✍ Los hijos de Facundo. Caudillos y montoneras en la provincia de La Rioja durante el proceso de formación del Estado nacional argentino, 1853-1870 [2001]

por Teoría de la historia

458048c0El caudillismo fue la forma de liderazgo político del siglo XIX que más ha despertado la atención de sus contemporáneos y de los historiadores. Gracias a las reflexiones de Sarmiento en su clásico Facundo –en las cuales el caudillismo no era más que la encarnación de la barbarie- Argentina se convirtió en el ejemplo clásico de este fenómeno. Desde entonces muchas explicaciones se han esgrimido en la búsqueda de una comprensión del caudillismo. Ni la visión de Eric Wolf que sostiene que se trata de una relación patrón-cliente, ni la de John Lynch, quien presenta a los caudillos como protectores de los intereses de la elite y disciplinadores de las clases más bajas que las transforman de peones en seguidores políticos, ni los que como Bradford Burns pugnan por las imágenes de un caudillo defensor de la tradición, proporcionan, según Ariel De la Fuente, una explicación suficiente para comprender el caudillismo en toda su complejidad: “Los estudios sobre el caudillismo han ignorado a los seguidores como sujetos políticos, pasando por alto el hecho de que el liderazgo caudillista fue también unas construcción de quienes lo seguían” (De la Fuente, 2007: 20). La excepción la constituye el reciente libro de John Charles Chasteen, Heroes on Horseback, que inspira al autor de Los Hijos de Facundo y en el cual se insiste en la necesidad de entender tanto a los seguidores como a los caudillos. En este sentido la investigación se plantea otro tipo de interrogantes ¿Cómo concebían los gauchos riojanos decimonónicos su relación con los caudillos y la política en general? ¿Por qué razón se rebelaban? ¿Qué significaban unitarismo y federalismo para ellos? ¿Qué rasgos especiales había en Chacho Peñaloza, en Felipe Varela y en otros caudillos que generaban lealtades y emociones? Ariel de la Fuente se doctoró en Historia en la Universidad del estado de Nueva York (Stony Brook). Los hijos de Facundo fue publicado originalmente en inglés por la Universidad de Duke en el año 2001. En diálogo con la historiografía anglo-latinoamericanista socio-cultural que se ocupa de la acción colectiva rural, la mentalidad y las motivaciones de los campesinos –Mallon, Van Young, Gilbert y Nougent entre otros– y con una heterogénea literatura de historia cultural –entre ellos Burke, Darnton y Geertz–, Los hijos de Facundo estudia el caudillismo y las prácticas políticas de los sectores populares en la provincia de la Rioja durante el proceso de formación del estado nacional argentino, especialmente durante la década de 1860. En ese sentido se advierte que las motivaciones que tuvieron los gauchos para seguir a sus caudillos fueron variadas: desde incentivos materiales inmediatos al compromiso tradicional de las relaciones patrón cliente. Sin embargo estas motivaciones no operaban en el vacío sino “en un contexto de vinculación emocional e identificación cultural entre líderes y seguidores, un lazo construido, en parte, a través de las representaciones que los seguidores tenían de sus caudillos” (De la Fuente, Ibidem: 21) Las relaciones caudillo-seguidor se establecieron a la luz de la lucha política que según el autor domina el siglo XIX: unitarios contra federales. El caudillismo fue uno de los significados que la identidad federal adquirió a nivel local. El libro comienza con una introducción a los nueve capítulos que lo componen. Si en los primeros cuatro capítulos es el enfoque social y económico el tinte dominante, a partir del quinto se notarán con más fuerza los elementos de análisis de la historia cultural. La obra finaliza con conclusiones y un apéndice de fuentes y bibliografía. El libro dispone de una novedosa y variada documentación en su análisis. Desde los archivos judiciales pasando por los presupuestos provinciales hasta los censos y desde allí a los cantares y relatos populares, todos los documentos son trabajados con soltura y rigor. En el capítulo uno (“Caudillos, elites provinciales y la formación del Estado nacional”) De la Fuente da cuenta de la pobreza fiscal de la provincia de La Rioja y de su consecuente incapacidad para ejercer un monopolio legítimo