coyunturas de corta duración. Ernest Labrousse y Femand Braudel son sus principales representantes. La segunda etapa corresponde a los años setenta y ochenta; su programa se presentó en el libro Hacer La Historia bajo el nombre de Nueva Historia. Se caracterizó por la incorporación de nuevos objetos de investigación: el cuerpo, la vida amorosa, los ritos de paso, las imágenes, los mitos, entre otros. El estudio de los llamados hechos objetivos, el estado de las fuerzas productivas, la sucesión de buenas y malas cosechas, la división del producto social, fue reemplazado por el análisis de lo que se puede considerar hechos subjetivos. Este cambio estuvo acompañado de una modificación de los esquemas temporales de referencia: la inercia de las categorías fundamentales de la cultura llevaba a prestar menor atención a la evolución o a la variación que a la eficacia de estructuras de larga duración, lo que algunos historiadores denominaron historia inmóvil. Variaron también las configuraciones interdisciplinarias. Abandono de las viejas alianzas con la geografía, la economía o la sociología y mayores acercamientos con la antropología a la cual “se le pedía menos repertorio teórico o metodológico y más un catálogo de objetos de investigación” (p. 11). Contra la unidad de método de la etapa historiográfica precedente, la llamada Nueva Historia reivindicaba la fecundidad de aproximaciones y de sistemas de explicación plurales, así como la virtud heurística de la ambigüedad de la noción de mentalidad” (p. 11 ). Un efecto de todo ello fue lo que con acierto François Dosse denominó la historia en migajas (5). El conocimiento histórico se parcela entre especialistas y se abandona una de las pretensiones de los fundadores de Annales: lo que Marc Bloch denominó la historia integral. No sobra agregar que tal práctica historiográfica tuvo efectos, a mi juicio negativos y perjudiciales, en la enseñanza de la historia. Abandonar el estudio de la historia por periodos para sustituirlo por temas. Como lo ha señalado Jacques Heers, tal empeño no tuvo éxito y “ya regresamos de esa moda” (6). Los trece artículos que conforman el libro cubren temas tan diversos como el ejercicio del poder en el Islam mediterráneo, la historia del pretendido derecho de pernada en el Occidente católico, las convenciones de la industria naval francesa a finales del siglo XIX, los magnates de Florencia a finales de la Edad Media, las relaciones entre9782226209047 clase y etnia, entre otros. Puede decirse que pertenecen a una tercera etapa de la historiografía francesa posterior a la Segunda Guerra Mundial. Allí se descubre un programa de investigación histórica cuyos puntos principales se pueden resumir así: a) La preocupación central se traslada de la historia de las estructuras y las mentalidades a las de las prácticas y las experiencias. Se renueva el papel de los actores sociales. En esta perspectiva, cada momento histórico, cada contexto, contiene la totalidad de sus armonías y comprende la definición del conjunto de su estructura histórica. b) La antropología, la lingüística, la historia toman distancia del estructuralismo incluso de la explicación causal y en su lugar prestan atención a la acción en su momento de desarrollo. Contra las determinaciones basadas en el habitus se insiste en la pluralidad de los mundos de la acción. A la racionalidad substancial de los actores económicos se opone la práctica de las convenciones y de los acuerdos. En el campo de las relaciones entre cultura y comportamiento social se está en contra de aquella corriente historiográfica que disuelve los comportamientos sociales en el idioma general del universo cultural en el cual se inscriben. A menudo los estudios hechos desde tal óptica no tenían en cuenta los comportamientos concretos de los actores sociales; las conductas se explicaban como resultado de un lenguaje cultural superindividual que se concebía era coherente en su conjunto (pp. 127-128). Los comportamientos particulares se interpretaban como expresión de una mentalidad colectiva. Un tema privilegiado es el estudio de las relaciones entre normas y conductas. Como lo advierte Simona Cerutti (p. 127) se trata de un cambio importante en relación con el paradigma hasta hace poco dominante. La relación entre normas y comportamientos solía ser considerada bajo las modalidades de imposición, ejecución o desvío. En el nuevo modelo la atención se desplaza a la capacidad de manipular que tienen los actores sociales. La reivindicación del tiempo