✍ El gran fracaso. Nacimiento y muerte del comunismo en el siglo veinte [1989]

por Teoría de la historia

el-gran-fracaso-nacimiento-y-muerte-del-comunismo-en-el-sig_MLA-F-139495798_7806-1“Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo. Todas las fuerzas de la vieja Europa se han unido en santa cruzada para acosar a este fantasma… El comunismo está ya reconocido como una fuerza por todas las potencias de Europa…”, afirmaban Karl Marx y Friedrich Engels en el Manifiesto del Partido Comunista, editado por primera vez en Londres en 1848. Cien años después, la consolidación política del comunismo era una realidad en la mayor parte de Europa central, extendiéndose por Asia septentrional e incrementando su influencia en Europa occidental y en América latina. Hacia fines de los años 1960 y principios de los 1970, la presencia y el rol de la ideología comunista constituían una realidad insoslayable en los sistemas políticos democrático-occidentales y un necesario punto de referencia en la política internacional. Durante la primera mitad de la década de los años 60, los ideólogos del sistema socio-político soviético y sus aliados europeo-orientales, así como después los seguidores del maoísmo chino y los líderes de la izquierda marxista-leninista latinoamericana profetizaban una y otra vez la irreversibilidad histórica del socialismo, lo que, por lo demás, parecía ser un fenómeno incontrastable, incluso para sus más encarnizados adversarios. Casi 25 años después, no sólo parece que tal profecía está lejos de cumplirse, sino además una serie de antecedentes indican que ésta nunca se sustentó en argumentos reales, por lo que, a corto o mediano plazo, los magros y frustrantes resultados del socialismo real darían cuenta del proceso histórico iniciado en Rusia en octubre de 1917. Tal es el argumento central del libro que comentamos, escrito por uno de los más connotados sovietólogos de la ciencia política norteamericana. Aunque el medio académico del autor suele privilegiar, a veces con cierta exageración, un enfoque empírico o puramente fáctico de los hechos políticos, es preciso destacar que la perspectiva de este libro está más cerca de la óptica histórico-globalista de la tradición académica europea de la primera mitad de este siglo. En ese sentido, la actual crisis del socialismo este-europeo es el resultado inequívoco de un sistema político y económico que sólo fue y sigue siendo viable mediante una imposición totalitarista que durante años cobijó y desdibujó ineficiencias de todo orden, sin mencionar el costo humano que ello ha involucrado entre los países del socialismo real y en aquellos que han intentado emularlos. Metodológicamente, es importante aclarar que este libro no alcanza el rigor de otras obras escritas por el autor. Aunque el propio Brzezinski no lo advierte, es obvio que este libro no fue preparado con un objetivo exclusivamente académico, sino más bien con el propósito de difundir un tema cuya importancia y actualidad no se circunscribe a un análisis teórico puramente historiográfíco. Muchas veces, la excesiva precisión etimológica y el puntilloso esfuerzo conceptual en que incurren numerosos libros y textos politológicos enfocan el análisis de ciertos hechos y procesos a un nivel de abstracción innecesariamente elevado, lo que, además de restringir la difusión e información de algunos temas, desdibuja aquello de que “lo bueno, si breve, dos veces bueno”. En ese sentido, esta obra se inserta en esta especie de “nouvelle vague”, que desde la década anterior se ha impuesto entre politólogos, sociólogos y antropólogos norteamericanos, esto es, la de escribir libros y artículos de rigor intermedio, en los que lo esencial es informar a un ámbito más amplio de la opinión pública. Las reformas y reorientaciones observadas en los sistemas políticos de los países este-europeos pueden ser evaluadas y analizadas desde dos ópticas. Una es la que entiende tales reformas en el contexto de la utopía del socialismo, un hito de un complejo proceso que, estructural e históricamente, aún no está plenamente consolidado y cuya naturaleza dialéctica no excluye situaciones como las que enfrentan desde 1985 la Unión Soviética y, más recientemente, los países este-europeos en conjunto. De esta forma, el énfasis está en la capacidad que tendría el socialismo para canalizar las presiones internas y externas, sin que ello implique menoscabo en su esencia ni en sus principios básicos. Una segunda óptica es la que pone de manifiesto un balance entre los objetivos explícitamente propugnados por el socialismo en términos políticos y económicos y sus resultados concretos, más allá de las explicaciones teóricas y de los argumentos conceptuales que justifiquen determinadas situaciones en determinados países. Por lo pronto, la extensión temporal del socialismo —próximo a los 73 años en la Unión