de la violencia. Como resultado, el ejercicio de la violencia privada era la única alternativa para que los sujetos políticos pudieran ver garantizada su participación. Esta violencia se fundamentaba en la capacidad de las partes para cultivar una clientela. Chacho Peñaloza, Felipe Varela y otros caudillos de menor relevancia se trasformaron así en árbitros de la política. La obra también refiere a las dificultades que encontró la justicia y el personal político riojano entre ellas la interferencia de los caudillos, la escasez de personal idóneo y de fondos. La identidad federal se basaba en la defensa de la Constitución de 1853 y la soberanía provincial más una marcada hostilidad hacia Buenos Aires. Entre los unitarios distingue a dos grupos: los unitarios puros que luchaban por la disolución de la soberanía provincial y la hegemonía de Buenos Aires en el proceso de formación del Estado y por otro lado, los unitarios que se definían a si mismos como liberales, que si bien pugnaban por un poder fuerte, centralizado, no consideraban pertinente una abolición completa de la soberanía provincial. Sin embargo el autor no retomará esta distinción y elegirá estudiar a los unitarios como un cuerpo homogéneo. La identidad común unitaria se encuentra, según su visión, en la continuidad que los mismos actores reconocieron en la naturaleza de las luchas partidarias desde 1820 hasta 1860 entre unitarios y federales. Y también en la percepción que de los primeros tenían los gauchos: los denominaban “los salvajes unitarios”. De la Fuente realiza un minucioso análisis geográfico de la política en los capítulos dos y tres del libro (“Unitarios y Federales en Famatina: el componente agrario del conflicto político en un valle del interior andino” y “La Sociedad de Los Llanos”). Si bien la lealtad federal era sólida en todos los departamentos, su fortaleza estaba en Los Llanos, tierra de Facundo Quiroga. Los rivales más serios de los caudillos de esa región eran los unitarios del valle de Famatina. Las condiciones geográficas facilitaron más no garantizaron las relaciones de caudillaje e identidades que allí surgieron. En la región dominada por los rivales unitarios el acceso a la tierra y al agua era fuente de tensión entre terratenientes y gauchos, mientras que en los Llanos todavía había tierra disponible para estos últimos que la buscaban. La división étnica, económica y la distancia cultural entre terratenientes y gauchos era muy amplia en Famatina, no así en Los Llanos donde la mayor proximidad entre los grupos sociales facilitó la construcción de relaciones verticales de solidaridad entre criadores y gauchos y su movilización. La población de la primera era en gran parte indígena mientras que en la segunda se trataba de población de ascendencia africana pero de origen más reciente y que pudo aceptar con más facilidad el liderazgo de los criadores. Así, la relativa pobreza de la economía ganadera de Los Llanos se tradujo en un mayor acercamiento cultural de los criadores con los gauchos. En el capítulo cuatro (“Gauchos, montoneros y montoneras: perfil social y funcionamiento interno de las rebeliones”) el autor se ocupa en primer lugar de definir el término gaucho. Si bien lo utiliza en el sentido “habitante pobre del campo” cualquiera sea su ocupación, también da cuenta de su significación en la época. Los habitantes del campo utilizaban el término para presentarse ante otra audiencia; los habitantes urbanos lo utilizaban en el sentido que escogió el autor pero también agregaban un componente cultural peyorativo: los habitantes del campo no eran solo pobres sino rústicos e ignorantes y hasta bandidos rurales, sobre todo para las autoridades. El término gaucho era criminalizado y se asociaba también al de montonero: aquel que se rebelaba por razones políticas contra las autoridades. En un análisis que echa por tierra ancestrales prejuicios, el historiador demuestra que los gauchos trabajaban y tenían familia. Y que las montoneras, lejos de constituir agrupaciones irracionales, poseían una clara estructura jerárquica de naturaleza vertical, organizacional y de mando. Paradójicamente, aunque los gauchos en su casi absoluta mayoría eran analfabetos, concedían gran importancia a las órdenes escritas. Los Hijos de Facundo gana en innovación