✍ La odisea de la plata española. Conquistadores, piratas y mercaderes [1996]

por Teoría de la historia

la-odisea-de-la-plata-españolaUna vez más, el eminente profesor Cipolla nos ofrece una obra cuyas características bien podrían asegurarle una amplia difusión. Su lectura resultará seguramente atractiva tanto para especialistas como, en particular, para estudiantes y público culto en general. El tema tratado, el tono divulgativo y la amenidad de la narración, junto a la profusión de ilustraciones de época, consiguen que su lectura sea fácil y grata para lectores de variada formación e intereses diversos. También resulta sugerente, a lo que contribuyen el gran saber histórico y la finura intelectual del profesor Cipolla. Uno y otra siempre presentes en la brillante y dilatada trayectoria de un autor de primera fila en el panorama internacional. Si el objetivo de La odisea de la plata española es el de añadir a la ya voluminosa bibliografía existente un ensayo de carácter preferentemente divulgativo acerca del estado de la cuestión, éste ha sido satisfactoriamente logrado. Algunos de los principales aspectos del influyente conjunto de actividades económicas que, potenciadas por la irrupción de Potosí como principal productor mundial a mediados del siglo XVI, acabarían conduciendo, a juicio del profesor Cipolla, a la «guerra del opio» de la primera mitad del XIX, son sintética y amenamente expuestos. No faltan numerosas pruebas de la erudición del autor acerca del comercio y la moneda en América, Europa y China durante la Edad Moderna ni de su habilidad para sostener su argumentación con acertados ejemplos. El tratamiento a muy largo plazo y a escala intercontinental de unos flujos comerciales y monetarios que acabarían creando un duradero circuito económico de alcance mundial también se revela fructífero. Y todo ello en una obra de reducidas dimensiones. Esquemáticamente, el contenido de los once capítulos, incluyendo en ellos las conclusiones, que componen la obra es el siguiente. El primer capítulo repasa los hitos —«grandes golpes de fortuna» para el profesor Cipolla— que, entre 1536 y 1566, jalonan la conquista de México y Perú y el descubrimiento y explotación de los yacimientos de mineral argentífero que constituirían los primeros grandes centros mineros americanos (Potosí y Zacatecas) y el de cinabrio de Huancavelica. Gracias a esas tres décadas prodigiosas, «España pasó de ser un país de segundo o tercer orden a ser el país más rico y más poderoso del mundo» (p. 11). Los capítulos segundo y tercero se dedican, siglo xvm excluido, a los principales aspectos institucionales de la Carrera de Indias. En el cuarto se señalan las «fuerzas de la naturaleza » (sic) y la piratería como principales —aunque superados— obstáculos a las comunicaciones marítimas entre metrópoli y colonias, se describe la composición por productos del comercio colonial y se enfatiza el peso de la plata en los retornos. «¿Cuánta plata?» es la debatida cuestión a la que se dedica el quinto capítulo. Probablemente, ofrecer una respuesta precisa —nada fácil, por cierto— no sea la intención del autor. Por el contrario, sí se muestra taxativo al calificar de «revolucionaria » la «novedad» representada para Europa por las llegadas de metales a España durante el siglo xvi, aunque éstas fueran menores que en el XVII o el XVIII o pequeñas en comparación con la producción contemporánea de plata. Tampoco parecen caberle dudas en atribuir a la plata que «un país mayoritariamente pobre» como España (Castilla) se convirtiese «de la noche a la mañana en el país más poderoso del mundo» (p. 58). El capítulo sexto se ocupa de la reforma monetaria europea que, durante la segunda mitad del siglo XV, siguió al descubrimiento y explotación de los yacimientos argentíferos de los Alpes y el Erzgebirge y cuyo principal exponente consistió en la acuñación de monedas de plata de un valor muy superior al que hasta entonces, y desde antiguo, habían tenido. Con algún retraso, no será hasta la década de 1530 cuando España se incorpore formalmente a la norma monetaria europea mediante la acuñación, en la ceca de México, del «real de a ocho» (peso). Esta pieza se convertiría en la protagonista estelar de las relaciones económicas internacionales durante la Edad Moderna. En el séptimo capítulo se presentan algunas impresiones —«vagas e imprecisas» según el propio Cipolla— acerca de cuestiones básicas a la hora de explicar la circulación a escala mundial del «real de a ocho». Casi epigramáticamente, dichas impresiones serían: la mayor parte de la producción de plata americana llegó a España; el porcentaje de la plata amonedada sobre la producida tendió a aumentar; la plata llegada a España estaba formada en una proporción creciente por monedas; una parte significativa de la plata no amonedada antes de tocar puerto en la Península permaneció «en forma de panes» (pasta) sin que por ello dejase de tomar parte en las transacciones internacionales; el grueso de la plata acabó traspasando las fronteras españolas; el endeudamiento de la Corona para fines bélicos y la pérdida de competitividad de la producción española causada por la inflación debida a la abundancia de plata explicarían la salida de este metal al exterior. En el capítulo octavo se nos muestra cómo la plata salida de España, ya fuesen «panes» o, mayoritariamente, «reales de a ocho», tras circular fluidamente por los principales centros comerciales y financieros europeos tendía «a desplazarse hacia Oriente». Los pesos españoles actuaron como insustituible mecanismo compensatorio de la deficitaria balanza comercial de bienes entre Europa e India y China. En India, los pesos eran fundidos y convertidos en rupias; en China, se transformaban en lingotes o circulaban libremente, siendo unos u otros adaptados, mediante el simple