Soviética— y el estilo dictatorial de su implementación constituyen dos puntos de partida para evaluar los resultados de un sistema que reclama como suyo el futuro de la historia y de la humanidad. La implantación de un sistema político dictatorial tuvo la oportunidad de explicarse —si ello fuese concebible— por las circunstancias de la revolución bolchevique hasta la muerte de Lenin durante la primera mitad de los años 20, pero ciertamente es más difícil de justificar con el paso del tiempo. El prolongado período estalinista, la forzada homologación del idealismo socialista y el culto a la personalidad, los más que discutibles procedimientos para instaurar regímenes adeptos a la URSS en Europa oriental durante los años 40 y 50, la casi nula democratización propugnada por las dirigencias post-estalinistas y el refuerzo sistemático del unipartidismo en todos los países socialistas, constituyen, unos más que otros, el legado real de la compleja experiencia iniciada con la revolución bolchevique de 1917. Basándose en esta realidad, el análisis del autor evalúa y compara simultáneamente las distintas etapas del socialismo soviético y este-europeo, esbozando algunas reflexiones sobre el caso chino y otros similares en el resto del mundo. Desde un punto de vista teórico, el rol adjudicado y asumido por el Estado es uno de los temas más controvertidos del socialismo real, además uno de los aspectos más substanciales de su debate interno, sea en los países en los que hay un régimen socialista o entre fuerzas y grupos políticos que pugnan por instaurarlo. El libro alude, a nuestro juicio, muy tangencialmente al tema y lo subsume en la óptica leninista de asimilar su eventual desaparición con la de la sociedad, en el entendido que a partir de dicha desaparición se constituirían los cimientos de una nueva sociedad. Ahora bien, es un hecho que las circunstancias de las primeras décadas y las surgidas durante los años 50 y 60 no fueron propicias para eliminar la organización estatal, especialmente porque las presiones políticas internas e internacionales no hacían viable la subsistencia del régimen sino mediante la utilización extensa de la institucionalidad y, sobre todo, de la burocracia estatal. Si bien los últimos estadios del socialismo suponen la supresión del Estado a fin de promover, entonces y no antes, la “sociedad comunista, la sociedad de la abundancia”, conculcando de esa forma toda expresión manifiesta de la “explotación del hombre por el hombre”, es forzoso reconocer que el socialismo real soviético, chino o este-europeo estuvo muy alejado de alcanzar una fase terminal. Más aún, todo indica que el experimento socialista no superó la etapa del “socialismo estatal”, lo que a la postre consolidó una de las muchas variantes propugnadas por la utopía, restringiendo su legitimidad. Pese a las intenciones y expresiones de los líderes revolucionarios soviéticos en 1917 y las de sus homólogos chinos en 1949, en pocas sociedades la organización estatal ha sido tan preeminente y determinante como en la de los países socialistas, manifestándose en todos y cada uno de los planos del sistema social. Habría sido de gran interés una mayor profundidad del autor a este respecto, en la medida en que ello hubiera puesto de relieve el rol asumido por la organización unipartidaria y sus implicaciones para con la estructura decisional de las sociedades socialistas, en particular por la función que cumple el partido como instancia intermedia entre los requerimientos ideológicos y las necesidades de la sociedad. No es por azar que las mayores presiones de las actuales reformas económicas y políticas del socialismo recaigan en la estructura partidaria. La aplicación de una política económica acorde con los preceptos del socialismo de Estado y con el contexto socio-político que ha debido enfrentar la Unión Soviética desde 1917 es otro de los temas centrales del libro. Las observaciones del autor y la importancia del tema nos lleva a considerar dos aspectos. El primero se refiere a los supuestos económicos del materialismo histórico y la expresión de éstos en la estructura económica del socialismo. Tal como acota el autor, la puesta en marcha de una política económica pragmáticamente abierta a los procedimientos de un esquema de mercado a principios de los años 20 (conocida como NEP, “Nueva Política Económica”) es uno de los escasos períodos en el que se pudo verificar un intento por innovar política e intelectualmente la sociedad soviética, entonces muy vapuleada por la crisis económica post-revolucionaria, además de estar bastante constreñida internacionalmente. La tenue liberalización de algunos mecanismos económicos estuvo acompañada de intentos similares en los ámbitos de la cultura, los cuales, sin llegar a ser la expresión misma de la tolerancia, denotaban una apertura singular. Las enconadas disputas por