✍ El Antiguo Egipto. Anatomía de una civilización [1989]

por Teoría de la historia

24213862¿Cómo deberíamos estudiar la sociedad humana? Lo hemos de decidir nosotros, pues no existe un método prescrito con rigor que nos indique los pasos a seguir. Podemos obrar de manera convencional y reunir una serie de capítulos sobre el marco geográfico, la historia de período en período, la religión, el arte, la literatura, las instituciones, etc. Esta disposición satisfará el ansia natural que sentimos por la lógica y el orden. Creará áreas de conocimiento que no desentonarán con las amplias divisiones por materias de nuestro sistema educativo, en el que la cultura es una acumulación de observaciones y juicios agrupados en torno a un esquema convencional de temas. Sin embargo, si lo hacemos de este modo y abandonamos en este punto nuestro trabajo, y si la sociedad que estamos estudiando es muy distinta de la nuestra, tan sólo nos quedaremos con un repertorio pretencioso de caracteres exóticos. Tal vez nos sintamos complacidos al haber ampliado nuestros conocimientos y puede que los resultados nos cautiven a un nivel emocional, más profundo, por su carácter novedoso. Pero nos expondremos a perder de vista un hecho importante, algo tan simple y fundamental que incluso parece banal repetirlo. En el pasado y en el presente, todos, los lectores de este libro así como los antiguos egipcios, somos miembros de la misma especie, Horno sapiens, cuyo cerebro no ha experimentado cambios físicos desde que nuestra especie apareció. Todos compartimos, al igual que en el pasado, una conciencia común y un substrato de conductas inconscientes. Nos seguimos enfrentando a la misma experiencia básica que en el pasado: la de ser un individuo, con una importancia sin igual, que contempla un mundo que se aleja de la esfera de la vida cotidiana y abarca una sociedad más amplia, con una cultura y unas instituciones en común, y unas sociedades más distantes, «extranjeras», que quedan fuera de la propia, todo ello enmarcado en el contexto de la tierra y los cielos, y de las fuerzas de la suerte, la fortuna, el destino, la voluntad de seres sobrenaturales y ahora, en la edad moderna, de las fuerzas inmutables de las leyes científicas. Vivimos y conservamos la cordura gracias a la manera en que nuestra mente, de entre el incesante raudal de experiencias que se agolpan a nuestro alrededor y fluyen ante nosotros desde que nacemos hasta que morimos, selecciona algunas de ellas y nos las estructura en pautas. Esas pautas y las respuestas que les damos. efímeras de palabra pero más duraderas cuando se transforman en instituciones y monumentos, constituyen nuestra cultura. La cultura empieza siendo una terapia mental que impide que la información que recogen nuestros sentidos acabe por abrumamos, y que clasifica algunos elementos como importantes y a otros como triviales. A través de ella damos sentido al mundo. En el siglo XX, la acumulación de conocimientos nos ha proporcionado una ventaja inmensa sobre nuestros predecesores en lo que se refiere a la tecnología y a las diversas facultades mentales mediante las cuales podemos explorar el universo y generar una multiplicidad de imágenes lógicas. Pero no hemos de confundirlo con una mayor inteligencia. Inteligencia no equivale a conocimientos, sino que es la facultad de dar una configuración lógica a los conocimientos que se tienen. Dentro del sistema creado por los antiguos egipcios para afrontar el fenómeno de la conciencia personal -las esferas de la existencia que se alejan de cada persona-, hemos de suponer que serían tan (o tan poco) inteligentes como nosotros. Este es el mensaje crucial de la biología, del hecho de que todos pertenecemos a la misma especie. El progreso no nos ha convertido en seres superiores. Cuando estudiamos la antigua civilización egipcia, estamos claramente ante el producto de una mentalidad muy distinta de la nuestra. Pero ¿hasta qué punto ello se debe a su antigüedad? ¿Hay algo especial en la «mentalidad primitiva»? ¿Refleja una actitud todavía más diferente de la presente en, pongamos por caso, las religiones y las filosofías orientales (es decir, del Lejano Oriente)? No existe ninguna escala sencilla que calcule grados de diferencia con este tipo de cosos. Los religiones y las filosofías orientales suelen contar con una literatura mucho más extensa y una forma de presentación más coherente que la antigua religión egipcia, la cual dependía en gran parte de los símbolos pictóricos para transmitir su mensaje y que se desenvolvió en un mundo donde, en ausencia de adversarios serios, nadie sintió el imperativo de elaborar una forma de comunicación más convincente y completa. Nunca fue necesario persuadir. Pero esto es más una cuestión de presentación que de contenido. La principal diferencia es histórica. Las religiones y las filosofías orientales han sobrevivido. y han acabado adaptándose y ocupando el lugar que les corresponde en el mundo moderno. De este modo. las personas de fuera pueden acceder a ellas de forma más directa, enseñadas por los apologistas que han surgido de entre sus filas. Si nos mostramos diligentes y disponemos de tiempo. podemos aprender el lenguaje que utilizan, vivir entre sus gentes, absorber la cultura y, en general, introducirnos hasta que seamos capaces de reproducir sus procesos mentales en nuestra propia mente. Y también ocurre lo contrario. De hecho, el mundo oriental ha mostrado una mayor disposición a penetrar en la mentalidad occidental que a la inversa. Esta capacidad de salvar las barreras culturales es una clara demostración de que la conciencia humana posee, en el fondo, la misma naturaleza. En cada uno de nosotros se hallan presentes todas