✍ Historia de Inglaterra, 1914-1945 [1965]

por Teoría de la historia

historia-de-inglaterra-a-j-p-taylor_MLA-F-3400758549_112012Cuando, hace una generación, se lanzó la Historia de Inglaterra de Oxford, “Inglaterra” era una palabra que lo abarcaba todo. Sin distinciones significaba a Inglaterra y Gales, Gran Bretaña, el Reino Unido e, incluso, el Imperio británico. Los extranjeros la empleaban como nombre de una Gran Potencia y, de hecho, siguen haciéndolo. Bonar Law, canadiense de ascendencia escocesa, no se avergonzaba de describirse como “Primer Ministro de Inglaterra”, como antes de él lo hiciera Disraeli, judío de nacimiento. Uno de los volúmenes de esta historia pone las universidades escocesas en el apartado dedicado a la educación inglesa; otros tratan los asuntos internos de las colonias como parte de la historia inglesa. Hoy día los términos son más rigurosos. El usar “Inglaterra” para algo que no sea denominar una zona geográfica causa protestas, en especial de los escoceses (1). Intentan imponer el de “Britania”, nombre de una provincia romana desaparecida en el siglo V, que nada incluía de Escocia y que, de hecho, tampoco incluía toda Inglaterra. Nunca utilizo ese término incorrecto, aunque en ocasiones, mis subeditores lo deslizan sin decirme nada. Lo correcto es la “Gran Bretaña”, y lo ha sido desde 1707. Sin embargo, no es sinónimo de Reino Unido, como parecen pensarlo los escoceses, que olvidan a los irlandeses (y, desde 1922, a los irlandeses del Norte). Además, el Reino Unido no cubre la Comunidad Británica, el Imperio colonial o la India. No importa qué palabra utilicemos, acabamos en un lío. He procurado atenerme a lo que se me ha asignado: la historia inglesa. Cuando galeses, escoceses, irlandeses o las tierras ultramarinas británicas tienen la misma historia que los ingleses, mi libro los incluye; cuando sus historias se apartan, no. Por ejemplo, Gales es parte integral del sistema administrativo y jurídico inglés, pero (desde 1919) no tiene Iglesia oficial. Escocia tiene una Iglesia oficial y un sistema administrativo y jurídico diferentes, así como una administración en gran medida autónoma. A partir de 1922, Irlanda del Norte es incluso más autónoma. Nada de esto me concierne. Por otra parte, sería imposible descubrir una política externa específicamente inglesa, y tonto, aunque no imposible, descubrir la contribución específicamente inglesa al presupuesto o al comercio ultramarino británicos. Sin embargo, pienso que es razonable hablar de sentimientos o de modos de vida ingleses. De cualquier manera, este libro trata sobre treinta años de historia del pueblo inglés, y en ella entran otros sólo cuando afectaron la política inglesa o de alguna otra manera despertaron el interés de los ingleses. Así, examino las consecuencias que tuvieron para la política inglesa los sucesos de la India, pero no intento narrar la historia política de ese país. Por lo mismo, paso por alto lo ocurrido en África cuando fue de importancia para África, pero no, en aquel entonces, para Inglaterra. Mi libro comienza precisamente el día 4 de agosto de 1914, y casi a la hora, 11 p.m., en que termina el volumen de Sir Robert Ensor, escrito para esta serie. Su final es menos preciso. Había muchos asuntos sin concluir, como el reordenamiento de Europa, el préstamo norteamericano, el establecimiento de un estado de beneficencia social y de la independencia india. Las nuevas pautas eran mucho más claras en 1951 que en 1945. Sin embargo, en algún punto había yo de terminar. Escribí ateniéndome a una narración continua, aunque dándome ocasionalmente pausas de descanso. La mayoría de los temas surgieron por sí mismos. Durante diez de los 31 años que abarca este volumen, los ingleses participaron en grandes guerras; durante 19 vivieron a la sombra del desempleo en masa. Una vez atendidos esos temas, y la política de ellos surgida, poco espacio quedaba. Sólo la ignorancia excusa algunas de las omisiones. Por ejemplo, hubo en la ciencia avances de la mayor importancia: unos benéficos, como las vitaminas; otros potencialmente catastróficos, como las explosiones nucleares. No entiendo el funcionamiento del motor de combustión interna, para no hablar de la bomba atómica, estaba fuera de mi capacidad cualquier intento de exponer cuestiones científicas. Tampoco habría sacado gran cosa de la filosofía moderna. En cualquier caso, elegí los temas que me parecieron más apremiantes, más interesantes y en los cuales mi competencia era mayor. Sigo el ejemplo de Sir Robert Ensor y considero figuras históricas, espero que sin ofensa alguna, a todos los mencionados en el libro, estén vivos o muertos. Las notas biográficas sólo abarcan el periodo cubierto por el libro, aunque en ocasiones lo sobrepasen. He recibido información e ideas de muchas personas y las he tomado de muchos libros.51jUour+6nL Me habría sido especialmente imposible compilar la bibliografía sin la ayuda de historiadores y las autoridades de varias instituciones. Estoy profundamente agradecido por esa ayuda, otorgada con tanta generosidad, y espero que quienes la dieron se sientan en libertad de criticar los resultados. Kenneth Tite, mi colega en el Magdalen College, leyó dos veces todo el manuscrito. Me salvó de muchos errores, cuestionó muchos de mis juicios y atemperó el dogmatismo de mi estilo. Ha de aceptar parte de la culpa si la palabra “probablemente” aparece demasiado a menudo. Sir George Clark, editor general, me honró con su invitación a escribir este libro y me dio apoyo cuando en mi profesión me menospreciaron. Leyó mi manuscrito con atención crítica y lo reforzó en muchos puntos. Otro historiador me dio inspiración y guía. Hubiera querido poner este libro en sus manos. Hoy asiento con pesar, por su fallecimiento, el nombre de Max Aitken, Lord Beaverbrook, mi amigo dilecto.

NOTAS. (1) Los habitantes de Escocia se llaman ahora “Scots”, y “Scottish” a sus asuntos. Tienen derecho a ello. La palabra inglesa para ambas cosas es “Scotch”, tal como llamamos “French” a los franceses, y “Germany” a Alemania. Como soy inglés, así lo uso.

[A. J. P. TAYLOR. Historia de Inglaterra, 1914-1945. México: Fondo de Cultura Económica, 1989, Prefacio, pp. 7-8]

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