corto. El tiempo histórico se realiza en un presente. Ayer como hoy, el presente de un individuo o de un grupo se define como una modalidad particular de acción entre un espacio de experiencias y un horizonte de espera. El pasado es un presente que se desliza (p. 280). Ahora bien, ¿constituyen estos planteamientos una nueva visión de la historia social, como lo indica el subtítulo del libro? ¿Es este libro la expresión de una nueva escuela de los Annales? El historiador Gareth Stedman Jones considera que aunque en estos ensayos se desconocen algunos conceptos de la llamada escuela de los Annales, tales como larga duración, mentalidad colectiva, determinación externa a los acontecimientos, no se puede decir con propiedad que se trate de una nueva visión de la historia. Y ello es así porque no es posible reconstruir la historia a partir de una categoría única: la de convención. Agrega Jones: los artículos del libro al poner el acento en el acuerdo termina siendo más un rechazo al estructuralismo que el punto de partida efectivo de una nueva visión de la historia (7). Por su parte los editores de Annales, en el mismo número en el que se publica el comentario de Jones, se apresuran a aclarar que “este libro no debe considerarse como la expresión de lo que sería el credo de una nueva escuela de los Annales o la nueva línea intelectual de la revista”. Y a continuación se agrega que el subtítulo, otra historia social, es sin duda demasiado ambicioso, en el estadio actual de su elaboración. En el libro se encuentran preocupaciones comunes pero también divergencias que Jones no ha subrayado suficientemente (8). Poca duda cabe, sin embargo, que en este libro se desarrollen varios de los planteamientos propuestos en los editoriales de 1988 y 1989 arriba mencionados y que me atrevería a calificar de nueva orientación intelectual de la revista. En su extenso artículo, Jones llama la atención sobre algunas debilidades de las propuestas presentes en Les formes de l’expérience, lo que se puede resumir en los siguientes puntos. En primer lugar, el acento en el voluntarismo y en el acuerdo en vez del conflicto. Tal énfasis, advierte el historiador inglés, no se ajusta a la comprensión de la historia en su conjunto. Y agrega que este tipo de análisis surge de estudios de sociología industrial para explicar sistemas previsibles de prácticas colectivas en países con régimen político estable, respetuosos de las leyes, democráticos y pluralistas, con elevado nivel cultural y cuya población está en capad dad de elegir entre variadas opciones de persuasión. Pero tal esquema no es el de otras sociedades y otras épocas. Por ejemplo, el caso de las sociedades fundamentadas en la esclavitud. En general, este esquema no es aplicable a las sociedades premodernas. Se podría agregar que aún en las sociedades modernas y llamadas democráticas, la posibilidades de acuerdo y el elección están condicionadas por circunstancias objetivas y por el creciente monopolio en el manejo de la información. En segundo término, no se incorpora el análisis de discursos. Si bien se afirma que la lingüística sausseriana va a ser reemplazada por la gramática de las situaciones, nada específico se discute sobre este particular. Este libro, comenta Jones, no se interesa en trabajos históricos sobre formas de discursos politicos lo que resulta paradójico si se tiene en cuenta que una de las tesis de uno de los ensayos es mostrar que en el campo francés los comportamientos demográficos de comienzos de la época moderna no pueden explicarse sino como una reacción a los discursos de la post Reforma y a su impacto en las prácticas de contraconcepción en el seno de las familias. Así mismo, se echa de menos una distinción entre historia social e historia política. En la medida en que los historiadores reunidos en esta obra se inspiran en la sociología de la acción es claro que sus preocupaciones invaden el terreno de la historia política. Y su preocupadón por justificar y explicar las convenciones los aproxima al campo de historia de las ideas. Pero en el libro, no se tienen en cuenta estudios desarrollados en Cambridge sobre el contexto de los lenguajes políticos (9), ni se presenta discusión alguna sobre la frontera entre historia social e historia política, ni caminos alternativos en las investigaciones de la historia de las ideas. Un tercer punto tiene que ver con lo siguiente. Esta nueva percepción que rechaza la determinación económica o cualquier otro tipo de determinación estructural y la reemplaza