corte con unas cizallas, a las particulares10352381 necesidades de pago de sus poseedores. A las peculiaridades monetarias chinas, así como a las diferentes rutas de la plata en su camino desde América al Extremo Oriente, durante los siglos XVI y XVII, está dedicado el capítulo noveno. En el décimo se discute la existencia de «una especie de imperio monetario castellano», que, propuesta por el profesor Domínguez Ortiz, se apoyaría en «la abundancia de oro y plata que se recibía de las Indias y en la excelente calidad de su moneda» (p. 111). Para el profesor Cipolla, esa idea sería incorrecta por dos razones: 1) «no fue España la que controló la distribución y las corrientes de los reales» (p. 112); 2) la ley y, especialmente, el peso de los «reales de a ocho» distaban de ser constantes. Por esto último, «no se contaban como unidades monetarias, sino como mercancía» (p. 116). De ahí que sea «un misterio» que «una moneda tan fea, tan mal acuñada, tan fácilmente cercenable y, para colmo, indigna de confianza en cuanto a su valor intrínseco, fuera tan apreciada y valorada en todos los rincones del globo» (p. 117). La propia abundancia de los «reales de a ocho» es la hipótesis explicativa de su éxito avanzada por el profesor CipoUa. En las conclusiones, se nos presenta la solución adoptada, desde mediados del siglo XVIII, por la Compañía de las Indias Orientales para equilibrar el creciente déficit comercial británico con China: el opio. Su creciente consumo en el Celeste Imperio a finales de la primera mitad del siglo XIX acabaría trocando el déficit en superávit, lo que invirtió el sentido del flujo secular de la plata entre Occidente y Oriente. Con la primera «guerra del opio» concluye el profesor CipoUa su versión de la historia de una moneda cuya masiva y duradera presencia en el mercado internacional hizo posible la gran expansión de las transacciones comerciales a larga distancia de los siglos XVI y XVII. Pese a todas las virtudes de La odisea de la plata española como amena y brillante síntesis accesible no sólo al profesional de la Historia o de la Economía, quizás no estén de más algunas consideraciones críticas. En primer lugar, no resulta evidente la presencia de planteamientos novedosos. Éstos tal vez no sean exigibles a un ensayo de alta divulgación, pero no dejan de echarse a faltar tratándose del autor cuya obra nos ocupa. En segundo lugar, aparentemente, la obra se apoya sólo en fuentes secundarias. Habría sido muy enriquecedor contar con los resultados de la personal explotación por el profesor Cipolla de las abundantes fuentes primarias disponibles, hayan sido utilizadas anteriormente por otros investigadores o no. Por otra parte, una mayor atención a lo ocurrido durante el siglo XVIII podría haber enriquecido su relato: otras áreas geográficas —las participantes en el «comercio triangular» atlántico, principalmente— intensificaron su participación en los flujos comerciales y monetarios internacionales; la amonedación, el comercio colonial y las finanzas estatales de la España borbónica presentan rasgos novedosos que no se adaptan sin alguna fricción a la interpretación de la economía y la moneda españolas en el contexto internacional válida para los siglos anteriores. Además, por simple lógica narrativa, el XVIII evitaría el hiato —no carente, sin embargo, de efectividad como coda— existente en un discurso que, centrado en los siglos XVI y XVII, concluye un tanto abruptamente con la «guerra del opio». En cuarto lugar, y probablemente a causa de cierta inercia estilística, el profesor Cipolla ofrece una explicación de aspectos importantes de la historia de España, posesiones americanas incluidas, entre finales del siglo XV y mediados del XVI que no resulta del todo 300x300_9789505572922convincente. Cabe dudar de la adecuación de un análisis en términos de «golpes de fortuna» y de transición súbita desde la pobreza y la debilidad a la riqueza y el poder para dar cuenta de una compleja y polifacética realidad de la que, sin duda, pudieron formar parte azares afortunados o mutaciones rápidas, pero que dista mucho de reducirse tan sólo a eso. En otras palabras, por un lado, la dilatada historia de la minería colonial tiene menos de aleatorio que de determinista; por otro lado, ni España era irrelevante en la política europea antes de la conquista del Imperio azteca, ni la renta per cápita de los españoles metropolitanos era significativamente mayor después del descubrimiento y explotación de Potosí y Zacatecas. Se diría que el profesor Cipolla no ha podido escapar a la influencia del pensamiento mercantilista. En quinto lugar, quizás a no pocos lectores les habría gustado encontrar respuesta a las preguntas que surgen fluidamente de algunos de los fragmentos más brillantes del texto: por ejemplo, ¿por qué triunfan las «macromonedas» y qué fue de ellas?, ¿por qué nunca se acuñaron monedas de oro y plata en China?, ¿por qué, tras su independencia, las antiguas colonias británicas en América del Norte eligieron el «real de a ocho» como unidad de cuenta y monetaria? o ¿qué efectos económicos tenía la acumulación de plata en India y China? Por último, el fenómeno conocido como «revolución de los precios» apenas recibe atención alguna. Estas observaciones, que probablemente respondan a la inclinación consciente del profesor Cipolla por publicar una obra amena, breve y no destinada en exclusiva a los especialistas, no impiden que la lectura de La odisea de la plata española resulte una muy grata y recomendable experiencia.

[Rafael DOBADO GONZÁLEZ. “Carlo María Cipolla: La odisea de la plata española. Conquistadores, piratas y mercaderes, Barcelona, Crítica, 1999, 138 pp.” (reseña), in Revista de Historia Económica (Madrid), Año XVIII, nº 1, invierno de 2000, pp. 199-203]

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