✍ Homero [1999]

por Teoría de la historia

UnknownLa traducción española del Homère de Pierre Carlier (1999) aparece en un momento muy oportuno, poco después de la recepción en este país de la polémica sobre Troya y cuando ella todavía mantiene su vigor en las más importantes revistas científicas (1). Mientras el debate sobre la realidad arqueológica de la colina de Hissarlik viene generando una intensa discusión en los últimos años, la cuestión homérica ha recuperado algunos de sus temas abiertos coincidiendo con la sucesiva aparición de obras destacadas, como las de Ballabriga o el propio Carlier. Aunque pendiente en todo momento de las cuestiones arqueológicas y filológicas, el enfoque adoptado por el autor que nos ocupa es el de un historiador que se plantea “examinar en qué medida los poemas homéricos pueden ser utilizados como fuentes históricas” (p. 12). Con este objetivo, la exposición se estructura en seis capítulos, el primero de los cuales expone un panorama de la arqueología del Egeo desde la Edad del Bronce hasta la Época Arcaica, en tanto el segundo retoma el complejo problema de la génesis y transmisión de los poemas. A estos dos capítulos iniciales sigue una presentación comentada de la Ilíada (capítulo III) y la Odisea (cap. IV), para continuar el discurso con una reconstrucción de las sociedades homéricas (cap. V) y cerrarlo con un capítulo de valoración sobre Homero y la historia (cap. VI). Esta estructura expositiva se abre con unas páginas de introducción y se completa con un anexo, una útil bibliografía comentada y dos índices (nombres; lugares y pueblos). Antes de entrar de manera pormenorizada en los contenidos, quizá convenga comentar las dos propuestas más importantes de Carlier acerca de la naturaleza de los poemas. En primer lugar, se opone a la vieja tesis que considera ambas epopeyas una recopilación tardía (s. VI a.n.e.) de pequeños poemas efectuada en la Atenas de los Pisistrátidas, idea que ha sido retomada por la investigación reciente (2). Entre las, en su opinión, “numerosas objeciones” (pp. 53 ss.) que pueden oponerse a esta teoría, destaca el hecho de que la tradición antigua, de Heródoto a Aristarco, atribuya la composición de los poemas a un Homero que precede en varios siglos a los Pisistrátidas. Por otro lado, el arte griego anterior al s. VI ofrece diversas representaciones de episodios narrados en la epopeya, aunque no son concluyentes ya que pueden inspirarse en versiones prehoméricas de los mismos. El análisis de la lengua de los poemas apoya igualmente una composición anterior a los Pisistrátidas, mientras que su contenido pone de manifiesto que la Ilíada y la Odisea no son meras compilaciones, sino amplificaciones de historias relativamente simples. La segunda propuesta relevante consiste en atribuir la Ilíada y la Odisea a dos autores diferentes. A juicio de Carlier, a finales del s. IX o inicios del VIII un aedo con perfecto dominio del repertorio popular sobre la guerra de Troya decidió componer un largo poema sobre la cólera de Aquiles, el cual habría presentado durante varios días a un mismo auditorio, con motivo de una fiesta religiosa. Veinte o treinta años más tarde, otro aedo de dotes también excepcionales, buscando rivalizar con el anterior, compondría otra extensa epopeya sobre el tema del retorno de Ulises. Al considerarse desde un primer momento obras maestras, es probable que los ricos lectores cultos quisiesen poseer un ejemplar de las mismas, obteniéndolo por dictado de un aedo o mediante copia de un ejemplar anterior. Dado que el uso de la escritura estaba extendido por Grecia probablemente desde finales del s. IX, las transmisiones oral y escrita quedaron durante algún tiempo estrechamente interconectadas. El insigne helenista francés advierte del carácter meramente conjetural de este planteamiento, apoyado en una confrontación de ambos textos. Como bien nos advierte, las instituciones y costumbres (sacrificio, hospitalidad, etc.) son absolutamente idénticas en ambos poemas, pero el papel de los dioses es bastante diferente; a nivel de estilo o composición, existe también una diferencia notable en el uso de las comparaciones, frecuentes en la Ilíada y mucho más escasas en la Odisea. Es de lamentar, en mi opinión, que Carlier no ofrezca un desarrollo más extenso de este problema (expuesto, sobre todo, en pp. 65-67, 181 ss., 204 y 206), particularmente