y cautiva con su argumento en el capítulo cinco (“Los caudillos y sus seguidores: las formas de una relación”). La pregunta -que retoma los cuestionamientos introductorios- es simple pero fundamental ¿por qué los gauchos seguían a los caudillos? A una descripción de razones materiales, como la carne, la ropa, los zapatos y un sueldo, se agregan las razones culturales y emocionales que motivaban a esos sujetos a actuar políticamente. Si movilizar a los gauchos solo hubiese dependido de razones económicas, éstos hubiesen defendido la causa unitaria. Sin embargo la protección, la lealtad, la asistencia y sobre todo la sociabilidad erigieron razones culturales y emocionales para un vínculo. Las dificultades que enfrentaban los unitarios a la hora de movilizar a los gauchos surgían no solo de las limitaciones políticas y culturales sino de la creciente y constante politización de los gauchos. El libro demuestra además los fracasos y los costos políticos que afrontaron los unitarios al intentar manipular a los gauchos federales y su arraigada tradición. “Facundo y Chacho en cantares y relatos: cultura oral y representaciones del liderazgo” es el sexto capítulo del libro. De la Fuente comienza con una crítica al concepto sociológico clásico de carisma. Mediante la cita de James Scott y Chasteen, el autor quiere trasmitir, en consonancia con el capítulo anterior y con la introducción, que la importancia del carisma radica en su atribución, es decir, en la persona que lo proyecta sobre su líder. Para ello es necesario estudiar la cultura de esos seguidores. Los estudios sobre cultura popular en sociedades pre-capitalistas han tropezado con el inconveniente de que su objeto de estudio está basado mayoritariamente en personas analfabetas. La investigación que sustenta la obra pudo sortear este inconveniente a través de la colección de Folklore de la Escuela docente realizada en 1921, compuesta por canciones, relatos y proverbios. La mayoría de los informantes tenían más de 70 años y podían dar cuenta de la época de estudio de este libro, aunque978-0-8223-2596-3_pr el autor toma los recaudos necesarios con una fuente que evoca tardíamente un momento histórico. El folklore demuestra que la política ocupa un lugar importante en la cultura oral de los gauchos. El federalismo ejerció mayor influencia que el unitarismo en los cantares populares. El proceso politizaba la moralidad de los antiguos cantares folklóricos y a su vez moralizaba a los caudillos. Los cantares y relatos incluían héroes, villanos, dioses y diablos, alusiones bíblicas y elementos sobrenaturales (la figura del tigre asociada a Facundo por ejemplo). En este capítulo De la Fuente desliza una hipótesis arriesgada: “La experiencia de un conflicto de décadas, compartida por unitarios y federales por igual, había delineado un espacio político común en el que se desarrollaba la lucha; también de este modo, entonces, los protagonistas experimentaban el proceso gradual de la formación de la nación” (Ibidem:164) Y va aún más allá cuando afirma que “el reconocimiento de un espacio político nacional surgió, entonces, no del proyecto de un sector social en particular sino, por el contrario, del conflicto que involucró a gauchos y miembros de las familias decentes por igual; un conflicto que se comunicaba oralmente en lugar de a través del material escrito. Así, la percepción de un espacio político nacional fue forjada lentamente por el analfabetismo y la lucha política” (Ibidem: 166) El autor discute explícitamente con las concepciones como las de Benedict Anderson sobre la formación de la nación como dominio exclusivo de la alfabetización y las manifestaciones impresas de la alta cultura del siglo XIX. El capítulo siete (“Blancos y negros, masones y cristianos: Etnicidad y religión en la identidad política de los rebeldes”) investiga la incidencia de la población indígena y de ascendencia africana en las prácticas religiosas y políticas (a su vez entremezcladas). Las luchas entre unitarios y federales se imbrican con una guerra de castas. El federalismo se identificaba abiertamente con ellas y de allí podría explicarse su capacidad de movilización. Por otra parte los líderes federales también supieron valerse de la simbología católica para movilizar a los seguidores. Los