las vías de conocimiento, pero el uso que hacemos de ellas y el valor que les damos varían según la cultura. La dificultad principal que encierra el estudio del antiguo pensamiento egipcio es, pues. debida a las circunstancias. En cuanto a proceso vivo, hace ya tiempo que fue aniquilado por sucesivos cambios culturales de gran magnitud -la incorporación de Egipto al mundo helenístico, la conversión al cristianismo y la llegada del Islam-, que condujeron a la casi total pérdida o destrucción de su literatura. Gran parte de lo que podía captarse de forma inmediata por medio de símbolos o asociaciones de palabras ha desaparecido para siempre. Aunque algunos visitantes griegos intentaron dejar constancia de sus impresiones sobre aspectos de la religión de Egipto, los sacerdotes de aquel país no supieron mostrar a tiempo el suficiente interés para explicar de manera convincente sus creencias a los extraños, un proceso que de por sí habría provocado unas modificaciones internas transcendentales. En consecuencia, no se puede recrear el pensamiento egipcio como si fuera un sistema intelectual vivo. Pero es más resultado de un accidente histórico que un signo de que, al ser «primitivo», tuvo que ser reemplazado por otro diferente. Ello no sucedió en el sur y el sureste de Asia, el «Oriente» propiamente dicho. Allí, al haber una continuidad de base, los cambios progresivos han ocupado el lugar de los sistemas intelectuales que, aunque tenían sus raíces en el pasado, han evolucionado hasta convertirse en elementos importantes del mundo moderno. El judaísmo y el cristianismo han hecho lo mismo, pero ambos forman parte de la cultura occidental. No nos parecen raros a pesar de que tuvieron su origen en un grupo de países vecinos del antiguo Egipto. Así que podemos entrar y salir, por decirlo de algún modo, de sus procesos mentales sin ser plenamente conscientes de lo que tienen de extraños, ya que el lenguaje y las imágenes que utilizan forman parte del proceso por el cual los9780415235501 occidentales, desde que nacemos, clasificamos la realidad. Aunque han perdido mucho prestigio y poder de atracción, los modos de pensar que encontramos en las antiguas fuentes todavía perviven entre nosotros y se manifiestan de diversas maneras. De forma colectiva, los podemos denominar «pensamiento primario». Los símbolos hacen mella en nosotros y reaccionamos en su presencia, en especial cuando están relacionados con la identidad de grupo: desde los uniformes escolares hasta las banderas e himnos nacionales, los retratos de los líderes o la indumentaria y la arquitectura de los tribunales. En momentos difíciles, aflora en nuestra conciencia la aceptación de que en los fenómenos y en los cuerpos inanimados, desde el tiempo hasta los objetos inmóviles a los que maldecimos, reside un poder tangible. Y a lo largo de la vida, nuestra imaginación vacila todo el tiempo entre recoger e interpretar la realidad y evadirse al mundo de los mitos y la fantasía. Mientras escribo este libro, soy consciente de que estoy creando imágenes en mi pensamiento que espero que concuerden con la situación real en el antiguo Egipto. Sé también que cuanto más intento que los hechos tengan un sentido, más teórico es lo que escribo y empieza a confundirse con el mundo de la ficción histórica, una moderna forma de mito. Mi antiguo Egipto es, en gran parte. un mundo imaginario, aunque confío en que no se pueda demostrar fácilmente que no se corresponde con las fuentes originales antiguas. Las especulaciones que hago están limitadas en parte por consideraciones de carácter profesional –quiero ser fiel a las fuentes-, y también, sin duda, a causa de mi mentalidad académica. Si poseyera una imaginación más libre y creativa, los mismos procedimientos de formación de imágenes que utilizo para dar sentido a las antiguas fuentes podrían llevarme a crear mundos que no tuvieran nada que ver con la realidad. El escritor con cualidades para ello es capaz de dar vida a mitologías y mundos imaginarios completos. que existen en nuestra mente con la misma intensidad que si hubiésemos estado en ellos. De hecho, el siglo XX ha presenciado el florecimiento de la literatura fantástica, en la que la invención de mitologías desempeña un papel fundamental. Las han escrito y se leen con fines de evasión (o al menos eso es lo que espero: existe un llamativo y dudoso género dentro de la literatura moderna que, aunque es fantasía, pretende encontrar credibilidad, el género del Triángulo de las Bermudas o el de los «hechos que desconciertan a los científicos»). pero refleja el cambio en el valor que otorgamos a tales cosas. El hombre carga con la responsabilidad de llevar siempre consigo los medios para sobrevivir a este mundo interior de la imaginación: un mundo con infinidad de lugares, seres. situaciones y relaciones lógicas invisibles. A algunos los llamamos religión, a otros fantasías. y a otros los productos de dotes artísticas o de ideas eruditas o científicas, pero en verdad sólo podemos separar en categorías este sinfín de imágenes utilizando distinciones arbitrarias, y al fmal somos incapaces de ponernos de acuerdo en qué significa todo ello. Seguir las huellas de esta faceta creativa hasta llegar aJ pensamiento primario comienza de una forma engañosamente simple, con el lenguaje figurativo de la personificación y la metáfora. «Pero siempre a mis espaldas siento / acercarse el carro alado y presuroso del tiempo» (Andrew Marvell, 1621-1667, «A la amante esquiva») [«But at my back I alwaies hear / Time’s winged Chariot hurrying near», Andrew Marvell, «To his Coy Mistress»]. Es poesía y no tenemos por qué juzgarlo de otra manera. Pero puede que nuestro pensamiento prefiera jugar con las