por la diversidad de los discursos y el análisis microscópico corre el riesgo de que su resultado final no esté bien armado para responder a las exigencias del análisis histórico. La concentración en las competencias de los actores y olvido de las estructuras, la insistencia en la libertad de que los individuos disponen gracias a sistemas de creencias contradictorias pueden conducir a ocultar una amplia gama de fenómenos para los que esta perspectiva voluntarista no ofrece instrumentos de análisis. El hecho de que en el interior de las variadas formas de discursos políticos y religiosos se articule una amplia gama de emociones humanas ayuda a explicar por qué cualesquiera sean los recursos y las competencias de los actores individuales esas emociones (fobias de contaminación, temores de la corrupción y perversión de la virtud, revuelta contra la exclusión, fijaciones obsesivas sobre el honor) llegan a predominar y perdurar. No obstante estas críticas, Jones reconoce que esta serie de ensayos contribuyen a restaurar y reafirmar la autoridad moral e intelectual de la historia. En efecto en los últimos veinticinco años el estructuralismo y el postmodernismo habían desafiado el papel de la historia como ciencia del cambio. El primero con el énfasis en lo que permanece y no cambia y el segundo al reducir la historia a un mero discurso sin referencia real alguna y una cuyas finalidades centrales era el simple placer estético. Además, se ha ido recuperando la visión optimista que por mucho tiempo ofreció el texto de historia sobre el desarrollo mismo de Europa: “el resurgimiento bajo formas nuevas de ciertos malestares, y odios racistas y nacionalistas han contribuido a recordarnos la urgencia de restaurar y reafirmar la autoridad moral e intelectual de la historia. Les formes de l’expérience representa una primera etapa bienvenida en ese proceso” (10).

II

Las propuestas metodológicas arriba comentadas y recogidas en este libro no son por supuesto exclusivamente francesas. Desde hace varios años se han venido poniendo en práctica por historiadores de otros países. Su más notable resultado ha sido el desarrollo de la microhistoria y la biografía. Carlo Ginzburg y Giovanni Levi en Italia; Natalie Davis, en Estados Unidos; Jaime Contreras, en España son algunos de los historiadores que han escrito obras en esa perspectiva (11). Lo que estos autores muestran es la manera como los individuos producen y organizan el mundo social. Se trata de examinar a pequeña escala la acción, las estrategias del poder, y la relación entre determinación y libertad. Como lo anota Giovanni Levi, la libertad de acción no es absoluta, está cultural y socialmente determinada, pero “ningún sistema normativo está, de hecho, tan estructurado como para eliminar toda posibilidad de elección consciente, de manipulación o de interpretación de las reglas de negociación. Me parece que la biografía constituye, a este respecto, el lugar ideal para verificar el carácter intersticial de la libertad de que disponen los agentes, así como para observar la manera como funcionan en concreto unos sistemas normativos que no dejan de tener contradicciones” (12). El libro de JaimeContreras Sotos contra Riquelmes ha mostrado que en la lucha por el poder local, en los enfrentamientos familiares y religiosos de las ciudades de Lorca y Murcia, en el siglo XVI, “los grupos no anulaban a los individuos y la objetividad de la fuerza de aquellos no impedía ejercer una trayectoria personal” (13). Por otra parte, estas historias locales permiten examinar la heterogeneidad en el desarrollo de grandes procesos históricos. Giovanni Levi recuerda que la micro historia permite, entre otras cosas, mostrar que en la formación del estado moderno, el proceso no consistió tan sólo en la puesta en práctica por parte de las comunidades locales del modelo de gobierno y poder que procedía del autoridad central. El estado también surgió de los conflictos en aldeas y regiones; estas realidades locales también contribuyeron a condicionar el desarrollo de las unidades nacionales (14). Los historiadores tienden, pues, cada vez más, a analizar la lucha por el poder en el plano de la fábrica, de la escuela, de la familia. Además, el estudio que se ocupa del caso singular, el episodio particular, al moverse a escala más reducida, permite estudiar lo vivido, impensable en otro tipo de historiografía. Por eso, agrega Ginzburg, proponemos que se defina la microhistoria y la historia en general como ciencia de lo vivido (15).