unitarios eran asociados al ateismo. Sin embargo algunos líderes como Felipe Varela fueron más ambivalentes en su relación con la religión. Los últimos capítulos (“Formación del estado e identidad partidaria. Los nuevos significados del federalismo en la década de 1860” y “La desaparición del federalismo”) nos introducen en la derrota del federalismo. En primer lugar se analiza la brutalidad del reclutamiento para la Guerra del Paraguay: la masividad de la leva, el nivel de represión, la manifiesta arbitrariedad sentida por los gauchos y la resistencia (las fugas y la montonera de Aureliano Salazar). La consecuencia más visible: la destrucción de las unidades domésticas con la partida, muerte o (la) fuga del gaucho. Se percibe un grado de identificación del federalismo con Paraguay. La resistencia de los gauchos se nutre de esta identificación y es, a su vez, resistencia a la formación del estado nacional. Además en estos capítulos se analizan los nuevos impuestos, las percepciones de ilegitimidad que se les atribuía y la violencia contra el recaudador. La Guerra contra Paraguay, la tributación más punzante, los sucesivos enfrentamientos civiles, el nuevo poder judicial, la incipiente administración, la subdivisión de los departamentos y su mayor control y la escolarización, minaron la capacidad federal para resistir. Sin embargo el repertorio folklórico recogido demuestra que las tradiciones federales continuaron arraigadas mucho tiempo después. Hay también una mención en el libro a los Montoneros y al ex presidente Carlos Menem y su emulación a Facundo como índices de una pervivencia resignificada de la simbología federal. De la Fuente cierra con las conclusiones en las que resume algunas de sus principales ideas a los largo del libro, sobre todo en cuanto a afirmar que existió una fuerte resistencia al estado central (matizando la visión de autores como Oszlak) y que la lucha de unitarios y federales superó el ámbito intraelite (ampliando la visión de política facciosa de Halperín Donghi). Hacia el final, el autor se reconoce dentro de la tradición poscolonial que busca estudiar los procesos de formación del estado “sin dejar afuera a la gente”. En este punto resultaría pertinente preguntarnos acerca de la capacidad explicativa de estos modelos para el caso riojano. Por otra parte, si bien el libro es representativo de la renovación historiográfica por su enfoque cultural, su nueva visión por del caudillismo, su esfuerzo por encontrar una racionalidad en los actores y hasta su análisis de la estructura administrativa, llama la atención que casi no se utilice bibliografía de autores argentinos pertenecientes a esta renovación. Queda evidenciada esta carencia sobre todo en su tratamiento dicotómico, y hasta a veces identificado con la visión de los gauchos federales, del conflicto con los unitarios. El cautivante e invalorable aporte del libro es sin duda demostrar que los gauchos son sujetos concientes, racionales, políticos y que se movilizaron por motivaciones concretas y que también les pertenecían. El autor transita distintas áreas de la historia y así reconstruye el complejo panorama de la época; desde el abanico de razones que movilizaban a los gauchos y el estudio de la cultura oral a la caracterización social, económica y geográfica de La Rioja. La hipótesis sobre la formación de la nación, si bien a primera vista polémica, puede resultar interesante como puntapié para futuras investigaciones. Es indudable que los estudios sobre la formación de la identidad nacional deben incluir también análisis sobre la cultura popular. Si bien no queda analizado el papel de los gauchos en la formación del estado nacional, sí son certeramente contestadas las preguntas que el autor se formuló en un principio. Los gauchos se sentían federales y actuaban en consecuencia. Y más allá de la derrota, su identidad, como la frase que abre estas líneas ilustra, perduró en el tiempo. 

[Victoria BARATTA. “De La Fuente, Ariel. Los hijos de Facundo. Caudillos y montoneras en la provincia de La Rioja durante el proceso de formación del estado nacional argentino (1853-1870). Buenos Aires: Prometeo, 2007” (reseña), in Antíteses (Londrina), vol. I, nº 2, julio-diciembre de 2008, pp. 523-529]

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