imágenes. Veamos, por ejemplo, la del carro. Es un símbolo del movimiento y una simple observación nos demuestra que el tiempo y el movimiento están vinculados ya que transcurrido cierto tiempo, el movimiento decae a menos que se le infunda energía, por lo que es imposible la existencia de una máquina en perpetuo movimiento. Sin embargo, cuando decimos que están «vinculados» estamos tomando prestado un término que generalmente se usa más para hacer referencia a los «vínculos» de parentesco: tíos, hermanas. etc. Nos hemos adentrado en el terreno movedizo de las asociaciones lingüísticas. En el mundo moderno se nos impulsa a profundizar en la relación que hay entre tiempo y movimiento por medio del estudio de la termodinámica. Pero. por capricho, podríamos convertir al ser que tira del «alado carro del tiempo» en la personificación misma del movimiento: tal vez una criatura femenina con la apariencia de un centauro. A través de la ampliación del significado que aporta la palabra «vinculados» podríamos decir, de modo sucinto, que el movimiento era la hija o la esposa del tiempo, depende de qué grado de parentesco les atribuyamos: en un nivel diferente o en el mismo. Podríamos continuar a la manera de los artistas decimonónicos y crear una representación alegórica. Pero al final se nos acusaría de haber dado simplemente rienda suelta a una idea. Podemos descartar una especulación de este tipo porque el avance de los conocimientos racionales ha abierto, en el caso de la física. una vía mucho más compleja, satisfactoria y estimable a nuestro interés por el tiempo y el movimiento. Pero los antiguos no poseían esta multiplicidad de vías teóricas de conocimiento, la posibilidad de elegir los mitos. Ellos podían establecer, como todavía podemos nosotros, divertidas asociaciones mentales. A veces surgían de un parecido ocasional. entre los términos, los juegos de palabras, hasta el punto de que ahora nos es posible decir que sus ideas religiosas estaban construidas en torno al juego lingüístico. Pero les atribuían una escala muy diferente de valores. Para ellos, eran retazos de unas verdades más profundas. Los antiguos egipcios no se preocuparon por el tiempo y el movimiento. En cambio, se interesaron enormemente por el concepto de un universo entendido como el equilibrio entre dos fuerzas contrarias: la una encaminada al orden y la otra al desorden. La sensación intelectual de que-aquélla era una gran verdad oculta la aceptaron, de una manera lógica que pudieran expresar con las palabras y las imágenes de que disponían, en la narración metafórica del mito de Horus y Set (tratado en el capítulo I). Era su forma de librarse de la terrible sensación de saber algo y aun así sentirse incapaces de hallar la manera perfecta de expresarlo. Subestimamos la comprensión intelectual de la realidad en el mundo antiguo si juzgamos al mito y a los símbolos por lo que parecen: imágenes curiosas y fragmentos de narraciones extrañas que no acaban de tener sentido. Cuando rechazamos el lenguaje escrito y simbólico de los antiguos mitos porque carece de validez racional, no deberíamos ir demasiado deprisa y descartar al mismo tiempo las ideas y las sensaciones subyacentes. También ellas pueden formar parte de un pensamiento primario y universal. La pervivencia en la mentalidad moderna de las mismas vías de raciocinio que disponían los antiguos nos proporciona parte del bagaje intelectual con el que podemos dar un sentido al pasado. Podemos reproducir la lógica antigua. Pero a la vez es una trampa, por cuanto es difícil saber cuándo nos hemos de parar. Veamos un ejemplo concreto. Frente a la Gran Esfinge de Gizeh se levanta un templo con un diseño singular, sin una sola inscripción que nos diga qué representaba para sus creadores. La única manera que tenemos de descubrirlo es recurrir a lo que conocemos de la antigua teología egipcia. Dos investigadores alemanes lo han interpretado del siguiente modo: los dos nichos de ofrendas situados aJ este y aJ oeste estaban consagrados a los rituales de la salida y la puesta del soL y las dos columnas enfrente de cada nicho simbolizaban los brazos y las piernas de la diosa del cielo Nut. La pieza principal del templo es un patio abierto rodeado de columnatas, cada una con veinticuatro pilares. Estos pilares representaban las veinticuatro horas de que consta un día y su noche. Si, por un momento, imaginamos que fuera posible ponerse directamente en contacto con los antiguos constructores y preguntarles si ello es cierto, tal vez obtuviésemos un simple «sí» o «no» por respuesta. Pero también podría suceder que nos dijeran: «No habíamos pensado antes en ello pero, sin embargo, es verdad. De hecho, es una revelación». Nos podrían responder de este modo porque la teología egipcia era un sistema de pensamiento abierto, en el que la libre asociación de ideas tenía una gran importancia. No tenemos una manera definitiva de saber si lo que son una serie de conjeturas académicas, que pueden concordar perfectamente con el espíritu del pensamiento antiguo y estar basadas en las fuentes de que disponemos, en realidad se les ocurrieron alguna vez a los antiguos. Los libros y los artículos especializados actuales sobre la antigua religión egipcia seguro que, además de explicarla con términos occidentales modernos, aportan elementos nuevos al conjunto original de ideas. Los especialistas estamos llevando a cabo, de manera inconsciente y por lo general sin pensarlo, la evolución de la religión egipcia. Debido al carácter universal e insondable de la mente, así como por la similitud de las situaciones en que se encuentran los individuos y las sociedades, tendríamos que tener el mismo objetivo al estudiar las sociedades del