✍ The Curse of Berlin. Africa after the Cold War [2010]

por Teoría de la historia

Jacket.aspxEl 15 de noviembre de 1884, representantes de catorce potencias occidentales acudieron a Berlín para diseñar conjuntamente un plan de acción consensuado con respecto a África, y evitar así posibles confrontaciones entre los estados europeos. Durante tres meses los asistentes a la conferencia entablaron negociaciones para formalizar cuestiones relativas a la circulación en el río Níger o el libre comercio en la cuenca del Congo. Sin embargo, la verdadera motivación que subyacía a la lógica del evento no era otra que la repartición del continente, siempre enmascarada bajo el pretexto de promover el desarrollo de los pueblos “primitivos”. Este hecho cambiaría para siempre la historia de África, sembrando las semillas de problemáticas cuyos efectos perduran hasta nuestros días. En este sentido, podría decirse que los asistentes a la conferencia lanzaron una maldición sobre el continente. Berlín se convertiría así en una especie de aquelarre diplomático, un conciliábulo en el que Otto von Bismarck reunió a los delegados de las élites políticas europeas que, como si de hechiceros virtuosos en la nigromancia se tratara, invocaron un maleficio que condenaría a África al sufrimiento. Esta es la tesis central de The Curse of Berlin: Africa after the Cold War. Su autor, el nigeriano afincado en Sudáfrica Adekeye Adebajo, emplea la metáfora de la maldición para expresar las consecuencias que la conferencia tendría en África: fronteras artificiales, explotación de la población y sus recursos naturales, economías especializadas en las necesidades de consumo de las metrópolis, imposición de la religión y educación europeas o apoyo de ciertos grupos africanos en detrimento de otros. Pero la consecución de las independencias no consiguió romper esta maldición. Los recién creados estados se convertirían a menudo en marionetas en el escenario de la guerra fría y permanecerían apartados en la economía mundial. No obstante, no se trata de una obra de condena, condimentada con clichés o sentencias hiperbólicas que alienten a los africanos a cobijarse bajo el paraguas del victimismo. Adebajo no responsabiliza completamente a Europa de los males que aquejan a África en la actualidad y no tiene inconveniente en mencionar —y criticar— la corrupción de muchos gobiernos africanos y la falta de cohesión regional. Sin embargo, el autor insiste en que es imposible exponer la realidad africana contemporánea sin tener en cuenta los acontecimientos que emergieron tras la conferencia. Es por ello que, a pesar de que la obra está centrada en la posguerra fría, se detalla exhaustivamente el periodo bautizado como “siglo de la pestilencia”, comprendido entre la conferencia de 1884 y el final de la guerra fría en 1989. The Curse of Berlin es, en definitiva, la historia de África narrada por un africano. El autor, que trabajó como observador electoral en Sudáfrica en 1994 y participó en la misión de Naciones Unidas en el Sáhara Occidental, es un gran conocedor de la realidad africana y un candidato idóneo para exponer los retos a los que se enfrenta África en la post Guerra Fría. Al adentrarnos en las páginas nos damos cuenta de que no nos encontramos ante una obra occidental. Si bien la estructura, redacción y presentación de los contenidos corresponden al modelo académico dominante, la obra está repleta de alusiones a fábulas, tradiciones y piezas literarias africanas que enfatizan la idiosincrasia del continente. Adebajo procede así a deseuropeizar el discurso histórico y político sobre África, regionalizando su narración mediante una valoración intrínseca sobre lo que acontece en su continente e introduciendo comparaciones y metáforas relacionadas con leyendas tradicionales, en un mundo donde realidad y magia aparecen más diluidas que en la tradición occidental, heredera de la racionalidad ilustrada. Asimismo, un rasgo que caracteriza esta obra es la franqueza, en ocasiones impactante, del autor. The Curse rezuma una elocuencia asertiva exenta de autocensuras. Resulta evidente que Adebajo no teme crearse enemistades entre la comunidad académica de africanistas occidentales (algunos