el poder político institucional e intrapartidario que siguen a la muerte de Lenin en 1923 fueron desdibujando rápidamente este interludio aperturista, proceso que definitivamente finiquitó Stalin a su llegada al poder. Poco más de tres décadas después, a principios de los años 60, las autoridades económicas de la URSS nuevamente intentan promover mecanismos de mercado en ciertas áreas productivas y comerciales, con mayores expectativas que resultados. El nuevo rol internacional asumido por la Unión Soviética —en especial su papel en los procesos de “liberación nacional y revolucionaria” en Africa, Asia y América latina— y la imposibilidad de conjugar el juego del 41IXhK76-YL._SL500_AA300_mercado con una estructura económica centralmente planificada, impidieron la cristalización de este nuevo intento, el que nuevamente se propugna desde 1985. La pregunta es la de siempre: ¿hasta qué punto o en qué términos la aplicación de principios de mercado es viable sin alterar lo esencial del socialismo de Estado? ¿Cuál o cuáles son los ámbitos en los que cabe una concesión estructural por parte del socialismo de Estado, sin que éste se desfigure ideológicamente en aras de una mayor eficiencia en la economía? Si se supone que el materialismo histórico es una cosmovisión que, como tal, comprende una visión de la historia, del hombre y de la sociedad que trasciende una perspectiva parcializada de la realidad, la combinación de políticas y procedimientos ajenos a su concepción ha sido un experimento difícil de asimilar. Los intentos de la NEP, en alguna forma y en algún momento, implicaban contraponer los principios revolucionarios a las necesidades de una economía eficiente. Lo primordial giraba en torno a la consolidación de un proceso revolucionario nacional, que posteriormente debía irradiar su ideología y fundamentos en el resto del mundo. Tal urgencia obligaba al Estado soviético con las necesidades básicas de su población, pero necesariamente postergaba la instauración de sistemas productivos eficientes. Posteriormente, el nuevo papel internacional al que accedía la Unión Soviética a partir de los años 60 posponía nuevamente la modernización de la economía interna. En suma, en ambos casos la opción de la dirigencia soviética ha favorecido la mantención de principios y mecanismos políticos de escasa flexibilidad y cuya ortodoxia deja poco espacio para incentivar una economía ajena a los supuestos de la planificación central. Un cambio profundo en tal predisposición sólo ha sido posible al tenor de un sistema internacional que tiende cada vez más a homologar la capacidad militar de una gran potencia con su capacidad económica, y, al estar ambas mutuamente condicionadas y complementadas, las fuentes de poder e influencia internacionales están sujetas a instancias de creciente complejidad. Por lo mismo, el grado de información, y por lo tanto la percepción de la realidad en la sociedad soviética, difiere más que substancialmente de años pretéritos. Hoy en día no hay causa internacional que justifique postergar el bienestar de la población, y el objetivo político interno por excelencia es precisamente procurar tal bienestar. La puesta en marcha de políticas económicas innovadoras nos lleva a otro punto que preocupa al autor y que analiza muy lúcidamente. La ortodoxia de los principios revolucionarios del materialismo histórico, lo señalamos, no da lugar a concepciones más flexibles y adaptables en todos los ámbitos del sistema social soviético, al menos ese es el corolario que se puede extraer de los casos de la NEP y el de los años 60. Ya en los años de Lenin, con mayor fuerza durante la gestión estalinista y con rigor más atenuado entre los años 50 y principios de los ’80, el revisionismo ideológico ha sido el marco de referencia para identificar los propósitos anatemas de determinados experimentos político-sociales —hayan sido dichos propósitos reales o ficticios—. En nombre del anti-revisionismo se descartaron y se suprimieron drásticamente no sólo algunos tibios intentos aperturistas —como los sugeridos por la élite partidaria en la primera mitad de los años 50—, sino que se esgrimieron para justificar represiones inadmisibles como las de Berlín en 1952, Hungría en 1956, Polonia en 1967 y, ciertamente, la de Checoslovaquia en 1968. Nuevamente, las implicaciones y la envergadura de las reformas impulsadas en la URSS desde 1985 ¿suponen la desaparición de las características anatemas del revisionismo o simplemente su reemplazo por otras cuya manifestación, por diferentes razones, aún no aflora? ¿Cuál es el nivel en el que habría concesiones conceptuales por parte de la cosmovisión marxista? Posiblemente, el necesario afiatamiento de tales reformas en el mediano plazo permitirán crear las condiciones sociales y políticas que induzcan a respuestas pertinentes, ya que por mucho que el actual