pasado que cuando trabajamos en sociedades del presente distintas de la nuestra. Puesto que el tiempo ha destruido la mayor parte de las evidencias del pasado distante, los historiadores y los arqueólogos han de dedicar mucho tiempo a cuestiones técnicas tan sólo para establecer hechos básicos que en sociedades contemporáneas se observan a simple vista. Las excavaciones arqueológicas son una de estas aproximaciones técnicas. Pero el interés por los métodos de investigación no nos ha de hacer olvidar que el paso del tiempo no afecta el objetivo final: estudiar las variaciones de los modelos mentales y las respuestas de la conducta que el hombre ha creado para adaptarse a la realidad que le rodea. La cronología nos permite seguir el cambio de modelos con el transcurso del tiempo y constatar los avances hacia el mundo moderno. Pero caer excesivamente en la «historia» -las fechas y la crónica de los acontecimientos- puede acabar convirtiéndose en una barrera que nos impida ver las sociedades y las civilizaciones del pasado por lo que realmente fueron: soluciones a los problemas de la existencia individual y colectiva que podemos sumar a la diversidad de soluciones manifiestas en el mundo contemporáneo. Al decir «constatar los avances» nos estamos aliando con una creencia particular: la de que la humanidad se ha lanzado a una carrera mundial en pos del triunfo universal de la razón y los valores occidentales, y que las antiguas costumbres son reemplazadas por otras nuevas y mejores. Podemos aceptar que sea cieno en lo que se refiere a la tecnología y el conocimiento racional de los fenómenos materiales. Pero el saber racional ha resultado ser muchísimo más frágil que el conocimiento del significado profundo de las cosas que las personas sienten que les transmite la religión. Aquel último tiene una fortaleza y un vigor que hacen pensar que se halla casi en el mismo centro del intelecto humano. Forma parte del pensamiento primario. Si alguien lo duda, debería reflexionar acerca de uno de los acontecimientos más significativos del mundo contemporáneo: la poderosa fuerza política e intelectual del resurgimiento de la ideología islámica. Para millones de personas es un modelo con una nueva validez, que da sentido al mundo y propone un ideal de sociedad aceptable. Es una alternativa tan vigorosa y autosuficiente como la de cualquiera de los productos de la tradición racional de Occidente, nacidos de la Grecia clásica. Aglutina una asombrosa variedad de instrumentos intelectuales para lograr un mismo fin: cómo estructurar la realidad. Tampoco hemos de alejarnos tanto para encontrar ejemplos de la feliz conformidad de la humanidad ante la mezcla de razón y mito. La incorporación a la moderna cultura occidental, a través de la tradición judeocristiana, de un territorio sagrado, basado en la geografía de Palestina y los países circundantes en el segundo milenio a.C., es a su manera un fenómeno intelectual tan extraño como cualquier otro. Pero, como lo vemos «desde dentro», aceptamos su incongruencia, incluso aunque no creamos propiamente en él. Y, si lo hacemos, disponemos entonces de un abanico de convenios entre ciencia y cristianismo que lo corroboran. La mente humana es un maravilloso almacén atestado, como el de cualquier museo, de reliquias intelectuales y en el que no faltan guías que hagan que lo que es extraño nos resulte familiar. Comprobar un nuevo conocimiento siguiendo una lógica estricta antes de aceptarlo es únicamente un criterio fortuito y en el fondo profesional. Las ideas que todos tenemos de la mayoría de las cosas, las <<nociones elementales» de cada día, son totalmente análogas al mito y, en parte, constituyen verdaderos mitos. No podemos mostrarnos poco serios ante éstos ni tratarlos con condescendencia, pues son una faceta ineludible de la mente humana. Podemos atribuir a la naturaleza de la mente el hecho de que el saber racional no esté sustituyendo, erosionando o apartando, lenta e inexorablemente, las creencias irracionales y las ideologías y los símbolos atávicos del poder político. No somos bibliotecas u ordenadores, con espacios vacíos para almacenar información que hemos de llenar. Asimilamos un nuevo conocimiento creando mitos menores, o modelos mentales, a partir de él. El proceso representa la faceta creativa del pensamiento primario. No estamos acostumbrados a emplear la palabra «mito» de esta manera. para referirnos por último al conjunto de conocimientos racionales. Utilizamos frases como «estamos enterados de manera vaga o muy general» o «tenemos ciertas nociones». Tengo en mente un montón de conocimientos a medias de esta índole: el funcionamiento de un motor de combustión interna. la naturaleza de la electricidad, etc. Muchos de los datos son probablemente erróneos. algunos de los principios se interpretan mal y, en general, se tiene una imagen deplorablemente incompleta. Si soy sincero conmigo mismo, gran parte de lo que sé (puede que todo) acerca de mi especialidad, la egiptología, descansa sobre la misma base. Al menos es lo que sucede con las ideas que han llevado adelante este libro. Pero, si quiero, puedo cotejar mis mitos menores, mis modelos mentales, con una extensa colección original de datos almacenados en libros y otro tipo de fuentes. Esta es la diferencia crucial entre lo que podríamos llamar «mito racional» (las «nociones» disparatadas e inadecuadas que tengo de la física nuclear), y el mito irracional u original. El progreso nos brinda la oportunidad de elegir nuestros mitos y la posibilidad de desechar aquellos que nos parecen inapropiados. Las culturas antiguas (y las primitivas que hoy perduran) muestran el funcionamiento de los procedimientos mentales, despojados de Jos