de los cuales “no se molestan en aprender ninguna lengua africana”) o determinados sectores de la prensa internacional (que presentan a África como “un continente sin solución, de gente culturalmente atrasada y propicio a conflictos perennes”). Pero también es obvio que no es la intención del autor crear una obra que complazca a todos a través de un discurso vacuo y políticamente correcto que evite herir sensibilidades. Adebajo no busca crear polémica, sino sencillamente mostrar una perspectiva realista de lo que acontece en África, aportando valoraciones hábilmente argumentadas y documentadas que van más allá de meras reflexiones subjetivas. Adebajo desarrolla su tesis señalando que la maldición invocada en Berlín ha impedido que África logre un grado de autonomía similar al que gozan sus antiguos ocupantes europeos. El autor estructura esta extensa obra de más de cuatrocientas páginas vertebrándola en tres partes, que constituyen los tres “reinos mágicos” que África debe conquistar para alcanzar esa autonomía: los reinos de la seguridad, la hegemonía y la unidad. Cada una de las partes se divide en varios capítulos —un total de catorce— que desarrollan aspectos relativos a la consecución de cada uno de los reinos. En realidad, The Curse contiene una gran cantidad de temas desarrollados en obras anteriores del autor, como Los Problemas de Gulliver: la Política Exterior de Nigeria después de la Guerra Fría, Desde el Apartheid Global hasta la Aldea Global: África y las Naciones Unidas, o Sudáfrica y África: la Era pos-Apartheid, lo que convierte a The Curse en la culminación de años de investigación de autor, que realiza una síntesis exhaustiva de sus principales hallazgos, aglutinándolos esta vez mediante el hilo conductor literario de la maldición. Por otra parte, si bien la consecución de los reinos mágicos traerá consigo el tan anhelado reino socioeconómico, Adebajo advierte que el continente únicamente logrará esta hazaña una vez haya superado la maldición de Berlín. La conquista de la seguridad implicaría desarrollar una Pax Africana: la resolución de los conflictos africanos a manos de actores regionales. En este sentido, la Unión Africana ha desempeñado un importante papel, puesto que, a diferencia de la OUA, permite la interferencia en los asuntos internos de sus miembros en casos de cambios inconstitucionales de gobierno, violación de derechos humanos o conflictos que amenacen la estabilidad regional. Para solucionar los diversos problemas que dificultan la autonomía de África en el reino de la seguridad, Adebajo sugiere un mayor compromiso por parte de los líderes africanos para financiar la Unión Africana y las distintas organizaciones regionales, una implicación de los donantes occidentales similar a la que tuvieron en Bosnia o Afganistán y una división de trabajo clara entre Naciones Unidas y las organizaciones africanas para incrementar su coordinación. En ocasiones las Naciones Unidas han constituido una dificultad, más que una oportunidad, para la consecución del reino de la seguridad. El autor sostiene que existiría un apartheid político en la propia composición de la organización, dado que ningún país africano ocupa un puesto permanente en el Consejo de Seguridad, y ello a pesar de que en 2009 el 70% del personal de las misiones de paz fue desplegado en ese continente. Existiría igualmente un apartheid en el ámbito de las operaciones de paz. El informe Brahimi de 2000, que intentaba fortalecer la capacidad operativa de las misiones de paz, solicitaba a Naciones Unidas no embarcarse en operaciones que no garantizaran un resultado positivo. Los africanos percibieron esta recomendación como una incitación a no intervenir en conflictos desarrollados en su continente, aún marcado por los desastres de Somalia y Ruanda. De la misma forma, tanto los intentos del Panel de Alto Nivel en 2004, como el de Kofi Annan en 2005 por incrementar el apoyo financiero a las organizaciones regionales africanas, encontraron serias reticencias por parte de los estados más poderosos de la organización. Finalmente, Adebajo examina el rol desempeñado en el ámbito de la seguridad por los dos Secretarios Generales africanos que ocuparon sus puestos