✍ Darwin en Chile (1832-1835). Viaje de un naturalista alrededor del mundo [1995]

por Teoría de la historia

9789561112162Durante los últimos años la historiografía nacional ha acrecentado su interés por estudiar aquellas temáticas vinculadas a los viajeros europeos que recorrieron América entre los siglos XVII y XIX, los avances científicos emanados y la representación que de aquellos periplos tuvieron sus cronistas, dibujantes y memorialistas. Dicho entusiasmo se ha concretado en un considerable aumento de trabajos historiográficos de la más diversa índole y acuciosidad, que van desde tesis de estudiantes de pregrado hasta trabajos académicos de doctorado, algunos de ellos realizados en universidades europeas. Charles Darwin (1809-1882) realizó aportes inestimables para el estudio de las especies y la naturaleza en base a sus observaciones y descubrimientos, y que posteriormente, en el libro Origen de las especies, publicado en Londres en 1859, el mismo año que muere Alexander von Humboldt, lo conducirán a formular novedosas hipótesis biológicas, no exentas de polémica en grupos religiosos, sobre el origen del hombre y las especies. Según Darwin, el principal factor de la evolución biológica es la “selección natural”, que hasta hoy día genera rechazo y apatía en grupos académicos, pero que, sin lugar a dudas, constituye aún un referente conceptual ineludible al momento de estudiar la biología. Nadie ha quedado indiferente a las ideas planteadas por Darwin, ya sea para validar sus planteamientos, o al menos algunos puntos, o en su defecto para refutarlos. Sin lugar a dudas, muchos de los planteamientos formulados por Darwin el viaje que realiza por América del Sur entre 1831 y 1836, una vez que pudo profundizar sobre ellos cuando dispuso de herramientas teóricas más sólidas, posteriormente adquirieron categoría de hipótesis científicas, concitaron el rechazo de sus pares. De todas formas, Darwin se ganó el respeto del mundo científico, pues apreciaron en él a un investigador que, entre otros objetivos, se proponía rebatir ideas biológicas comúnmente aceptadas, y entregar nuevos aportes para el estudio de la glaciología, la mineralogía y la geología, áreas en las cuales también posteriormente sería un reconocido experto. El Diario de Darwin en Chile corresponde a los tomos X al XVI de la obra completa, que en total suma más de la tercera parte de sus memorias. Nunca antes se había publicado en el país. La primera edición de Narrative of the Surveying Voyages of his Majesty’s Ships Aaventure and Beagle… corresponde a 1839. Posteriormente, en 1845, se publicó una segunda edición y en 1860, que incluye al igual que la anterior un prólogo del propio autor, se edita una tercera versión, pero esta vez Darwin modifica el título original del libro y decide titularlo finalmente como Viaje de un naturalista alrededor del mundo, el cual ha respetado el editor del presente texto. El viaje de Darwin en la Beagle se inicia desde Inglaterra el 27 de diciembre de 1831. Visita Brasil (abril-junio de 1832), Uruguay, Argentina y la Patagonia Oriental (1832-1833). Luego de la estadía en Chile, Perú y Ecuador, el periplo se completó al regresar a Inglaterra, en octubre de 1836. No apreciamos una secuencia lógica o supuestamente estructurada del recorrido que realiza Darwin y sus acompañantes por el territorio nacional, considerando que este no realiza un trayecto geográfico lineal de Chile (es decir, de norte a sur o viceversa), sino que más bien se dedicará a explorar aquellas regiones de las cuales tendrá más preocupación por estudiar, en contraposición a la falta de interés que demostrará por otras localidades, que, para él, según deducimos, no representan motivación alguna por recorrerla y extraer de ellas muestras de su variedad animal o vegetal. El valor de la expedición científica liderada por el Capitán Fitz-Roy y que tuvo a Darwin como a su principal naturalista, radica en que este joven científico británico, de 21 años de edad cuando zarpa desde Gran Bretaña, expuso de una manera rigurosa y sistemática materias de las cuales se carecían de antecedentes y que incluso se ignoraban por completo, a pesar de que hacia fines del siglo XVIII y principios del siguiente, otros científicos europeos como Humboldt, ya habían explorado el territorio americano, y pese a que estuvo cinco años en América, este nunca estuvo en territorio chileno. En ese sentido, las impresiones que Darwin escribió en numerosos cuadernos de viajes que hoy se conservan en el Darwin Museum, todavía trasuntan la frescura, la vitalidad y el interés de este joven naturalista por conocer y aprehender de las personas y objetos con los cuales mantuvo contacto, y que fueron a su vez material de observación y estudio. El magnetismo que transmite Darwin por la naturaleza, la flora y la fauna se acrecienta aún más con la pulcra presentación gráfica del libro, y convoca a lectores y estudiosos en general a prestar más atención al entorno natural que nos rodea. Por el