adornos con que los ha cubierto el saber moderno. Revelan también que las sociedades complejas han surgido y han proseguido perfectamente durante largos períodos sin poseer ningún conocimiento cierto del mundo. Ello se debe a un tercer elemento de la naturaleza humana (además del mito y de los conocimientos): las estrategias intuitivas de supervivencia. Los antiguos egipcios lo ejemplifican en varias áreas. No poseían ningún conocimiento abstracto de economía y, no obstante, de manera intuitiva, se conducían como el «hombre económico», de lo que hablaremos en el capítulo VI. Otro tanto sucede con la política. La mayoría de nosotros nos seguimos comportando igual. Tenemos acceso a un enorme cúmulo de conocimientos fácticos y teorías eruditas sobre economía y política, y poseeremos mitos racionales sobre estas materias. Pero, en la vida cotidiana, pondremos en práctica estrategias intuitivas de supervivencia que incluso podrían ir en contra de nuestra personalidad racional o de nuestros mitos. Para comprender la cultura, la nuestra y la de los demás, hemos de entender algo sobre la mente humana. La cultura es la manifestación de cada una de las formas locales y concretas en que la mente estructura el mundo de la vida personal y el que sale fuera de aquélla. Este mundo exterior está constituido en parte por la sociedad, que percibimos de manera fragmentaria cuando la vislumbramos momentáneamente y a través de lo que leemos o los rumores que nos llegan, y en parte por una estructura lógica invisible que, mayoritariamente, los filósofos crean en su pensamiento, al intentar hallar un orden y un significado definitivos, y que los demás, el resto de nosotros, estudiamos, reverenciamos, usarnos o de la que tan sólo vagamente somos conscientes como si fuera un mito. En la práctica, los dos elementos de este mundo más amplio, la sociedad tangible y la estructuración intelectual, se entremezclan continuamente. Por lo tanto, las normas de la sociedad suelen reflejar o estar reforzadas por una serie de ideas codificadas, una «ideología». En teoría, y dado que las diferencias de personalidad y de la posición espacial y temporal se combinan de tal manera que garantizan que nunca hayan dos personas idénticas, han existido tantas culturas como seres humanos. Pero un elemento fundamental del pensamiento primario es que se quiere formar parte, o al menos se accede a ello, de un grupo mayor con una identidad propia basada en el idioma, la religión, la ciudadanía, los gremios, las asociaciones municipales, la subyugación compartida o la noción de pertenencia a un Estado. Por cuanto ofrece un medio de identidad. resulta una de las fuentes más poderosas y fascinantes de ordenación mental. Proporciona una respuesta fácil a la pregunta: ¿quién soy yo? En la práctica, la cultura es un fenómeno colectivo. Las personas creativas refuerzan los lazos de identidad por medio de los mitos y los símbolos y son quienes elaboran las ideologías. A partir de la estructura, los individuos ambiciosos sientan una base de poder y establecen sistemas de conducta que encaminen Las energías y los recursos de los demás. La historia del mundo no es un relato del desarrollo de infinidad de culturas pequeñas y actitudes de conciencia que acaban por converger. La historia del hombre es el registro de su paulatina subyugación a unos gobiernos con un tamaño, una ambición y una complejidad cada vez mayores. Mientras estas formas de gobierno son pequeñas y «primitivas», las solemos denominar jefaturas. Cuando son más grandes, están jerarquizadas e incorporan a varios grupos especializados, pasan a ser estados. El Estado, antiguo y moderno, nos facilita el marco más práctico en el que podemos estudiar la cultura y es, a la vez, una de las facetas más notables de aquélla. La naturaleza del antiguo Estado egipcio y la abundancia de instrumentos (mitos, símbolos e instituciones) con los que manipulaba la mente y dirigía la vida de sus ciudadanos son el principal tema de este libro. Una característica de muchos de los tratamientos que recibe en la actualidad el origen de los primeros estados es la de trabajar, comenzando desde el principio, con una serie de temas estándar: la presión de la población, los avances en la agricultura, la aparición del urbanismo, la importancia del comercio y el intercambio de información. Desde este punto de vista, el Estado surge de manera autónoma o con las interrelaciones, amplías y anónimas, que se establecen entre los grupos de gente y su entorno. tanto natural como socioeconómico. Sin embargo, los estados están basados en el vivo deseo de gobernar y en las visiones de un orden. Aunque han de actuar dentro de las restricciones que les imponen las tierras y las personas que los integran, generan fuerzas, promueven cambios y, en general, interfieren. En consecuencia, cuando estudiemos el Estado hemos de tener bien presente este. poder generador que funciona de arriba a abajo y del centro hacia fuera. Lo que nos interesará serán principalmente los instrumentos por medio de los cuales lo consigue y, muy importante a la vez, la ideología de la que nacen. La historia de la humanidad es tanto una historia de las ideas como de las conductas. El arqueólogo jamás debe olvidarlo, a pesar de que sus mismas fuentes de estudio, los restos materiales de las sociedades del pasado, apenas se lo comunican de una manera explícita. Egipto aporta testimonios en abundancia de dos visiones poderosas y complementarias: una ideología explícita de mando y una cultura colectiva unificadora que dan identidad al Estado, y un modelo implícito de una sociedad ordenada mantenido por la burocracia. Las dos primeras partes de este libro se ocupan respectivamente de ambas.