en la inmediata post Guerra Fría: Boutros-Ghali y Kofi Annan. El egipcio propuso en 1992 su “Agenda para la Paz”, solicitando un despliegue preventivo y un fortalecimiento de las organizaciones regionales de seguridad. Por su parte, Annan fue el abanderado de la intervención humanitaria y el autor del informe “Un Concepto más Amplio de la Libertad” de 2005, en el que solicitaba a los donantes la creación de un plan de capacitación junto con la Unión Africana. Al describir la conquista del segundo reino —la hegemonía—, Adebajo analiza los dos estados africanos que han mostrado un mayor anhelo de liderazgo en el continente: Sudáfrica y Nigeria. La primera posee cualidades intrínsecas para convertirse en una potencia regional. No obstante, sus vecinos aún recuerdan el pasado belicoso de la Sudáfrica del apartheid, que se embarcó en una Pax Pretoriana a través de la administración de Namibia hasta 1989, la ocupación de parte de Angola y la humanities anc seminaardesestabilización en Mozambique, Zambia o Zimbabwe. Esta agresividad se manifestó igualmente en el ámbito económico, al liderar despóticamente la unión aduanera SACU. La llegada al poder de Mandela en la post Guerra Fría supuso el fin de la era de las albinocracias en el África austral, pero Sudáfrica no logró desprenderse completamente de esta imagen opresiva. Por su parte, Nigeria es comparada por Adebajo con el gigante Gulliver: se trata del país más poblado de África y el sexto productor de petróleo del mundo, pero sus líderes han resultado ser liliputienses, cuya avaricia y agresividad han impedido que el potencial del coloso pueda desarrollarse. El país se ha embarcado también en una Pax Nigeriana hacia el liderazgo en África, intentando tener un papel predominante en Naciones Unidas y la UA, participando con afán de protagonismo en la mayoría de las misiones de paz en el continente y ejerciendo una gran influencia a través de ECOWAS. Sin embargo, al igual que en Sudáfrica, Nigeria no goza del beneplácito de los africanos para convertirse en una potencia regional. Como señala Adebajo, la hegemonía requiere no solo capacidad, sino también legitimidad, y una guerra civil, siete regímenes militares o la perenne violencia interna no constituyen en absoluto la tarjeta de presentación más adecuada. El deseo de alcanzar un rol hegemónico en el continente, no obstante, puede proceder de fuera, en cuyo caso Adebajo aboga por transformar las influencias externas en relaciones mutuamente beneficiosas. En el caso de Estados Unidos y Francia, esta tarea parece extremadamente complicada. La política de Washington con respecto a África pasó de estar centrada en la lucha anticomunista durante la Guerra Fría —apoyando regímenes autoritarios en el proceso— a estar dominada por la lucha antiterrorista tras el 11 de septiembre, que condujo a la administración Bush a colaborar con gobiernos autocráticos en Mauritania o Chad a través de la Iniciativa Pan-Sahel. Francia, por su parte, es especialmente castigada en esta obra. El autor considera que el rol de gendarme d’Afrique desempañado por el gobierno galo durante la Guerra Fría no se ha visto modificado en las dos últimas décadas. Esto puede apreciarse desde el genocidio ruandés, durante y tras el cual París proporcionó ayuda a sus aliados hutus y menospreció al nuevo gobierno tutsi, hasta el apoyo a autócratas en Madagascar, Togo o Chad en el siglo XXI, pasando por políticas de desestabilización en República Centroafricana y Congo-Brazaville en 1997. La actitud de Francia en África no sería más que el reflejo del paternalismo y de los estereotipos que nutren el discurso de su clase política: Chirac consideraba la democracia como un “lujo” para los africanos, mientras que Sarkozy declaró que en África no hay sitio para la idea de progreso. El caso de China es más complejo. Adebajo reconoce la controversia que suscita la presencia del gigante asiático en algunos ámbitos africanos, como la venta de armas a regímenes autocráticos y la importación de petróleo de los mismos. Sin embargo, la política china en la mayor parte del continente se ha traducido en avances positivos: cancelación de la deuda externa, inversión en infraestructuras y diversificación