interesante para el análisis de la epopeya homérica. Asumiendo ya la estructura expositiva del libro, el capítulo primero constituye una clarificadora síntesis de lo que se conoce sobre las culturas del Egeo al margen de Homero, apoyada con un par de mapas, un cuadro cronológico y varios dibujos en planta de estructuras arquitectónicas y tramas urbanas. El texto contiene constantes referencias a la historia de la investigación, mostrando los abundantes problemas y lagunas de conocimiento que plantean estas etapas. El tratamiento de las mismas resulta equilibrado, tal vez con una mayor inclinación hacia lo micénico. No obstante, Carlier se muestra prudente a la hora de relacionar los poemas con un momento cultural concreto, destacando también el coeficiente de alteridad de lo micénico con respecto a otros períodos o marcos culturales con los que se ha querido comparar. En su opinión, “…resulta interesante comparar estos documentos del final del segundo milenio [textos en lineal B] con el texto de la Ilíada y de la Odisea, en la medida en que nos permiten situar mejor a Homero” (p. 29). En cuanto a los denominados “Siglos Oscuros”, es obvio que constituyen en la actualidad un complejo problema que el autor —en el marco de este libro— sólo puede considerar de manera muy sucinta. Se insiste en lo adecuado del concepto si hace alusión a la desinformación existente sobre dichos siglos, pero poniendo de relieve su fragilidad si con él pretende sostenerse una vida miserable para las sociedades del momento; la necesidad de revisar el The Dark Age of Greece de Snodgrass (1971) es en la actualidad evidente. Resulta muy pertinente la llamada de atención del autor (p. 43) sobre la disímil evolución de las diferentes áreas geográficas, con una fachada egea próspera y una Grecia occidental y meridional despoblada, si bien incluso en las zonas donde el declive es manifiesto en el s. XI, éste se ha invertido en la centuria siguiente (3). Las principales propuestas de Carlier sobre la génesis, datación y transmisión de los poemas (cap. II) han sido ya comentadas. Los capítulos tercero y cuarto se conciben como una presentación de la Ilíada y la Odisea; se explican su argumento, estructura, temas principales y recursos narrativos, a partir del resumen de los pasajes más relevantes. Su objetivo es, pues, incitar a la relectura de la epopeya homérica y presentar la materia prima para el análisis sociológico e histórico que se desarrolla en los capítulos quinto y sexto. Tal como se defiende en el libro, la sociedad homérica no es la misma que la micénica, ni es homologable al feudalismo medieval; tampoco ignora las formas de poder político, como sucede en el caso de los big men melanesios, de poder inestable y carentes de fundamento institucional. Es precisamente este entramado institucional el que procede a diseccionar Carlier, comenzando por el oikos o gran casa aristocrática, y continuando con otros aspectos, como los intercambios, los bienes de prestigio o la vida política. A este respecto, subraya la importancia que se otorga al consejo y la asamblea en los poemas homéricos, que recogen hasta cuarenta escenas de esta índole, configurando un cuerpo de datos políticos cuya riqueza sólo volveremos a encontrar en la Atenas del siglo V. Así, concluye el helenista francés, una fórmula puede resumir el sistema político de Homero: “el pueblo escucha, los ancianos proponen y el rey dispone” (p. 164). Es precisamente en la realeza, su vocabulario y su ideología, donde concentra Carlier buena parte de su análisis de las sociedades homéricas (pp. 165-185, 201-206). No en vano, el autor es uno de los mayores especialistas en la cuestión (4). En la ideología de la realeza encuentra un relevante componente de especificidad de la sociedad homérica, ya que la teología de la imperfección real desarrollada en la Ilíada, donde los defectos del rey tienen su origen en la voluntad de los dioses, se opone a las concepciones orientales o helenísticas del rey como aglutinador de virtudes. Pero, al mismo tiempo, estos aspectos ideológicos de la realeza le sirven a Carlier para acentuar las aludidas diferencias entre los dos poemas homéricos, ya que en la Odisea los reyes o bien están dotados de todas las virtudes o bien son malos reyes, pero no ofrecen ese perfil imperfecto que se dibuja en la Ilíada. En cualquier caso, las instituciones y costumbres homéricas