El marco geográfico y temporal de Egipto

Aunque el objetivo fundamental de este libro sea utilizar el antiguo Egipto de manera que sirva de guía a ciertos aspectos básicos del pensamiento y la organización de los humanos, nos es imposible eludir las circunstancias concretas de la cultura egipcia (o de cualquier otra cultura que escojamos con unos objetivos informativos amplios). Suele ser en los detalles donde queda documentada con más vigor una faceta concreta. Por tanto, lo primero que hemos de hacer es situar la civilización del antiguo Egipto dentro de su contexto espacial y temporal, la civilización de Egipto se desarrolló en una de las áreas desérticas y áridas más grandes del mundo, mayor incluso que toda Europa. Ello tan sólo fue posible gracias al río Nilo, que atraviesa de sur a norte un desierto en el que apenas se registran lluvias llevando las aguas del lago Victoria a más de 5.500 km de distancia al mar Mediterráneo. En tiempos antiguos, Egipto únicamente correspondía a los últimos 1.300 km de esta vía fluvial, el tramo que comienza en la actual Asuán y el grupo de rápidos conocido como la primera catarata. A lo largo de la mayor parte de este curso, el Nilo ha excavado una garganta ancha y profunda en la meseta desértica y luego ha depositado sobre su suelo una gruesa capa de aluvión oscuro muy fértil. Es esta espesa capa de aluvión lo que ha proporcionado al valle su asombrosa fertilidad y ha transformado lo que debiera haber sido una curiosidad geológica en un país agrícola con una gran densidad de población. El valle del Nilo propiamente dicho termina en las proximidades de El Cairo, capital de Egipto desde la invasión árabe del año 641 d.C. Hacia el norte, el río fluye perezosamente desde el valle hasta una gran bahía en la costa, ahora colmatada por el mismo fértil aluvión, y que forma un delta ancho y llano donde el río se divide en dos brazos, el Damieta al este y el Roseta al oeste (en la antigüedad había más), que corren formando meandros. Actualmente. el delta representa cerca de dos tercios del total de tierra arable en Egipto. La acusada división entre el vaUe y el delta da Jugar a una frontera administrativa natural, especialmente si se contempla desde El Cairo o desde su antigua predecesora, la ciudad de Menfis. Así lo entendían los antiguos egipcios, que dieron un nombre a cada zona y las trataron como si en algún momento hubieran constituido reinos independientes. Estos nombres se traducen convencionalmente por Alto Egipto para el valle y Bajo Egipto para el delta. 

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Sin embargo, estamos simplificándolo demasiado. El Alto Egipto presenta una división interna en las proximidades de Asiut. Es perceptible en parte si se observa el curso de la historia, que en épocas de debilidad interna ha solido revelar esta división, y en parte a causa de la topografía. Al norte de Asiut, la ribera oeste se ensancha, los farallones occidentales pierden altura y se transforman en una escarpa baja y la tierra está regada no sólo por el curso principal del río sino también por el Bahr Yusuf, un afluente sinuoso que discurre junto al primero. Debido a que tiene un carácter propio, se suele utilizar el término Medio Egipto para el valle al norte de Asiut. La topografía del delta presenta una mayor homogeneidad, pero de todas maneras sus habitantes acostumbran a distinguir entre un lado este y otro oeste. El primero es el que da a la península del Sinaf, el vital puente terrestre con Asia. Las tierras de labrantío del valle y el delta muestran hoy día un paisaje llano y uniforme de campos intensamente cultivados, atravesado por los canales de irrigación y de avenamiento, sembrado de ciudades y aldeas medio escondidas entre los bosques de palmeras, y que presenta cada vez más signos de un rápido crecimiento y modernización. La transición entre los campos y el desierto es repentina y acusada. La civilización finaliza visiblemente a lo largo de una clara línea. Al este, la meseta desértica que se eleva por encima del valle va alzándose gradualmente hasta formar la serrada cadena de colinas y montañas que bordea el mar Rojo, mientras que al oeste se extiende un mar de grava y arena, vacío, silencioso y barrido por el viento, que llega hasta el océano Atlántico, a más de 5.500 km de distancia. El Nilo recibe dos afluentes, el Nilo Azul y el Atbara, que nacen ambos en el alto y montañoso macizo etíope. Las intensas lluvias estivales en Etiopía elevan enormemente el caudal de estos afluentes, que arrastran consigo una gran cantidad de sedimento rico en minerales. En la época anterior a los complejos controles hidráulicos que se vienen aplicando desde mediados del siglo pasado, esta riada bastaba para inundar el valle y el delta de Egipto, transformando el país en un gran lago poco profundo mientras que las ciudades y las aldeas se convertían en islotes bajos unidos por las calzadas elevadas.