III

Podría pensarse que este tipo de historia, basada en las experiencias vividas y en el análisis a pequeña escala, pone en duda un propósito central de los fundadores de la revista Annales y de sus primeros directores. Me refiero la pretensión de que la historia fuera una disciplina que diera cuenta de la sociedad en su conjunto. Es decir, lo que se ha dado en llamar historia global. Tras la lectura del libro Les formes de l’expérience surgen preguntas como estas: ¿cómo insertar los resultados de las microhistorias en el marco de una historia general?, ¿se invita, acaso, a abandonar la pretensión de una interpretación coherente del cambio histórico?, ¿en qué queda el propósito de Henri Berr, de quien Fernand Braudel reconoció como unos de los inspiradores de la revista, de hacer de la historia una disciplina de síntesis? (16). Para comenzar, conviene precisar los alcances y limitaciones de la microhistoria. Esta, según la noción propuesta por uno de sus practicantes, se “basa en esencia en la reducción de la escala de observación, en un análsis microscópico y en un estudio intensivo del material documental” (17). A este respecto resulta útil la distinción propuesta por Brad Gregory entre microhistoria episódica y microhistoria sistemática. De la primera, el ejemplo típico es El queso y los gusanos de Carlo Ginzburg. Allí se procede por medio de un detallado examen de un caso o de un “episodio parenemente menor para iluminar aspectos de una sociedad y una cultura a cuyo conocimiento es difícil acceder por medio de los métodos históricos convencionales. La segunda, es una manera nueva de escribir la historia social. La obra de referencia es La herencia inmaterial, de Giovanni Levi. Este tipo de estudio busca la reconstrucción de las relaciones individuales y familiares en un contexto geográfico necesariamente restringido, con base en fuentes de archivo suficientemente densas, como lo son informes notariales, registros parroquiales y testamentos. La historia social sistemática cuando busca conocer la interacción humana vivida debe hacer microhistoria (18). En cualquiera de los dos casos, tal como lo consideran los practicantes de la microhistoria, no se trata simplemente de ilustrar en una escala menor las particularidades de un proceso general con el fin de comprobar su desarrollo o la excepción a una regla. Como lo expresa el mismo Ginzburg: “en ningún caso la microhistoria podrá limitarse a verificar, en la escala correspondiente, reglas macrohistóricas (o macroantropológicas) elaboradas en otra parte. Una de las primeras experiencias del estudioso de la microhistoria es, de hecho, la escasa y a veces nula relevancia de las divisiones elaboradas a escala macrohistórica” (19). Natalie Davis, por su parte considera que si bien el relato microhistórico debe mantener un intercambio con la macrohistoria, no es una simple concreción o versión suya. “El caso aislado sometido a estudio no es el grano de arena en el que se resume el mundo, sino un bloque de poder local que recibe la influencia y las señales de otros bloques y de otros centros de poder institucionalizados” (20). Bernard Lepetit y Jacques Revel (ambos autores de ensayos en Les formes de l’expérience) precisan los alcances de la microhistoria y su relación con la llamada historia global, un escrito en respuesta al historiador ruso Youri Bessmertny. Este acusaba a los historiadores vinculados a Annales de renunciar al programa de historia global que durante mucho tiempo ha identificado la revista (21). Lepetit y Revel juzgan que no ha habido un abandono de la historia global sino un reformulación del proyecto. Consideran estos dos historiadores franceses que no debe mirarse como simple casualidad que la puesta en duda de una historia global haya coincidido por una parte con la diversificación de lo que se consideraba el territorio del historiador, y por otra, con el debilitamiento de los grandes paradigmas de las ciencias sociales: el marxismo, el estructuralismo y el funcionalismo. Se preguntan, a continuación, si la duda que, durante esos mismos años, ha invadido nuestras sociedades, enfrentadas a formas de crisis de las que no sabían dar cuenta, no