del comercio, medidas en las que Occidente ha permanecido totalmente al margen. Adebajo es consciente de que la gestión china no es altruista, pero es percibida como una oportunidad para intentar construir unas relaciones sino-africanas beneficiosas para ambas regiones. Finalmente, el último reino que ha de conquistar África es el de la unidad. El autor sostiene que si los africanos desean disfrutar de una mayor autonomía deben incrementar la cohesión entre ellos, promoviendo la integración regional y construyendo alianzas con otros estados del sur. Al describir la búsqueda de la unidad, Adebajo analiza el rol desempeñado por diversas personalidades, desde Gandhi y Nkrumah hasta Mbeki y Obama, que han tenido una gran influencia a la hora de aglutinar los intereses de los distintos pueblos africanos. Nelson Mandela se convirtió en una figura no solo de la unidad entre la población negra de Sudáfrica, sino de toda la población en su conjunto, y construyó una nación cimentada en la reconciliación. Su sucesor, Thabo Mbeki, fue otro motor de la unidad africana al difundir la idea de un Renacimiento Africano que implicaba una renovación política, económica y social, y aspiraba a que los africanos recuperaran la confianza en su propia identidad tras décadas de esclavitud y colonización. La elección de Barack Obama como presidente de Estados Unidos no es percibida por Adebajo como un hecho que necesariamente vaya a traducirse en un incremento inmediato de la atención prestada a África. Obama tiene otras prioridades en Irak o Afganistán. Sin embargo, el autor invita a la población afroamericana a caminar hacia la unidad y organizarse para ejercer incidencia política, como hace el lobby judío, con el fin de presionar al primer presidente con ascendencia africana a mostrar un mayor compromiso con la región de sus orígenes. La figura de Gandhi también fue esencial para la unidad africana. El Mahatma, que residió veintiún años en Sudáfrica, no sólo inspiraría la posterior lucha contra la ocupación europea y el apartheid, sino que incrementaría también la cohesión entre los estados de África y Asia. Efectivamente, el legado de Gandhi constituyó el germen de la conferencia de Bandung y el Movimiento de los No Alineados, que derivarían en los procesos de descolonización pero también en una comunicación fluida entre los estados del Sur en cuestiones de paz, democracia y desarrollo. Para Adebajo, la continuidad de estos lazos entre ambos continentes es esencial para que África conquiste el reino de la unidad. El autor repara en que no deja de ser paradójico que Berlín, la ciudad que albergó la conferencia que fragmentó África, terminara siendo dividida un siglo después de una manera igualmente artificial, y que ello coincidiera con el momento en que las colonias africanas lograban su independencia. Pero el autor no cae en la falacia de pensar que la maldición retornara de África a Europa. África continúa sumida en la pobreza mientras que Europa superó la escisión geográfica e ideológica de la guerra fría. Los africanos solo podrán conquistar los tres reinos mágicos si neutralizan la maldición derivada de la aleatoriedad cartográfica impuesta en Berlín. Para ello, el autor defiende la celebración de una nueva conferencia de Berlín, esta vez en África, en la que los líderes africanos planteen federaciones y bloques regionales para que en última instancia puedan renegociarse consensuadamente unas líneas fronterizas que reflejen fielmente las particularidades políticas, sociales y culturales existentes en un continente tan heterogéneo. La idoneidad de la propuesta, susceptible de ser tachada de utópica en un mundo donde la inmutabilidad de las fronteras constituye la máxima de la soberanía estatal, deberá ser juzgada por el lector, quien a lo largo de toda la obra se verá conducido a reflexionar y en ocasiones a replantearse opiniones propias que creía profundamente arraigadas.

[Rodrigo NÚÑEZ. “Adebajo, Adekeye, The Curse of Berlin. Africa after the Cold War, University of KwaZulu-Natal Press, Scottsville, 2010, p. 384.” (reseña), in Relaciones Internacionales (Madrid), nº 18, octubre de 2011, pp. 202-206]

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