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Cuando la corriente se detenía, parte del limo se depositaba en la tierra y allí continuaba cuando las aguas retrocedían en octubre y noviembre. Si en aquel momento se sembraba en el espeso y húmedo limo, el moderado sol de otoño e invierno habría hecho madurar los cultivos hacia marzo o abril con apenas o ninguna necesidad de volverlos a regar. Más tarde, después de la siega en verano, la tierra se secaba y agrietaba, lo que facilitaba su aireación y de esta manera se evitaba que se anegase o que se produjera una acumulación excesiva de sales. Estas tres estaciones constituían las principales divisiones del antiguo calendario egipcio: ajet (inundación), peret (cosecha) y shemu (sequía). Era el ciclo natural ideal, pero el ingenio humano podía todavía hacer mucho más para mejorarlo. Se podían construir taludes de tierra que cercaran grandes balsas en donde el agricultor podía estancar durante un tiempo el agua antes de devolverla al río. Se podía recoger el agua con aparatos para irrigar aquellas zonas a las que no llegaba la riada o, en verano, cuando el río estaba en su nivel más bajo, regar los campos y realizar una segunda siembra, o para mantener los huertos durante todo el año. Además de todo ello, las aguas del Nilo pudieron llegar más lejos y de manera más eficaz mediante la creación de. un sistema de canales de irrigación y de avenamiento controlados por esclusas y, por último, como ha venido sucediendo desde la apertura de la gran presa de Asuán en 1970, al contener la mayor parte del caudal de agua y soltarla lentamente de manera que el río siempre tiene el mismo nivel y nunca se desborda. Al perfilar la imagen de la sociedad antigua es necesario que nos preguntemos hasta dónde llegaron los egipcios en esta carrera de avances. Al parecer, no muy lejos. No les hacía falta. A la mentalidad egipcia le era ajena la idea de utilizar la tierra fértil para cultivar productos con fines comerciales y obtener un beneficio vendiéndolos a otros países (como ha ocurrido en la época moderna con el algodón y el azúcar). La población aumentaba lentamente y hacia finales del Imperio Nuevo no superaba los 4 a 5 millones de personas, una cifra muy modesta comparada con la media actual. El estudio de las fuentes antiguas nos sugiere que la administración de las tierras era muy elemental. El Estado se interesaba muchísimo por su rendimiento anual con miras a recaudar las rentas y los tributos: ello queda claro en bastantes fuentes escritas. Pero los mismos documentos apenas mencionan, o no lo hacen en absoluto, la irrigación, lo que implica que se trataba de una cuestión local fuera del control gubernamental. Era obligación de cada interesado mantener los terraplenes que rodeaban las balsas y, cuando la crecida anual las llenaba, en el suelo sólo quedaba la suficiente humedad para una cosecha de cereales. Se tenía un interés profesional por la altura máxima que alcanzaba la inundación cada año, que se grababa en los marcadores apropiados: los kilómetros o muelles del templo. No se tienen pruebas de que se utilizasen estas cantidades para calcular el rendimiento de los cultivos, si bien la gente debía ser muy consciente de las consecuencias de una crecida cuyo nivel fuera superior o inferior al habitual. Actualmente en Egipto las tareas de irrigación no sólo conllevan la regulación del caudal y de la disponibilidad del agua del Nilo a través de un sistema de canales, sino también el uso de maquinaria para hacerla llegar hasta el nivel del terreno. En nuestros días puede contemplarse una gran variedad de máquinas hidráulicas. Antiguamente, sólo había una: el shaduf, un aparato fácil de construir, formado por un palo horizontal montado sobre un pivote con un contrapeso a un lado y un balde o un recipiente similar suspendido del otro (figura 2).

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Aparece en escenas de las tumbas a partir de finales de la dinastía XVIII (c. 1350 a.C.), pero incluso entonces sólo en composiciones que muestran a unos hombres regando jardines. En versiones previas, anteriores a la dinastía XVIII, el método era todavía más rudimentario. Vemos cómo los hombres transportaban el agua hasta los jardines en un par de jarras de cerámica colgadas de una percha que llevaban a hombros (figura 3)

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Lo que observamos en estas escenas no es la irrigación de tierras de labrantío para producir un cultivo base de cereal o lino, sino el riego de una pequeña parcela de terreno a la que no alcanza la riada y que se limita a unos bancales de hortalizas y de flores o a unos huertos con árboles frutales cuidados durante todo el año. Esta evidencia sirve para reforzar el argumento de que la agricultura cerealística de monocultivo tan sólo se trataba de un cultivo anual que dependía de la humedad que quedaba en el suelo tras la inundación. La importancia de apreciar esto no se debe solamente a que proporciona un trasfondo a la vida en el antiguo Egipto. A veces se ha creído que la sociedad organizada, la civilización, surgió en Egipto y en otros lugares por la necesidad de coordinar los esfuerzos colectivos para controlar los ríos y que se desarrollara la agricultura. Por lo que respecta al antiguo Egipto, se puede afirmar que no fue así. No hay que buscar el origen de la civilización en algo tan sencillo. Es cierto que actualmente el país se mantiene gracias a un complicado sistema de irrigación. Pero ello ha resultado necesario únicamente a causa del fuerte incremento de la población producido