ha contribuido a difundir la convicción de que el proyecto de una inteligibilidad global de lo social no tenía porvenir por lo menos provisionalmente. Tales cambios han podido dar el sentimiento de un abandono de la historia global. Notan, sin embargo,que “esta renuncia ha tenido contrapartidas que no son del todo negativas: el acento se ha desplazado hacia los procedimientos del trabajo histórico, la atención se ha concentrado en la construcción del objeto y en las condiciones de la experiencia”. El resultado de estos desplazamientos ha sido la vitalidad de la microhistoria. Sólo que en el nuevo método han cambiado la hipótesis. Por mucho tiempo los estudios de caso partían del presupuesto de la continuidad esencial, de lo social. Las monografías constituían especie de zócalo de una historia social general; para cada una de ellas, el problema no era el de la escala de observación sino la representatividad de la muestra en relación con el conjunto de la sociedad. Ahora, agregan los autores del artículo, la hipótesis es inversa. “La elección de una escala de observación no es solamente, ni incluso principalmente, hacer aparecer un objeto más pequeño o más grande. Se trata de transformar el contenido de la representación, es decir la elección de lo que es representable. Lo que interesa es la naturaleza misma de los contextos, la morfología social, las modalidades de las interacciones y el espacio permitido a los autores y sus estrategias que, cada vez, se recomponen. Lo que es importante es el principio de variación, no la elección de una escala particular. En conclusión, escriben Lepetit y Revel, no se trata de un juego, ni del abandono de una historia global sino más bien de una reformulación del proyecto. Este ya no se considera en términos de extensión, de acumulación sino de profundización, de dar cuenta de lo sociedad en una complejidad mayor. Para ilustrar lo dicho se menciona como ejemplo la construcción del estado moderno. Se trata de un macroproceso que puede estudiarse a partir de sus instituciones, de recursos, de eficacia. También se le puede analizar en términos de las formas de adaptación, de negociación, de desvío. Los dos tipos de análisis son por igual verdaderos, pero ninguno es por completo satisfactorio. El artículo mencionado termina con dos conclusiones que justifican la importancia de la microhistoria. Primera, cualquiera sea el nivel de análisis, lo que se debe captar es el conjunto más completo de interacciones y por lo tanto hay que hacerlo, en lo posible a todos los niveles. En segundo lugar, no basta la acumulación de resultados que se contenta con la yuxtaposición, la adición y el término medio (22). De estos puntos de vista queda claro, en primer lugar, que no se trata de oponer microhistoria a macrohistoria. Que la una es más bien complemento de la otra. En segundo lugar, que el análisis de la experiencias y las prácticas en un ámbito reducido de observación permite en esa escala un análisis global, más denso, más profundo del que se puede obtener en los estudios generales. En la medida en que el acento se pone en las prácticas, las estrategias, las experiencias, la acción de los protagonistas, lo que Lepetit subtitula nueva historia, es también una respuesta al fraccionamiento del conocimiento histórico, pues se trata ahora de examinar de la manera más completa posible la acción de los individuos y los grupos en la sociedad. En tercer lugar, es una reivindicación del cambio histórico. Los comportamientos, las conductas que cierta historiografía de los años setenta explicaba como efecto de una mentalidad colectiva de larga duración, ahora son interpretadas de manera diferente: los sujetos sociales le dan forma con su experiencia a los legados históricos, los transforman, los manipulan incluso. Como se indica en uno de los editoriales de Annales arriba mencionado la concentración en los fenómenos de larga duración tiene el riesgo de olvidar los procesos mediante los cuales sobreviene lo nuevo (23). Ahora bien, reconocer las ventajas de la historia de las experiencias, y de la microhistoria no debiera llevar a exagerar sus alcances y a pasar por alto sus limitaciones. He