proceso reformista se precie de pragmático y flexible, no son precisamente estos los fundamentos que han caracterizado a un sistema como el instaurado en la Unión Soviética y posteriormente implantado en la Europa oriental. Más allá de lo que señala el autor, muy probablemente la inexistencia de respuestas válidas en el contexto ideológico del materialismo histórico no hace más que corroborar la fragilidad conceptual de muchos de sus postulados, muy en especial de aquellos que se han aferrado, y continúan haciéndolo, a una ortodoxia que real y teóricamente es irrelevante. La tercera parte del libro se refiere a los vínculos establecidos entre la Unión Soviética y los países este-europeos en el ámbito del socialismo real, y constituye, en nuestra visión, una de las partes mejor logradas de la obra. Muchas veces, el análisis del socialismo europeo-oriental suele simplificarse, ya sea en términos de considerarlo como un mero apéndice de la experiencia soviética o absorbiendo la identidad cultural y política de cada país a un proceso global, en el que aparentemente no caben distinciones nacionales o locales. Tal perspectiva desconoce el trastorno histórico de la implantación del socialismo, por ejemplo, entre los países centro europeos como Polonia, Checoslovaquia, Hungría y Alemania Oriental. Un desconocimiento de este mismo trasfondo imposibilitaba pronosticar, por ejemplo, el drama del caso rumano, o las peculiaridades de la realidad búlgara o las aun mayores del caso albanés. En esta parte el autor se detiene en las circunstancias que acompañaron la generación del socialismo en Europa oriental y el papel desempeñado por la URSS al respecto, al mismo tiempo que realza la importancia de cada caso nacional en el contexto político y estratégico del ámbito centro-europeo en los últimos diez años. En los cinco capítulos que comprende esta parte, Brzezinski parte del supuesto que el marxismo-leninismo es una doctrina ajena a la cultura social y política de las sociedades este-europeas, por lo que su vigencia como ideología dominante es el resultado de una imposición imperialista, situación históricamente explicable por el tipo y estilo de relación que ha habido y continúa existiendo entre estos países y la Unión Soviética de hoy o la Rusia zarista de antes. Como toda relación impuesta, tarde o temprano, ésta origina actitudes de rechazo latente que a corto o mediano plazo se transforman en violentas reacciones multitudinarias, muchas veces incontrolables hasta en los regímenes más opresivos. A mediados de 1988, el autor predice los acontecimientos ocurridos en Europa oriental durante la segunda mitad de 1989, los que sin duda han sido los hechos políticos más relevantes en esa región desde la primera mitad de los años 50. No obstante que en opinión de muchos politólogos e historiadores el imperio austro-húngaro fue un esquema de alianzas que estabilizó las tensiones y desigualdades culturales y políticas entre varias sociedades centro-europeas, al exterior de éste subsistía una beligerancia permanente entre pueblos de origen étnico-cultural muy diverso. Crisis, conflictos y guerras sucesivas estimularon pactos y acuerdos, a veces de corte muy pragmático y otras veces asentados en similitudes culturales. De esta forma, el eslavismo o pan-eslavismo del siglo pasado, y muy latente durante las primeras décadas del actual entre los diferentes países de Europa oriental, fue sutilmente esgrimido por la dirigencia soviética mientras se resistía a la invasión nazi, al mismo tiempo que servía de fundamento para alentar y sostener a gobiernos este-europeos en el exilio, los que más tarde, al hacerse del poder en sus respectivos países, se convirtieron en la punta de lanza de regímenes ideológica y políticamente obsecuentes con los intereses soviéticos en la región. Aunque el autor no lo menciona, los antecedentes que él reúne y la evidencia empírica nos permiten sustentar que el objetivo estratégico de la Unión Soviética no era otro que el reconstituir el esquema estabilizador del imperio austro-húngaro, desplazando el centro de gravedad de la alianza hacia la región noreste del continente europeo, sellando una alianza política basada en orientaciones ideológicas muy precisas. Visto así, el estilo del socialismo europeo-oriental no podía ser otra cosa que una proyección local del socialismo soviético, por lo que necesariamente el sentimiento antisocialista estuvo y está profundamente entremezclado con sentimientos nacionalistas antisoviéticos. La extrema violencia que ha caracterizado la caída del régimen socialista rumano es muy elocuente en este sentido, no sólo por la profunda animadversión que provoca un sistema político extremadamente personalizado, sino porque además era la proyección actualizada del neoestalinismo este-europeo de los años 50, el mismo de Berlín en 1952 y de Hungría en 1956. Menos