muestran un mundo coherente y verosímil, lo que requiere valorar su posible plasmación histórica. En este terreno, el estudio de Carlier ofrece una argumentación densa y coherente que aquí sólo es posible comentar de manera muy sucinta. La idea básica (pp. 188 ss. y 206, pero trabajada a lo largo de todo el libro) es que los poemas llevan la marca de una larga tradición que arranca de época premicénica y que llega hasta los siglos IX y VIII, en los cuales se produce la composición de las dos grandes epopeyas. Por lo tanto, las sociedades homéricas no responden a un modelo histórico concreto, sino que son resultado de una amalgama casi perfecta lograda a partir de las interpretaciones y reinterpretaciones de numerosas generaciones de aedos, en interacción con sus respectivos auditorios. La confrontación con lo que sabemos por otros testimonios (epigrafía, arqueología, etc.) permite establecer las convergencias y divergencias de las sociedades homéricas con respecto a las sociedades históricas (monarquías micénicas, ciudades griegas arcaicas, etc.). ¿Qué papel desempeña en este cuadro la guerra de Troya? El historiador francés asume las propuestas del equipo capitaneado por el recién fallecido Manfred Korfmann acerca de la definición de Troya como una gran ciudad de la Edad del Bronce (5). Los trabajos arqueológicos en la colina de Hissarlik y otros documentos considerados llevan a Carlier a sostener que la tradición épica parece guardar un recuerdo bastante fiel de la situación política a finales de la Edad del Bronce. No obstante, es muy difícil determinar el acontecimiento preciso en torno al cual cristaliza el ciclo troyano, ya que hay indicios de una tradición épica del s. XIII, anterior a la destrucción de Troya VIIa, fase que una parte de la investigación anterior asocia al evento mencionado. Así, según el autor que nos ocupa, “no se puede excluir, ni siquiera, que los aedos griegos se hayan apropiado de una guerra de Troya cantada con anterioridad por aedos orientales, siendo convenientemente modificadas las circunstancias, los beligerantes y el final de la guerra” (pp. 195 s.). En suma, los seis capítulos que componen el grueso del Homero de Carlier aportan un buen número de ideas y argumentos para el debate y la reflexión. El anexo de veinte páginas situado al final de los mismos constituye una clarificadora síntesis sobre las escrituras minoicas y micénicas y su evidencia epigráfica, así como el potencial informativo que contienen. Las 41PSWN4TFZL._SY300_diez páginas de bibliografía comentada, incluyendo ediciones de los poemas, traducciones y estudios, son también un útil instrumento de trabajo para profundizar en la cuestión homérica y las culturas del Egeo. Sin embargo, el libro, por su carácter ensayístico, es a mi parecer algo parco en citas y notas, así como en su remisión a esta bibliografía de referencia, por lo que en ocasiones es difícil seguir el debate y contrastar las contraposiciones directas de argumentos. Hay que advertir también que el repertorio bibliográfico, especialmente en cuanto concierne a ediciones bilingües y traducciones, está orientado a un público francófono. No estaría de más que la presente edición hubiese incorporado un apéndice bibliográfico ad hoc adaptado al lector de habla hispana. Por lo demás, los aspectos de edición pueden considerarse, en líneas generales, bien cuidados. Únicamente subrayaré que en algunas notas la remisión a páginas posteriores es incorrecta, lo que seguramente debe achacarse a deslices puntuales del traductor (sucede así, por ejemplo, en nota 6 de p. 9; nota 9 de p. 89; o nota 14 de p. 94). Creo que el principal objetivo propuesto de manera un tanto modesta por Carlier —el de incitar a la lectura o relectura de la epopeya homérica— se cumple sobradamente en este libro. Su esfuerzo de síntesis y rigor expositivo han dado lugar a un excelente estado de la cuestión sobre el mundo homérico y, por extensión, sobre las culturas egeas de finales de la Edad del Bronce, Época Oscura e inicios del arcaísmo. Así pues, su invitación a volver a Homero es, también, una invitación a profundizar en la vasta bibliografía erudita que han generado sus poemas. Sin duda, la sugerencia es oportuna, precisamente cuando la investigación actual se está replanteando la existencia o el posible papel de los aedos y la tradición oral en muy diversos ámbitos culturales (6).