aquí algunas de estas, según el balance presentado por Brad Gregory (24). La antropología de la interacción, propuesta por el antropólogo noruego Frederik Barth, ha servido de inspiración a historiadores como Giovanni Levi. Según Barth a partir de una descripción precisa y completa de todas las conductas sociales observables en determinado contexto de competencia o de conflicto en el nivel de las interacciones individuales, se puede buscar un modelo generativo capaz de explicar los procesos que produjeron cualquier manifestación. Pero uno puede dudar si este modelo, en la práctica, podría dar cuenta de todas las acciones y decisiones humanas a las cuales se les puede aplicar y aún mantener su poder explicativo. Este modelo es útil para responder ciertas preguntas, por ejemplo, las relaciones familiares con la tierra y con la herencia en una aldea relativamente homogénea, como era el caso de Santena a finales del siglo XVII, según el estudio de Levi en La herencia inmaterial. Pero parece mucho menos prometedor para responder a otras cuestiones, tales como las que se refieren a la afiliación religiosa y al carácter del compromiso religioso en la Europa del siglo XVI. Quedan dudas si el análisis microhistórico logra interpretar los grados cambiantes del compromiso religioso a lo largo del tiempo. El modelo generativo no puede explicarlo todo: desde el entusiasmo con que se acoge una determinada doctrina hasta su violento rechazo. Otra limitación se refiere a las fuentes. Vale la pena preguntarse hasta qué punto las estrategias de los protagonistas son resultado de las fuentes mismas que es posible consultar. Hay que ser cauteloso y no pretender reconstruir la experiencia sobre la base tan sólo de informaciones demográficas, financieras y familiares. Sobre todo cuando no siempre es posible escuchar las voces de los protagonistas. Con frecuencia sus vidas fueron mucho más complejas y multifacéticas de lo que se permite conocer. Los documentos seriales de archivo no proporcionan el mismo detalle, matiz o sentido de la vida que se vivía en el siglo XVII. Otro problema tiene que ver con la representatividad de los casos que se investigan, lo que es particularmente pertinente en lo que arriba se definió como microhistoria sistemática. Aunque, como ya se dijo, la preocupación central para los microhistoriadores no es la representatividad por cuanto lo que interesa es la profundidad del análisis, sin embargo no deja de ser un asunto de pertinencia. Por ejemplo, cuando Giovanni Levi dice que la aldea de Santena es un pueblo normal, y que el relato es una historia corriente, tal afirmación necesariamente depende de un contexto más amplio y comparativo. Los microhistoriadores deben, entonces, reconocer el carácter restringido de sus investigaciones. Si una aldea específica ha de decirnos algo más que de ella misma, y los microhistoriadores sistemáticos busca precisamente eso, entonces se debe suponer, saber algo, sobre modelos más amplios. Finalmente, ¿cómo resolver la reconceptualización de los fenómenos de largo plazo y de gran escala? Los historiadores continúan preguntándose sobre amplias regiones geográficas, sobre procesos que cubren siglos y sobre instituciones cuya realidad parecería extraño examinar en términos estrictamente microhistóricos. Gregory ilustra su punto de vista con el mismo ejemplo utilizado por Lepetit y Revel: el moderno estado nación. El historiador norteamericano muestra, como lo hacen los dos historiadores franceses, que el análisis microhistórico sirve para iluminar los grandes procesos, que el desarrollo y extensión del estado fue un asunto titubeante, disputado, resultado no programado de innumerables interacciones sociales individuales en el nivel local, aunque no por eso se vio disminuido su poder institucional real. Es decir que de los estudios locales no podemos inferir que el estado fuese más débil. Lo que se pude concluir más bien, según Gregory es que los análisis microhistóricos no pueden explicar de forma adecuada el poder del estado así ellos con razón observen el carácter contingente de cada uno de las innumerables dificultades que el estado tuvo y sigue teniendo para mantenerse.