en los dos últimos siglos [La mejor introducción a la geografía del antiguo Egipto se encuentra en K. W. Butzer. Early Hydraulic Civilization in Egypt. A Study in Cultural Ecology. Chicago, 1976]. El moderno Egipto es un país de habla árabe, mayoritariamente de religión islámica y con unas leyes y unas instituciones seculares. producto de los 1.300 años de dominación e influencia árabes que siguieron a la primera invasión musulmana en el año 641 d.C., atenuadas por la posición mediterránea del país. Pero incluso en tiempos de la conquista árabe, el antiguo Egipto de los faraones pertenecía a un lejano pasado. Formalmente reconocemos su fin en el año 332 a.C., cuando Alejandro Magno lo conquistó e inauguró tres siglos de gobierno de los reyes macedonios (los Ptolomeos), quienes vivían al estilo griego en Alejandría aunque continuaban haciéndose pasar por faraones en beneficio de las zonas del país con una mentalidad más tradicional. La última de esta línea fue la reina Cleopatra VII (la Cleopatra). Más tarde, primero en tanto que provincia romana y luego del imperio bizantino, Egipto se convirtió en un país fervientemente cristiano, cuyo legado es la Iglesia copta. Su idioma, que ya no se habla pero que se ha conservado en la liturgia y en las tradiciones bíblicas, es la lengua del antiguo Egipto despojada de la escritura jeroglífica. Estas tres oleadas de cultura foránea (la griega helenística, la cristiana y la musulmana) destruyeron por completo la cultura indígena del valle del Nilo de tiempos antiguos. unas veces mediante un proceso de modificaciones graduales, otras por un ataque deliberado. Por consiguiente, los conocimientos que actualmente se tienen del antiguo Egipto son resultado de la reconstrucción que han hecho los investigadores a partir de dos tipos de fuentes: el estudio de los restos antiguos que la arqueología exhuma y la lectura atenta de los relatos de la época clásica. En los comienzos de la egiptología, uno de estos relatos dio ya hecho un marco histórico y cronológico que todavía cuenta con la aprobación de todo el mundo. Se trata de una colección de resúmenes de una Historia de Egipto, ahora desaparecida, escrita en griego en el siglo m a.C. por un sacerdote egipcio, Manetón. A pesar de las inexactitudes introducidas por los copistas, el acceso que Manetón tenía a los archivos del templo confiere a su obra un grado de detalle y una autoridad que ha resistido el paso del tiempo. En concreto, la división que hace de la historia egipcia en treinta dinastías o familias gobernantes (a las cuales posteriormente se añadió otra), continúa siendo todavía el marco histórico de referencia. Sin embargo, por cuestiones prácticas, los investigadores actuales han agrupado las dinastías de Manetón en unidades mayores, tal y como sigue:

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A la dinastía I le precede un período con una avanzada cultura neolítica que solemos denominar Predinástico. Duró algo menos de un milenio, aunque sus raíces en culturas neolíticas anteriores retroceden hasta el séptimo milenio a.C. Para la sucesión de las distintas fases culturales del Predinástíco del Alto Egipto hay una serie de términos que son de uso corriente. La antigua sistematización comenzaba en el badariense, al que seguían el amratiense y el guerzeense y que culminaba finalmente, mediante una transición un tanto ambigua, en la dinastía l. Posteriormente, se solían reemplazar los términos amraciense y guerzeense por los de Nagada I y Nagada ll, aunque el período transicional seguía estando poco definido. Hace algunos años se propuso una nueva periodización, en la que se reconocen tres fases de Nagada (I, II y III), y que ha contado con una mayor aprobación entre los expertos. De todos modos, son fases culturales definidas por los estilos cerámicos, etc. Desde una perspectiva política, es evidente que en el último o los dos últimos siglos del Predinástico estamos tratando con «reyes», y un término general bastante útil para calificarlos es el de «dinastía 0». Juntos, el Egipto Predinástico y el Dinástico cubren alrededor de 3.500 años. Aunque el ritmo de cambio en el mundo antiguo era notablemente más pausado que el de la época moderna, en este lapso de tiempo se notan los efectos. Cuando se escribe sobre el antiguo Egipto, hay que ir con cuidado de no mezclar demasiado las fuentes de períodos distintos. Uno de los temas que se discuten en este libro es que los cambios ideológicos quedaban disfrazados al presentarlos siempre con una apariencia conservadora, lo que ha llevado al mito moderno de que los antiguos egipcios tenían una mentalidad más reaccionaria que los otros pueblos de la antigüedad. Este libro no va más allá de finales del Imperio Nuevo, excepto cuando se mencionan unas pocas fuentes concretas de períodos posteriores. lncluso en este breve lapso de tiempo, la sociedad egipcia cambió de manera notable. Entre el Imperio Medio y el Nuevo se produce una ruptura clarísima. He evitado adrede que la cronología y la historia se metieran de una manera muy obvia en el texto, si bien ha sido necesario dejar constancia del paso del tiempo. He optado por una solución de compromiso por la cual, en la primera y la segunda parte (capítulos I a IV), me centro en la sociedad de los primeros períodos hasta finales del Imperio Medio, mientras que la tercera parte (capítulos V a VII) está dedicada principalmente al Imperio Nuevo.

[Barry KEMP. El Antiguo Egipto. Anatomía de una civilización. Barcelona: Crítica, 1996, Introducción, pp. 7-24]

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