NOTAS. (1) En concreto, las versiones españolas de D. Hertel, Troya, Madrid, Acento, 2003, y J. Latacz, Troya y Homero. Hacia la resolución de un enigma, Barcelona, Destino, 2003. Una valoración del debate, en tono divulgativo, la ofrece M. Bendala Galán, “Aquí fue Troya”, Revista de Libros, 94, 2004, pp. 9-13. A un nivel más especializado, destaca el Forum de American Journal of Archaeology 108.4, 2004, con los trabajos de F. Kolb, “Troy VI: A Trading Center and Commercial City?”, pp. 577-613; P. Jablonka y C. B. Rose, “Late Bronze Age Troy: A Response to Frank Kolb”, pp. 615-630. Puede verse también D. F. Easton, J. D. Hawkins, A. G. Sherratt y E. S. Sherratt, “Troy in recent perspective”, Anatolian Studies, 52, 2002, pp. 75-109. (2) Caso de A. Ballabriga, Les fictions d’Homère. L’invention mythologique et cosmographique dans l’Odyssée, Paris, PUF, 1998, reseñado, entre otros, por M. V. García Quintela en Gallaecia, 19, 2000, pp. 419-423. Ver asimismo la Introducción de J. García Blanco y L. M. Macía Aparicio a su edición de Homero, Iliada (vol. I), Madrid, Alma Mater, 1991, esp. pp. XLV, LIII ss. (3) El problema de la Edad Oscura mantiene su vigencia en la investigación arqueológica actual, como ponen de manifiesto algunos encuentros convocados para los próximos meses: Forces of Transformation: The End of the Bronze Age in the Mediterranean (Oxford, 25-26.3.2006) [URL: http://www.ashmolean. museum/Transformation]; o el coloquio A New Dawn for the Dark Age?-Shifting Paradigms in Mediterranean Iron Age Chronology, que coordinan Dirk Brandherm y Martin Trachsel en el marco del XV Congreso de la UISPP (Lisboa, 4-9.9.2006) [URL: http://www.uispp.ipt.pt%5D. (4) Véase sobre todo P. Carlier, La Royauté en Grèce avant Alexandre, Strasbourg, Association pour l’Étude de la Civilisation Romaine, 1984. (5) Es altamente recomendable una visita a la web del Projekt Troia [URL: http://www.uni-tuebingen.de/troia%5D para conocer las propuestas e iniciativas de este equipo de investigación. Una corriente interpretativa opuesta se encuentra en los trabajos de F. Kolb o D. Hertel citados en la nota 1. (6) Para el caso de la Península Ibérica, puede verse el más reciente trabajo de M. Almagro-Gorbea, “La literatura tartésica. Fuentes históricas e iconográficas”, Gerión, 23.1, 2005, pp. 39-80.

[Xosé-Lois ARMADA PITA. “Homero, de Pierre Carlier” (reseña), in Nova Tellus (México), vol. XXIV, nº 1, 2006, pp. 255-261]