violentas, pero no menos simbólicas, han sido las actitudes antiunipartidarias en Hungría en octubre del año pasado y muy en particular las de Alemania Oriental a fines del mismo año. Más allá de la simbología que encierra el triste episodio del muro de Berlín y las consecuencias que acarrea para la unidad alemana, en el mediano plazo, el entusiasmo generalizado de su desaparición es otra manifestación colectiva del arraigado anti-sovietismo de la nación alemana, a todas luces evidente en ambas repúblicas. La resistencia hacia la preeminencia ideológica y político-estratégica de la Unión Soviética y la renuencia colectiva hacia el sistema socialista tienen su más clara expresión en la sociedad polaca, caso al que Brzezinski se refiere extensamente. No es posible comprender la evolución histórica de los sistemas políticos de los países de Europa oriental sin insertarla en el contexto de permanentes crisis y guerras regionales, los que de una u otra forma proyectaban los conflictos de intereses hegemónicos entre potencias centro-europeas. El frente oriental durante la segunda guerra mundial, el corolario de la “guerra fría”, la distensión de los años 60 y 70 y la posterior confrontación Este-Oeste de los ’80 proyectan, unas más otras menos, las mismas presiones políticas y estratégicas de intereses hegemónicos de siglos anteriores. El papel asumido por países centro y este-europeos de mediana o pequeña envergadura en todo este período ha sido un tanto fatalista, para expresarlo de algún modo. Invadida y sometida por distintas potencias, Polonia es uno de los países centro-europeos que ha debido asumir un costo humano y político considerable para su sobrevivencia, condición que no le ha sido ahorrada durante el período en que ha formado parte del bloque socialista. La persistente autoafirmación de su cultura d1dcb244adaebc15d52067c0c2152b76da66y un comportamiento colectivo muy enraizado en valores religiosos le han permitido afianzar su identidad, punto de partida para legitimar las reivindicaciones de mayor autonomía requeridas por los grupos antimarxistas en la primera mitad de la década anterior, básicamente los mismos que acceden al poder en agosto de 1989. En definitiva, los cambios recientemente experimentados en estos países —pronosticados a grandes rasgos por el autor— son la consecuencia del fracaso irrevocable de la versión más autoritaria del socialismo de Estado, lo que, indudablemente, compromete la vigencia del socialismo como modelo histórico, a pesar de las disquisiciones teóricas que se hagan. Para los países socialistas centro-europeos, particularmente Polonia, Checoslovaquia, Hungría y Alemania Oriental, el antisocialismo (o la resistencia hacia un determinado tipo de socialismo) está estrechamente relacionado con un sentimiento de autoafirmación nacional, fundamentado en sus respectivas identidades culturales y cuyo sentido apunta a fortalecer, en el mediano y largo plazo, una mayor autonomía y equidistancia de las principales potencias. Más adelante, el autor señala la actitud expectante con que la dirigencia soviética examina los cambios ocurridos al interior de sus países aliados y cómo éstos repercutirían en el ámbito de su seguridad exterior. En rigor, los antecedentes de Brzezinski y los que cotidianamente proporciona la información disponible no facilitan esbozar un diagnóstico acabado sobre este punto, probablemente porque el centro de la atención soviética se ha desplazado a ver la forma de controlar las implicaciones de su propio proceso interno. Como se ha venido señalando en los últimos diez o quince años, un problema político aún pendiente en la Unión Soviética es el que se relaciona con la autonomía de todas y cada una de sus repúblicas, en las que, al igual que en los países este-europeos, la reestructuración del socialismo combina contenidas aspiraciones nacionalistas, reivindicaciones religiosas y exigencias de mayor bienestar económico-social. Hasta hace veinte años, cerca del 60 por ciento de la población soviética se reclamaba de origen ruso o similar, realidad que hacia mediados de esta década se invierte completamente. El rotundo fracaso de la experiencia militar en Afganistán, así como las considerables concesiones estratégicas que tuvo que hacer el gobierno soviético en las negociaciones del Tratado INF a fines de 1987, han traído consigo un desaliento generalizado en la élite gobernante de la URSS, por lo que no está en las mejores condiciones para hacer frente a reformas que podrían desestabilizar radicalmente la estructura de poder en ese país.

[Roberto DURÁN. “Zbigniew Brzezinski, El Gran Fracaso, Nacimiento y Muerte del Comunismo en el Siglo Veinte (Buenos Aires: Producciones Gráficas VERLAP S.A., 1989)” (reseña), in Estudios Públicos (Santiago de Chile), nº 39, 1990, pp. 291-299]

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