tipo de descripciones que realiza Darwin, se aprecia a un científico alerta, motivado constantemente por conocer cada rincón de un país que se le presenta vivo, inexplorado y enigmático, considerando que hasta esos entonces, Chile era un territorio prácticamente desconocido, y menos aún documentado, a excepción por el trabajo realizado por los cronistas chilenos e hispanoamericanos en general. Pero en términos científicos, Chile requería de la acuciosa labor de un científico que se dedicara a estudiar sistemáticamente su flora y fauna. A su vez, extasiado por la belleza del paisaje y asombrado por cada descubrimiento que realiza, Darwin continúa laboriosamente su quehacer científico, del cual posteriormente será reconocido por sus aportes interpretativos de la evolución de la especie humana, cuyos antecedentes inmediatos se pueden rastrear en dicho viaje y en los exámenes científicos que realizó en Chile. Darwin escribe con la misma pasión por la cual se maravilla ante una flor o un animal, de los cuales carecía de antecedentes, o bien las asperezas climatológicas que azotan a un país que por sus características geográficas presenta permanentes rasgos de permeabilidad, peligro e inclemencias. Durante las últimas décadas se han rebatido o reformulado algunas ideas o nombres que descubriera Darwin durante su viaje a América del Sur, entre los nombres de volcanes, plantas y arbustos. En el Diario, Darwin escribe sobre lo que ve e interpreta sobre aquello que observa a partir de un método científico preestablecido, y también los sentimientos que tiene sobre la naturaleza y la gente. El doctor y profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile David Yudilevich L., antologador, editor y autor del prólogo del libro, destaca el estilo literario empleado por el científico y el valor antropológico sobre las costumbres y modos de comportamiento de algunas razas indígenas, especialmente los yámanas (o también llamados fueguinos), en tanto sus anotaciones develan aspectos ignorados de las costumbres y modos de comportamiento, que sirvieron de base documental para que luego, hacia fines del siglo XIX y principios del XX, otros estudiosos nacionales y extranjeros se abocaran con mayor dedicación a estudiar a la población aborigen nativa de la región más austral del mundo. En algunas referencias descritas por Darwin se advierten algunos componentes racistas, o bien marcadamente afrentosos en contra de la etnia austral de los fueguinos, que constituyen por lo demás los principales puntos de increpación de sus contemporáneos y también de biólogos y científicos que disienten de la teoría evolucionista de la raza humana. En primer lugar, en lo que respecta al contenido mismo del Diario, sobre la caracterización del extenso territorio geográfico recorrido, Darwin realiza una descripción de la Tierra del Fuego y sus habitantes, como así también de las tierras costeras del estrecho de Magallanes. Queda extasiado con la naturaleza de los lugares que visita, de los cuales en muchas ocasiones realiza una descripción precisa y emotiva. Por otra parte, la impresión que posee de Jemmy Button y Fuegia Basket, considerados como ejemplos emblemáticos de la voluntad occidental de “humanizar” a los indígenas “bárbaros”, es más bien negativa, y no tendrá reparos en afirmar que aquellos habitantes de la región meridional representan un pueblo miserable económicamente, que carece de algunas nociones culturales básicas que le permitan desarrollarse. Será lapidario en sus apreciaciones, las mismas que después le valdrá la animadversión de sus contendientes, quienes lo motejarán de propagar ideas excluyentes, e incluso racistas, según algunos comentaristas de su pensamiento: “Esos desdichados salvajes tienen la talla escasa, el rostro repugnante y cubierto de pintura blanca, la piel sucia y grasienta, los cabellos enmarañados, la voz discordante y los gestos violentos. Cuando se ve a tales hombres, apenas puede creerse que sean seres humanos, habitantes del mismo mundo que nosotros” (pp. 70-71). Para luego agregar, refiriéndose ahora a la situación del ser humano en aquella región, lo siguiente: “Creo que el hombre, en esta parte extrema de la América del Sur, está más degradado que en cualquier otra parte del mundo” (p. 92). Luego de recorrer la zona central con detención, quedando maravillado por la naturaleza del sector de Quillota y sus alrededores, Darwin continúa luego su periplo hacia Concepción, Chiloé y las Islas Chonos, para luego volver por mar a Valparaíso; será testigo del terremoto de 1835 que afectó con graves daños a Concepción y Valdivia; y también en Coquimbo. Estos episodios marcarán el carácter trágico y fatalista de Chile y sus habitantes, pero, a su vez, demuestra el permanente afán de superación de sus habitantes para volver a prosperar, aunque nadie y nada le asegure que dentro de días, semanas o meses nuevamente tendrá que recoger los escombros de su hogar, y así empezar de cero. Tiene mucha razón cuando afirma que: “Un solo terremoto basta para destruir la prosperidad de un país” (p. 197), considerando que para 1830 no existían antecedentes técnicos que permitiesen incorporar mejorías en la construcción de las viviendas. Pero tenemos que distinguir entre su posición de espectador y por otro lado su calidad de estudioso de los fenómenos naturales. Asimismo, Darwin se dedicará a estudiar las causas de los terremotos, puesto que su curiosidad y ánimo de explicar empíricamente los fenómenos naturales, lo llevará a discurrir sobre la dirección de las vibraciones y elevación del suelo, cuestión que denota una gran preocupación por este tema y las numerosas páginas que 1le dedica a explicar estos asuntos. Durante los dos últimos años de su estadía en Chile Darwin recorrerá nuevamente la zona central del país para luego dirigirse a la zona septentrional y el Perú, desde donde continuará su trayecto, entre otros lugares, hacia las Islas Galápagos, Tahiti, Australia, Cabo de Buena Esperanza, Islas Canarias y recalar finalmente el 2 de octubre de 1836 en Gran Bretaña, dando así por finalizado un viaje que, sin lugar a dudas, decidió el desarrollo del estudio y la enseñanza de la biología. Para muchos, este viaje marcó un antes y un después en la investigación de las ciencias biológicas en el mundo. Aquí radica una de los aportes más importantes realizados por este joven científico. El propio Darwin lo destacó en su autobiografía cuando señaló que “El viaje del Beagle ha sido con mucho el acontecimiento más importante de mi vida, y ha determinado toda mi carrera”. No obstante el atento trabajo de edición, que contó además con la colaboración de numerosas otras personas que desinteresadamente prestaron su ayuda, no podemos dejar de mencionar algunas falencias del libro, considerando que la bibliografía sobre Darwin es bastante incompleta. En tanto, el trabajo analítico del principal editor (que contó con la colaboración de Eduardo Castro Le- Fort) es incompleto respecto del contexto histórico, en el cual se sitúa pese a la inclusión de varios ítemes como el itinerario de la estadía de Darwin en Chile, acontecimientos históricos ocurridos en Chile entre 1826 y 1843, las obras de Darwin, los dos prólogos escritos por el propio Darwin para las primeras versiones de este texto, la inclusión de cuatro anexos: extractos de artículos sobre Darwin y los viajes realizados en el Adventure y Beagle, traducidos por Andrés Bello y publicados en El Araucano en 1839 y 1840; dos cartas de Darwin a su hermana Catherine, un breve texto de Harold Krusell y, finalmente, un recorrido por las excursiones realizadas por Darwin en Chile. A lo anterior se agrega la confección de siete tipos de índices, entre los cuales habría de destacar los referidos a la flora y fauna, a la geología y a la toponimia, además de un índice general, dos onomásticos y un listado con las 80 magníficas ilustraciones que acompañan el texto. La gran mayoría de los dibujos, pinturas y grabados fueron realizados por el pintor de la Beagle, Conrad Martens, y también por Fitz-Roy y otros miembros de la tripulación. La genialidad de Darwin no alcanzó para tanto, al menos para este tipo de asuntos. El fino y delicado trabajo de diseño y el tratamiento pulcro de las imágenes, suplen, de alguna manera, las falencias señaladas, y le otorgan al libro una condición única, poco común en el trabajo editorial chileno, marcado por un excesivo cuidado en el diseño y diagramación del texto, a la manera de un artesano que trabaja con la materia, como nos tiene acostumbrado el pulcro trabajo realizado por la Editorial Universitaria, especialmente con la reciente publicación de La Expedición Malaspina en la frontera austral del Imperio español, de Rafael Sagredo y José Ignacio González. Pese a que el libro que ahora comentamos corresponde a la cuarta edición publicada en Chile de Viaje de un naturalista alrededor del mundo, creemos que este texto requiere de constante recensiones sobre él, considerando además que, según nuestros antecedentes, la primera versión, publicada en 1995, acaparó la atención solo de unos pocos historiadores y periodistas que se preocuparon de reseñarlo en revistas y periódicos. No hay duda al respecto: la totalidad de dichos artículos y reseñas, además de posteriores referencias al Diario, destacan la trascendencia de las descripciones que realizó el naturalista británico sobre Chile, pues, de alguna manera, Darwin nos enseñó –y aun hoy lo sigue haciendo– a los propios chilenos, y también a los europeos, la historia y la geografía del finis térrea, la tierra mágica y prodigiosa.

[Santiago ARÁNGUIZ PINTO. “Darwin en Chile (1832-1835). Viaje de un naturalista alrededor del mundo (Edición y prólogo de David Yudilevich L.), Santiago, Editorial Universitaria, 2004 (cuarta edición; primera de 1995), 346 págs.” (reseña), in Boletín de la Academia Chilena de la Historia (Santiago de Chile), Año LXXII, nº 115, 2006, pp. 355-359]

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