IV

Como ya se dijo, los ensayos que forman parte del libro Les formes de l’expérience coinciden en privilegiar el papel de los individuos, sus acciones y estrategias por encima de las estructuras. Se trata de una reacción contra aquellas explicaciones que prescinden de los sujetos, y todo lo reducen a las fuerzas impersonales, expresadas ya sea en las condiciones materiales o institucionales o que se limitan a los análisis puramente discursivos. En este sentido, se puede decir que la microhistoria reivindica el acontecimiento en contra de tendencias posmodernistas. Así lo expresa Giovanni Levi: la investigación histórica no es una actividad puramente retórica o estética y una contribución específica de esta escuela a la historia radica precisamente en rechazar el relativismo, el irracionalismo, y la reducción de la obra del historiador a una actividad puramente retórica que interpreta textos y no hechos en sí mismo (25). Tampoco se trata de desconocer la presencia de condiciones materiales que los individuos no siempre controlan por sí mismos. Federico Engels en el siglo pasado había interpretado la relación agente fuerzas sociales en los siguientes términos: son los mismos hombres los que hacen la historia, aunque dentro de un medio dado que los condiciona, y a base de las relaciones efectivas con que se encuentra (26). A este propósito de la relación entre estructura y acción conviene, por su utilidad, tener en cuenta lo planteado por Christopher Lloyd. Tras un examen de las distintas metodologías de la historia social, este historiador recomienda acoger lo que se denomina la metodología estructurista relacional. Comparten los principios de esta tendencia historiadores de Annales, algunos sociólogos e historiadores marxistas, algunos weberianos y la sociología figuracional de Norbert Elias. Los principios metodológicos del estructurismo, término este acuñado por Anthony Giddens, los resume Lloyd así:

  • Se otorga un lugar central al agente humano quien posee poder social estructurante.
  • Ni el agente humano, ni la sociedad tienen primacía. Cada una se forma por medio de prácticas constantes.
  • Las instituciones son prácticas sociales estructuradas que tienen una amplia extensión temporal y espacial. La estructura entendida como relaciones institucionalizadas es el resultado de prácticas sociales que ella organiza.
  • La conducta social y la estructura social son fundamentalmente temporales y localizadas en un espacio determinado.
  • Las fuerzas del cambio social se deben buscar en las interrelaciones causales entre acción, conciencia, instituciones y estructuras.

En esta perspectiva la estructura y la acción no son polos de la sociedad sino momentos en una dualidad dialéctica. Sin embargo, concluye Lloyd, dentro de la unidad fundamental, las aproximaciones y teorías de estos historiadores son bien diversas, como se puede concluir de la lista arriba mencionada de quienes comparten esta metodología (27).

NOTAS. (1) Citado por Youri Bessmertny, “Les Annales vues de Moscou”, in Annales, Economies, Societés, Civilisations (AESC), janvier-fevrier, nº 1, 1992, p. 245. (2) Kelly Mulroney comenta a este propósito: “Probablemente no hay otra gran revista cuya identidad e historia hayan sido tan ampliamente discutidas, admiradas por unos y criticadas por otros. Annales se ha convertido en un ícono de la profesión histórica”, in Discovering Braudel’s Historical Context. History and Theory, vol. 37, nº 2, 1998, p. 260. (3) Véase: “Histoire et sciences sociales. Un tournant critique”, in Annales, ESC, mars-avril, nº 2, 1988, pp. 291-293. (4) “Tentons l’éxperience”, Annales, ESC, novembre-décembre, nº 6, 1989, pp. 1317-1323. (5) F. Dosse, La historia en migajas. De Annales a la “nueva historia”, Valencia, Ediciones Alfonso el Magnánimo, 1988, especialmente capítulo III. (6) Jacques Heers, La invención de la Edad Media, Barcelona, Editorial Crítica, 1995, p. 24. (7) Gareth Stedman Jones, “Une autre histoire social?” (note critique), in Annales, Sciences Sociales, mars-avril, 1998, nº 2, pp. 383 y 392. (8) Ibídem, p. 393. (9) Jones se refiere a las siguientes obras : J. G. Pocock, The Machiavellian Moment: Florentine Political Thought and the Atlantic Republican Tradition, Princeton, 1975; J. Dunn, Political Obligation and its Historical Context, Cambridge, 1990; L. H. Tully (director), Meaning and Context: Quentin Skinner and his Critics, Princeton, 1984; G. S. Jones, Languages and Class, Cambridge, 1983. (10) G. S. Jones, “Une autre Histoire Social?”, p. 392. (11) De Ginzburg, El queso y los gusanos. El cosmos según un molinero del siglo XVI, Madrid, Muchnik Editores, 1981; Giovanni Levi, La herencia inmaterial. La historia de un exorcista piamontés del siglo XVII, Madrid, Editorial Nerea, 1990; Natalie Davis, El regreso de Martin Guerre, Barcelona, Antoni Bosch Editor, 1984; Natalie Davis, Women on the Margins: Three Seventeenth Century Lives, Harvard University Press, 1995; Jaime Contreras, Sotos contra Riquelmes. Regidores, inquisidores y criptojudíos, Madrid, Anaya y Mario Muchnik, 1992.  (12) Giovanni Levi, “Les usages de la biographie”, in Annales, ESC, november-december, nº 6, 1989, pp. 1333-1334. (13) Jaime Contreras, Sotos contra Riquelmes, p. 30. (14) G. Levi, La herencia inmaterial, p. 197. “La fuerza del estado es el fruto del papel del centro que los grupos dominantes han debido y podido confiar al poder central, según su capacidad hegemónica y sus orientaciones económicas. Sin embargo, queda infravalorada la enorme diversidad de las situaciones periféricas sobre las que el Estado ejerce su propio poder ; y también de los condicionamientos que se derivan de él. La función de los notables locales como mediadores entre periferia y Estado es un aspecto fundamental de la realidad política en muchas naciones modernas y es uno de los aspectos en los que en este libro pretende detenerse”, Ibídem, p. 198. (15) Carlo Ginzburg y Carlo Poni, “El nombre y el cómo: intercambio desigual y mercado historiográfico”, in Revista de Historia Social, Valencia, nº 10, 1991, p. 69. (16) F. Braudel, “Personal Testimony”. The Journal of Modern History, vol. 44, nº 4, 1972, p. 456 y siguientes. Braudel cita las siguientes palabras de H. Berr: “El Collège de France no ha ofrecido instrucción alguna en historia filosófica ni siquiera en historia general. Historia literaria, historia del arte, de la filosofía, del derecho, historia económica- todas se enseñan allí; muchas historias se enseñan pero nadie enseña historia”, p. 458. (17) Giovanni Levi, “Sobre microhistoria”, in Peter Burke (ed.), Formas de hacer historia, Madrid, Alianza Editorial, 1994, p. 122. (18) Brad Gregory, “Is small beatiful? Microhistory and the History of Everyday Life”, in History and Theory, vol. 38, nº 1, 1999, p. 102. Este artículo es el comentario de las siguientes obras: Alf Lüdtke (editor), The History of Everyday Life, Princeton, Princeton University Press, 1995; Jacques Revel (editor), “Jeux d’échelles. La micro-analyse à l’expérience”, Paris, Gallimard le Seuil, 1996. (19) C. Ginzburg, “El nombre y el cómo: intercambio desigual y mercado historiográfico, p. 70. (20) Natalie Davis, “Las formas de la historia social”, in Historia Social, Valencia, nº 10, 1991, p. 80. (21) Youri Bessmertny, “Les Annales vues de Moscou”, pp. 254 y siguientes. (22) El artículo de Bernard Lepetit y Jacques Revel del que he hecho una síntesis en los dos párrafos anteriores es: “L’expérimentation contre l’arbitraire”, in Annales, ESC, janvier-fevrier, nº 1, 1992, pp. 263-264. (23) “Tentons l’expérience, in Annales, ESC, novembre-decembre, 1989, p. 1318. (24) Bad Gregory, “ls small beautiful?”, pp. 106-110. (25) G. Levi, “Sobre la microhistoria”, p. 121. (26) Carta de Federico Engels a W. Borgius, en C. Marx y Federico Engels, Obras escogidas, Moscú, editorial Progreso, 1975, p. 731. (27) Christopher Lloyd, “The Methodologies of Social History: A Critical Survey and Defense of Structurism”, in History and Theory, vol. XXX, nº 1, 1991, pp. 212-214.

[Abel Ignacio LÓPEZ. “La historiografía francesa de los años noventa”, in Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura (Bogotá), nº 26, 1999, pp. 373-386]